A través del sexo. La saga completa 4. Despedida #3
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4. Despedida #3

—No lo sé… —dije, algo distraído, a la vez que me ponía de puntillas para intentar atisbarle de nuevo.

—¿Y no quieres averiguarlo?

Asentí. El rostro de Gabriel mostraba una morbosa curiosidad, que probablemente era reflejo de la mía propia.

—Claro que quiero.

—Pues ve tras él, tigre. —Me guiñó un ojo—. Ya me contarás mañana.

Apenas me paré a darle las gracias por entender mejor que yo mis propios sentimientos: «David está en el Sodoma, y que me aspen si me voy a casa sin saber por qué».

No tardé mucho en localizarle de nuevo, pero durante un rato me contenté con seguirle sigilosamente y ver qué hacía.

Parecía deambular por el local sin un rumbo fijo, caminando de barra en barra y mirando a través de la multitud, como si buscara algo.

Mientras le espiaba, miles de posibilidades se me pasaron por la cabeza.

¿Qué podía estar haciendo David en el Sodoma si no era buscar plan?

Y si era así, ¿qué significaba eso, que su chica no le satisfacía?

¿Que no la quería? «Quizás ha venido a buscar a alguien», me dije tras observarle un rato.

Pero no podía ser a su hermana, él debía saber que desde que se había echado novio, y sobre todo, desde que estaba enfadada conmigo, Clara no pisaba el Sodoma.

Entonces, ¿a quién podía estar buscando David?

Al final, le vi dirigirse hacia el cuarto oscuro, y un intenso malestar se apoderó de mí al verle abrir la puerta, al pensar que ya había descubierto qué era lo que quería David aquella noche.

Él no debía estar en ese lugar. En pocos días, sería un hombre casado, lo quisiera él o no, y a mis ojos eso le hacía indigno de pisar siquiera el cuarto oscuro.

Un ramalazo de celos y de furia me golpeó al pensar que David había decidido unirse de por vida a otra persona, y que quizás ni siquiera lo hacía por amor.

Pero si él estaba cometiendo un error, pensé, era por propia elección, y lo mejor que podía hacer por él, y por mí mismo, era sacarle de allí a patadas y mandarle de vuelta a los brazos de su mujercita.

Sin embargo, mi enfado se desvaneció al ver que ni siquiera llegó a traspasar el umbral.

Apenas asomó su cabeza unos segundos para ver el interior del cuarto oscuro y volvió a cerrar la puerta.

Más desconcertado que nunca y harto de elucubrar, decidí encararme con él en cuanto se dio la vuelta.

—¿Qué haces tú aquí? —le espeté, dándole a entender que ya no le creía con el derecho de estar en el Sodoma.

Pensé que se sorprendería al verme y que quizás me respondería que sus motivaciones no eran asunto mío con el mismo tono de enfado que yo había usado. Pero en vez de eso, sonrió.

—Vaya, aquí estás —dijo sin más.

—¿Cómo? —le pregunté, confundido por su comportamiento. Casi parecía haber estado buscándome a mí, pero contemplar esa posibilidad implicaría albergar unas esperanzas que yo sabía que no debía sentir con respecto a él.

—¿Estás ocupado esta noche? —preguntó a su vez, esbozando esa odiosa sonrisita suya. Ladeó levemente la cabeza para mirarme y yo hice verdaderos esfuerzos por no comérmelo con los ojos.

—¿Qué haces aquí, David? —volví a preguntar, en un tono menos beligerante que la vez anterior.

—Te estaba buscando —dijo.

Me perdí en sus ojos durante unos segundos, que en la semipenumbra de aquel local eran profundos y oscuros.

Luego mi mirada se paseó por las líneas de su rostro: su larga y elegante nariz, sus labios finos y usualmente cáusticos, que ahora parecían anhelantes y acogedores, la delicada línea de su mandíbula y el palpitante pulso que podía intuir bajo la tibia piel de su cuello.

Volví a mirarle a los ojos y me descubrí a mí mismo pensando que ya no me importaba qué hacía David en el Sodoma, si buscaba sexo, o si quería a su novia o no.

No me importaba que David estuviera cometiendo un error estando allí esa noche.

De repente, lo único importante era que quería cometer ese error conmigo.

—Salgamos de aquí —le dije.

Me cogió de la mano y dejó que le guiara por el local, y no paré hasta que estuvimos en el exterior. Una vez allí, fue David quien me guiaba a mí por pequeñas y oscuras callejuelas hasta que llegamos hasta donde su coche estaba aparcado.

—¿A dónde vamos? —le pregunté mientras subíamos.

—¿No querías que te sacara de ahí? —respondió, señalando vagamente en dirección al local que habíamos dejado a nuestra espalda y dando a entender que el lugar al que fuéramos ahora no tenía mayor importancia.

La verdad era que tenía razón.

Aproveché el trayecto en coche para mandarle un mensaje a Pablo, informándole de que no me esperara aquella noche.

