A través del sexo. La saga completa 4. Despedida
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4. Despedida

DESPEDIDA

—¿ Q ué tal?

—Bien.

—¿Te has quedado a gusto?

—Sí —respondí con un profundo gruñido de satisfacción.

Gabriel se incorporó, se cerró la bragueta y apoyó la espalda contra la puerta del cubículo en el que nos encontrábamos.

Yo cogí un poco de papel higiénico para limpiar el semen que se había derramado sobre el vello de mi pubis y me levanté de la tapa del WC en el que estaba sentado.

Salimos del cubículo y nos lavamos las manos.

Luego nos sentamos en un banco de azulejos que había al fondo del baño, y Gabriel prendió un porro para acto seguido ofrecerme la primera calada.

A causa de mis quejas por el mal olor, ya no mezclaba el hachís con tabaco, sino con marihuana, un blanco y negro, como él los llamaba, y al final me había acostumbrado a fumarlos con él.

Di una calada, que se me subió rápidamente a la cabeza, y me apoyé en la pared que había detrás de mí, sintiéndome satisfecho, adormilado y feliz.

Quizás montárselo en uno de los baños de la facultad no era lo más conveniente, pero las ganas nos habían sorprendido a ambos unos minutos atrás.

Gabriel y yo habíamos seguido teniendo sexo esporádico, sin amor y sin compromisos, en los últimos meses.

No nos involucrábamos demasiado, ni siquiera follábamos en el más estricto sentido de la palabra, pero había descubierto que el sexo con un amigo con beneficios era muy diferente al que podía encontrar con un desconocido: apenas nos besábamos en los labios, pero nos mirábamos a los ojos; no nos queríamos, pero nos respetábamos.

No intentábamos jamás usar al otro como un objeto o menospreciarle, y nos reíamos mucho juntos.

Simplemente éramos dos amigos a los que les gustaba divertirse en compañía del otro, en todos los sentidos.

El sexo era uno más de los juegos a los que nos gustaba jugar.

Además, el trato nos parecía bien a ambos.

Los dos podíamos satisfacer nuestras más lascivas e inmediatas necesidades a la vez que éramos libres para seguir triste y desesperadamente enamorados de dos hombres que no nos correspondían.

Quizás esa fue la segunda cosa que aprendí de mi amistad con Gabriel: que era inútil intentar fingir que no quería a David, o intentar olvidarle a través del sexo.

Empezaba a darme cuenta de que ese amor parecía enquistado en lo más profundo de mi corazón, y que quizás debería aprender a convivir con él, hacerle un hueco e imbuirme de desesperanza y melancolía, como él hacía.

—Déjame otra calada, anda —le pedí cuando me di cuenta de que mi mente había divagado por los extraños senderos que conducían al sueño.

—¿En qué piensas? —me preguntó con voz cariñosa.

—En las flores —mentí, negándome a contarle mi filosofía porrera—, en las mariposas y la primavera.

Gabriel sonrió con conocimiento. Últimamente, esa era mi respuesta a cada pregunta que no quería contestar.

En ese momento entró otro chico al baño. Echando una mirada curiosa al porro que estábamos fumando, se acercó a uno de los urinarios y se esforzó por mear en él mientras fingía que no nos veía.

—¿Sabes en qué estoy pensando yo? —me preguntó Gabriel—. En el examen de virología.

—Venga ya, hombre —me quejé—, no puede ser que sigas pensando en eso.

Casi una hora antes habíamos salido del examen, y Gabriel no hacía más que hablarme de él, inseguro por el resultado que obtendría.

—Es que sigo creyendo que respondí mal la pregunta sobre el ADN bicatenario de los retrovirus…

—Pasa ya, no puedes hacer nada al respecto. ¿Qué tengo que hacer para que te olvides de eso?

—A lo mejor una mamada ayudaría —susurró.

—Cállate —le dije riendo y mirando nervioso al chico que compartía el baño con nosotros.

Ya había terminado de orinar y se dirigía a la salida, pero el comentario de Gabriel nos costó otra mirada malintencionada—.

Con la corrida que te acabas de pegar tienes suficiente por el momento —añadí en cuanto nos quedamos solos de nuevo.

—Pues me conformaré, entonces —dijo siguiéndome la broma—. Vamos a comer, anda. Esta mierda me da un montón de hambre —afirmó mientras tiraba el canuto ya consumido a una papelera.

—Y a mí también.

Salimos de allí y nos dirigimos a la cafetería, hambrientos como lobos y haciendo el tonto.

El de virología había sido el último examen del cuatrimestre, lo que significaba que acabábamos de inaugurar las vacaciones de verano y nos sentíamos pletóricos a causa de ello.

O quizás era por el hachís, ¿quién sabe?

Nos acercamos a una de las mesas de la terraza, en la que estaban Eli y Juan José, que apenas habían tocado la comida que tenían delante mientras discutían sobre grupos heavy : que si las letras de tal eran más épicas, que si la voz del vocalista de cuál era más potente y expresiva…

Nos dedicaron un leve saludo de bienvenida y siguieron hablando apasionadamente.

