A través del sexo. La saga completa 4. Despedida #2
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4. Despedida #2

—¿Estás bien? —me preguntaron en cuanto llegué escoltado por Gabriel.

—Estoy bien, en serio —aseguré con cierto enfado al darme cuenta de que las manos de Gabriel intentaban obligarme a que me sentara en una de las sillas de plástico. Me desembaracé de ellas y me senté en la silla, pero por propia voluntad—. Ese hijoputa… —mascullé—, indeseable saco de mierda…

—No le hagas tanto caso, Noah. Guillem es un gilipollas, todo el mundo lo sabe —me dijo Gabriel. Ellos dos estaban en la misma clase, por lo que mi amigo disfrutaba de su compañía mucho más a menudo que yo—. Si yo hiciera el mismo caso que tú a sus provocaciones…

—¿Por qué? ¿También se mete contigo?

—Sí, al menos desde que sabe que soy amigo tuyo. Además, ya le has oído, según él, tú y yo somos novios.

Nos miramos seriamente un momento antes de empezar a partirnos de la risa.

—Chicos, deberíais dejar de fumar esa mierda en la facultad, como os pillen… —nos dijo Julia, que era la más responsable del grupo.

—¿Y quién ha dicho que hemos fumado algo, metomentodo? —le contestó Gabriel en tono cariñoso antes de levantarse—. Voy a buscar nuestra comida, no te muevas de aquí —me advirtió.

Asentí con docilidad. Sabía que si volvía a entrar y le veía la cara a Guillem, iba a terminar cometiendo una locura.

Me puse cómodo en la silla y dejé que mis nuevos amigos me arrastraran a una conversación sobre el examen de virología.

Al parecer, todo el mundo creía haber contestado mal la pregunta sobre el ADN bicatenario de los retrovirus, y cuando Gabriel volvió con nuestra bandeja de comida, se enzarzaron en una larga conversación sobre ella.

Tenía que admitir que, tal y como estaba planteada, podía llevar a engaño, pero yo sabía que la había contestado correctamente.

Estaba bastante satisfecho en ese aspecto, los exámenes me habían salido muy bien y no dudaba que tendría unas notas excelentes.

Otra razón más para empezar a celebrarlo.

—Bueno, ¿y qué vais a hacer este verano? —preguntó María.

Esa era la pregunta obligada, por supuesto. Quien más, quien menos, todo el mundo tenía ya planificadas sus vacaciones de verano.

—Yo me voy a Egipto con mis padres —respondió Julia—, vamos a hacer un crucero por el Nilo.

—Pues nosotros nos vamos a Italia —dijo Eli.

—Yo estuve allí el año pasado —intervine yo.

—¿Y qué tal?

—Los italianos están muy buenos.

Mi contestación le sacó unas risas a todo el mundo.

—Yo me voy con mi novio a pasar el verano a Cádiz, con la familia de él —dijo María.

—Qué mal rollo, ¿no? —opinó Eli.

—José dice que son majos…

—¿Y qué va a decir él de su propia familia? —le contestó—. Y tú, Noah, ¿qué vas a hacer?

—Pues creo que nada. Mi padre se va a Nueva York con su novia.

—¿Y tú no vas?

—No. —Negué con la cabeza—. Ellos me invitaron, pero es la primera vez que se van de viaje juntos, y no quiero estar de carabina… —Todos asintieron—. Creo que voy a aprovechar las vacaciones para sacarme el carné de conducir. ¿Y tú, Gabriel?

Me miró algo sorprendido, revelando que no estaba atento a nuestra conversación. Estaba recostado contra el respaldo de su silla y tenía un cigarrillo colgando de la comisura de sus labios.

—¿Qué?

Sonreí.

—¿Que qué vas a hacer en verano?

—Ah… Pues no lo sé. Pasarlo con mi novio, ¿no?

Le tiré una servilleta sucia a la cara.

—Mira que te gusta la guasa.

—No me extraña que discutieras con Clara, está que se tira de los pelos con los preparativos de la boda —opinó Samuel.

—No es para menos —intervino Pablo—, ¿a quién se le ocurre casarse justo después de los exámenes finales de su hermana?

—No discutí con Clara —dije por enésima vez aquella noche, y haciendo un esfuerzo por obviar las referencias a la boda de David—, sino con el indeseable de su novio.

—Vaya hombre más estirado —opinó Pablo—, cualquiera diría que le han metido un palo por el culo… O que le hace falta que se lo hagan.

—Sí, estaría bueno que Guillem fuera un gay reprimido —terció Gabriel, que venía hacia nosotros en ese momento, trayendo consigo la cerveza que yo le había pedido—. Justicia divina, ¿no creéis?

Pablo le lanzó una mirada de leve antipatía.

—No, no quiero a ese hombre en la misma acera que yo. Aunque fuera de incógnito —aclaró.

—Pero dejemos de hablar de ese gilipollas —dije hastiado del tema—, hemos venido a divertirnos, ¿no?

Los otros tres asintieron y nos dimos la vuelta, hasta quedar de espaldas a la barra y de frente a los hombres que poblaban el local.

Era temprano, la música no estaba todo lo alta que podía estar, y todavía no había mucha gente en el Sodoma.

Dentro de unas pocas horas, el local estaría abarrotado, la música sería ensordecedora y los hombres se menearían borrachos en la pista de baile…

o en el cuarto oscuro. Pero eso sería más tarde, por ahora, casi todos se organizaban en parejas o grupitos, hablaban, reían, se tomaban la primera copa y hacían lo mismo que hacíamos nosotros: oler el viento.

