7. Adicciones #6
—Y tú estás ahí, en medio de la tormenta —contestó, lanzando una bocanada de humo a la pesada atmósfera que se respiraba en el interior de su coche.
La calefacción estaba puesta y Brian Molko cantaba con voz desvaída a su dulce príncipe desde el pequeño reproductor del coche—.
Ese es el problema de que dos amigos tuyos se enrollen: que, como las cosas salgan mal…
—Y que lo digas, menuda mierda.
—Al menos mira el lado positivo —me dijo con una sardónica sonrisa—. Ya que Clara no va a pasar el fin de semana con su hermano, podrías aprovechar para…
Dejó la frase sin terminar, dejando la idea flotar en el aire.
—No seas idiota, no le voy a tirar los trastos a David —contesté con fastidio—. Hace apenas un mes que se quedó viudo. Además, él tampoco va a estar en casa. Se va al campo mañana por la mañana.
Mientras lo decía, recordé a Paco y a sus inseparables mastines.
Recordé el olor a madera ardiendo, a tierra húmeda y a paja de establo.
Recordé a Arod , a Grani , a Bill , a Scrub y a Ártax .
Me pregunté cuánto habría crecido el potrillo desde la última vez que lo vi.
Recordé la chimenea del dormitorio de David, la tibieza que desprendía mientras hacíamos el amor, la luz del fuego, que reflejada en su piel le confería una sobrenatural belleza.
Pensé en sus labios, en su pelo, en su polla, en sus manos manejando aquel dildo que nunca me atrevería a usar con nadie más que con él.
Una intensa sensación de melancolía se aposentó en mí mientras recordaba todo aquello, mientras evocaba los momentos en los que saboreé cómo podría ser volver a estar con él.
Algo en mi rostro debió de quebrarse a la vez que lo hacía mi corazón. Apenas era consciente de que Gabriel me miraba, pero sí que sabía que le estaba dejando leer todo lo que pensaba a través de mis demudadas facciones.
—Pero te gustaría —dijo.
—Sí, me gustaría —confesé—. A veces entiendo a Pablo.
No es que David y Alejandro se puedan comparar, pero entiendo esa dependencia, esa necesidad, esa adicción.
Si Pablo siente por Alejandro lo que yo siento por David, entiendo que caiga una y otra vez, porque yo hago lo mismo, así que no tengo nada que reprocharle.
—No te tortures —me dijo, alargando el brazo hacia mí y atrayendo mi cuerpo al suyo. Me incliné para apoyar la cabeza en su hombro, a pesar de que el freno de mano se me clavaba en el costado, y me dejé acariciar por él.
—Tú lo haces constantemente —le respondí.
—Sí, es verdad. —Se inclinó para besarme en los labios y yo le respondí con avidez, ansioso de un poco de consuelo—. Pero tengo el remedio perfecto.
Se incorporó hasta poder abrir la guantera y sacó una diminuta bolsa de plástico que contenía un fino polvo blanco.
—¿Eso es cocaína? —pregunté sorprendido.
—Sí —respondió él con una sonrisita de autosuficiencia.
Me hice un poco para atrás y le miré con desconfianza.
—No sabía que esnifaras coca.
—¡Bah! Muy de vez en cuando —contestó, sin darle mucha importancia—. ¿Qué? ¿Por qué me miras así?
—¿Sabes lo adictiva que es la cocaína por cómo afecta al sistema de recompensa mesolím…?
—Menuda parrafada de bioquímico, claro que lo sé.
—Rio—. Y que es un inhibidor de la recaptación triple que actúa como un simpaticomimético de acción indirecta —añadió, en un tono de voz que seguramente pretendía burlarse de mí—.
Pero también sé que por una vez no va a pasar nada.
Vamos, una raya de esto y todos tus problemas desaparecerán por un rato.
—Creo que no —dije.
—Como quieras. —Se encogió de hombros—. Tú te lo pierdes.
—¿De dónde la has sacado?
—Del despacho de mi padrastro.
Abrí los ojos como platos.
—¿Tu padrastro consume? ¿Pero si es concejal en el ayuntamiento y…?
—Ay, Noah —sonrió—, qué inocente eres, esos son los peores. A veces le robo un poco y no se da ni cuenta.
—¿Y no te da miedo hacerte adicto?
—¿Adicto? ¿A esto? —Casi parecía sorprendido—. ¿Con lo caro que es? No, qué va. Si te echas una raya cada dos o tres meses, ¿cómo vas a volverte adicto?
—Pero es que hay tanta gente que…
—Sí, gente que no sabe controlarse —concluyó con bastante autosuficiencia—.
Solo tengo aquí para dos rayas, y ninguno de los dos lleva encima dinero para comprar más aunque quisiera.
No, ni siquiera yo —añadió al ver que le iba a preguntar—.
Es la mejor forma de resistir la tentación de tomar más cuando me da el bajón, así que apenas llevo nada encima.
