A través del sexo. La saga completa 8. Cortar por lo sano #2
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8. Cortar por lo sano #2

Antes de que pudiera decir nada más, se fue, dejándome a solas de nuevo.

Unos minutos más tarde ya había vuelto, trayendo consigo una humeante bandeja.

Me incorporé muy despacito, sintiendo que la cabeza me daba vueltas al hacerlo, y me apoyé en el cabecero de la cama mientras él dejaba la bandeja sobre mi regazo.

En ella había un zumo de naranja, un plato de verduras asadas con un bistec y un analgésico.

A pesar de que no tenía mucho apetito, empecé a comer bajo su atenta mirada y, al hacerlo, me di cuenta de lo hambriento que estaba.

Se quedó unos instantes más conmigo, viéndome comer.

Yo apenas era capaz de levantar los ojos, no solo porque comía con cierta avidez, sino porque me daba miedo enfrentarme a su mirada de nuevo.

Pensé que me diría algo en ese momento, que me echaría la bronca, que me reprocharía la mala noche que le había hecho pasar o el haberle arruinado el fin de semana, pero no dijo nada.

Cuando terminé de comer, se llevó la bandeja y salió de la habitación.

Ahora sí que mis ganas de mear se habían vuelto incontenibles, así que intenté levantarme poco a poco, me enrollé una sábana alrededor del cuerpo y me asomé al pasillo.

No se veía a David por ninguna parte, pero podía oír el sonido de la tele proveniente del salón. Sentí cierto alivio de que él no estuviera rondándome, pero por otro lado, el hecho de que no lo hiciera me hacía pensar que quizás estuviera enfadado conmigo. Razones no le faltaban, por supuesto.

Fui al baño a orinar y decidí también darme una ducha. Tiré la sábana al suelo y me quité aquel ridículo vendaje, luego dejé que un chorro de agua caliente me cayera por la espalda y aliviara el entumecimiento de mis músculos.

¿En qué había estado pensando la noche anterior?

, me preguntaba una y otra vez. ¿Cómo había dejado que Gabriel me convenciera para…

? Bufé descontento conmigo mismo. No iba a caer en el camino fácil de echarle la culpa a Gabriel.

Había hecho lo que había hecho porque quería, porque sentía curiosidad.

Porque quería olvidarme de David. Y lo único que había conseguido había sido terminar en su ducha.

—Hay que ser gilipollas —susurré, pero la cascada de agua se tragó mis palabras.

En ese momento oí cómo la puerta del baño se abría y vi a través de la mampara semitransparente que David dejaba unas prendas de ropa sobre la encimera del lavabo y colgaba una toalla junto a la ducha.

Se dio la vuelta para irse, y ya casi había salido del baño cuando pareció pensárselo mejor y volvió sobre sus pasos.

Abrió un poco la puerta de la mampara y se me quedó mirando.

—¿Qué? —pregunté con cierta violencia, intimidado por su intrusión.

—¿De verdad, Noah? —dijo con crudeza mirándome a los ojos e ignorando el agua que caía sobre mi cara—. ¿Cocaína?

Bajé la mirada hacia el desagüe.

—Ahora no, David —pedí con infinito cansancio.

—¿Ahora no? ¿Es que ahora no te resulta conveniente?

—dijo enfadado—. Pues a mí tampoco me resultaba conveniente ir a buscarte a urgencias en plena madrugada, así que ahora me vas a escuchar.

—Hizo una pausa, quizás convencido de que yo volvería a protestar, pero no dije nada—.

¿Eres consciente del susto que me has dado?

Como si no estuviera ya harto de hospitales…

—Se pasó las manos por el pelo y yo desvié la mirada de nuevo, sintiéndome culpable por haberle hecho pasar por eso otra vez—.

¿En qué coño estabas pensando? ¿Tienes idea del lío en el que te podías haber metido?

—David…

—Tu amiguito no ha salido tan bien parado como tú.

Estaba conduciendo un coche drogado, como mínimo tendrá una multa, y quizás tenga que cumplir alguna pena.

Y encima su padre es el concejal de urbanismo.

Como esto llegue a la prensa, habréis creado incluso un escándalo político.

Y tú te vas a salir de rositas solo porque no llevabas nada de droga encima.

Tienes suerte de que el consumo sea legal, porque si no te habrías ido del hospital con una denuncia debajo del brazo, como tu amigo. ¿Sabes lo que eso significaría para ti?

—Sí, lo sé —respondí con hastío.

—¿Lo sabes? —preguntó con ironía, levantando las cejas—. Firmaste un contrato con la Fundación ÍCaro, Noah, cualquier actividad ilegal significaría la rescisión de dicho contrato —me recordó.

—Técnicamente no he cometido ningún delito —puntualicé. Empezaba a estar harto de su reprimenda.

—Sí, técnicamente. Pero que yo sepa, el uso recreativo de drogas es otra de las razones de la revocación de la beca. Y sin embargo aquí estás, en casa del presidente de la Fundación ÍCaro. ¿Te das cuenta de la posición en la que me estás poniendo? Ahora tengo la obligación moral de comunicarlo.

