5. Nuestra naturaleza #2
Asentí, sabiendo que tenía razón. Él adoraba tanto a su hermana que, si supiera lo que había pasado, volvería antes de tiempo para estar con Clara y ajustar cuentas con Guillem.
Estaba seguro de que cuando David se enterase de todo, la lista de gente que quería partirle la boca a ese indeseable aumentaría.
Por lo demás, no nos encontramos con él en el piso de Clara, ni con nada que revelara su presencia, salvo una nota en el aparador del recibidor, que ella me pidió que destruyera con la misma resolución dubitativa con la que me había pedido que borrara sus SMS. La abrí brevemente para ver el contenido y, como esperaba, no era más que una patética nota de disculpa, seguida de las más patéticas «no es lo que parece» y «te lo puedo explicar».
No era más que basura, y allí fue a terminar, tras una minuciosa destrucción por mi parte.
Luego seguí a Clara hacia el interior de la casa, admirando el sitio que se había comprado.
Como Samuel me había dicho, era un ático, y estaba en una zona muy céntrica, a solo unos minutos de paseo de la casa de David.
Me parecía una excentricidad que Clara tuviera un lugar tan grande para ella sola, pero parecía disfrutar del espacio.
Justo al traspasar el recibidor, se entraba en un amplio salón comedor, que estaba separado de la cocina por una barra americana.
El salón daba a unos ventanales que dejaban ver una extensa terraza con unas espectaculares vistas a la ciudad.
Al adentrarnos en la casa, dejamos atrás dos dormitorios, uno de ellos amueblado a modo de estudio, antes de llegar a la habitación principal, que estaba al fondo del pasillo.
Clara abrió los armarios apresuradamente para coger su ropa mientras yo volvía al salón para buscar un listín telefónico y encontrar a un cerrajero que estuviera dispuesto a cambiar la cerradura en ese mismo instante.
Al final encontré uno dispuesto a hacer el trabajo en menos de una hora por un sobrecoste adicional. Acepté, sabiendo que el problema de Clara era la premura y no el dinero, y luego nos sentamos en la terraza a esperar que el cerrajero apareciera.
En la terraza había dos hamacas de plástico, parecidas a las que se podían encontrar en las piscinas de los hoteles, y una pequeña mesita en medio, para poner revistas o bebida.
A aquella hora de la mañana el sol daba de frente de una manera vivificante, y Clara se tumbó y disfrutó durante unos minutos del aire libre.
Muy abajo, podían escucharse los sonidos de la ciudad: el confuso murmullo de cientos de pasos y conversaciones, los cláxones, los motores de los autobuses y camiones, y el levísimo y casi imperceptible temblor subterráneo del metro al pasar bajo nuestros pies, pero allí arriba todo era tranquilidad.
No teníamos nada que hacer salvo esperar al cerrajero y tampoco nada de lo que hablar.
En el tiempo que habíamos pasado juntos, nos habíamos dicho todo lo que había que decirse.
Ella me había contado todos los pormenores de lo ocurrido con Guillem aquella noche, y me había hablado largo y tendido de su relación con él.
Yo le había hablado de Gabriel y de nuestra especial amistad.
Comentamos lo bien que parecía irles a Samuel y Pablo y lo contentos que estábamos por ellos.
Me habló de su hermano y de su boda, de Lorea y la ilusión que le hacía tener un sobrino.
Volvimos a hablar de Guillem de nuevo, de lo mucho que yo siempre había desconfiado de él, de lo muy engañada que Clara había estado y de nuevo nos disculpamos mutuamente por nuestro comportamiento.
Al final, después de pasar unas noches durmiendo juntos en mi habitación, las cosas entre nosotros no solo habían vuelto a donde estaban antes, sino que de alguna manera, ahora parecíamos ser más íntimos que nunca.
Me volví para mirar a Clara, y vi que seguía tumbada en la hamaca, cubriéndose los ojos con el antebrazo y aparentemente tranquila.
Miré de nuevo hacia la ciudad y pensé en lo diferente que se veía desde las alturas dependiendo de si era de día o de noche.
Recordaba muy bien la última vez que había estado en una posición que me permitiera disfrutar de unas vistas así y las tripas se me encogieron.
Preocupado como había estado por el corazón roto de Clara, apenas había podido hacerle caso al mío.
La noche anterior se había empeñado en enseñarme algunas fotos de la boda, que sacara con la pequeña cámara digital que llevaba en el bolso.
Yo había hecho de tripas corazón y me había sentado a su lado, mientras ella me enseñaba fotos del banquete, de los invitados, incluso una en la que aparecía la chica con la que eventualmente Guillem había tenido una aventura en los servicios.
Dada la naturaleza de la memoria de las cámaras digitales, me enseñaba las fotos de la última a la primera, y la sensación era la de estar asistiendo al evento, pero marcha atrás.
A medida que avanzaba, la gente estaba cada vez menos borracha y tenía mejor aspecto que al principio.
