5. Nuestra naturaleza #3
A mi padre no le pareció mal, y de hecho, me dijo que se iría más tranquilo a Nueva York sabiendo que yo no estaría solo en casa.
Estábamos empezando el mes de julio, acabábamos de terminar el curso, y para mí llevarme mi ropa a casa de Clara y dedicarme a dormitar bajo el sol en la terraza de su ático era como tomarme unas merecidas vacaciones en un hotel de lujo.
Por lo demás, Clara parecía estar cada vez mejor, y yo no tuve que sortear muchas crisis, aparte de un par de lloriqueos nocturnos y unos pocos intentos por parte de Guillem de entrar en la casa de Clara, que se cortaron de raíz cuando salí a recibirle a la puerta con uno de sus palos de golf y una sonrisa maliciosa.
Dos semanas después de la boda, David y Lorea volvieron de la luna de miel y fueron a visitar a Clara.
Llegaron de improviso una tarde, mientras Pablo, Clara y yo tomábamos el sol en la terraza y nos bebíamos unas cervezas.
Al oír el timbre del portal, Clara recordó repentinamente que su hermano le había avisado de que vendría y Pablo y yo, que solo llevábamos puestos unos calzoncillos, nos apresuramos a vestirnos y lavarnos la cara para tener una pinta mínimamente presentable.
—A ver qué le vas a decir —me dijo Pablo con una sonrisa socarrona cuando estábamos en el baño.
—¿A quién?
—A él.
—¿Acerca de qué?
—Acerca de que estés compartiendo piso con su hermana…
—No estoy compartiendo piso con su hermana —aclaré—, me estoy quedando con ella mientras él ha estado demasiado ocupado en otras cosas como para estar a su lado cuando le ha hecho falta compañía.
—¿Cuando dices otras cosas te refieres a follarse a su mujercita?
—Sí, por ejemplo —contesté cortante. Pablo no tenía ni idea de que David y yo habíamos pasado una última noche juntos antes de que este se casara, y no sentí que fuera un buen momento para decírselo—. ¡Joder! —siseé—. No tengo ganas de verle.
—Pues vámonos —me propuso—. Si bajamos por las escaleras, igual ni nos cruzamos con él.
—Está bien —consentí.
Salimos del baño apresuradamente y fuimos hasta el salón, donde estaba Clara, poniéndose un pequeño vestido rosa sobre su bikini.
—Oye, ya que va a venir tu familia a verte, nos vamos —dijo Pablo—. Que no queremos molestar.
—No molestáis, no seas tonto.
—Ya —le dije—, pero me apetece dar un paseo. ¿No te importa, verdad?
—No, claro que no —contestó.
—No llegaré muy tarde —le prometí con un besito en la mejilla.
Nos dirigimos hacia la salida, y justo cuando llegábamos a la puerta de la entrada, el timbre sonó. Pablo y yo nos miramos un segundo maldiciendo nuestra mala suerte. Respiré hondo y abrí la puerta.
Quien estaba en el umbral no era David, sino Lorea, a quien reconocí por las fotos de la boda.
Tenía una cara bonita, de rasgos más bien redondos, y la piel levemente bronceada y llena de pecas, que resaltaban aún más sus grandes ojos verdes.
Era casi tan alta como yo, y menos delgada de lo que yo había pensado, quizás porque en las dos semanas que mediaban entre su boda y ese momento, su embarazo había seguido avanzando inexorablemente.
Hice un rápido cálculo mental, y supuse que debía tener unos cinco meses de gestación.
Ella, por su parte, se quedó algo pasmada al ver a dos desconocidos en la puerta de su cuñada, y nos miró con el ceño levemente fruncido.
—¿Está Clara? —dijo.
Antes de que pudiéramos contestar, esta apareció por detrás de nosotros canturreando:
—Estoy aquí, estoy aquí. —Nos apartó de sendos codazos y se hizo camino hasta Lorea, abrazándola con afecto—. ¡Hala, menuda barrigota que tienes ya! —le dijo con candidez—. ¿Y David?
—Se ha quedado abajo, aparcando.
—¿Qué tal lo habéis pasado?
—Muy bien —le respondió Lorea.
Ante la perspectiva de oír la historia de su perfecta luna de miel, intervine rápidamente:
—Clara, nos vamos ya.
—Vale, vale —dijo con un gesto de la mano, y haciendo entrar a su cuñada—. Pasadlo bien.
Cerró la puerta tras nosotros y oímos a través de la madera cómo le decía a Lorea quiénes éramos nosotros.
—Parece simpática, ¿verdad? —le dije a Pablo en tono pensativo. Una parte de mí quería odiar a esa mujer, pero la otra se alegraba de que David estuviera enamorado de alguien tan agradable.
—Es una lagarta —me contestó Pablo con antipatía.
—Es muy guapa.
—Está gorda.
—No está gorda —me reí—, está embarazada.
—Es lo mismo —dijo mientras bajábamos por las escaleras—.
Y cada vez se pondrá más y más gorda, y le saldrán estrías y varices —añadió con mórbida satisfacción—.
