8. Cortar por lo sano
CORTAR POR LO SANO
A l parecer, Gabriel perdió el control del coche en una curva y terminamos chocando de frente contra un frondoso árbol que había en el arcén de la carretera.
Los cinturones de seguridad nos salvaron de salir despedidos y los airbags saltaron, ahorrándonos los peores daños, pero al llevar yo la cabeza por fuera del coche, el retroceso hizo que me diera un golpe en la parte posterior del cráneo con el marco de la ventanilla y perdiera el conocimiento.
Claro que eso no lo supe hasta un tiempo después.
Recuperé el conocimiento brevemente cuando iba en la ambulancia.
Sentía un dolor lacerante en la parte trasera de la cabeza y recuerdo haber visto la cara de un hombre inclinándose sobre mí y preguntándome algo.
Quizás fuera entonces cuando le di a los sanitarios los datos de mi persona de contacto, la verdad es que no lo recuerdo. Luego perdí el conocimiento otra vez.
Cuando me desperté, me encontraba en una camilla en urgencias.
O eso supuse. La cabeza me dolía más que antes, sobre todo en la parte derecha, y la luz de los fluorescentes me dañaba los ojos.
Cuando al fin los abrí, vi que estaba tumbado boca arriba y tapado por una fina sábana blanca, pero aún llevaba mi propia ropa puesta, que estaba manchada de sangre.
Unos cables salían de mi pecho y mis constantes vitales se mostraban en un monitor que había a mi izquierda y que no dejaba de pitar piip-piip-piip .
Mi camilla estaba rodeada por una cortina blanca y semitranslúcida, que me daba una pátina de intimidad, pero podía ver al trasluz las siluetas de varias personas yendo y viniendo, oír los pitidos de otros monitores y las voces, ruegos o quejas de otros pacientes.
Oía también otras dos voces, graves y susurrantes, que provenían del otro lado de la cortina, justo de las dos únicas siluetas que no caminaban de un lugar a otro.
Eran dos voces masculinas, y mantenían un tenso intercambio.
Una de las voces parecía aburrida y rutinaria, la otra respetuosa y preocupada. Y parecían hablar de mí.
Apenas pude distinguir un par de palabras aparte de «sutura», «accidente» o «cocaína» y se me encogió el estómago de pura vergüenza.
Ahora entendía por qué me dolía tanto la cabeza, y mi única pregunta era cuántos puntos me habrían dado.
Me llevé una mano temblorosa a mi coronilla y noté que me habían puesto unas gasas sobre la herida, sujetadas por un vendaje que me rodeaba la frente.
Unos minutos más tarde, la cortina se abrió y esas dos figuras se materializaron y se acercaron a mí.
La primera de ellas correspondía a un médico de pijama verde y bata blanca, con un rostro adusto y analítico. La segunda de ellas resultó ser David.
Quizás el verle en aquel momento fue lo más desconcertante de la noche.
No tenía la menor idea de qué hacía él allí o por qué estaba hablando con mi médico, pero parecía infinitamente cansado.
Tenía los ojos algo hinchados y el pelo revuelto, como si acabara de salir de la cama, y comprendí que, fuera cual fuese la razón de que hubiera terminado allí aquella noche, probablemente así era.
—¿Entonces está bien? —le preguntaba al médico.
—Sí, muy bien. La placa no muestra ningún traumatismo, seguramente solo necesita dormir la mona —le respondió—. Mire, ya está despierto.
Ambos me miraron en aquel momento y yo quise que me tragara la tierra. David giró de nuevo sus ojos hacia el médico para darle las gracias y este salió, cerrando de nuevo la cortina tras de sí.
Durante unos instantes nos miramos sin saber bien qué decir. Luego David se sentó en una silla al lado de mi cama y cogió mi mano.
—¿Estás bien?
—¿Qué haces aquí? —dije como toda respuesta.
Soltó mi mano, escaldado.
—No lo sé, dímelo tú. Lo único que sé es que a las tres de la madrugada me llamaron a mi casa para que viniera a buscarte. Al parecer, soy tu contacto en caso de emergencia.
Lo dijo ladeando la cabeza de esa manera típica de él cuando quería una respuesta concreta, pero la verdad es que no sabía qué responderle. No recordaba haberle dado su número de teléfono a nadie.
—Lo siento —murmuré sintiéndome miserable.
Todo el entusiasmo y la euforia que había sentido tras esnifar aquella raya habían desaparecido, dejando tras de sí un cansancio infinito y una extraña ansiedad que me oprimía el pecho.
Volví a cerrar los ojos y pensé que todo el malestar desaparecería si pudiera esnifarme otra.
Ese pensamiento me asustó e hice lo posible para apartarlo de mi mente—. ¿Y Gabriel?
