A través del sexo. La saga completa 7. Adicciones
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7. Adicciones

ADICCIONES

S amuel había tenido razón al suponer que Clara no seguiría ocupando su piso después de la muerte de Lorea, sino que volvería a casa de su hermano para hacerle compañía.

La madre de ambos también se quedó durante unas semanas, pero una vez se hubo ido, David y Clara volvieron a estar solos en casa, y más unidos que nunca.

A pesar de que Clara nunca se quejó, y de que lo hizo de manera totalmente voluntaria, fue bastante triste verla mover sus cosas de nuevo a casa de su hermano y poner fin a nuestros pocos meses de convivencia.

Durante las dos siguientes semanas, Clara solo se pasaba por el ático para visitarme y llevarse a casa de su hermano cosas que necesitaba, pero no volvió a dormir allí.

Su habitación estaba cada vez más vacía, y yo me sentía como un intruso viviendo solo en ese enorme piso, como un niño que se pone los zapatos de un adulto.

Ahora que ella ya no vivía allí, no veía ninguna razón para seguir haciéndolo yo mismo, y a finales de octubre empecé a prepararme para mudar todas mis cosas a casa de mi padre.

—No, quédate tú aquí —me dijo ella una de esas veces que vino, cuando le comenté mis planes de mudanza.

—¿Qué?

—No tienes por qué irte, Noah. Esta también es tu casa ahora.

—Ya, pero… —titubeé—. ¿Qué sentido tiene vivir aquí solo? Vine para estar contigo.

Clara cerró el cajón en el que había estado rebuscando y me ofreció una sonrisa dulce y sincera. Cómo la iba a echar de menos.

—Lo sé, y te agradezco muchísimo todo lo que has hecho por mí.

—Cogió mis manos entre las suyas y me miró con ojos llorosos.

Desde la muerte de Lorea estaba de lo más sentimental—.

Y yo ahora tengo que hacer lo mismo por mi hermano, pero eso no quiere decir que tengas que irte de aquí.

—Cuando fui a protestar, negó con la cabeza—.

Hazlo por mí —me pidió—, prefiero que estés tú aquí cuidando de la casa a que esté vacía, y no se la quiero alquilar a un desconocido.

—Ya, pero… Aunque quiera quedarme, la verdad es que el dinero que tengo no me da para afrontar los gastos yo solo.

—Una cosa era compartir facturas con otra persona, otra muy distinta pagarlas yo íntegramente, y era muy consciente de que mi magra economía no podría soportar todos los gastos, aun cuando Clara siguiera insistiendo en no cobrarme un alquiler.

—Pues búscate un compañero de piso. Alquila una de las habitaciones, o díselo a Gabriel o a Pablo…, o a quien tú quieras.

—Me lo pensaré —dije no muy convencido.

Era verdad que Gabriel buscaba un sitio para independizarse, pero no me parecía que él y yo pudiéramos ser buenos compañeros de piso.

Él tendía irremediablemente al caos y yo al orden, y temía que un eventual problema de convivencia viniera a agriar nuestras relaciones.

Además, todavía sentía algo especial por él, y me sentía demasiado confuso como para tenerle en casa todo el tiempo, aunque aún no había decidido si eso era más o menos deprimente que seguir enamorado de David.

Pablo, por su parte, estaba un poco harto de sus compañeros de piso, Josep y Álvaro, y sus frecuentes peleas.

Ninguno de los dos parecía capaz de dar el paso y admitir que estaba enamorado del otro, renunciar a su libertad e iniciar una relación, pero ambos se mostraban ferozmente celosos de cualquier ligue que el otro tuviera.

Pablo, que había tenido sexo con los dos, juntos y por separado, se encontraba en medio de una interminable discusión de enamorados, lo que a su vez era una fuente de discusiones con Samuel, que, celoso de aquellos dos y de la relación no muy casta que habían mantenido con Pablo, le presionaba para que encontrara otro lugar en el que vivir.

Pero mi relación con mi mejor amigo nunca había sido tampoco del todo platónica, y no quería convertirme en el nuevo foco de los celos de Samuel cuando Pablo empezara a querer dormir en mi cama.

—Piénsatelo, ¿vale? —insistió Clara antes de irse, mientras cogía la bolsa que contenía las cosas que había ido a buscar—. Puedes incluso instalarte en mi habitación, prefiero que seas tú quien duerma en mi cama. Al fin y al cabo, ya he vaciado casi todos los armarios.

Aquella tarde entré en el dormitorio de Clara pensando en lo que ella había dicho.

Era una habitación preciosa, amplia, presidida por una enorme cama de madera de nogal, con un ventanal que daba a poniente, y desde el que se veían los atardeceres de la ciudad, reflejándose dorados y anaranjados contra las ventanas de los edificios que nos rodeaban.

Me senté en la cama, acaricié la colcha floreada con la yema de los dedos y negué con la cabeza.

