A través del sexo. La saga completa 6. Algo tan pequeño #5
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6. Algo tan pequeño #5

—Eso no me importa ahora en lo más mínimo —dijo—. ¿Me llevarás?

—Sí. —Tal y como estaban las cosas, no me parecía conveniente negarle un favor. Abrí el coche y nos subimos—. ¿A dónde vamos?

—Tú arranca —contestó.

Giré la llave en el contacto y el motor ronroneó con suavidad.

Yo había conducido el coche de Clara en un descampado varias veces, pero nunca había circulado con él por la ciudad, y la verdad era que desde que me sacara el carné había tenido pocas oportunidades para conducir, así que no las tenía todas conmigo.

Confiando en que no pasara nada, intenté arrancar el coche, pero se me caló el motor en cuanto levanté el pie del embrague.

—Lo siento —susurré, poniendo de nuevo en marcha el motor.

David no dijo nada y esta vez fui con más suavidad, consiguiendo poner el coche en marcha.

Salimos del aparcamiento y me disponía a girar hacia la izquierda y tomar la salida que llevaba a casa de David, pensando que íbamos hacia allí, cuando me dijo:

—No, gira a la derecha.

—¿A dónde vamos? —volví a preguntar, más desconcertado esta vez.

—Sigue recto, ya te iré diciendo.

«Pues no me lo digas, entonces», pensé. Siguió indicándome durante un rato, mientras atravesábamos toda la ciudad, hasta que me di cuenta de que nos acercábamos al Hospital Universitario.

—¿Vamos al hospital? —pregunté al final.

—Sí.

—¿Vas a ver a tu hijo? —dije, casi atragantándome con esa última palabra.

—Ya te dije que necesitaba ir a un sitio.

Entramos en el recinto hospitalario y metí el coche en el aparcamiento de visitas.

Sudé la gota gorda mientras intentaba meter el coche en un hueco en batería sin rozarlo contra una columna de cemento.

David salió del coche resueltamente en cuanto hube aparcado y se dirigió hacia la entrada del hospital.

Le seguí a poca distancia, preguntándome qué hacía yo allí.

Nos dirigimos al ala de maternidad y cogimos el ascensor hasta la tercera planta.

Yo no dejaba de pensar en lo doloroso que le debía de resultar estar en ese lugar, pero él no mostraba la más mínima emoción.

Cuando salimos del ascensor, atravesamos una puerta cuyo cartel rezaba «Unidad de Neonatología», pero en lugar de dirigirse a la puerta principal, David giró a la derecha y me guió hasta una puerta de doble hoja sobre la que se leían las siglas «UCIN».

—¿Qué significa eso? —le pregunté señalando el cartel.

—Esta es la unidad de cuidados intensivos —dijo, antes de dar dos rápidos toques en la puerta y entornarla levemente. Miró con indecisión hacia el interior y esperó a que una enfermera se acercara hasta nosotros.

—¿Sí? —nos dijo.

—Me gustaría ver al niño de la incubadora 5 —repuso David.

—¿Eres el padre?

—Sí. ¿Puede pasar mi hermano conmigo? —preguntó, refiriéndose a mí.

Enarqué las cejas ante su mentira, pero no dije nada.

—Sí, claro, pasad —dijo ella abriendo del todo la puerta.

Nada más franquear la entrada, David se quitó el reloj de pulsera y se lavó las manos en un lavabo que había junto a la puerta, indicándome que debía hacer lo mismo que él, y mientras lo hacía, miré a mi alrededor.

Nos encontrábamos en una amplísima sala con las paredes pintadas de un agradable azul pastel.

Las incubadoras se alineaban contra la pared, manteniendo entre ellas una distancia de casi dos metros.

Sobre cada una de ellas había un monitor que chivaba, con brillantes números de colores, las constantes vitales de los bebés que había dentro, pero los bebés no estaban a la vista.

Mientras caminábamos por la sala, me di cuenta de que todas las incubadoras estaban tapadas por un manto oscuro, quizás para proteger a los niños que había dentro de la luz, o de miradas indiscretas.

Había otros padres allí, parejas que se mantenían de pie o se sentaban junto a las incubadoras y miraban a los diminutos hijos que tenían dentro.

David me guio por la unidad hasta pararse frente a una de esas incubadoras y levantó lentamente el paño que la cubría. Allí, protegido en medio de sus paredes de metacrilato, estaba el ser humano más pequeño que he visto en toda mi vida.

Era un bebé, como otro cualquiera, salvo porque tenía la estatura de una baguette y era flaco como ningún otro bebé que yo hubiera visto.

Estaba desnudo, salvo por el pañal y el gorrito que llevaba puestos, y su piel tenía un aspecto rosado y tierno.

Recordé la descripción que Clara me había dado, esa impresión de inmadurez, como los ratones recién nacidos, vulnerables y ciegos.

Sin embargo, este niño no estaba ciego. Al levantar el cobertor de la incubadora, había regañado los ojos levemente, como si estuviera molesto por la repentina luz, y se había movido entre las sábanas sobre las que reposaba su cuerpecito.

Sus facciones estaban parcialmente tapadas por una mascarilla que cubría su nariz y parte de su cara, pero aun así pude ver que poseía unos enormes ojos negros.

