A través del sexo. La saga completa 7. Adicciones #3
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7. Adicciones #3

El día pasó sin mayores novedades, pero yo no podía dejar de pensar que algo le pasaba a Samuel.

Se mantuvo toda la jornada en un discreto segundo plano de una manera poco habitual en él, y apenas habló con nadie en casi todo el día.

Mi intención era abordarle a la primera ocasión que tuviera para estar con él a solas, pero no tuve dicha oportunidad hasta el descanso del mediodía.

Estábamos en la cafetería y el grupito se había juntado para comer.

Justo antes, Gabriel y yo habíamos tenido uno de nuestros breves encuentros en el baño y durante el almuerzo estuvo particularmente simpático y más expresivo de lo habitual, contándonos unas divertidas anécdotas acerca de los entresijos de la última campaña electoral para el ayuntamiento, en la que su padrastro había participado.

Quizás su histrionismo tenía algo que ver con el porro que se había fumado después de nuestro sexo apresurado y que yo no había querido compartir con él: que estuviera él alegre por los dos ese día, a mí la lucidez me vendría bien, sobre todo para vigilar a Samuel.

No le quité el ojo de encima en todo el rato, y pude ver que no participaba del regocijo general y que apenas había tocado su comida.

En un momento dado, se levantó para ir al baño y decidí acompañarlo, esperando que esa fuera la oportunidad idónea para hablar con él.

—Espera, que voy contigo —le dije a la vez que me incorporaba.

Salimos juntos en dirección a los servicios y una vez allí, Samuel fue hacia uno de los urinales para desahogar su vejiga.

Me quedé pudorosamente apartado de él, pensando en que esa era la segunda vez en el mismo día que iba a ese excusado en compañía de un hombre, pero con intenciones radicalmente distintas.

Cuando terminó, me miró desconcertado, preguntándose quizás para qué habría ido yo al baño si no tenía que atender ninguna de mis necesidades fisiológicas en aquel momento.

—¿Estás bien? —le pregunté cuando terminaba de lavarse las manos.

Me miró por encima del hombro antes de secárselas con una toalla de papel.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque no pareces estarlo. —Apoyé el costado contra una pared y crucé los brazos sobre el pecho, en espera de una respuesta que no llegó—. ¿Es por Pablo? —presioné.

—¿Cómo lo sabes?

—Intuición de gay —bromeé—. El otro día quedé con él y lo vi raro.

Samuel asintió gravemente antes de continuar:

—Sé que eres su mejor amigo, Noah, y no quiero pedirte que traiciones su confianza, ¿pero sabes algo que yo deba saber?

—No, creo que no… —le respondí.

—Estoy tan preocupado —continuó—. El sábado le llamé varias veces, pero no me lo cogió.

Dice que no oyó las llamadas, pero él siempre está pendiente del móvil.

—Me miró en busca de respuestas, pero yo puse cara de póker.

Por nada del mundo le iba a contar cómo vi que ignoraba su llamada—.

Y luego ayer nos vimos, pero estuvo tan…

distante. Ni siquiera nos besamos. —Elevé las cejas sorprendido.

Lo habitual en ellos era estar todo el día besuqueándose.

No era normal que Pablo no fuera cariñoso con alguien, sobre todo con su «Samy».

Iba a preguntarle algo más cuando él se me adelantó—: ¿Tienes alguna idea de quién puede ser Alejandro?

—¿Quién? —dije. Por un momento pensé que Samuel me preguntaba por alguien de la facultad, pero luego me di cuenta de a quién se refería. Se me encogieron las tripas—. ¿Dónde has visto ese nombre?

—Ayer, en el móvil de Pablo. —Se ruborizó—. Se lo miré en cuanto tuve ocasión, y un tal Alejandro le ha estado llamando mucho últimamente.

—¿Últimamente?

—Sí, desde la semana pasada. No sé si tengo razones para preocuparme, y no quiero parecer el típico novio celoso, pero… ¿Noah? —exclamó al verme resoplar y caminar en círculos por el baño—. ¿Qué pasa?

—Que a lo mejor sí que tienes razones para preocuparte. Y yo también.

—¿Qué es lo que pasa? ¿Sabes quién es ese Alejandro?

—Creo que sí, espero estar equivocado.

—¿Quién es?

—Un ex de Pablo, ese del que te hablé una vez. —Samuel palideció visiblemente—. Pero no tiene por qué ser ese Alejandro —me apresuré a aclarar, deseando convencerme a mí mismo de ello—, podría ser otro que se llame igual —titubeé—, alguien del trabajo, o un compañero de clase…

Samuel negó con la cabeza.

—Pablo no me ha hablado de nadie con ese nombre. ¿Crees que se estará viendo con su ex? —preguntó. Me encogí de hombros, incapaz de darle una respuesta—. Noah, ¿qué hago? —dijo al borde del llanto.

—Déjamelo a mí, hablaré con él.

—¿Estás seguro?

—Y tan seguro —dije.

Volvimos a la cafetería y Samuel tenía peor cara que antes.

Parecía más desolado y desvalido y yo sentí una profunda pena por él.

Si lo que me temía acerca de Pablo era cierto, quizás Samuel estaba a punto de perder a su primer amor, y yo sabía lo que era pasar por algo así, pero además la situación de Pablo me preocupaba muchísimo, y no sabía qué iba a hacer si Alejandro le estaba rondando de nuevo.