La última foto que me enseñó, la primera que ella debió de sacar, fue la del momento en el que los recién casados salían del juzgado.
Lorea estaba a la izquierda de la fotografía, con un delicado vestido de color marfil, cuya fina caída no disimulaba su incipiente barriga de embarazada.
Llevaba una corona de flores blancas sobre su melena suelta, pelirroja y rizada, y reía con los ojos cerrados, mientras una lluvia de arroz les caía encima.
David, que estaba a su lado y la cogía del brazo, también reía con jovialidad, enfundado en un elegante traje gris, y la miraba con los ojos llenos de adoración.
Esa imagen me dolió más de lo que era capaz de expresar, y aquella noche, mientras Clara dormía en mi cama, yo había lloriqueado como un niño pequeño, hundiendo mi cara en la almohada para ahogar mis sollozos; pero también era verdad que esa fotografía terminó siendo de gran ayuda, pues contemplar la manera en la que David miraba a su esposa era como ver el cadáver de un amor que yo me rehusaba a creer muerto hasta ese momento.
Ahora que ya sabía que lo estaba, lo único que podía hacer era pasar página y seguir adelante. Y estaba más que dispuesto a hacerlo.
El timbre de la casa sonó y Clara abrió los ojos con cierta alarma.
Haciéndole un gesto para que se calmara y se quedara en la terraza, fui a abrir, pero, como yo había supuesto, solo era el cerrajero.
El hombre trabajó con celeridad, y Clara le pagó con holgura, así que nos fuimos a mi casa con la tranquilidad de que Guillem no podría volver a entrar para dejarle ridículas notitas a Clara.
Aquella tarde, los chicos fueron a mi casa para ver a Clara. Yo les había llamado el día anterior para informarles de lo que le había pasado, pues ni siquiera Samuel, que había estado en la celebración, sabía lo ocurrido. Al parecer, se había ido demasiado temprano de la fiesta.
—Todavía no nos has dicho qué fue lo que pasó exactamente —dijo Pablo.
Clara nos miró uno a uno como un animalillo enjaulado, antes de posar sus ojos en él, que esperaba pacientemente la respuesta a la pregunta que acababa de formular.
—Vamos, déjala tranquila —intervine—. ¿Para qué quieres saber los detalles?
—Para poner a caldo al estirado ese. Anda, cuéntanos —la apremió.
Ella me miró una vez más y yo asentí levemente.
Luego se puso a relatar una historia que yo llevaba dos días oyendo: que estaban en la boda de su hermano, y que lo estaban pasando genial.
Que a eso de las dos de la madrugada los recién casados se retiraron al hotel porque Lorea estaba cansada por el embarazo y todo eso, pero que la gente siguió de fiesta.
Que a las cuatro de la mañana se dio cuenta de que hacía un rato que no veía a Guillem.
Que fue al baño a retocarse el maquillaje y a orinar, y que se encontró a su novio follándose a otra sobre uno de los lavabos.
Que salió corriendo de allí, se fue en su coche a llorar a un descampado y esperó a que fuera una hora decente para aparecerse en mi casa.
—Y eso es todo —terminó ella con bastante calma. Todavía seguía muy afectada, pero los dos días que habían mediado desde entonces habían ayudado a aplacar su ánimo.
—¿Y no le dijiste nada? —intervino Samuel, mirando a Pablo significativamente—. Si yo pillara a mi novio de esa guisa, le decía de todo menos bonito…
—Pues no —admitió ella con humildad—. Mi única reacción fue salir corriendo y llorando, como una boba.
—No eres boba —le dije rodeando sus hombros con mi brazo y atrayéndola hacia mí.
Ella agradeció la carantoña con una sonrisa.
—¿Te ha llamado? —preguntó Samuel.
—Sí —le contestó Clara, mirándome otra vez—, pero no se lo he cogido.
—Y haces bien —aseveró Pablo—, no debes dejar bajo ningún concepto que te intente convencer para hablar con él. Si lo haces, caes en el riesgo de perdonarle.
—No voy a perdonarle —contestó altanera.
Ambos nos miramos con conocimiento.
—Eso dices ahora, guapa, pero en cuanto se te pase el cabreo y empieces a echarle de menos…
—Va a ser así, ¿verdad? —musitó—. Voy a quererle aunque sepa que es un capullo…
—Sí —le respondí—. Y seguirás haciéndolo durante un tiempo.
Me miró.
—A ti te pasó algo así, ¿no?
—Sí —admití.
—¿Y tardaste mucho en superarlo? —me preguntó Clara.
Negué levemente con la cabeza y suspiré mientras oía que Pablo respondía por mí:
—Todavía no lo ha hecho.
Pasaron varios días antes de que Clara se decidiera a volver a su piso, y lo hizo solo porque yo le prometí que pasaría unos días con ella.
Me instalé en el dormitorio de invitados, que nadie había utilizado hasta entonces, y empecé a convivir con ella, en lo que al principio pensé que serían como mucho un par de semanas.