7. Adicciones #4
—Si lo que necesitas es hablar con él, llámale por teléfono.
—Ya lo he hecho —dije—, y no me lo coge. Es urgente.
—Vaya, es urgente —dijo el otro—. Quizás le deberíamos dejar entrar.
Su tono de fingida compasión me avisó de que iban a empezar a cachondearse de mí.
—Tienes razón, si es tan urgente, podríamos hacer una excepción.
—¿En serio? —pregunté con escepticismo.
—Sí, ¿por qué no? Podemos hacer la vista gorda y hacerte el favor —dijo el segundo—, siempre y cuando tú nos hagas un favor a nosotros.
—¿Qué clase de favor? —dije, cada vez más mosqueado.
—¿Te lo tengo que explicar? Hay un callejón oscuro ahí detrás.
Crucé los brazos sobre el pecho mientras escuchaba sus risitas.
—No os voy a chupar la polla a ninguno de los dos.
—Pues entonces no vas a poder entrar.
Estaba a punto de empezar a insultarles cuando oí una voz tras de mí.
—¿Noah?
Me giré para ver quién me hablaba y le reconocí rápidamente por sus ojos verdes y su afilada mandíbula.
—Enric… Hola.
—¿Hay algún problema? —preguntó poniéndose a mi lado.
—Nada, que estos dos no me dejan entrar, y necesito hablar con Pablo urgentemente —dije en tono casi suplicante.
—Ven conmigo —indicó él, lanzándole una mirada de desaprobación a los dos porteros—. Ya os vale, ¿no?
—¿Qué? —dijo uno de ellos mientras nos alejábamos—. Solo estábamos divirtiéndonos un poco.
Rodeamos el edificio para ir a la puerta de servicio.
—No les hagas caso a esos dos —me advirtió mientras entrábamos en la cocina del local—, son unos guasones.
—¿Guasones? —contesté incrédulo. Un par de pinches coreanos me miraron con extrañeza, pero nadie más pareció percatarse de mi presencia—. Pretendían que les hiciera un «favorcito» a cambio de entrar.
—No les hagas caso —repitió sonriendo—, siempre hacen ese tipo de bromas, pero son inofensivos. Seguramente te habrían dejado entrar cuando se hubiesen cansado de reírse a tu costa.
—Pues no veas la gracia que me ha hecho —contesté, aún algo enfadado mientras le seguía hasta la sala principal.
—Ahí le tienes —me dijo señalando en la dirección en la que estaba Pablo.
Pablo estaba de espaldas a mí, a unos metros de la barra.
Llevaba en alto una bandeja circular con unas cuantas bebidas, y hablaba con uno de los clientes.
El hombre estaba de pie frente a él, lo suficientemente cerca para casi hablarle al oído, y pensé que era uno de esos viejos verdes de los que mi amigo se quejaba tan a menudo, pero algo en su actitud me puso en guardia.
Pablo tenía la cabeza gacha y asentía ante lo que el otro decía casi con cohibimiento.
Su lenguaje corporal decía a gritos que no estaba cómodo con la situación.
—¿Quién es ese hombre? —le pregunté a Enric.
—¿El que está hablando con Pablo? No lo sé, un nuevo cliente. No lo había visto nunca, pero ha estado viniendo toda la semana, y parece tener fijación por Pablo. Aunque me parece a mí que a él no le cae muy bien.
—Gracias, tío —le dije a modo de despedida mientras me alejaba de él.
Volví a mirar hacia ellos, valorando con nuevos ojos la incomodidad de mi amigo.
Su interlocutor era más bajo que él, y desde donde estaba apenas podía verle.
Cuando el hombre puso una mano en su cintura, Pablo apretó brevemente las nalgas y dio un leve respingo, antes de alejarse de él.
Caminó en dirección a las mesas y dejó las bebidas en una de ellas, bajo la atenta mirada del hombre con el que había estado hablando.
Al darse la vuelta para volver hacia la barra, me vio y caminó apresuradamente hacia mí.
—¿Qué haces aquí? ¿Pasa algo?
—Eso mismo quería preguntarte yo a ti, he estado llamándote toda la tarde.
—He estado ocupado… —Giró la cabeza para mirar a aquel hombre, que nos observaba con curiosidad.
—¿Quién es ese hombre? —le pregunté en un susurro—. ¿Es Alejandro?
Volvió a mirar hacia atrás y me cogió del brazo.
—Aquí no —dijo. Me dejé llevar hasta el almacén que había tras la barra, aquel en el que me había enrollado con Darío por primera vez. No había vuelto a entrar allí desde entonces—. ¿Cómo lo has sabido? —me preguntó al cerrar la puerta tras nosotros.
—De verdad, Pablo —le contesté—, a veces pienso que tú crees que soy tonto. ¿Qué está pasando? ¿Qué hace Alejandro aquí? ¿Y por qué has estado evitando a Samuel?
—Oye… —Se pasó las manos por el pelo y se apoyó contra uno de los refrigeradores—. ¿Tenemos que hablarlo ahora? Estoy trabajando.
—Pues bien que has tenido tiempo de hablar con él en tu puesto de trabajo —dije, señalando la puerta—. No me trates como si fuera un cualquiera. Estoy preocupado por ti —añadí dulcificando mi tono de voz.
—No quiero hablar de eso aquí.
—Pero…
—Termino el turno a las doce —me interrumpió—, ¿esperarías por mí?
