6. Algo tan pequeño #6
—¿Estás cómodo? —preguntó la enfermera al terminar.
—Y ahora, ¿qué tengo que hacer? —preguntó David a su vez.
—Nada, solo relajarte. Intenta estar así como mínimo una hora. Cuando estés cansado o quieras irte, dímelo.
Acercó un biombo de tela hasta nosotros y lo abrió para darnos algo de intimidad. Luego, con una última sonrisa, se fue.
Yo, que me había apartado un poco durante toda la maniobra, volví a acercarme y me arrodillé en el suelo, junto al asiento.
El niño parecía completamente dormido, cómodo y mucho más feliz que dentro de la incubadora.
David, por su parte, lo miraba con una expresión de asombro en el rostro, como si aún no pudiera creer que el diminuto bulto que tenía entre las manos fuera un ser humano.
—Es tan pequeño —susurró—. Es increíble que algo tan pequeño…
No terminó la frase, pero yo sabía lo que quería decir, lo increíble que era que algo tan pequeño fuera la causa de tanto revuelo, de tanto dolor, y que a la vez tuviera tanta fuerza y tanta vida en su diminuto cuerpo.
—¿Cómo se llama? —le pregunté.
—Íker —susurró.
—Íker Van Kerckhoven Goikoetxea —puntualicé yo—. Sabes que se van a reír de él en el colegio con esos apellidos, ¿no?
Sonrió ante mi broma con cierta melancolía.
—Eso espero —dijo.
Acarició con su pulgar la frente de Íker, quien la frunció levemente y pareció incomodarse de nuevo. El niño acercó una de sus manitas a la cara, abrió la boca y buscó a ciegas con ella hasta que dio con uno de sus dedos, que empezó a chuparse con fruición. Luego cerró los ojos y pareció dormir.
Y entonces, David rompió a llorar.
Eran sollozos contenidos, quizás por el inconsciente deseo de no perturbar el sueño de su hijo, pero llenos de dolor.
Lloraba como nunca he visto llorar a nadie, como no lo he vuelto a ver, apretando al niño contra su pecho como si en ello encontrara el único desahogo posible.
Me quedé arrodillado a su lado, mudo de emoción, deseando con todas mis fuerzas poder abrazarle y mitigar su dolor, pero sabiendo que ahora él solo podía obtener cierto consuelo de ese pequeño bebé que, ajeno al dolor de su padre, dormía con placidez, disfrutando del primer contacto verdaderamente humano de su vida.
Lo único que yo podía hacer era quedarme a su lado hasta que no tuviera más lágrimas que llorar. Y eso fue precisamente lo que hice.
—Fue muy triste. Muy bonito, pero muy triste —dije.
Esa noche quedé con Gabriel, deseoso de desahogarme.
Me monté en su coche y dejé que me llevara a aquel descampado al que fuimos la primera vez.
Pusimos música, encendimos un porro y empecé a hablar.
Él escuchó en silencio mi relato: cómo pillé a David en pleno ataque de asma, y cómo él, desbordado por la situación, había decidido escaparse para ver a su hijo, llevándome a mí para que le hiciera de chófer.
Le conté lo que ocurrió en el hospital, lo diminuto que era el niño, el miedo que había debido de sentir David cuando la enfermera lo puso sobre su pecho, piel con piel, separados tan solo por el pañal en miniatura que llevaba.
—Tenías que haberlo visto —dije—. Cuando llegamos, David lo miraba casi con resignación, pero cuando la enfermera se lo puso en brazos fue como si… De repente parecía que ese niño era lo más importante del mundo para él, como si sus sentimientos por él hubieran cambiado en un segundo…
Me resultaba imposible describir lo que acababa de vivir, pero estaba seguro de que lo que había visto era a David enamorándose de su hijo.
Cuando salimos del hospital, David estaba mucho más relajado, menos rígido que cuando entramos, y una expresión de calma y de paz se había instalado en el fondo de sus ojos.
El dolor tardaría en pasar, estaba seguro, pero ahora sabía que el niño iba a ser un gran consuelo para él.
