4. Despedida #6
Gabriel llegó como una hora más tarde. Cenamos los cuatro juntos y mi padre empezó a hacerle preguntitas incómodas, como si de verdad creyera que éramos algo así como novios.
Luego nos fuimos a mi dormitorio, donde mi padre había preparado una colchoneta en el suelo y un saco de dormir para que le dejara a Gabriel mi cama.
Pusimos música y dejamos la puerta entreabierta un buen rato para que mi padre estuviera tranquilo.
—Bueno, dime qué te pasa —me preguntó en cuanto oímos que mi padre y Lola se metían en su habitación para dormir.
—Esta noche es la boda —dije.
—¿La del tío que te gusta?
—Sí —dije, aunque la palabra gustar fuera poco para definir lo que sentía por David.
—Ya. Pues no me extraña que estés depre.
—Ya te digo. ¿Y a ti qué te pasaba en casa?
—Prefiero no hablar de eso. ¿Tienes algo para fumar?
—Solo maría —susurré—. Pero con mi padre en casa…
—Abrimos la ventana y ya está, no pasará nada. Cierra la puerta.
Le obedecí algo dubitativo y saqué mi cajita mágica.
Se la tendí y dejé que fuera él quien liara los porros mientras yo miraba por la ventana abierta.
Una inmensa sensación de nostalgia me invadió al ver la noche.
El aire era fresco y vivificante, la gente paseaba por la calle y un grupito de chicos hablaba animadamente bajo mi ventana.
Deseé estar de buen humor, tener una razón para celebrar algo, pero la verdad era que no la tenía.
Cogí el porro que Gabriel me tendía y le di una larga calada.
—Tengo la sensación de que todo el mundo es feliz menos yo —le dije.
—¿Cómo?
—Ya sabes. Mi padre tiene a Lola. Pablo y Samuel se tienen el uno al otro. Incluso Clara es feliz con ese capullo. Pero yo… La única persona a la que quiero es un tío que está casándose en este momento, con una mujer a la que ama. Y ya se ha olvidado de mí.
—Yo también tengo esa sensación a veces. ¿Por qué será que no podremos enamorarnos solo de quienes estén dispuestos a devolvernos el favor?
Sonreí con amargura.
—No lo sé, pero es una mierda.
—Amén —dijo. Nos mantuvimos un largo tiempo en silencio, fumando en calma, hasta que él elevó una mano para meterme un mechón de pelo por detrás de la oreja y terminó convirtiendo el gesto en una leve caricia—. No quiero herir tus sentimientos ni nada de eso, pero ¿nos enrollamos?
—Claro. —Tiré el canuto ya consumido a la calle y cerré la ventana. Luego le cogí de la mano y le llevé hasta mi cama.
—¿Vas a demostrarme que las camas también se te dan bien? —bromeó.
—¿Eso es lo que quieres? —le respondí muy serio—. Porque esta noche necesito algo más que una simple mamada.
—Está bien, lo pillo. —Me atrajo hacia sí y me abrazó de una manera que nunca había hecho—. A mí tampoco me vendría mal un poco de cariño. Pero solo por esta noche, ¿eh?
Me puse de puntillas para besarle, dándome cuenta por primera vez de que Gabriel era mucho más alto que yo.
—Solo por esta noche —dije.
Nos desnudamos despacio el uno al otro por primera vez y nos metimos en mi cama.
En algún momento de la noche recordé el arrebato que había tenido en frente de mi padre y sonreí pensando que no le haría ni puta gracia saber que estaba follando con un tío bajo su techo, pero eso no me importaba en ese momento.
Gabriel fue desesperadamente cariñoso y yo empecé a darme cuenta de que yo no era el único que necesitaba consuelo esa noche.
Que me usara como quisiera, al fin y al cabo, yo también le estaba usando a él.
Quizás esa fue la tercera cosa que aprendí de mi relación con Gabriel: que a veces la amistad es la unión de dos personas que se utilizan la una a la otra. Y a las que no les importa.
Por la mañana me desperté y vi a Gabriel de pie, vistiéndose. Bostecé con sonoridad y él me miró, sintiéndose sorprendido.
—No quería despertarte —me dijo—, pero me tengo que ir.
—Pero si apenas son las ocho…
—No les dije a mis padres que iba a pasar la noche fuera, así que quiero llegar antes de que se despierten.
—Está bien, te acompaño a la puerta.
Me vestí con un pijama viejo y le acompañé hasta la cocina. Abrí la puerta y me despedí de él en el zaguán con un casto beso en los labios.
—Gracias por hacerme compañía esta noche.
—Lo mismo te digo —respondió—. Nos vemos.
—Nos vemos.
Cerré la puerta y volví a la cocina a hacerme un café.
Me sentía cansado, pero también incapaz de volver a conciliar el sueño.
Volví a bostezar y oí cómo tocaban a la puerta.
Pensando que Gabriel se habría olvidado algo, abrí sin mirar por la mirilla, y lo que me encontré en el rellano me dejó sin aliento.
Era Clara.
Unas horas antes debía de haber estado guapísima: llevaba puesto un precioso vestido de satén verde y su corto cabello estaba peinado en elaboradas ondas, pero ahora el vestido estaba todo arrugado, el pelo estaba algo revuelto y su maquillaje estaba hecho un desastre.
El rímel se le había corrido, formando un reguero negro que bajaba por sus mejillas.
Solo entonces me di cuenta de que estaba llorando.
—Clara… —susurré, pero antes de que pudiera decir nada más, ella se abalanzó a mis brazos y empezó a sollozar con sonoridad, mojándome todo el hombro de la camiseta que llevaba puesta.
—Tenías razón —gimió entre lágrimas—, tenías razón en todo.