7. Adicciones #2
—Sí, y no me quiero ni imaginar lo que hubiera pasado si los hubiera perdido a los dos…
—Se estremeció—. En todo caso, me parece que a él le gustaría tener más distracciones, y sé que le encantaría poder volver a trabajar, pero ni su médico ni su jefe le dejan —me explicó Clara—.
Su médico dice que tiene que descansar, relajarse y centrarse en su hijo; mi tío Adolph no lo quiere ni ver por la oficina, pero creo que él está deseando tener algo que hacer y sentirse útil.
Asentí. Puede que yo nunca hubiera vivido la muerte de un ser querido, pero sabía lo que era sufrir una pérdida, y la ociosidad era el peor enemigo de un corazón roto.
—Y tú, ¿cómo estás?
Ella se encogió de hombros como si creyera que no tenía derecho a quejarse. Quizás pensaba que lo que estaba viviendo no era nada en comparación con lo que estaría sufriendo su hermano, y yo estaba empezando a ver que la abnegación era una de sus muchas cualidades.
—Creo que yo también necesito mantener la mente ocupada —dijo al final, sacando el libro de cinética molecular—. Y todavía no has terminado de explicarme la ecuación de Arrhenius.
Si ella recordaba que eso era precisamente lo que le estaba explicando la mañana que David la llamó para pedirle que fuera al hospital, no lo hizo ver, tampoco iba a decir yo nada al respecto.
Saqué mi propio libro y me esforcé por hacérselo entender.
Clara tenía razón en una cosa: había que tener la mente ocupada.
A comienzos del mes de noviembre se materializaron mis temores en forma de facturas, que cayeron implacablemente sobre mí el primer viernes de mes, mermando considerablemente mis recursos económicos.
Lo peor de todo era que ni siquiera había decidido qué iba a hacer, y cuando habíamos pasado la primera quincena del mes, apenas me quedaba ya efectivo.
—¿Y cómo te lo vas a montar? —me preguntó Pablo un fin de semana de mediados de noviembre. Habíamos quedado a la salida de mis prácticas en el laboratorio, y yo había dejado que me invitara a un café, literalmente—. ¿Vas a pedirle dinero prestado a tu padre?
Esa tarde hacía frío y llovía, quizás por eso Pablo iba vestido más formal de lo habitual en él: llevaba un suéter verde de escote en uve y una gabardina negra.
Recientemente se había cortado su cabellera castaña, y los rizos que coronaban su cabeza ya no parecían tan indomables y desordenados.
Me di cuenta entonces de que ese estilo algo más sobrio le sentaba bien, y me encontré a mí mismo admirando su físico.
Pero sus ojos estaban algo más apagados de lo normal y parecía preocupado por algo que no tenía nada que ver con mis tribulaciones económicas.
—Supongo que sí —contesté al final—, no tendré más remedio si quiero terminar el mes. Pero eso es solo una solución momentánea. Le puedo pedir dinero un mes o dos, pero no para siempre.
—Pues ponte a trabajar.
—¿Con clases cada día de mañana y de tarde y prácticas los sábados? —protesté—. Entre eso y las horas que invierto en la biblioteca no tengo tiempo, y no puedo dedicarle menos al estudio, a mí no me vale aprobar con un cinco —concluí malhumorado.
—Pues búscate un compañero de piso.
—Eso había pensado, pero no sé…
Por un momento pensé que Pablo se ofrecería a vivir conmigo a causa de sus problemas de convivencia, pero en cambio guardó un digno silencio. Quizás él esperaba a que yo se lo pidiera, pero seguía sin saber si eso era una buena idea.
—¿Y cómo está Clara? —preguntó.
—Bien, creo. Me parece que está preocupada por su hermano, pero supongo que eso es normal. —Fruncí el ceño al pensar en David.
—¿Qué pasa? —me preguntó.
—Nada, es solo que… creo que yo también estoy preocupado por él.
—¿Y por qué ibas a estarlo? —preguntó.
Le miré dubitativo, preguntándome si ese sería un buen momento para sincerarme.
—Desde lo que pasó aquella tarde, durante el velatorio…
—dije refiriéndome a cuando había ido con David al hospital para ver a su hijo—.
No dejo de pensar en él. —Yo le había contado a Pablo ese pequeño incidente, pero no había tenido valor hasta entonces para expresarle los sentimientos que me había despertado—.
Además, hay una cosa que no te he contado…
—¿El qué? —me invitó con calma.
—Justo antes de casarse, David me vino a buscar y…
Bueno, ya sabes. —Guardé silencio unos segundos, pensando que Pablo iba a empezar a gritarme, pero en cambio no dijo nada—.
Me dijo que quería pasar una última noche con un hombre, y que quería que ese hombre fuera yo —le expliqué—.