Antes de decidir si iba a quedarme en el cuarto de Clara, tenía que decidir si iba a quedarme en la casa, y la verdad era que la decisión no dependía enteramente de mí.

Octubre no había sido un mes problemático, pues las facturas ya estaban pagadas cuando Clara tuvo que irse, pero yo sabía que en noviembre tendría que afrontarlas yo solo, y que los escasos fondos de los que disponía para costearme mi manutención se me iban a quedar cortos para terminar el mes una vez que las pagara.

O le pedía dinero prestado a mi padre, o volvía a su casa, o me conseguía un compañero de piso.

Me levanté y salí del cuarto de Clara en dirección al mío, habiendo decidido que tenía que consultarlo con mi propia almohada.

Clara se reincorporó a las clases a principios de noviembre, y para entonces tenía bastante materia atrasada y un par de trabajos pendientes, a pesar de que durante su ausencia yo le había pasado los apuntes cuando ella venía a casa a buscar sus cosas.

Una vez que volvió a clase, empecé a ir a su casa por las tardes para explicarle todo lo que se había perdido aquellas dos semanas de clase, pero nunca vi a David.

Según Clara me decía, su hermano pasaba casi todo el día en el hospital con su hijo.

Aunque el bebé seguía en la incubadora y poco podía hacer David por su cuidado, ir allí cada día se había convertido en una nueva rutina para él: por las mañanas hablaba con el pediatra acerca de los avances de Íker; por la tarde, se quitaba la camisa y dejaba que las enfermeras acostaran a su hijo sobre su pecho, como había hecho aquella primera vez estando conmigo, y pasaba horas junto al pequeño.

Clara, que a veces iba con él, me contaba cómo estaba su sobrino con una sonrisa en el rostro, y yo solo podía pensar que al menos algo les estaba yendo bien.

El niño avanzaba lentamente, y sus logros eran de una simpleza desarmante, pero supongo que el problema de un prematuro es precisamente que no es capaz de hacer lo que los demás damos por hecho: poco a poco empezó por fin a ganar peso, consiguió que su sistema digestivo tolerara el alimento y que sus pulmones empezaran a respirar por sí solos.

Aún tardaría unas cuantas semanas en ser capaz de regular su propia temperatura sin ayuda de la incubadora o de la piel de su padre, o de hacer algo tan simple como tomarse un biberón, pero al parecer esas cosas también vendrían con el tiempo.

Habiendo pasado ya las primeras semanas de vida, había sorteado los peores riesgos para su supervivencia y ahora solo le quedaba crecer y engordar.

—Tendrías que verlo, está tan bonito —me dijo Clara una tarde de principios de noviembre—. Ya no parece una ratita.

Me reí en silencio.

—¿Y cómo está tu hermano? —le pregunté.

—Supongo que bien… Tardó un poco en asimilar del todo lo que había pasado, y ahora que por fin lo ha hecho, está siempre ansioso y de mal humor. Apenas quiere pasar tiempo en casa, parece que las paredes se le echan encima, solo viene aquí a dormir.

—¿Crees que este sitio le recuerda a…? —No fui capaz de terminar de formular la pregunta, consciente de que debía ser así.

A mí ese ático me recordaba irremediablemente a los meses que pasamos juntos, a lo cariñoso que se ponía conmigo cuando estaba cachondo, a las cosas que me decía cuando hacíamos el amor, a lo guapo que era cuando dormía.

Era inevitable que él tuviera esos mismos recuerdos sobre mí…

Y sobre Lorea, y yo no podía ni imaginarme lo doloroso que tenía que ser eso.

—Creo que sí, pero también creo que solo se siente bien cuando está su hijo.

Sin poder evitarlo, la imagen de David llorando y aferrándose a su pequeño bebé volvió a mi cabeza.

Esa escena estaba aún suspendida en mi retina y había acudido a mi mente en innumerables ocasiones a lo largo de las últimas semanas.

Que David se hubiera apoyado en mí en su momento de mayor debilidad también me había dado que pensar, y no podía desprenderme de la idea de que yo debía significar algo para él.

Al fin y al cabo, antes de casarse me había confesado que seguía sintiendo algo por mí, y ahora que no estaba Lorea…

Negué con la cabeza con cierto disgusto.

Ese tipo de pensamientos no iba a llevarme a ninguna parte.

Los problemas que habían impedido que David y yo volviéramos a estar juntos seguían existiendo, y ahora además él estaba llorando a su mujer y cuidando de un niño pequeño.

Era bastante improbable que estuviera pensando en emparejarse de nuevo.

Pero, sobre todo, yo no quería dar la impresión de que mi intención era aprovechar la situación para intentar seducirle de nuevo.

Gabriel había dado en el clavo al afirmar que yo deseaba volver a estar con él, en lo que estaba equivocado era en que yo fuera a intentarlo ahora que acababa de enviudar.

De alguna extraña manera, la posibilidad de recuperarle me parecía más remota que nunca.

—Al menos su hijo le sirve de consuelo —dije al fin.