—¿Tu amigo? —preguntó David—. ¿El que conducía el coche? —Asentí y eso solo aumentó mi dolor de cabeza—. Está bien. Mejor que tú, al menos. Sus padres se lo llevaron a casa hace un rato.
—¿Y cómo…?
—No pienses en eso ahora —me interrumpió—, deberías descansar.
—¿Cuándo podré irme a casa?
—Pronto. Quieren tenerte un rato en observación, te has dado un buen golpe en la cabeza.
—¿Te quedarás conmigo? —pregunté, alargando mi brazo para coger de nuevo su mano. La rodeó con las suyas en un gesto lleno de calidez.
—Por supuesto, no voy a dejarte solo.
Con esas palabras en mente, volví a quedarme dormido.
Me desperté sintiendo que me dolía cada músculo del cuerpo, cada pulgada de piel, sobre todo en la cabeza.
Mi cuerpo protestó enérgicamente cuando quise moverme, pero tuve que hacerlo para separar mi herida de la almohada.
La piel suturada me latía dolorosamente, recordándome que lo ocurrido la noche anterior no había sido un mal sueño, pero aun así pude percibir dónde me encontraba.
Estaba en la casa de David, acostado en su cama y desnudo, y aunque no era la primera vez que me encontraba en una situación parecida, sentí un intenso pudor que poco tenía que ver con el sexo.
Recordaba vagamente haber obtenido el alta al despuntar la mañana, justo tras el cambio de guardia.
El médico entrante me echó un rápido vistazo para asegurarse de que estaba bien y luego me había dicho que podía irme tras darle ciertos papeles a David.
Él me ayudó a incorporarme y, medio adormilado, me dejé guiar hasta su coche, en el que había cabeceado durante todo el trayecto.
Al llegar a su casa, dejé que me llevara hasta su dormitorio y me desnudara, y como un niño dócil, me había metido en su cama mientras él me arropaba.
Ahora que recordaba todo eso, me moría de vergüenza.
No entendía qué extraña locura me había hecho darle los datos de David a los sanitarios.
Entendía que mi mente atontada quisiera evitar a toda costa que mi padre se enterara de lo ocurrido, igual que lo habría hecho de haber estado más lúcido, pero si lo que quería era que un buen amigo me recogiera y cuidara de mí, tenía que haber sido Pablo.
Sin embargo, Pablo no estaba ahora muy accesible y yo no sabía si habría sido una buena idea llamarle.
En todo caso, habría sido mejor idea que llamar a David.
Nos había puesto en una situación muy vulnerable, haciendo que le llamaran en mitad de la noche para ir a buscarme ahora que Clara vivía con él de nuevo.
Durante un instante de pánico pensé en qué pasaría si ella me veía durmiendo en la cama de su hermano, pero luego recordé que iba a pasar ese fin de semana en casa de Samuel, y que por lo tanto nunca sabría nada de lo ocurrido aquella noche.
Sin embargo, también recordé que era sábado y que yo debería estar en los laboratorios a esa hora.
Quizás Clara estaría preocupada por mí al no verme allí, quizás me había llamado al móvil o a casa, sin conseguir localizarme.
Eso me hizo estar preocupado de nuevo, en ese momento nadie sabía dónde estaba yo, y si Clara llamaba a mi padre…
Miré a mi alrededor, esperando ver mi móvil en alguna parte, y el movimiento hizo que se me rompiera la cabeza.
Gimiendo, volví a dejarme caer entre las sábanas y cerré los ojos hasta que pasara el intenso dolor que me había asaltado al incorporarme.
Pensé en intentar levantarme de nuevo, esta vez más despacio, pero no lo hice, sino que me quedé tumbado con la manta hasta la barbilla al oír ruidos provenientes de la cocina.
David debía de estar trasteando allí. Miré hacia la mesita de noche, girando esta vez la cabeza con extremo cuidado para hacerlo, y vi que eran algo más de las dos de la tarde.
Tenía ganas de mear, pero por nada del mundo me habría levantado en ese momento, a riesgo de encontrarme en mitad del pasillo con David, desnudo y sin estar seguro de que mis piernas fueran a sostenerme, así que me quedé allí acostado, muy quieto, y oyendo con atención los ruidos que provenían del exterior de la habitación.
Al final, escuché pasos en el corredor, que se atenuaban a medida que se acercaban, como si alguien se estuviera esforzando por no hacer ruido.
La puerta se abrió poco a poco y, desde el umbral, los acerados ojos de David se clavaron en los míos.
Al ver que no estaba dormido, su expresión se endureció, pero aun así se adentró en la habitación y se acercó a mí.
—¿Cómo te encuentras?
—Me duele mucho la cabeza.
Puso una mano sobre mi frente y mi cuello.
—No tienes fiebre, ¿no?
—No creo… —dije inseguro poniéndome yo también la mano en la frente.
Asintió.
—Te traeré algo de comer.