Pero ahora que su mujer ha muerto… No puedo evitar pensar que quizás David vuelva a mí, y no dejo de fantasear con eso.
—Me mordí el labio inferior, inseguro. El inusual silencio de Pablo era más difícil de llevar que uno de sus habituales ataques de furia asesina cada vez que le nombraba a David—.
Sé que está mal pensar así de un hombre que acaba de enviudar —añadí—, pero no me lo puedo quitar de la cabeza.
—Le había contado todo esto a Pablo con la esperanza de que me gritara, me llamara inconsciente y descerebrado, me ayudara a ver que no me serviría de nada seguir teniendo esos pensamientos por David, y me hiciera entrar en razón.
Pero en vez de eso me miró melancólico y suspiró—. ¿No me vas a decirme nada?
—No.
—¿No? —pregunté elevando las cejas, cada vez más desconcertado por su comportamiento.
—No. Cada cual tiene sus adicciones —sentenció—. Es normal caer de nuevo en ellas, de vez en cuando.
Estaba a punto de preguntarle qué quería decir con eso cuando empezó a sonar la musiquilla de su teléfono móvil. Lo cogió para ver quién llamaba, y lo volvió a guardar en su bolsillo sin haber contestado. El teléfono siguió sonando unos segundos más.
—¿No contestas? —me extrañé.
—No.
—¿Quién era?
—Samuel.
—¿Era Samuel? —pregunté más que intrigado—. ¿Y no se lo vas a coger? —Se encogió de hombros—. ¿Pasa algo entre vosotros?
—No, no —dijo rápidamente. Demasiado rápidamente—. No es eso.
—¿Entonces?
De repente, la expresión de Pablo había cambiado. Esperé unos segundos a ver si decía algo más, pero parecía concentrado en mirar a través de la cristalera de la cafetería lo que ocurría en la calle.
—¿Pablo? —insistí cada vez más preocupado por su extraño comportamiento.
Volvió sus ojos ambarinos hacia mí y suspiró.
—No es nada —contestó—. O bueno, quizás sí… Creo que hay cosas que necesito pensarme.
—¿Acerca de Samuel?
Se pasó las manos por el pelo y pareció momentáneamente desconcertado al no encontrar su habitual mata de ensortijados rizos.
—No me apetece hablar de eso ahora, cariño —me dijo—, primero tengo que aclarar mis propias ideas. Ya te lo contaré.
Estuve a punto de insistir, pero algo en la demudada expresión de su rostro me hizo cambiar de parecer. Yo solo había visto a Pablo comportarse de esa forma en una ocasión y por una causa muy concreta. No era una idea alentadora.
El lunes siguiente llegué a la facultad bastante temprano, pero en vez de meterme en clase, me aposté junto a la entrada, en un lugar desde el que podía ver los coches enfilando la entrada del aparcamiento con la esperanza de ver aparecer el Ferrari rosa chillón de Clara.
Conociéndola como la conocía, suponía que le alegraría que la esperara y la llevara a clase colgada del brazo, aunque mi principal intención era esperar a Samuel.
Después de mi conversación del sábado anterior con Pablo, me había quedado bastante preocupado por ellos dos, y me preguntaba si habrían hablado o si mi amigo habría seguido evitando a su novio. En todo caso, sería interesante averiguar qué pensaba Samuel de todo esto.
Él fue el primero en llegar, y no tenía buena cara precisamente. Salió de su coche, se dirigió hacia el edificio de la facultad, ensimismado, y no me vio hasta que no estuvo prácticamente junto a mí. Llamé su atención y me saludó con una leve sonrisa.
—Hola, Noah.
—¿Qué tal?
— Pse —contestó encogiéndose de hombros—. ¿Qué haces aquí fuera con este frío?
—Espero a Clarita —dije rápidamente, enarbolando mi coartada.
— Aah . —Se quedó quieto junto a mí, apoyando su escuálida espalda contra uno de los pilares de la entrada, dispuesto a esperar conmigo.
Estuve a punto de preguntarle acerca de Pablo en aquel momento, pero justo entonces oímos el ronroneo de un deportivo, y vimos el inconfundible coche de Clara entrando en el recinto de la facultad—. Ahí la tienes —dijo.
La vimos bajar de su coche y acercarse a nosotros.
Puede que ya no estuviera tan afectada, pero algo en ella, quizás su manera de caminar o la ropa extrañamente sobria que llevaba puesta, indicaba que no estaba todavía al cien por cien.
Sin embargo, al vernos allí, esperando por ella, esbozó una sonrisa de auténtica alegría.
Como esperaba, se colgó de mi brazo contenta, y así, los tres juntos, entramos en clase.