Y tú estás pelado —añadió—. Venga, hombre, una raya y ya está.
—No lo sé, Gabriel.
—Como quieras, pero no te lo ofrecería si pensara que te va a hacer algún mal. Solo quiero que te olvides de todo un rato y seas feliz.
Mientras hablaba, había sacado de la guantera una pequeña carpeta que contenía la documentación del coche y sobre ella había preparado dos rayas, separándolas con una tarjeta de plástico, de esas que dan en las gasolineras para acumular puntos. Luego cogió una pajita recortada y me la ofreció.
—Primero tú —dije, aun antes de pensar lo que estaba diciendo.
Gabriel no titubeó antes de esnifar la raya de la izquierda. Resopló al terminar y se frotó la nariz con incomodidad, pero cuando se giró de nuevo hacia mí, parecía bastante satisfecho. Me ofreció la otra con un gesto y tomé la carpeta y la pajita en mis manos, decidiendo aún qué iba a hacer.
Todo lo que sabía de la cocaína y sus efectos en el cuerpo acudió a mi mente en una décima de segundo, al igual que todas las charlas que mis padres me habían dado acerca del peligro de las drogas.
Me llegó un olor un tanto raro, como a medicamento, y recordé la otra vez que había estado cerca de una raya de coca, cuando David se enfadó con aquella chica con la que había estado saliendo por llevarla a su casa.
David, siempre David. De alguna manera u otra, siempre terminaba pensando en él. Si aquello servía para olvidarle aunque fuera un rato, para olvidar toda mi tristeza, mi desesperanza y mi melancolía, quizás habría valido la pena.
Con manos temblorosas, me llevé la pajita a la nariz y aspiré la raya que Gabriel me había preparado.
Sentí un sabor muy amargo en la lengua y una fuerte opresión tras los ojos.
Incliné la cabeza hacia atrás y me froté la nariz.
Intenté tragar saliva, pero durante un momento tuve la sensación de no tener garganta, hasta que comprendí que el efecto anestésico de la droga debía habérmela adormecido un poco.
—¿Estás bien?
—Menuda mierda —resoplé. Volví a frotarme la nariz, incómodo.
—Espera que te empiece a hacer —me dijo—, te sentirás genial.
Me pareció, por su manera de hablar, que él ya estaba empezando a notar sus efectos.
—No sé yo… —Me incliné contra su pecho y dejé que me metiera las manos por debajo de mi ropa.
—Entonces yo haré que te sientas bien… —me susurró, besándome el cuello. Me dejé arrastrar por él hasta un toqueteo y un intercambio de besos húmedos. No sé cuánto tiempo tardé en notarlo, pero lo noté en medio de los besos, y entonces supe a qué se refería Gabriel.
De repente me sentía feliz. Es difícil describirlo de otra manera.
Mi corazón comenzó a palpitarme fuertemente en el pecho, haciéndome sentir más vivo que nunca.
Mi cuerpo estaba enérgico, vigorizado, y tenía la necesidad física de moverme, bailar, gritarle a las estrellas.
Mi mente estaba lúcida, al contrario que cuando me fumaba un porro, y me sentía profundamente despierto y alerta.
Tenía ganas de follar, pero al mismo tiempo empecé a experimentar un placer que poco tenía que ver con el sexual.
Me sentía como si estuviera empalmado y a punto de correrme, pero sin estarlo.
Los labios de Gabriel sabían mejor que nunca: a frambuesas, a rojas granadas estallando líquidas en mi boca, sus manos eran fuego en mi piel.
Nos toqueteamos durante un rato, sin llegar a alcanzar un estado concreto de sexo, solo disfrutando de aquellas sensaciones.
—¿Qué te gustaría hacer ahora? —me preguntó al final.
—Tengo ganas de bailar —contesté.
Ambos nos reímos de puro contento.
—Entonces vamos al Sodoma, ¿te parece?
—Sí.
Volvimos a los asientos de delante del coche, él en el de conductor y yo en el de copiloto.
En algún momento de nuestro besuqueo habíamos terminado en el asiento de atrás.
Arrancó el motor y nos pusimos en marcha.
Poco después, una señal sonora nos hizo recordar que no llevábamos puestos los cinturones de seguridad y nos los pusimos entre risas, solo para no oír aquel odioso pitido.
Salimos del descampado hasta una carretera secundaria, iluminada tan solo por algunas farolas solitarias.
No había nadie transitando esa vía a aquellas horas y Gabriel se sintió libre para darle al acelerador.
Grité eufórico al sentir la velocidad y abrí la ventanilla para notar el viento en la cara.
No le tenía miedo a nada. Saqué el tronco por la ventana todo lo que el cinturón de seguridad me permitía y abrí la boca como un idiota para tragarme el aire.
La sensación de libertad era magnífica, gloriosa, aterradora, pero duró muy poco.
Todo se acabó cuando sentí un choque y una sacudida, y el mundo se acabó en un infierno negro.