5. Nuestra naturaleza
NUESTRA NATURALEZA
D urante unos instantes no supe cómo reaccionar.
Tenía a Clara llorando sobre mi hombro y, después de haber estado meses sin apenas cruzar palabra, no sabía qué decirle.
Por puro instinto, rodeé su espalda con mis brazos, y al hacerlo sentí cómo su cuerpecito temblaba con cada sollozo.
La suavidad de su delicado vestido de satén hizo que se me erizara el vello de los brazos, y no podía dejar de pensar, estúpidamente, que en contraste con su cuidado atuendo yo solo llevaba puesto un viejo pijama de algodón.
—Clara… —le susurré, sin saber qué más decir.
Quizás alertados por el sonido de la puerta, o por el llanto de Clara, mi padre y Lola aparecieron en la cocina, con los rostros adormilados pero perplejos.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó mi padre.
Giré la cabeza para mirarle y me encogí levemente de hombros para hacerle saber que yo tampoco tenía ni idea. Lola, sin embargo, no necesitaba saber lo que ocurría para saber cómo actuar. Se acercó a nosotros, me quitó a Clara de encima y la guió gentilmente hasta una de las sillas de la cocina.
—¿Pero qué te ha pasado, niña? —le preguntó con dulzura mientras la ayudaba a sentarse.
—Es que mi novio… —Hipó Clara entre sollozos—. Él… —Volvió a romper en sollozos y Lola la arrulló mientras mi padre y yo volvíamos a intercambiar una mirada.
—Tranquila, niña —le decía Lola—, échalo fuera, luego te sentirás mejor. Noah —susurró volviéndose hacia mí—, hazle una tila a tu amiga.
Calenté agua mientras Clara seguía desahogándose. Para cuando el agua hervía en la tetera, su llanto parecía haberse apaciguado un tanto. Puse el agua en una taza y le añadí un poco de miel y una bolsita de tila. Se lo tendí a Clara, que lo aceptó sin levantar la mirada hacia mí.
—¿De dónde vienes a estas horas y así vestida? —inquirió mi padre.
—De la boda de mi hermano —contestó ella, visiblemente avergonzada.
Mi padre me echó una miradita que yo me esforcé por obviar.
—¿Qué ha pasado? —me atreví a preguntar.
—Tenías razón con respecto a Guillem —dijo sin mirarme, antes de darle un sorbito a su infusión.
—¿Guillem es tu novio? —le preguntó Lola. Ella asintió—. ¿Y qué te ha hecho?
—Pues él… Es que entré en el baño y le encontré… —Su voz volvió a temblar y una lágrima se deslizó por su mejilla—. Había una chica… Vi unas bragas en el suelo y él… —Cerró los ojos con fuerza y rompió a llorar de nuevo.
—Oh, pobrecita, no digas nada más. Debe de haber sido algo horrible pasar por algo así —afirmó Lola con dulzura mientras la rodeaba con su brazo—.
Ahora vamos a quitarnos ese vestido arrugado y a darnos una ducha, ¿vale?
—le dijo como si hablara con una niña pequeña—.
Y luego te irás a dormir un poco. Ya verás cómo te sentirás mejor cuando te despiertes.
Clara asintió con docilidad y dejó que Lola se la llevara en dirección al baño. En cuanto ambas salieron de la cocina, di un profundo suspiro y me dejé caer en la silla que hasta hacía un momento ella había ocupado.
—¿Pero no estabais enfadados? —preguntó mi padre.
—Lo estábamos… —musité pensativo.
—¿Y ya no lo estáis?
—¿Cómo voy a estar enfadado con ella ahora? —dije, señalando en la dirección en la que se habían ido.
Mi padre asintió antes de mirarme, elevando las cejas.
—Así que venía de la boda de su hermano… No me habías comentado nada.
Me encogí de hombros para restarle importancia.
—Sí, bueno… Tampoco es nada del otro mundo que alguien se case, ¿no?
—No si es alguien, pero yo creía que ese hombre significaba algo para ti.
—David es agua pasada —aseguré fingiendo hastío.
—¿Y Gabriel es agua nueva?
—Qué pesado eres —dije levantándome—, ya te he dicho que Gabriel es solo un amigo.
Me dirigí hacia la puerta para volver a mi dormitorio, pero la voz de mi padre me detuvo en el umbral.
—¿Seguro? —me dijo, en tal tono que tuve que girarme a mirarle.
—¿Qué…?
—¿Sabes lo malo de hacerse mayor? —me preguntó—. Que el sueño de uno se vuelve más ligero. Y de noche, en una casa silenciosa, se escucha hasta el más mínimo ruido. —Me puse rojo como un tomate al entender lo que estaba insinuando—. No me vuelvas a engañar así —me amonestó.
—Lo siento, es que…
—¿Es que qué?
—No lo tenía planeado —balbuceé—, pero es que anoche necesitaba algo de compañía y…
—Y de consuelo —terminó él por mí. Asentí—. O sea, que ese hombre no es tan agua pasada como me quieres hacer creer…
—Bueno…
—¿Y Gabriel, te gusta?
—Sí, claro que me gusta, pero no desde un punto de vista… romántico. Ya te he dicho que solo somos amigos.
—Quizás deberías intentar centrarte en alguien a quien sí puedas tener.
Chasqueé la lengua al darme cuenta de que mi padre malinterpretaba la situación.
—No es eso —le expliqué sentándome de nuevo a su lado—, es que durante los dos últimos años he pretendido olvidar a David intentando enamorarme de otros y no ha funcionado. Creo que ya es hora de que supere esto, y de que lo haga yo solo.
