4. Despedida #4
Sentí a David avanzar hacia mí y vi el reflejo de su silueta recortándose tras de mí en el cristal, que, gracias a la oscuridad que reinaba en el exterior, se había convertido en un nítido espejo. Llevaba el vaso en la mano, pero ni siquiera había probado el whisky.
—Voy a contarte algo —le oí decir a mi espalda—, pero no quiero que pienses que Lorea es una rarita ni nada por el estilo. —No dije nada, animándole a continuar—. Esta habitación la ha reservado ella. Por lo visto, no me quería en casa esta noche.
—¿Os habéis enfadado? —pregunté, girándome para mirarle.
—No, no, no, nada de eso —se apresuró a negar—. Es que al parecer se va a celebrar en mi piso una fiesta solo para chicas.
—¿Su despedida de soltera, no? —adiviné.
—No sé cómo se enteró de que sus amigas lo organizaron todo para esta noche, pero el caso es que se aseguró de quitarme de en medio.
—A pesar de que hablaba en tono casual, noté que en el fondo estaba molesto con la situación—.
Según ella, el único hombre permitido será el stripper que les dará el espectáculo, y al que dice que meterá mano sin ninguna reserva.
—Frunció el ceño—. Aunque creo que solo dijo eso último para provocarme.
Reí bajito.
—Apuesto lo que quieras a que preferirías estar mirando a ese stripper que aquí.
—Evidentemente —contestó con su sonrisita ladeada.
—Todo eso explica por qué te alojas en este hotel, pero no por qué estabas en el Sodoma esta noche. Ni qué hago yo aquí —puntualicé.
—Tienes razón —dijo. Dio un sorbo a su bebida y me miró por encima del grueso cristal, como si ya hubiera dicho todo lo que quería decir.
Arqueé las cejas en un gesto interrogante para incitarle a seguir—.
Supongo que, estando aquí a solas, me di cuenta de que quizás esta noche sea la última oportunidad que tengo para hablar contigo.
—¿Hablar conmigo de qué?
Dejó el vaso sobre la superficie de la mesita de té y se tomó unos segundos de calma.
—¿Cómo estás? —preguntó a bocajarro—. Con respecto a nosotros, quiero decir.
Bajé la mirada, incapaz de contestar.
—Ya veo… Lo de Lorea fue tan repentino… —dijo—. No planeaba empezar algo con alguien tan pronto, no después de lo que pasó en todo caso, pero cuando la conocí…
Recordé la primera vez que le había visto, de pie junto a la barra de un bar, con una cerveza en la mano.
Recordé lo fascinado que había estado por él desde ese mismo instante, lo hermoso que me parecía, lo imposible que me resultaba apartar mis ojos de él.
Asentí despacio, entendiendo lo que intentaba explicarme.
—Desde que la conozco no he dejado de pensar en cómo debiste sentirte tú cuando te enteraste de todo esto.
—No me sentó muy bien, la verdad —le confesé.
—Lo suponía. Espero que no haya sido esa la razón de que te enfadaras con Clara.
—En parte —confesé—, y en parte porque se niega a ver que Guillem es un capullo.
—Ese tío no es trigo limpio, ¿verdad? —preguntó. Negué efusivamente—. Sabiendo eso, me sentiría mucho más tranquilo si tú estuvieras ahí para ella, pero supongo que todo es culpa mía. Lo siento. —Dio un nuevo paso hacia mí, como si quisiera acercarse, pero temeroso de hacerlo.
—¿Era eso todo lo que tenías que decirme?
—No.
—Entonces, ¿qué?
—Que lo que te dije la última vez que estuvimos juntos era verdad, aunque ahora pueda no parecerlo —dijo.
Bajé la cabeza, abrumado por sus palabras, y él caminó los últimos pasos que nos separaban—.
Para mí es importante que sepas que de verdad sentía algo por ti en aquel momento, que aún siento algo por ti, si he de serte del todo sincero, pero…
—Me miró con pesar, como si supiera que lo que estaba a punto de decirme no me iba a gustar—.
No quiero que pienses que soy uno de esos que se casan y tienen hijos para ocultar lo que son.
Yo no soy como Ricardo —añadió con dureza.
—Lo sé, ya lo sé —le tranquilicé, sabiendo desde el principio que si David había decidido casarse, era por amor.
—Ella sabe algo acerca de ti —me dijo con cautela—, sabe que cuando la conocí estaba enamorado de otra persona, y que conocerla me ayudó a superarlo.
—¿Sabe que también te gustan los hombres?
—Sí. He intentado ser sincero con ella —dijo—. Lo sabe todo sobre mí, y a pesar de todo sigue queriendo estar conmigo. Eso es algo a lo que no estoy acostumbrado.
Amor incondicional. En ese momento yo no sabía lo desesperado que estaba David por descubrir que algo así existía.
—¿Y ahora qué? ¿Qué quieres que te diga?
—dije, en un exabrupto infantil—. Agradezco tu sinceridad, pero no importa lo que digas.
Al fin y al cabo, es lo mismo si me querías o no.
—Me giré de nuevo hacia la ventana, arrepintiéndome de haber dicho eso en el mismo instante en el que las palabras salieron de mis labios.