Haciendo caso omiso de una conversación que no me interesaba, dejé la mochila en una de las sillas y fui con Gabriel a pedir la comida.

Me apoyé en la barra, mirando la pizarra que había sobre la cabeza de los camareros, en la que se podía leer la lista de bocadillos y platos combinados que preparaban allí y su correspondiente precio.

No terminaba de decidirme entre un entrecot con patatas o un bocadillo de carne cuando sentí una presencia diminuta, delicada y tímida junto a mí.

No necesitaba girar la cabeza para saber que quien estaba a mi lado era Clara.

Creo que ella no me había visto aún, y miraba con el mismo interés que yo el menú de la cafetería, como si no nos lo supiéramos ya de memoria tras dos años almorzando allí.

El camarero fue a atenderla, ignorándome a mí, que llevaba más rato esperando, lo que me hizo recordar que esa había sido una de las ventajas de ser su amigo: era tan guapa que nadie la hacía esperar y nos colaban en todas partes.

Pidió una ensalada de pollo, sacó la cartera para pagar y justo entonces me vio.

No era que Clara y yo no nos hubiéramos visto desde que discutimos.

De hecho, nos veíamos cada semana, de lunes a viernes, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, pero siempre evitábamos mirarnos, obviando al otro, procurando no saludarnos ni estar muy cerca.

No nos habíamos vuelto a encontrar así, cara a cara.

En los escasos segundos en los que la había estado mirando, me convencí a mí mismo de que no la saludaría, de que me mostraría serio con ella, de que lo mejor era dejar las cosas como estaban, pero en cuanto sus ojos se posaron en mí, una cordial sonrisa afloró a mi rostro sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.

—Hola —me dijo con voz débil.

—Hola —le contesté yo—. ¿Qué tal te fue el examen? —pregunté sin saber muy bien qué estaba haciendo.

—Bien, ¿y a ti?

—Bien… —contesté esbozando aquella sonrisa de nuevo. Seguía un poco colocado y me sentía estúpidamente feliz. Oí a Gabriel pidiendo nuestra comida a mi lado, pero le ignoré, con todos mis sentidos puestos en Clara.

—Ah, me alegro —comentó. Quizás no fuera una gran conversación, pero era un buen inicio, pensé.

«¿Un buen inicio para qué?», me preguntó a continuación la otra parte de mi mente, la que estaba menos adormilada, pero ella no me dejó tiempo para pensar con detenimiento—.

Pues nada… —dijo a modo de despedida, cogiendo la bandeja con la ensalada que el camarero acababa de dejar en la barra frente a ella.

—Clara… —La llamé algo indeciso, consiguiendo que se girase de nuevo hacia mí con una tímida expresión de esperanza en el rostro—.

Quería decirte que… —empecé, pero entonces me interrumpí al ver que por detrás de Clara aparecía Guillem.

Me miraba con una expresión de asco difícil de definir, como si tuviera algo obstruyéndole las tripas, demostrando que algunas de sus pasiones eran muy viscerales.

Como el odio, por ejemplo. El buen humor del que disfrutaba en ese momento se esfumó de repente y me sentí más que dispuesto a decirle cuatro verdades al gilipollas aquel—.

Vaya, qué cara de estreñido llevas —le dije—, deberías vigilar tu higiene intestinal. Hay unos yogures que…

—Noah —me dijo Clara con tono seco, la esperanza de su rostro desvanecida por completo—, déjale en paz, anda.

—¿Y encima le defiendes? —le espeté—. ¿Sabes qué? Mejor me espero a que te decidas a dejar de una vez al panolis ese para decirte lo que quiero decirte.

Guillem se abalanzó sobre mí y me empujó, haciendo que trastabillara y cayera contra el pecho de Gabriel, que había observado la confrontación desde detrás de mí.

Oí a Clara chillar y sentí los brazos de mi amigo rodeándome para ayudarme a recuperar el equilibrio.

Guillem seguía de pie frente a mí, mirándome con desafío.

Me incorporé como pude e intenté ir hasta él y partirle la cara, pero los brazos que me sujetaban se convirtieron en un fuerte agarre, y pude oír a Gabriel susurrándome al oído que no valía la pena.

—Eso, nenaza, hazle caso a tu novio —me dijo, para picarme. Volví a revolverme entre los brazos de Gabriel, pero él no me soltó—. No te acerques más a mi chica, mariconazo.

—Cabrón —escupí, mientras sentía que Gabriel me arrastraba hasta el exterior de la cafetería.

Empecé a ser consciente de que todo el mundo nos miraba, y que los camareros nos gritaban que, como no paráramos, llamarían a seguridad.

Posiblemente, aquel día Gabriel me salvó de terminar en el despacho del rector por una pelea, estando colocado además.

Si la Fundación ÍCaro se enteraba de mis actividades ilegales, podía revocarme la beca.

Arrullado por esos pensamientos y por las palabras tranquilizadoras que Gabriel me dedicaba, me solté de su agarre y salí de la cafetería sin mirar atrás.

Me llevó hasta la mesa donde estaban nuestros amigos.

María y Julia estaban ya allí, y por la manera en la que me miraban supe que habían visto lo que había pasado.