Cables y catéteres salían de su pecho, su abdomen, su brazo y su boca, pero no parecían limitar su movilidad.

Podría pensarse que un niño tan pequeño no sería capaz de moverse, pero este no dejaba de hacerlo.

Miré hacia David, que a su vez miraba a su hijo con una indescifrable expresión en el rostro. Quizás ni él mismo sabía qué sentir por aquel niño flacucho que involuntariamente le había causado tanto dolor y que seguramente había roto todas sus expectativas acerca de la paternidad.

Una enfermera se nos acercó en ese momento y se dirigió a David.

—Soy la enfermera del bebé —dijo a modo de presentación—. ¿Eres su padre? —le preguntó. Cuando David asintió, ella compuso una expresión adusta—. Siento mucho tu pérdida. ¿Cómo estás?

Quizás esa familiaridad podía parecer fuera de lugar, pero era tonto pensar que el personal que cuidaba del niño no conociera las circunstancias de su nacimiento. En todo caso, David no parecía molesto, pero no contestó a la pregunta.

—Solo he venido a ver cómo está. Con lo que ha pasado… no he podido venir hoy a hablar con el pediatra.

—El niño está bien —le dijo ella—. Estable.

Aún necesita un poco de oxígeno suplementario, como puedes ver —dijo refiriéndose a la mascarilla que cubría su nariz—, pero con lo pequeño que es, eso es lo normal.

También ha perdido un poco de peso, pero eso también es lo normal en la primera semana de vida. Por lo demás, sin cambios.

—Gracias.

David volvió de nuevo su mirada a la personita que se revolvía incómoda en la incubadora y que parecía a punto de echarse a llorar. Frunció el ceño, arrugó la cara y movió los brazos espasmódicamente, como buscando una postura más cómoda.

—Puedes tocarlo si quieres —dijo la enfermera. David la miró casi con alarma y ella añadió—: No te va a morder.

Si David pilló la broma, no lo demostró.

—¿Debería? —preguntó con infinita inseguridad, quizás intimidado por el frágil aspecto del bebé.

—Sí, si quieres —dijo ella en tono conciliador—. De hecho… ¿Te han informado sobre el método canguro?

—Sí —dijo él—, el día que nació.

Yo les miré alternativamente, no sabiendo de qué hablaban.

—Quizás no es un buen momento —continuó ella.

De repente, era la enfermera quien parecía insegura—, pero el niño está ya lo suficientemente estable para hacerlo, y mientras antes empieces, mejor.

Además, muchos padres dicen que es una experiencia muy placentera y relajante.

Quizás sea lo que necesitas —dijo con cierto atrevimiento.

David miró hacia el niño, que aún se revolvía en la incubadora.

Abrió una de las puertecitas frontales y tocó con cautela a su hijo, posando la mano sobre su cabeza.

El bebé se relajó perceptiblemente al sentir el contacto, dejó de fruncir el ceño y sus ojos empezaron a moverse y a buscar, llenos de curiosidad.

—¿Qué tendría que hacer? —preguntó. Aún parecía inseguro, pero había una resolución en su voz que indicaba que acababa de tomar una decisión.

—Quítate la corbata y desabróchate la camisa —dijo ella a la vez que abría un cajón que había bajo la incubadora y sacaba de él una pequeña sábana. Yo me aparté y los miré intrigado, observando cómo David obedecía y se descubría el pecho—. Siéntate ahí.

David se sentó en un sillón azul que había junto a la incubadora y miró cómo la enfermera abría el panel frontal de la incubadora y metía ambas manos en ella. Rodeó con sus manos al bebé a la vez que empezaba a izarlo. El niño se quejó, lloriqueó un poco y ella sonrió con ternura.

—Vamos con papá, pequeñajo —le dijo ella, mientras lo sacaba de la incubadora y lo apoyaba contra su pecho, envolviéndolo en la sábana.

Cerró de nuevo la incubadora, asegurándose de que los cables y catéteres no estuvieran tirantes, y luego llevó el niño hasta David, que esperaba sentado.

Lo desenvolvió y lo apoyó con cuidado sobre el pecho de su padre, acostándolo boca abajo directamente sobre su piel.

Al sentir el contacto, David compuso una expresión de profunda inquietud durante un instante, abrió la boca y exhaló un mudo suspiro.

El niño, por su parte, se movió hasta dejar las piernas encogidas bajo su abdomen, estiró los brazos y los volvió a flexionar, pellizcando al hacerlo la piel de David.

La enfermera le colocó con cuidado la cabeza, de manera que apoyara su mejilla izquierda contra el pecho de su padre, y rápidamente cerró la camisa de David sobre ambos.

Luego se concentró en acomodar los catéteres del niño.

Aún pude ver a través de la tela cómo se revolvía un poco más.

Quizás por instinto, David puso sus manos sobre la espalda de su hijo, cubriendo la totalidad de su cuerpo con sus dedos.

El bebé cerró los ojos y se quedó quieto.

Fue entonces cuando entendí lo que quería decir la enfermera: David era ahora como una mamá canguro, protegiendo con la bolsa que se formaba entre su ropa y su piel a su hijo, nacido demasiado inmaduro para enfrentarse solo al mundo.