—Pues hazlo si es lo que quieres.

—Yo no he dicho que quiera, ni que vaya a hacerlo.

—No, claro que no lo vas a hacer —dije con altanería—. Eso significaría exponerte demasiado.

—Niñato insolente, ¿crees que no me habría expuesto aún más al recomendarte para la beca?

¿Crees que no tengo maneras de cubrir mis huellas?

Con que tus informes médicos llegaran a las oficinas de la Fundación de manera anónima, tu beca sería revocada automáticamente.

¿Eso es lo que quieres? ¿Esta es tu retorcida manera de decirme que no la quieres?

—No —dije—, esto no tiene nada que ver contigo.

—¿Que no tiene nada que ver conmigo? Hay que ver los cojones que te gastas…

—Además, ¿a ti qué más te da? —exploté, encarándome con él—. ¡Yo no soy nada para ti!

—Sí, ya lo sé. —Apretó fuertemente su mandíbula y dio un paso hacia mí, quedando tan cerca que algunas gotas de agua salpicaron su camisa—.

Eso es lo único que te salva. Si fueras mío, te partiría la cara.

—Giré el rostro, intentando reprimir las súbitas ganas que tuve de llorar—.

Eres un idiota, y yo lo he sido también —continuó—, debí haberte dicho algo cuando te fumaste aquel porro delante de mí, en vez de alentarte y fumármelo contigo, pero nunca pensé que fueras tan irresponsable como para…

—Ha sido la primera vez, ¡y será la última! —grité cerrando los ojos—. No voy a volver a probar esa mierda nunca más.

Apoyé ambas manos contra los azulejos y hundí la cabeza entre mis hombros, rompiendo a llorar.

Nunca me había sentido tan humillado y miserable en toda mi vida.

Todas y cada una de las cosas que David me había dicho eran verdad, y se me habían clavado en el pecho como saetas.

Sin embargo, lo que más me dolía era haberle decepcionado, haberle hecho creer que había hecho mal al recomendarme para aquella beca.

Ese pensamiento hizo que me enfureciera aún más conmigo mismo, y empecé a llorar con más fuerza.

El agua seguía cayendo sobre mi cara y mi espalda, llevándose mis lágrimas por el desagüe.

—Noah… —David tiró de mí, me sacó de la ducha y me estrechó entre sus brazos.

Fui levemente consciente de que le estaba empapando la ropa con mi húmedo cuerpo y de que estaba desnudo entre sus brazos, pero aun así fui incapaz de negarme.

Lloré contra su hombro mientras él me arrullaba—.

Solo te digo esto porque me preocupo por ti —dijo contra mi oído.

—Ya lo sé —gemí—. Lo siento.

—No lo sientas. —Cogió mi cara entre sus manos y me obligó a mirarle a los ojos.

Mi barbilla tembló con puerilidad, pero le mantuve la mirada—.

Solo prométeme que no lo volverás a hacer.

He visto a demasiada gente echarse a perder por culpa de esa mierda blanca.

No soportaría que tú fueras uno de ellos.

Miré sus ojos grises, llenos de una preocupación casi paternal, y de algo más que no supe cómo definir.

De repente, David me pareció más adulto que nunca antes y yo me sentí como un crío estúpido y malcriado frente a él.

Quizás el dolor por la pérdida que había sufrido le había obligado a madurar tanto que, de repente, estaba de nuevo fuera de mi alcance.

O quizás era porque ahora tenía un hijo.

—Te lo prometo —dije.

—Está bien. —Suspiró, antes de darme un casto beso en la frente que hizo que se me acelerara el corazón.

Ni siquiera la droga había conseguido darme un placer tan sublime como ese—.

Anda, siéntate. Te curaré la herida. —Cogí la toalla que él me había dejado y me la puse alrededor de la cintura, sintiéndome avergonzado.

La discusión que acabábamos de tener me había dejado débil y asustado.

Sintiéndome incapaz de mirarle a los ojos, me senté sobre la tapa del WC y dejé que me secara el pelo con suavidad y me pusiera un antiséptico sobre la herida—.

Tienes que ir a que te quiten los puntos dentro de siete u ocho días —me recordó.

Asentí—. Vístete, ¿de acuerdo? Te llevaré a casa de tu padre.

—No, a casa de mi padre no —rogué—. No quiero que él se entere de todo esto —añadí avergonzado.

—¿Pero qué…?

—Por favor. Quiero irme a casa.

Me miró severo.

—Tu padre tiene derecho a saber lo que te ha pasado.

—Eso no te corresponde a ti decidirlo.

—Es tu padre, Noah…

—Se lo diré, ¿vale? —le aseguré—. Pero no quiero que me vea así.

—No deberías estar en casa tú solo.

—No lo estaré. Llamaré a Pablo. Puedo decirle que venga a buscarme aquí. Él se quedará conmigo esta noche.