—¿De verdad crees que es lo mismo? —preguntó, con un deje de amargura en su voz—. ¿De verdad crees que da igual si te mentí o si fui sincero en aquella estación de tren? ¿Que es lo mismo si lo que ocurrió en mi casa en la sierra fue real o fingido?
Mantuve un obstinado silencio, mirando por la ventana para no enfrentarme a él y negándome a reprocharle que, a pesar de amarme como afirmaba haber hecho en aquel momento, hubiera sido incapaz de quedarse conmigo.
Sabía que tenía razón, y que no era lo mismo.
Pero en aquel momento, no me resultaba un consuelo saber que una vez me había querido, si ya no lo seguía haciendo.
—Sé que no fue fingido —musité. En el fondo de mi corazón yo sabía que aquella noche había sido tan intensa para él como para mí—. Pero aun así te vas a casar…
—Sí.
—Y vas a ser padre.
—No me lo recuerdes, estoy acojonado —dijo.
Sonreí a mi pesar al imaginarme a David cambiando pañales y haciendo frente a sus nuevas responsabilidades, que muy pronto iban a abrumarle.
—¿Y qué hago yo aquí ahora? ¿Acaso soy tu última canita al aire?
—No creí que te lo tomarías así.
—¿Y cómo creías que me lo tomaría?
—No de esa manera, tú nunca podrías ser algo tan banal para mí.
—¿Ah, no? —pregunté, y no conseguí que mi voz ocultara el dolor que sentía en ese momento.
—No. —Hizo una pausa antes de continuar—: Si crees que lo único que quiero es estar con cualquiera para disfrutar de una última noche de libertad, estás equivocado, pero…
en algo sí que tienes razón: si esta es la última vez que puedo estar con otra persona, prefiero que sea con un hombre; y si esta noche voy a tener a mi último hombre, prefiero que ese hombre seas tú.
—Miré fijamente su imagen en el cristal y vi que él hacía lo mismo.
Apoyó la barbilla en mi hombro sin apartar sus ojos del reflejo de los míos—.
Por eso fui a buscarte. Y tú quieres lo mismo, o no habrías venido.
Giré la cabeza para mirarle directamente.
—Entonces… ¿Quieres que lo hagamos? —musité.
Como toda respuesta, se inclinó sobre mis labios para besarme y yo cerré los ojos para dejar que lo hiciera.
Intenté girarme para quedar frente a él, pero me lo impidió al apretar mi cuerpo contra el cristal con la fuerza del suyo.
Tampoco era que yo opusiera mucha resistencia.
Apoyé las manos a ambos lados de la cabeza y volví de nuevo la mirada a la lejana ciudad, mientras sentía que las manos y los labios de David recorrían mi cuerpo.
Sabía que nadie podía vernos, pues ningún edificio a nuestro alrededor rebasaba la altura a la que estábamos, pero aun así sentí un extraño pudor cuando David empezó a desnudar mi piel contra la fría superficie del cristal, exponiendo mi cuerpo a la ciudad.
Él también se estaba desnudando: podía sentir su carne, cálida y palpitante, acariciar la hendidura entre mis nalgas en un contacto íntimo y húmedo, con movimientos lentos y rítmicos.
Sus gemidos restallaron en mis oídos, y giré de nuevo el rostro para atrapar sus labios entre los míos y tragarme sus jadeos.
Agité las caderas y apreté las piernas para darle más placer, a la vez que dejaba que mi polla se frotase contra la ventana.
David respondió apretándose más fuerte contra mí.
—Llévame a la cama —le pedí, intentando moverme, pero los pantalones y calzoncillos que habían caído hasta mis tobillos me lo impidieron.
—No —dijo con voz ronca—, quiero hacértelo aquí.
Asentí levemente y volví a apoyar todo mi peso contra la ventana, arqueando las caderas hacia atrás para facilitarle la entrada.
Oí cómo rasgaba el envoltorio de un condón y le noté tanteando mi ano, lubricado por su líquido preseminal.
Entró muy despacio, mientras regaba mi cuello de besos.
Apreté aún más las caderas contra él para incitarle a profundizar, y cuando lo hizo del todo, me cogió de la barbilla con una de sus manos y llevó mis labios a los suyos.
Supongo que se podría decir que en ese momento yo estaba abrumado por el placer y la añoranza, pero aun así fui lo suficientemente dueño de mí mismo como para no decir las cosas que quería decirle.
Sabía que pasara lo que pasara entre nosotros esa noche, David seguiría adelante con su idea de casarse la semana siguiente.
Ni era un buen momento para confesarle que aún me moría por él, ni creía sinceramente que él necesitara una confirmación de algo que ya sabía.
Si esta era su manera de cerrar las cosas entre nosotros y decirme adiós, la acogería de buen grado. Y daría las gracias.
Cuando terminamos, dejé que me meciera entre sus brazos un momento, manteniéndose dentro de mí un poco más de lo necesario. Recliné la cabeza contra su hombro y él besó mi mandíbula con suavidad a la vez que salía lentamente. Solté un leve quejido, pero por lo demás no me moví.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—Lo siento —susurró contra mi oído—, no lo había planeado así.
Sonreí. Me gustaba la idea de que David hubiera tenido un arrebato de pasión.
—No pasa nada, pero como alguien ahí abajo tenga unos prismáticos, acabamos de darle un bonito espectáculo —bromeé. Me desembaracé de él y me despegué del cristal.