—Es normal que él tenga sentimientos encontrados hacia el niño —opinó Gabriel—. Por un lado, es su hijo, y sabe que debe quererle, pero por el otro…
—Ya, pero él no tiene ninguna culpa de lo que le pasó a su madre.
—Supongo que es inevitable para David culparle, al menos en parte, y estoy seguro de que eso le hace sentir culpable a su vez. A veces sentimos cosas que sabemos que no está bien sentir, pero no podemos evitarlo. Mírate a ti, por ejemplo.
—¿Qué?
—Enamorado hasta los huesos de un hombre que acaba de enviudar —dijo con una sardónica sonrisa—. Seguro que deseaste consolarle con todas tus fuerzas, incluso es posible que a cierto nivel te hayas alegrado de la muerte de su mujer.
—Estás siendo injusto conmigo —le dije profundamente ofendido, quizás porque Gabriel estuviera acertado, al menos en parte.
—Dime que no te alegras de haberte quitado a la competencia de encima —me retó.
—¿Cómo puedes acusarme de…?
—Bah, eres demasiado hipócrita como para ser sincero.
—¿Como tú o más hipócrita? —le espeté—. Me acusas de hacer algo malo por estar enamorado de la persona equivocada cuando lo tuyo es peor.
—¿Lo mío? —preguntó con sorpresa, elevando las cejas.
—Sí, lo tuyo. ¿O es que crees que no me he dado cuenta de quién estás enamorado? Puede que yo tenga ganas de follarme a un hombre que acaba de enviudar, pero tú quieres follarte a tu propio hermano.
Hacía tiempo que lo sospechaba, pero me daba tanto pudor preguntarle que siempre había pensado que lo mejor era esperar a que él quisiera decírmelo. En aquel momento estaba tan furioso con él por meter el dedo en la llaga que solo se me ocurrió corresponderle.
—Eso ha sido un golpe bajo.
—¿Lo ha sido? —pregunté, aún enfadado—. Perdóname si soy demasiado sincero para tu gusto.
Todavía esperaba que lo negara, pero no lo hizo. Dio una larga calada y recostó la cabeza contra el respaldo, cerrando los ojos.
—En realidad, es mi hermanastro —dijo.
—¿Entonces es verdad?
Abrió los ojos.
—¿Estabas dando palos de ciego? Habrase visto…
—Lo siento, yo…
—No, no lo sientas. Tienes razón, no tengo nada que reprocharte.
Lo mío es peor. —Guardó silencio durante unos instantes—.
Nuestros padres se casaron hace casi diez años —me contó al final—, desde entonces somos hermanos.
Él es unos años mayor que yo, y desde la primera vez que lo vi…
Yo solo tenía doce o trece años, Noah, pero me ha gustado desde entonces.
—¿Y él no…?
—No, él es hetero hasta la médula, y para él yo soy solo su «encantador» hermano pequeño.
—Fui a decir unas palabras de consuelo, pero Gabriel negó con la cabeza—.
No, es mejor así. Imagínate que él me correspondiera, sería el final de nuestra familia.
Mi padrastro es muy conservador —me dijo—, es concejal en el ayuntamiento por el PPE.
Si se enterara de que me gusta follar con tíos me desheredaría.
Si se enterara de que a quien me quiero follar es a su hijo, me mataría.
—Me miró a los ojos—. Lo digo en serio, es mejor así.
—Y sin embargo, sigues pensando en él cuando estás con otros —dije con dulzura, metiéndole un mechón de pelo por detrás de la oreja.
—Tú tienes una ventaja sobre mí: tú sabes cómo es David como amante, yo solo puedo suponer.
Le besé con suavidad y dejé que él fuera quien decidiera si quería seguir o no.
Pero sí que quería. Me tomó entre sus brazos y me hizo todas esas cosas que para él estaban prohibidas.
Yo sabía que no estaba pensando en mí mientras me las hacía, pero no dije nada.
Al fin y al cabo le debía una. Esa fue la cuarta cosa que aprendí de mi amistad con Gabriel: que a los amigos hay que devolverles los favores.