Y cuando nazca el bebé, estará todo el día con él pegado a la teta, con los pelos engrifados y con unas ojeras tremendas. Y entonces, David dejará de quererla.
—Si te crees que eso me sirve de consuelo, estás muy equivocado.
—¿Seguro?
—Más o menos —dije—. Espero que sean felices —musité para mí.
—Pues yo espero que la felicidad se les atragante. Ese hombre no merece nada bueno después de lo que te ha hecho a ti.
Me encogí de hombros mientras seguíamos bajando. Poco sabía yo en ese momento lo predictivas que resultaron ser las palabras de mi mejor amigo.
Hubo que pasar varias semanas antes de que Clara se encontrara lo suficientemente bien como para pasar largos ratos a solas, así que durante el mes de julio no me separé de ella: salíamos a dar paseos, íbamos a la playa e incluso dormimos juntos alguna que otra noche en la enorme cama de matrimonio de su dormitorio.
Pablo me miraba con una ceja levantada cada vez que me veía aparecer con Clara, pues ella me seguía a todas partes; y mi padre, una vez que llegó de Nueva York, empezó a preguntarme cada vez más insistentemente cuándo pensaba volver a casa, pero yo les decía a ambos que ella aún me necesitaba. Lo cual era verdad.
Los únicos momentos de solaz los tenía cuando Clara iba a ver a su hermano, o cuando él iba a verla a ella.
Evitaba hábilmente cualquier encontronazo con David, no solo porque la idea de verle me resultaba dolorosa, sino porque no quería darle la oportunidad de expresar su opinión acerca de que yo estuviera, al menos temporalmente, viviendo con su hermana.
Así que aprovechaba esos momentos para quedar con mi propio hermano, ir a correr o encontrarme con Gabriel en alguna cafetería.
Clara, que entendía que su excesiva dependencia me restaba privacidad, no ponía pegas a la hora de invitar a mis amigos a casa, incluso a Gabriel, a quien ella apenas conocía, pero de quien sabía que era casi exclusivamente mi única fuente de sexo, sobre todo ahora que no tenía libertad para salir a ligar.
Fue así como Gabriel empezó a trabar cierta amistad con Clara, pues tenía los suficientes encantos como para caerle bien, y el suficiente odio por Guillem como para que no le importara escuchar la historia de cómo ella le había pillado in fraganti una y otra vez; así que en poco tiempo, él iba y venía a su antojo, y ella le dejaba quedarse a dormir de vez en cuando.
Cosa contra la que yo no tenía ningún inconveniente.
—¿Quién hubiera dicho que Guillem era un putañero?
—comentó con cierto desdén la primera vez que vino a cenar con nosotros.
Clara le había deleitado con la versión extendida de la historia de la infidelidad de su novio, aderezada con una colorida crónica de la boda, no fuera que se perdiera algún detalle interesante.
Ahora, tras haber cenado, nos habíamos retirado al salón y, recostados sobre los sofás, divagábamos sobre la vida y el amor mientras Gabriel se fumaba un pitillo. Yo le había advertido explícitamente que no fumara otra cosa que tabaco en presencia de Clara.
—Yo no he dicho que esa chica fuera una puta —puntualizó Clara con un deje de dignidad.
Gabriel exhaló una bocanada de humo a la vez que resoplaba.
—No, pero seguro que lo piensas —le dijo, sacándole una sonrisa—. ¿Y cuándo dices que fue la boda de tu hermano?
—El veintinueve de junio —contestó Clara con inocencia.
Gabriel me lanzó una significativa mirada. Al fin y al cabo, también tenía la suficiente inteligencia como para empezar a atar cabos por su cuenta, pero no dijo nada al respecto.
—La verdad es que ese chico siempre me ha caído mal —comentó—. ¿Qué viste en él, encanto?
Ella suspiró.
—Noah siempre me dice lo mismo… Creo que no tengo buen ojo para los hombres.
—Ni tú ni nadie —comentó él con sombría jocosidad, guiñándome un ojo al mismo tiempo.
—¿Por qué será que todos los tíos son iguales? —se quejó Clara con un mohín de disgusto.
—¡Eh! ¿Quién dice que todos somos iguales? —protesté.
—Vamos, Noah, tú también sales con hombres, y te han hecho todas las putadas imaginables.
Gabriel me miró, elevando las cejas con interés ante ese comentario.
—Sí, pero… Eso no quiere decir que todos seamos iguales —me defendí.
—Ahora me vas a decir que tú eres una excepción —me dijo mi amiga, frunciendo los labios y enarcando las cejas—. Que tú eres especial, que no buscas sexo fácil, que siempre eres sincero y que nunca le has puesto los cuernos a nadie.
—No, pero…
—O sea —concluyó ella—, que sí que le has puesto los cuernos a alguien.
Pensé en Darío y en cómo me había liado con David delante de sus narices. Pero teniendo en cuenta las particularidades de nuestra relación y cómo él me había tratado, era difícil decir que yo hubiera sido desleal.
—Aquello fue diferente —intenté excusarme—, yo…
—¿Lo ves? Todos iguales.
Clara me viró la cara, como si estuviera repentinamente enfadada conmigo, creyéndome culpable de la misma falta que Guillem había cometido con ella.