A través del sexo. La saga completa 7. Adicciones #5
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7. Adicciones #5

Pareció encogerse ante la posibilidad de tener que sentarse conmigo y contarme algo que seguramente él no quería que yo supiera, y que a mí no me iba a gustar escuchar, pero al menos empezó a comerse su sándwich.

Terminé antes que él, y como había prometido, fui a buscar mi cajita mágica.

Últimamente mi proveedor habitual era Gabriel, pero aquel mes mi reserva de hierba estaba seriamente mermada porque no tenía con qué pagarle, sin embargo, pensé que con lo que me quedaba tenía que bastar para esa noche.

Pablo lo iba a necesitar, y empezaba a creer que yo también.

Cuando volví al salón, él ya estaba esperando por mí.

Había abierto uno de los ventanales y el frío y vivificante aire de noviembre entraba por la ventana.

Se me erizó el vello de la nuca por el frío, a pesar de que llevaba puesto un suéter, pero Pablo, que solo llevaba mis pantalones y una de mis viejas camisetas, no parecía tener frío.

Se había sentado en uno de los sofás y miraba la noche con aire melancólico.

—¿Me vas a decir ya qué ha pasado?

—Sí, siempre y cuando tengas algo con lo que colocarme.

Encendí un mariachi que Gabriel había dejado liado la última vez que había estado en casa y se lo tendí. Pablo fue a dar una calada, pero arrugó la nariz al sentir el olor y me miró.

—¿Qué coño lleva esto?

—María… y un poquito de hachís.

—¿Hachís? ¿Fumas hachís? ¿Desde cuándo?

—Desde hace meses —dije encogiéndome de hombros y restándole importancia.

—¿Quién te da esta mierda, Gabriel?

—¿Y a ti qué te importa? —le contesté con enfado.

—Deberías tener cuidado con lo que fumas —me amonestó.

—Mira quién habla, el hombre que me introdujo en el maravilloso mundo del cannabis. No te hagas el moralista conmigo.

Ahora fue su turno de encogerse de hombros.

—Apaga esa mierda, ¿quieres? —dijo cogiendo mi cajita mágica y liándose un porro de marihuana, mientras yo apagaba el mío contra un cenicero y lo volvía a guardar. Dio la primera calada al suyo y suspiró—. Aaaah … Esto está mejor.

Exhaló el humo en dirección a la ventana abierta y me lo pasó. Di una calada y me senté en otro sofá frente a él, abrazándome a las rodillas para intentar paliar el frío.

—¿Alejandro te está rondando de nuevo? —le pregunté al final—. ¿Es eso?

Suspiró, dio una nueva calada y por fin pareció decidido a confesarse.

—Sí. El viernes pasado se apareció por el local, y desde entonces no deja de venir a verme.

—¿Y no puedes hacer nada para evitarlo?

—No, él puede entrar allí cada vez que quiera, solo tiene que pagar la entrada.

—¿Y por qué no le dices que no vaya más? —pregunté cogiendo el canuto de sus manos—. Habla con él, de hombre a hombre, y dile que…

—Me acosté con él —me interrumpió.

Le miré atónito.

—¿Qué?

Clavó sus ojos enrojecidos y cansados en mí.

—Aquella noche entró en el local y, no sé muy bien cómo, terminé en su cama. Como siempre.

—No me digas que quieres volver con él…

—No, claro que no quiero.

—¿Y Samuel?

—No le he vuelto a tocar desde entonces —contestó evadiendo mi mirada. Volvió de nuevo sus ojos a la ciudad para intentar ocultar sus lágrimas—. No creo que me lo merezca.

—¿Ya no le quieres? —pregunté con cierta inocencia.

—Por supuesto que sí, ese es el problema.

Que soy un idiota. —Se reclinó contra el asiento y bajó los ojos.

Una lágrima cayó sobre su rodilla y se perdió en la franela de sus pantalones—.

Ahora Alejandro piensa que estoy disponible, y nada de lo que yo le diga le convencerá de lo contrario después de haber pasado por su cama.

Y lo único que quiero es estar con Samy, pero no me atrevo a tocarle…

—Negó lentamente con la cabeza—. No debí haberme ido con él, lo sabía incluso cuando lo estaba haciendo, pero no podía parar.

Era como si… Como si hubiera pasado un mono muy fuerte de él, y fuera incapaz de resistir la tentación de engancharme de nuevo, aunque solo fuera por una vez.

Pero la resaca ha sido horrible. Como siempre.

—¿Y qué vas a hacer?

—Que me aspen si lo sé. Lo único que sé es que no puedo mentir a Samuel de esta manera.

—Me levanté para sentarme a su lado, y pasé mi brazo sobre sus hombros.

Pablo apoyó su costado contra el mío, necesitado de contacto—.

No he sido nunca un tío muy leal, y tú lo sabes —dijo dando una nueva calada—, pero con él no quiero ser así, no quiero engañarle.

—¿Le vas a dejar?

—Sí. No me queda otra opción si quiero ser honesto.

—No tienes por qué decírselo, Pablo. Si le quieres…

—¿Crees que debería mentirle como hizo David contigo? —me dijo—. ¿De verdad crees que tengo derecho a mentirle solo porque le quiero?