Cuando levanté la vista del móvil, me di cuenta de que no íbamos en dirección a la casa de David.

Tampoco era que yo esperara que me llevara allí.

No volví a preguntarle, como él me había hecho ver, el lugar al que íbamos no era lo importante.

Lo importante era lo que íbamos a hacer.

Estábamos entrando en el casco antiguo de la ciudad, donde nos rodeaba una curiosa mezcla de edificios de varios siglos de antigüedad con otros modernos y de líneas etéreas.

La avenida marítima se encontraba cerca de allí, y cuando David aparcó y salimos del coche, el olor salado del mar me golpeó con fuerza.

Cruzamos la calle y David se dirigió hacia el edificio que teníamos en frente de nosotros.

Yo le seguí algo intimidado. Estábamos entrando en uno de los hoteles más antiguos de la ciudad, y el más caro sin duda.

Era un edificio de arquitectura neoclásica que databa del siglo XIX, famoso por haber albergado a diversas celebridades.

Mi mentalidad de chico de barrio me hizo tener un súbito ataque de inseguridad cuando vi al botones que estaba apostado en la entrada.

Verlo abriéndonos la puerta con una deferencia que parecía irreal a las tres de la madrugada y con su uniforme azul perfectamente planchado, hizo que me diera cuenta de la clase de sitio en el que me estaba metiendo.

David se dirigió resueltamente a la recepción, y le oí pedir la llave de su habitación.

Yo me quedé un poco apartado, mirando alrededor para valorar la decoración, pero intentando no abrir la boca al hacerlo.

La recepción estaba a la derecha y se extendía por toda la pared, desde casi la entrada hasta llegar a las escaleras centrales, que presidían la estancia.

El piso inmediatamente superior rodeaba el vestíbulo a modo de pasarela, y en él se podían ver algunas mesas redondas iluminadas por la tenue luz de pequeñas lámparas.

A pesar de la tardía hora, un hombre se sentaba en una de ellas y dejaba que un camarero elegantemente vestido rellenara su vaso con un líquido turbio y ambarino, mientras se dejaba mecer por el tenue jazz que provenía del hilo musical.

Los ascensores ocupaban la pared contraria a la de la recepción, y hacia allí nos dirigimos en cuanto David tuvo en su mano la tarjeta magnética que hacía las veces de llave.

Cuando entramos, vi que el recepcionista nos echaba una mirada de suspicacia, a la vez que le decía algo a su compañera.

Algo me dijo que era gay, lo que me hizo estar aún más intranquilo.

No dijimos una sola palabra en todo el trayecto del ascensor, ni tampoco mientras recorríamos el silencioso pasillo hasta la habitación de David, y mi nerviosismo no hacía más que aumentar.

No sabía lo que significaba que David quisiera estar conmigo, ni quería plantearme si detrás de sus actos había un impulso sexual o de cualquier otro tipo, pero el caso era que mi corazón palpitaba salvajemente cuando entramos en la habitación y David cerró la puerta tras nosotros.

—¿Quieres una copa? —me preguntó yendo hacia el minibar, asombrosamente bien provisto.

—No, gracias —contesté.

Se sirvió un whisky y entonces se me ocurrió que quizás él también estuviera algo nervioso.

Recorrí con la mirada la habitación para valorar el entorno.

Estábamos en un salón, y solo entonces me di cuenta de que había a nuestro alrededor varias estancias.

Cerca de donde yo estaba había una chimenea, ahora apagada, y junto a ella, dos sofás frente a frente, cubiertos con un delicado tapizado, en medio de los cuales había una mesita de té.

Tras ellos había un comedor de madera oscura y una enorme librería que hacía las veces de biblioteca.

Al fondo de la estancia podía ver un ventanal tapado por unas pesadas cortinas de terciopelo.

A la derecha se encontraba la entrada al dormitorio, un arco de madera que permitía apreciar la enorme cama desde donde estábamos.

La colcha estaba algo revuelta, como si alguien acabara de levantarse de allí, y una de las luces de lectura seguía encendida, lo que me indicó que David había estado ocupando esa habitación un rato antes de ir a buscarme.

¿Habría discutido con su novia, salido de casa y… ?

Sin darme tiempo a pensar sobre ello, me acerqué a la ventana y descorrí las cortinas en un intento de calmar mis nervios.

La ciudad nos miraba perezosa desde abajo.

Las luces blancas y rojas que se movían rápidamente y en línea recta junto al mar me indicaban que el tráfico se negaba a dormir, pero aparte de eso, no podía detectar ningún otro movimiento.

Las luces frías y amarillentas de las farolas iluminaban pequeños retazos de las calles y las fachadas de los edificios, dándoles un aspecto irreal y creando la ilusión de que no estaba mirando la ciudad, sino una maqueta de infinita perfección.

—¿Qué está pasando aquí, David? —pregunté en un susurro, mirando aún a través de la ventana.

—¿Qué quieres decir?

—Que tienes novia y te vas a casar. ¿Qué pinto yo aquí?