Mi padre me miró con gravedad un momento.
—Has madurado.
Me encogí otra vez de hombros.
—No me ha quedado más remedio.
Lola llevó a Clara a dormir a mi habitación en cuanto esta se hubo duchado, y durmió durante horas.
Pasamos el resto de la mañana manteniendo un forzado e incómodo silencio para no molestarla e incluso almorzamos en quietud, mirándonos los unos a los otros por encima de nuestros platos.
Cuando nos hubimos levantado, Lola preparó una bandeja de comida para ella y me la tendió.
—Anda, llévale esto a tu amiga, creo que ya es hora de que la despiertes. No querrá comer —añadió—, pero deberías ser capaz de convencerla.
Asentí, no muy convencido yo mismo, y me dirigí a mi dormitorio, sintiendo pudor por primera vez en mi vida al entrar en él.
Clara estaba tumbada de lado en la cama, y abrazaba mi almohada, en vez de usarla para apoyar la cabeza.
En lugar de dejarle algo suyo, Lola había encontrado más conveniente prestarle a Clara una de mis camisetas, que lucía grande en ese cuerpecito suyo.
Sus ojos estaban entreabiertos, y su mirada perdida en algún lugar de entre las sábanas.
Sin embargo, no hizo ningún gesto que me indicara si había notado mi presencia o no.
Ni siquiera dirigió sus ojos hacia mí cuando me oyó entrar.
—Deberías comer algo —insinué con muy poca convicción.
—Debería… —susurró. Negó lentamente con la cabeza y cerró los ojos mientras una solitaria lágrima se deslizaba sobre el puente de su nariz—. Debí haberte hecho caso, debí haber creído en ti, pero no quise hacerlo.
—Lo sé.
—He sido una tonta.
—No, qué va… —Dejé la bandeja en la mesa de noche, sintiéndome tremendamente incómodo y sin saber qué decir—. Te dejo la comida aquí, ¿vale? Dentro de un rato vengo a llevarme la bandeja y…
—No te vayas, por favor —gimió. Su voz parecía tan frágil que me fue imposible no obedecerla y me senté a su lado en la cama.
—De acuerdo.
Por fin me miró, clavando sus acuosos y grises ojos en mí con una intensidad que me dolió.
—No debí haber venido, a lo mejor no querías volver a verme… Pero no tenía a quién acudir.
—No digas eso. Has hecho bien en venir —le aseguré.
Bajó la mirada con timidez.
—¿Qué era lo que querías decirme?
—¿Decirte? —pregunté un tanto fuera de juego.
—Lo que me dijiste la semana pasada, ¿recuerdas? De que hasta que no me decidiera dejar a Guillem no hablarías conmigo… ¿De qué se trataba?
Suspiré y me tumbé de lado en la cama, quedando frente a ella.
—Solo quería decirte que he sido un capullo contigo, y que no debí hablarte así, y que te echo muchísimo de menos —le confesé.
—Yo también te echo de menos. —Posó una mano sobre las mías con cierta inseguridad, y yo se la rodeé. Sonrió en medio de las lágrimas—. No volveré a dudar de ti —me dijo con apasionada candidez—, ni volveré a enfadarme contigo. No quiero que dejemos de ser amigos nunca más.
—Ni yo tampoco.
—Y no volveré a dejar que un tío se interponga entre nosotros.
Pensé en David y en su boda, y en que ya nunca más estaríamos juntos. Ya estaba bien de que interfiriera en mi relación con Clara. Que fuera él feliz a su manera, yo lo sería a la mía.
—Ni yo tampoco —le prometí—. ¿Quieres comer algo?
—Está bien.
Clara se sentó y le puse la bandeja en las rodillas. Me quedé con ella hasta que terminó de comer, y luego llevé la bandeja de nuevo a la cocina. Al verme aparecer, Lola asintió con aprobación ante el plato vacío.
—¿Ves? Ya sabía yo que sabrías convencerla.
Clara pasó los siguientes días en mi casa.
Con su hermano de luna de miel, y ante la perspectiva de volver sola a su piso, la invitamos a quedarse con nosotros y ella aceptó agradecida.
Lola había desempolvado el poco instinto maternal que poseía para cuidar de ella y mi padre no puso ningún inconveniente en que durmiera en mi cuarto, así que al fin pude usar aquella colchoneta que había en el suelo para dejarle a ella la cama.
Durante ese tiempo, solo fue a su piso una vez a coger algo de ropa, y yo la acompañé como si fuera un guardaespaldas.
Clara tenía un miedo atroz a encontrarse con Guillem esperándola allí, pues muy tontamente le había dejado una copia de las llaves, mientras que yo deseaba topármelo para poder partirle la cara.
Aquel primer sábado tras la boda, él había estado llamándola al móvil, pero Clara no había cogido ninguna de sus llamadas.
Le mandó también un par de mensajes, pero ella me pidió con voz titubeante que se los borrara sin mirar el contenido.
Al final, había decidido apagar su móvil, después de mandarle un mensaje a su hermano para saber qué tal había ido el vuelo y para comentarle que estaría incomunicada un par de días.
—¿Por qué no le dices la verdad a tu hermano y ya está? —le pregunté al ver lo preocupada que estaba por que David descubriera la verdad.
—Porque no le quiero arruinar la luna de miel. Es capaz de volverse a España para estar conmigo si le digo lo que ha pasado. Ya se lo diré cuando vuelva.