Y allí estábamos los cuatro, celebrando el final del curso.

Habíamos quedado primero para cenar juntos y luego fuimos al Sodoma, aunque llegamos un poco más temprano de lo habitual.

Yo había aprovechado la ocasión para presentar a Gabriel y a Pablo, y estaba inseguro del resultado.

Aunque para un observador ajeno a nosotros ambos podían parecer muy similares, mis dos amigos tenían muy poco en común aparte de su homosexualidad y su gusto por las prendas hippientas: Pablo era espontáneo, estridente y escandalosamente liberal; Gabriel, por el contrario, era reservado, nostálgico y levemente conservador.

Nada más conocerse, se pusieron a discutir de política, de medidas sociales, de arte y de literatura.

Tras dos horas de amistosa confrontación, aún no sabía si se habían caído bien o no.

—¿Y tú qué tal lo llevas? —me preguntó Pablo en un aparte mientras abrazaba mis hombros con gesto protector.

—¿El qué?

—Lo de la boda de David y todo eso…

Me apreté contra su costado, agradecido por ese gesto de cariño, que me regalaba muy escasamente desde que se había echado novio.

—Bien, bien.

—¿En serio? —preguntó con suspicacia.

—No —le respondí con sinceridad—, pero no sirve de nada lamentarse…

—¿Necesitas hablar de eso?

—No. No contigo, al menos… —Le miré a los ojos—. Quiero decir que tengo la sensación de que hay cosas de las que necesito hablar con David. Necesito saber qué fue lo que pasó en enero entre nosotros, y realmente necesito saber si se va a casar por amor o no. Sé que no es asunto mío, pero…

—Te entiendo. —Se acercó aún más para susurrarme al oído—: ¿Gabriel lo sabe?

—¿El qué? —pregunté—. ¿Que si sabe que el tío del que estoy enamorado es el hermano de Clara? —Pablo asintió—. No, por supuesto que no lo sabe. Bastante complicada tengo la vida ya como para seguir pregonándolo.

—¿Y qué tal con él?

—¿Con quién?

—Con Gabriel —me aclaró con una sonrisita picarona—, ¿qué tal te va con él?

—Bien… —contesté con cautela—, es un buen tío, ¿no crees?

Pablo resopló.

—Es un poco estirado, ¿no?

Sonreí.

—Sí, sí que lo es. ¿No te cae bien?

—Eso depende. ¿Qué tal es en la cama?

—¡Pablo! —me quejé.

—¿Qué? ¿No te acuestas con él?

—Gabriel y yo solo somos amigos…

—No es eso lo que te he preguntado.

Fruncí los labios, negándome a seguir hablando del tema. No quería que Pablo pensara que entre Gabriel y yo había algo que no había.

—Y dime, Gabriel… —dijo Pablo con si tal cosa, levantando la voz para que los otros dos pudieran escucharle—. ¿Qué tal es Noah en la cama?

—¡Pablo! —volví a protestar, enrojeciendo hasta las orejas.

Gabriel le miró largamente antes de contestar:

—En la cama no sé, pero los baños de la facultad y el asiento trasero de mi coche se le dan de puta madre.

—¡Lo sabía! —exclamó Samuel con regocijo mientras los otros dos se reían a mi costa.

Bajé la cabeza todo lo que pude mientras dejaba que se rieran de mí.

Definitivamente, Gabriel y Pablo se estaban llevando bien. Debía sentir cierto alivio al menos por eso.

Las noches en el Sodoma son curiosas por una razón: nunca sabes cómo y con quién vas a terminar.

Por supuesto, el hecho de que fuera allí con Gabriel no quería decir necesariamente que tuviera que terminar la noche con él.

No éramos novios, no había exclusividad ni ganas de que la hubiera.

Estuvimos bailando un rato, tonteando con algún que otro hombre que se nos acercaba.

Algunos nos preguntaban si éramos novios; alguno que otro, si querríamos montarnos un trío con él.

Nuestra respuesta a todos ellos fue una risa amistosa y una negativa.

Cuando Pablo y Samuel se pusieron demasiado cariñosos como para que fuera imposible poder estar a su lado sin sufrir una hiperglucemia severa, nos fuimos a dar un paseo, para dejar que se besaran con languidez y relativa tranquilidad junto a una columna.

—¿Por qué crees que Pablo me hizo esa pregunta? —me dijo Gabriel en cuanto nos alejamos un poco.

—¿Aparte de por su histrionismo y su insaciable necesidad de ser el centro de atención? —pregunté en broma—. Supongo que para intentar intimidarte un poco. Él es así —añadí como toda explicación—. Al no amilanarte, ganaste muchos puntos con él.

—¿Y perdí algunos contigo? —preguntó.

—Sí, por capullo —le respondí mientras le daba un leve puñetazo en el estómago.

—Vaya —rio—, no sabía que tener derecho a roce contigo fuera tan peligroso.

Intentó besarme, pero yo giré rápidamente el rostro y me desembaracé de él. Acababa de ver una silueta familiar entre los cientos de hombres que poblaban el local aquella noche. Una silueta delgada, elegante y de movimientos felinos que se perdía entre la multitud.

—¿Qué pasa? —me preguntó Gabriel.

—Hablando de alguien que tiene derecho a roce conmigo… —musité, siguiéndole aún con la mirada.

—¿De qué hablas?

—¿Ves a ese tío? —le señalé.

—Sí.

—Es él —dije.

Gabriel le miró de nuevo, con renovado interés, hasta que desapareció de nuestra vista.

—¿No se supone que está a punto de casarse? —preguntó con malicia—. ¿Qué coño hace en el Sodoma?