Recordé lo furioso que estuve cuando supe lo que David había hecho, el juego a tres bandas al que había jugado con Ricardo y conmigo hasta que se decidió por mí. El hecho de haber sido el elegido me pareció poco consuelo frente al engaño que había sufrido. Negué con la cabeza.

—No, es verdad, mentirle sería peor, pero está loco por ti, Pablo. Le vas a partir el corazón.

—Ya lo sé —dijo—. Eso solo hace que me sienta más miserable. —Hundió su cara en mi cuello y pensé que había roto a llorar, pero luego le oí susurrar—: A veces creo que tengo justo lo que me merezco. Por idiota. Alejandro y yo nos merecemos el uno al otro.

—No digas eso… —Abracé su cabeza y metí mis manos en su pelo.

—Haga lo que haga, no puedo cambiar lo que hice, y lo mío con Samy está roto ya, incluso aunque no se lo dijera.

—Se separó un poco de mí y me dejó ver su rostro, devastado—.

Quizás no sea tan descabellado dejar que Alejandro se salga con la suya.

Al fin y al cabo, ya la he jodido con la persona que más me importa.

—Más vale solo que mal acompañado —le recordé.

—Eso es solo un refrán viejo y manido.

—Puede ser —consentí—, pero no por eso deja de ser verdad.

Al día siguiente no fui a clase. Pablo y yo habíamos terminado la noche anterior en la enorme cama de Clara, y él se abrazó a mí y lloró hasta quedarse dormido.

Luego yo me había quedado mucho tiempo despierto, acariciándole el pelo y pensando que estaba viviendo la misma historia otra vez, con la diferencia de que esta vez la veía desde el otro lado.

¿Había sentido David los mismos remordimientos que mi amigo sentía por haberme engañado a mí?

¿Se había sentido tan triste y miserable por haber terminado conmigo a causa de su deslealtad?

Cuando Pablo se despertó por fin, eran casi las once de la mañana y tenía los ojos enrojecidos por la marihuana y el llanto.

Para entonces ya había decidido no ir a clase, no solo porque también me había despertado tarde yo mismo, sino porque no habría sabido qué decirle a Samuel.

Le preparé a mi amigo unas tostadas y un zumo de naranja y no me separé de él en todo el día, aunque apenas hablamos nada más.

Aquella tarde llamó a su novio para quedar con él y, aunque quizás Samuel tendría esperanzas de que las cosas se arreglarían, yo sabía que esa noche todo acabaría entre ellos.

Samuel no volvió a clase el resto de la semana.

El miércoles puse al tanto a Clara de lo que había pasado, y se tomó como una afrenta personal lo que Pablo había hecho.

Supongo que el hecho de que ella también había sido recientemente víctima de un novio infiel hizo que sintiera mucha más empatía por Samuel.

Yo me sentía en medio de una situación muy incómoda: ambos eran mis amigos, y deseaba consolarlos a los dos.

Sabía que era Samuel quien se sentía agraviado, y que lo que Pablo había hecho no estaba bien, pero también sabía que estaba arrepentido de lo que había pasado, y me preocupaba que el dolor que sentía en ese momento le arrastrara de nuevo a los brazos de Alejandro.

Y sin embargo, sabía que irremediablemente tendría que inclinarme por uno de los dos.

Finalmente, fue Clara la que puso fin a mi dilema, al decirme que yo debía centrarme en Pablo y dejarle a ella el consuelo de Samuel.

—Es lo mejor —me explicó la tarde de aquel viernes al salir de clase, cuando le dije que no sabía si ir con ella a visitarle.

Ella iba a pasar el fin de semana en casa de Samuel para consolarle, aprovechando que David tampoco estaría en la suya.

Al día siguiente se iría al campo a ver a sus caballos—.

Si vienes conmigo, Samuel va a preguntarte por Pablo, querrá saber cómo está o si sigue viendo a ese tío, y se agobiará.

Es mejor que se separe un poco emocionalmente, y tú solo vas a empeorar las cosas.

Sé que te preocupas por él —añadió al ver que yo iba a protestar—, pero créeme, es mejor así.

Así que me decidí a seguir su consejo e intenté estar con Pablo, pero él se empeñaba en fingir que estaba bien y que no me necesitaba revoloteando alrededor.

Además, esa semana había tenido que hacer muchos turnos extras para cubrir a un compañero que estaba enfermo, y me dijo que eso le mantendría distraído, pero yo sabía que Alejandro seguía rondándole en su trabajo, y que por las noches salía de allí con él y se iba a dormir a su casa.

—Y así están las cosas —le contaba a Gabriel aquel viernes por la noche.

De repente, él era la única persona con la que podía hablar sobre eso—.

No sé qué le voy a decir a Samuel cuando vuelva a clase, quizás ni siquiera quiera seguir siendo amigo mío.

Pablo hace como si no hubiera pasado nada, pero sé que se comporta así para no confesarme que sigue acostándose con el capullo de su ex, como si yo no me fuera a dar cuenta; y Clara está mosqueada con Pablo por haberse portado mal con Samuel y parece que de rebote se ha enfadado conmigo.