Al vernos aparecer con las caras tan largas, Gabriel levantó una interrogante ceja, pero no dijo nada.

Luego se giró, sonrió y siguió hablando animadamente con los demás.

—¿Qué os pasaba antes a Samuel y a ti? —me preguntó Gabriel cuando me llevaba a mi casa aquella tarde.

Aquel día habíamos salido muy tarde, y era casi de noche cuando enfilamos el camino al ático.

Ese era uno de los pocos momentos del día en que podíamos hablar a solas y yo me había acostumbrado a dejarme llevar en su coche.

A veces le dejaba subir a casa y entrar en mi cama, pero aquel no iba a ser uno de esos días.

De nuevo parecía el de siempre, serio y tranquilo, y yo me di cuenta que el efecto del porro había pasado ya, aunque incluso estando colocado se había dado cuenta de que algo iba mal.

Gabriel era bueno dándose cuenta de ese tipo de cosas.

—No lo sé —le contesté—, pero creo que Pablo puede tener problemas.

—¿Qué clase de problemas? —preguntó desviando un segundo la vista de la carretera.

—Problemas serios.

—¿Puedo hacer algo por ti?

—No —respondí mientras marcaba el teléfono de Pablo en mi móvil.

—¿Y qué vas a hacer?

—Hablar con él. Igual no es nada. —Guardé silencio mientras escuchaba los tonos, pero nadie descolgó.

No era la primera vez que intentaba ponerme en contacto con Pablo ese día.

Había querido hablar con él desde que tuve aquella conversación con Samuel, pero debía de estar ignorando mis llamadas como había hecho con las de su novio el fin de semana—. ¡Mierda! —siseé—. No me lo coge.

Empecé a recriminarme el haberle tenido delante tan solo unos días antes y no haber visto las señales: su excesiva formalidad, su nostalgia, su tristeza, su actitud dubitativa…

Todo ello indicaba que Alejandro había vuelto de una manera u otra a su vida, pero no me di cuenta de ello hasta que oí su nombre de labios de Samuel. ¿Cómo había estado tan ciego?

—¿Sabes qué? —le dije a Gabriel—. Creo que prefiero que me lleves a casa de Pablo en vez de a la mía. ¿Te importa?

—En absoluto —respondió.

Le indiqué por dónde debía ir mientras seguía intentando contactar con mi amigo. Dondequiera que estuviese, se me hacía meridianamente claro que o bien estaba ocupado, o bien no quería hablar conmigo ni con nadie. Ambas posibilidades me resultaron de lo más preocupantes.

—Es aquí —le dije a Gabriel cuando llegamos a la casa de Pablo.

—¿Te acompaño? —preguntó solícito.

—No, no hace falta. Solo quiero hablar con él, pero gracias.

Me despedí de Gabriel, me apeé del coche y toqué el telefonillo en cuanto el coche hubo arrancado de nuevo.

—¿Sí? —contestó la voz grave de Álvaro.

—Hola, soy Noah, vengo a ver a Pablo.

—Pues no está aquí —me respondió él—. Se fue hace rato a trabajar.

Miré el reloj, eran casi las nueve de la noche.

—¿Tenía turno hoy? —pregunté extrañado. Yo solía llevar cuenta de sus turnos, y no me constaba que trabajara ese día.

—No, pero su jefe le pidió que fuera.

—Ah —contesté decepcionado.

—¿Le dejas algún recado?

—No, voy a ir a buscarle allí —dije, decidiendo en ese momento que lo que quería decirle no podía esperar al día siguiente—. Hasta luego.

Me alejé del portal unos pasos y volví a llamar a Pablo, con el mismo resultado que antes; al fin y al cabo, si estaba trabajando, no llevaría su móvil encima.

Pillé un taxi con las prisas y sin pensar en mi economía por primera vez, y le di la dirección del local donde trabajaba.

Yo no sabía si el taxista tenía alguna idea de lo que se hacía dentro de ese destartalado edificio de ladrillos, pero me pareció notar una mirada de desaprobación cuando me bajaba del vehículo.

La entrada estaba flanqueada por dos porteros con pinta de matones, enfundados en sendos trajes negros.

Yo nunca había usado la puerta principal, sino la de servicio, que estaba en el lateral del edificio, pues siempre había entrado allí con Pablo.

No sabía si los porteros me reconocerían y me dejarían entrar por las buenas, en todo caso, yo no tenía la pasta suficiente para poder pagar una entrada como todos los demás clientes, así que cuadré los hombros, puse cara de saber lo que estaba haciendo y me propuse pasar entre ellos como si nada.

Musité un «buenas noches» y justo cuando pensaba que me iba a poder colar sin mayor problema, uno de ellos puso su manaza sobre mi pecho, impidiéndome avanzar.

—¿A dónde te crees que vas?

—¿Ahí dentro? —respondí con algo menos de seguridad, señalando hacia el interior del local.

Ambos se miraron un segundo, sonriendo con ironía.

—Si crees que colarte aquí es tan fácil…

—Venga ya —protesté—, no estoy intentando colarme. Vengo a ver a un amigo.

—Ya, a un amigo —dijo el otro.

—Sí, soy amigo de Pablo.

—¿Qué Pablo?

—El camarero —contesté—. Solo tengo que entrar un momento para hablar con él —dije dando otro paso hacia el interior.

El portero volvió a ponerme una mano sobre el pecho.