A través del sexo. La saga completa 6. Algo tan pequeño #4
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6. Algo tan pequeño #4

A pesar de que había muchos asientos allí, casi todo el mundo estaba de pie y se reunía en grupitos.

El murmullo de las conversaciones y de los llantos se entremezclaba en la enrarecida atmósfera del lugar.

Al fondo de la sala había una pared de cristal, tras la cual se veía el féretro.

Desvié la vista del ataúd y me centré en los vivos.

No tardé en ver a David. Iba vestido de negro, con un traje muy elegante y de cara factura, pero que estaba algo arrugado; su corbata también era negra y destacaba sobre una camisa blanca.

Hablaba solícito con una mujer bajita, algo regordeta y pelirroja, que lloraba con contención, e imaginé que debía de ser la madre de Lorea.

Estudié a David durante unos instantes, y pude ver que parecía estar sereno, pero su postura era rígida y forzada.

Hugo estaba junto a él, flanqueándole en silencio como una sombra, y cuando me vio, me hizo un leve gesto de saludo con la cabeza.

Sopesé la posibilidad de acercarme a ellos para darle mi pésame a David, pero no lo hice, sino que seguí buscando a Clara con la mirada.

Al final la encontré, en medio de un grupito que hablaba de banalidades.

Estaba medio abrazada a una mujer menuda y muy guapa que solo podía ser su madre, y al verla, descubrí de quién habían heredado David y Clara su etérea belleza.

Sonia Ricoy ya no era una mujer joven, pero las líneas de su rostro seguían siendo elegantes y estilizadas, con una nariz larga y unos ojos grandes e inteligentes.

Se erguía con la elegancia de una reina y hablaba con seguridad en sí misma.

Su mirada se cruzó con la mía un momento y fui víctima de tal escrutinio que bajé los ojos, avergonzado.

—Noah —oí que me llamaban. Volví a levantar la vista y vi que Clara también miraba hacia mí. Me acerqué a ellas mientras Clara le decía a su madre—: Mamá, este es mi amigo Noah.

Sonia asintió.

—Encantada —dijo. Inclinó la cabeza hacia mí y me ofreció la mano como saludo.

Luego me giré hacia Clara y la abracé.

—¿Cómo estás? —pregunté contra su oído.

—Bien —dijo desmintiendo su tétrico aspecto. Tenía el rostro cansado y unas enormes ojeras enmarcaban sus ojos—. Gracias por venir —dijo, separándose de mí.

—No tienes que darlas.

Samuel y Pablo, que me habían seguido, también saludaron a Clara y a su madre, y sufrieron el mismo escrutinio que yo.

—Voy a ver qué hace David —dijo Sonia a modo de despedida una vez que, aparentemente, le dio el visto bueno a los amigos de su hija—, si me disculpáis.

La seguí con la mirada y vi cómo se acercaba a David y le decía unas breves palabras a la madre de Lorea, que asintió llorosa y se retiró a uno de los asientos.

Luego cogió a su hijo por el brazo y se puso de puntillas para susurrarle algo al oído.

Una brevísima sonrisa de agradecimiento se insinuó en el rostro de David al mirarla, pero desapareció tan deprisa como había llegado.

—¿Cómo está tu hermano? —preguntaba Pablo, bajando la voz mientras yo le seguía mirando.

—No lo sé —contestó Clara—. Pero la verdad es que me tiene preocupada. Ni siquiera le he visto llorar —confesó—. Si estuviera gritando o rompiendo cosas… Pero está tan… tranquilo. —Se estremeció visiblemente.

—Quizás es que está en shock —dijo Samuel.

—O quizás no. Cada cual encaja las cosas de manera diferente —comenté para intentar consolarla mientras miraba de nuevo en la dirección en la que le acababa de ver, pero él y su madre debían de haberse movido hasta quedar fuera de mi campo visual.

—Espero que tengas razón —dijo ella—. Pero yo aún estoy esperando a que mi hermano explote. Y mientras más tarde en hacerlo, más fuerte lo hará. —En ese momento vimos cómo la madre de Clara volvía a la sala y le hacía una seña a su hija para que se acercase—. Tengo que irme, luego hablamos.

—Pobrecita —dijo Samuel mientras la veíamos irse—. La que se le viene encima.

—¿Por qué dices eso?

—Bueno… Piénsalo, Noah —me dijo—, ahora su hermano está viudo, y tiene que cuidar él solo de un niño que va a necesitar más atención que un niño normal.

Y ella es la única familia que él tiene aquí, en España.

Seguramente volverá al piso de su hermano y le ayudará con el niño.

No creo que siga viviendo contigo después de esto.

—Vaya… —musité al darme cuenta de que Samuel probablemente tenía razón.

Conociendo a Clara como la conocía, no dejaría a su hermano solo en ese trance, y actuaría como «madre» del niño solo por el amor que le iba a profesar—.

La verdad es que no hemos tenido tiempo de hablar de eso, pero ahora que lo dices…

—Mi móvil empezó a sonar escandalosamente y silencié la llamada, sintiéndome avergonzado por no haberlo apagado antes de entrar.

No me parecía correcto dejarlo sonar en un tanatorio—.

Era Gabriel —informé a mis amigos—. Voy a llamarle.

Salí de la sala y me dirigí al baño de hombres. Una vez dentro, pulsé el botón de rellamada.

—¿Sí? —contestó.

—Hola, ¿me llamaste?