—Claro —convine.
Le acompañé de vuelta al local y dejé que me sirviera un refresco.
Me senté a la barra y esperé. Apenas hice caso al espectáculo, ni a los camareros con el culo al aire que pasaban constantemente cerca de mí, sino que me dediqué a vigilar a Pablo y a Alejandro.
Se me hacía obvio que Pablo hacía un esfuerzo consigo mismo por evitarle sin ser descortés con él.
Por un lado, supongo que el hecho de que fuera un cliente al que tuviera que servir le ataba las manos en cierto modo, pero me preguntaba hasta qué punto Pablo se sentía tentado por su compañía.
Alejandro, por su parte, no hacía más que seguir sus movimientos con la mirada y aprovechaba cualquier momento de cercanía para decirle algo.
Tenía que confesar que la anodina apariencia de Alejandro no era lo que yo me esperaba: no era muy alto, quizás tendría más o menos la misma estatura que yo, era más bien delgado, y tenía algo de tripita.
Su pelo era ralo, entrecano, y sus facciones no eran especialmente remarcables, y sin embargo no estaba exento de cierto atractivo y carisma.
Solo su mirada turbia y oscura tras las gafas de pasta le hacía ver como el hombre dominante y violento que mi amigo me decía que era, pero más bien parecía un ratón de biblioteca.
Recordé entonces que Pablo me había dicho una vez que él era profesor de filosofía en un instituto, y me estremecí al pensar en todos los adolescentes que habían pasado por su aula sin saber lo que se escondía bajo la apocada apariencia de su profesor.
Me planteé decirle dos palabritas, pero me contuve, en primer lugar porque no sabía qué era lo que pasaba entre ellos dos, y en segundo lugar, porque fuera cual fuese el problema de Pablo con Alejandro, había demostrado ser capaz de hacerle frente dos veces, y no dudaba que habría una tercera vez.
Sin embargo, no podía dejar de pensar en las palabras de Pablo de la semana anterior: «Cada cual tiene sus adicciones.
Es normal caer de nuevo en ellas de vez en cuando».
En ese momento pensaba que hablaba de mí y David, pero ahora empezaba a darme cuenta de que hablaba de sí mismo, y yo no había sabido escucharle.
—He terminado. ¿Nos vamos?
Concentrado como había estado mirando a Alejandro, no me había dado cuenta de que Pablo ya se había cambiado de ropa y esperaba a mi lado. Miré mi reloj y vi que era pasada la medianoche.
—Sí, claro.
Alejandro no nos quitaba el ojo de encima mientras salíamos juntos del local y se me ocurrió entonces que quizás él había albergado la esperanza de que Pablo se fuera con él esa noche. Quizás había sido mejor idea de lo que en un principio pensé ir a buscarle al curro.
Nos dirigimos a la cocina y salimos por la puerta de servicio. Sin embargo, al girar la esquina y dirigirnos a la calle principal, vimos a los porteros del local, guardando todavía la entrada principal.
—¡Eh, rubito! —me gritó uno de ellos—. Mi oferta sigue en pie.
—¡Que te folle un pez! —le contesté malhumorado.
Ambos estallaron en carcajadas y nos alejamos de ellos. Nos mantuvimos en silencio hasta que entramos en el panda de Pablo y arrancó el motor.
—¿Te importa si duermo esta noche en tu casa?
—No, claro que no —le dije—. ¿Necesitas pasar por tu piso para coger algo?
—No, prefiero que no. Cogeré prestado algo tuyo.
—Como quieras —contesté, a sabiendas de que cualquier prenda para dormir que pudiera prestarle a Pablo le quedaría pequeña, pero no quise discutir con él. Tenía ganas de preguntarle otra vez por Alejandro, pero sabía que era mejor hacerlo cuando llegáramos a casa, así que guardé silencio otra vez.
—Déjame adivinar —dijo unos minutos más tarde—. Los porteros te vacilaron un rato antes de dejarte entrar.
—Ni siquiera me dejaron entrar. Si Enric no hubiera acudido al rescate, hubiera tenido que vender mi virtud para poder verte —bromeé.
—No, no hubieras tenido que hacerlo, solo querían tomarte el pelo — musitó—. Esos dos tienen un sentido del humor muy parecido —dijo—, son una pareja muy buen avenida.
—¿Esos dos brutos son pareja?
—Sí, y son encantadores. La de risas que me he echado gracias a ellos —dijo, y sin embargo ni siquiera ese recuerdo le sacó una sonrisa.
Tuvimos que callejear un poco para encontrar aparcamiento cerca de mi piso.
El edificio tenía un garaje privado, por supuesto, pero no se me había ocurrido pedirle a Clara las llaves, no pensando que necesitara usarlo algún día.
Entramos en el ático en silencio y Pablo fue directamente a darse una ducha sin ni siquiera pedirme permiso.
Fui a la cocina a preparar algo que comer para una cena un tanto tardía y poco después él entró con el pelo mojado y uno de mis pantalones de dormir puestos.
Se sentó a la mesa y le puse delante un plato con un sándwich vegetal y otro para mí.
Empecé a comer, sintiendo que estaba muerto de hambre, pero él no parecía tener intención de tocar su comida.
—Tienes que comer algo, ¿sabes?
—Sí, lo sé. ¿Tienes algo para fumar?
—Cómete eso primero —dije como una madre preocupada—. Luego vamos al salón, te enciendo un porro y me cuentas.