4. Despedida #5
El vaho de mi cuerpo todavía formaba mi silueta en el cristal, que se iba desdibujando poco a poco.
Lo único que se mantenía inalterable era una mancha de mi semen, que se resbalaba pegajosa sobre la superficie.
Volví a ver el reflejo de David en el cristal, con la camisa abierta y los pantalones sueltos sobre sus caderas.
—¿Sabes qué creo? —le dije girándome hacia él. Rodeé su cintura con mis manos para atraerle hacia mí, dispuesto a disfrutar de hasta el último segundo de su compañía.
—¿Qué?
—Que si esta noche vas a tener a tu último hombre, deberías dejar que te hiciera lo que solo un hombre puede hacerte.
David rio con ganas ante eso, pero aun así me cogió de las manos y me arrastró hasta el dormitorio.
—Vamos, semental —dijo riendo—, aprovecha ahora, antes de que cambie de idea.
Cuando me desperté, estaba acostado bocabajo, tenía una mancha de babas en la almohada, la boca pastosa y una agradable erección que se apretaba contra el colchón.
Me giré en la cama para ver que David ya no estaba, lo cual era un alivio: si esa era la manera que mi cuerpo tenía de darme los buenos días, prefería que no hubiera nadie allí para verlo.
Lo único que quedaba de él era una nota que había dejado en la almohada:
Gracias por pasar esta última noche conmigo.
No seas tonto y pide un fabuloso desayuno a mi cuenta.
XXX
Su extraña firma me hizo sonreír y me levanté para guardar la nota en mi cartera como recuerdo, lo que me hizo pensar en que esta sería la última vez que estaría con él, y que David ya debía estar en casa con su prometida.
La sonrisa se me borró de golpe. Fui a darme una ducha para terminar de despertarme y volví al dormitorio vistiendo un mullido albornoz con el membrete del hotel.
El reloj de la mesita de noche marcaba las once y diez de la mañana y yo tenía la cabeza embotada y el pensamiento lento.
La habitación ya no me parecía tan bonita.
La luz del sol le quitaba algo de encanto y, bien mirado, la decoración era demasiado recargada para mi gusto.
Y para el de David. Se notaba que él no había hecho la reserva y en cualquier caso no tenía ninguna razón para pensar que lo que me había contado la noche anterior no era verdad.
Lo cierto era que, rarita o no, aquella chica había conseguido que David decidiera compartir su vida con ella de una manera en la que nunca lo haría conmigo.
El hecho de que Lorea fuera más conveniente por ser una mujer, y que ese factor quizás hubiese pesado en su decisión, no parecía un buen consuelo.
Me vestí para irme, no tenía ninguna intención de pedir ningún desayuno. Que David pensara que era tonto si quería. La verdad era que tenía el estómago demasiado revuelto para comer.
La semana siguiente pasó demasiado rápida para mi gusto.
Sabía que en el fondo la boda solo sería un formalismo más, y que daba igual cuándo se produjese, David estaba ya fuera de mi alcance.
Pero formalismo o no, me mortificaba saber que en unos días estaría unido de por vida a otra persona. Y que esa persona no sería yo.
Todo eso lo había hablado con Gabriel cuando me llamó para saber qué había pasado el viernes por la noche.
Le conté que al parecer estaba en el Sodoma buscándome a mí, que sentía la necesidad de darme ciertas explicaciones y que habíamos follado para despedirnos.
Le confesé el regusto agridulce que esa noche me había dejado, y le hablé del alivio y el dolor que sentía desde entonces, al verme obligado a renunciar del todo a mi amor por él.
Recordaba muy bien las infantiles ilusiones que me había hecho con respecto a David al inicio de nuestra relación, cuando, embebido de amor, había llegado a creer con todas mis fuerzas que estaríamos juntos para siempre, que nuestro amor era inmortal e imperecedero.
Qué niñato había sido. El tatuaje que me había hecho, algo a lo que ya ni le prestaba atención por estar acostumbrado a él, me parecía ahora una de las mayores estupideces que había cometido en mi vida y me sentía ridículo por llevarlo.
Por primera vez empecé a sopesar la posibilidad de quitármelo quirúrgicamente, pero esos procedimientos eran muy caros y dolorosos, y yo no tenía ni el dinero ni las ganas de hacer algo así.
Pablo me llamaba casi todos los días e incluso se ofreció varias veces a venir a verme, pero lo último que yo necesitaba era a alguien que me compadeciese y denegué sus ofrecimientos.
Al fin y al cabo, aquel era su primer verano con Samuel y yo quería que lo disfrutaran juntos. Ambos se lo merecían.
Así que pasé aquella semana en casa, lo que hizo que mi padre y Lola me miraran más de una vez elevando una ceja, extrañados de que yo pasara tanto tiempo con ellos.
Mi padre no sabía nada de la próxima boda de David, y yo prefería que siguiera siendo así.
Confesarle que eso era lo que me afectaba tanto era confesar también que seguía teniendo sentimientos por él, y eso era algo que no quería que mi padre supiera.
Así llegó al fin el viernes, el día de la boda, y yo tenía cada vez menos ganas de cualquier cosa. Por eso, cuando sonó mi teléfono y vi que era Gabriel, tuve la tentación de no cogerlo, pero insistió tanto que al final contesté.
—Dime.
—¿Salimos? —me dijo.
—No. Hoy no puedo.
—¿Mañana?
—No.
—¿Tampoco puedes? —preguntó suspicaz.
—No es eso —confesé—, es que no estoy de humor.
—¿Por qué? ¿Qué te pasa?
—Debe de ser la primavera… —contesté evasivo.
—Deberías cambiar esa respuesta, que ya estamos en verano. ¿Quieres que vaya a tu casa y hablamos?
Me lo pensé durante un momento. La verdad era que no me apetecía salir, pero también que no perdía nada por tener un poco de compañía, salvo la oportunidad de pasarme la noche autocompadeciéndome.
—Eso estaría bien.
—¿A tu padre le importará que me quede a dormir?
—No lo creo.
—Genial —me dijo—, porque lo que yo necesito es escaquearme de casa esta noche.
—¿Qué te pasa?
—La primavera —respondió, sacándome una involuntaria sonrisa—. Nos vemos en un rato.
—De acuerdo.
Colgué y fui hasta donde estaban mi padre y Lola viendo la tele.
—Oye, Papá… —le dije—. Mi amigo Gabriel va a venir a dormir en casa esta noche, ¿te parece bien?
Ambos me miraron algo sorprendidos y mi padre me respondió:
—Sabes que soy muy comprensivo con tus… preferencias, pero no sé si me parece bien.
—¿Qué insinúas? —pregunté.
—Que no quiero que traigas a casa a cada chico con…
—¿Qué? —exclamé ofendido—. Gabriel es solo un amigo, ¿o es que te crees que me tiro a todos los tíos que conozco?
Algo cínico quizás, pero técnicamente no había dicho ninguna mentira.
—Perdona, hijo. Está bien, dile que venga.
—¿Hago algo especial para cenar? —dijo Lola en tono conciliador.
—Me da igual.
—¿Una pizza quizás? —preguntó, ofreciéndome una de mis comidas favoritas.
—Vale.