—Sí, solo quería saber cómo están los ánimos por ahí.

— Buff , pues imagínate. No muy bien, la verdad.

—¿Tú estás bien?

—Sí, sí que lo estoy. —Me apoyé contra la pared de azulejos del fondo de la estancia y cerré los ojos—. Pablo y Samuel también están aquí conmigo. Pero Clara está hecha polvo, y David…

En ese momento la puerta del baño se abrió y David y Hugo entraron. Hugo sostenía a David por el brazo mientras este hacía evidentes esfuerzos por respirar. Su respiración era dificultosa y sibilante, como si sus vías aéreas se negaran a inhalar el aire que necesitaba.

—¿Dónde está tu inhalador? —preguntaba Hugo con aparente premura—. ¿Dónde?

Pasmado por la escena que estaba presenciando, me olvidé momentáneamente de mi conversación telefónica.

Hugo parecía preocupado, pero no asustado.

De hecho, lucía la templanza de alguien que ha afrontado una situación de estrés el suficiente número de veces como para saber cómo responder ante ella.

Siendo ambos amigos desde la infancia, supuse que si aquel episodio no era nuevo para Hugo, debía de ser porque David lo sufría con relativa frecuencia, y me volví a maravillar de su capacidad para ocultar sus debilidades a los demás.

—¿Noah? —escuché a través de la comunicación telefónica.

—Gabriel, tengo que colgar… —dije, y apagué el aparato antes de acercarme a ellos.

Hugo reparó en mi presencia y me hizo un gesto para indicarme que no pasaba nada y que no me acercara más.

—¿Dónde está el inhalador? —repitió, esta vez más despacio.

David intentó hablar, pero solo salió de su garganta un estrangulado silbido.

Luego se señaló la ropa e hizo un vago gesto hacia el exterior de los baños—.

¿En tu abrigo? —preguntó. David asintió—.

Voy a buscarlo. No le dejes solo —dijo mirándome con rudeza, antes de salir.

En los escasos segundos que Hugo tardó en volver, me acerqué a David y dejé que se apoyara en mis hombros mientras boqueaba con esfuerzo para coger aire.

Me asusté considerablemente, y empecé a pensar en qué debía hacer en caso de que David perdiera el conocimiento, pero eso no llegó a ocurrir.

Hugo entró de nuevo en el baño, agitando en su mano un inhalador.

—Toma —dijo, intentando ponérselo a David en la boca, pero este tuvo aún la suficiente presencia de ánimo como para darle un manotazo, llevárselo él mismo a la boca y pulsar el botón para que el medicamento entrara en sus vías respiratorias.

Hizo un par de inspiraciones más profundas y dolorosas antes de pulsar de nuevo el botón.

Poco a poco su respiración se fue normalizando y haciéndose menos ruidosa.

—¿Estás mejor? —preguntó Hugo.

—Sí —tosió.

Hugo le frotó la espalda un poco, para ayudar a sus músculos a relajarse, y David hizo uso de su inhalador una tercera vez.

—Te traeré un vaso de agua —dijo su amigo, saliendo de nuevo del baño.

David apoyó las palmas de las manos en la pared y hundió la cabeza, intentando que su respiración se regularizara por completo. Me puse a su lado procesando lo que acababa de ver y froté suavemente su espalda, de la misma manera en la que Hugo lo había hecho hacía unos segundos.

—¿Eres asmático? —le pregunté al final.

—Sí —dijo—, desde pequeño. Aún me dan crisis a veces, cuando me pongo muy nervioso.

—¿Y aun así fumabas? —dije con un deje de desaprobación.

Esbozó una sonrisa irónica y carente de felicidad.

—Ahora ya sabes por qué tenía que dejarlo —contestó, antes de que un nuevo acceso de tos le tomara.

Esperé a que pasara antes de seguir hablando.

—David, yo… —dije sintiéndome muy torpe, pero sabiendo que tenía que decirlo—. Lo siento muchísimo. En serio que lo siento.

—Lo sé —contestó con calma.

Aunque tenía toda la pinta de estar harto de escuchar las mismas palabras una y otra vez, me miró con candidez.

—Si hay algo que pueda hacer por ti…

—En realidad sí que lo hay —dijo con la voz algo ronca todavía—. Acompáñame fuera, ¿quieres? Estoy un poco agobiado y necesito aire fresco.

—Pero ¿y Hugo, y el agua?

—Luego. Hugo se preocupa tanto por mí que también resulta agobiante. ¿Me acompañas o no?

—Sí, claro.

Salimos del baño y nos dirigimos a la salida del tanatorio.

Había varios grupitos de personas allí, que hablaban en voz queda y fumaban.

Pensé que David se detendría en el pequeño jardín de la entrada, pero siguió avanzando hasta el aparcamiento que había junto al edificio.

Yo le acompañé sin decir nada, hasta que nos paramos al lado de su coche y él sacó las llaves.

—¿No pensarás conducir ahora? —le dije—. Tal y como estás…

Tiró las llaves en mi dirección y las cogí al vuelo.

—No, conducirás tú —dijo para mi asombro—. Necesito ir a un sitio.

—¿Quieres que conduzca tu coche? —pregunté, sintiendo que me sudaban las manos ante la mera idea.

—Sí. Sabes conducir, ¿no?

—Sí, pero… me acabo de sacar el carné y no tengo mucha experiencia. ¿Y si rozo la carrocería del coche o algo?