A través del sexo. La saga completa 3. El roce hace el cariño #5
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3. El roce hace el cariño #5

—Hola —dije débilmente con la boca medio llena de carne picante.

—Estoy aquí con Elena. Nos vamos a mi cuarto, ¿vale?

—Vale —contestó Gabriel, con tono adusto. Su hermano desapareció de nuestra vista y él me susurró—: Se va a enrollar con su novia. Espero que no hagan mucho ruido. —Reí por lo bajini—. Termínate eso, anda, y nos vamos a mi habitación. Así me cuentas la «cosa mala».

Terminamos de comer, recogimos la loza y recorrimos todo el pasillo a oscuras hasta el dormitorio de Gabriel.

Al pasar junto al de su hermano, oímos unos jadeos contenidos y supuse que la parejita ya estaba en plena faena.

Cuando entramos en su cuarto, Gabriel cerró con llave y nos sentamos en su cama.

—Odio que venga aquí a montárselo con su chica —confesó, mortificado.

—¿Y eso? —pregunté con curiosidad.

—¿No tenías algo que contarme? —preguntó a su vez, evadiendo el tener que contestar. Resoplé—. Debe ser grave… —intuyó.

—No… Sí… —Chasqueé la lengua—. Sé que no debería importarme, pero es que… —Gabriel golpeó débilmente su costado contra el mío, como para animarme a seguir—. Ya sabes, ese tío del que te hablé.

—Tu amor imposible. ¿Qué pasa con él?

—Pues que acabo de enterarme de que él y su novia…

—¿Tiene novia?

—Ahora sí. Y se van a casar porque ella está embarazada.

Gabriel silbó por lo bajo.

—Así que tú también estás enamorado de un hetero —concluyó.

—No, él no es hetero, es… Yo qué sé qué es. Pensaba que le gustaban más los tíos que las tías, pero vete tú a saber…

—¿Hubo algo entre él y tú? —me preguntó.

—¿Algo? —pregunté sin entender.

—Quiero decir, ¿te llegaste a acostar con él?

—¿Que si me llegué a acostar con…? —resoplé.

La verdad es que de la única cosa de la que no habíamos hablado había sido de mi relación con David.

Ambos evitábamos el tema «amores imposibles» por una cuestión de principios—.

Claro que sí, miles de veces —contesté poniendo los ojos en blanco—.

Estuvimos saliendo un tiempo e incluso después de cortar nos vimos un montón de veces.

—¿Y qué pasó?

—Nada, que él no quiere seguir adelante. Y que ahora tiene novia. Eso pasó.

—«Es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado» —citó.

—Y una mierda —dije con fiereza—. El que dijo eso no tiene ni idea de lo que habla.

Me tumbé sobre la cama y cerré los ojos. Sentí a Gabriel tendiéndose junto a mí y la tibieza de su costado contra el mío.

—Ey —susurró—, ¿estás bien?

—Sí, supongo…

—¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor?

—No lo sé…

—¿Te vendría bien algo de sexo?

—¿Qué? —me incorporé de golpe en la cama y le miré con los ojos desorbitados. Gabriel se estaba riendo de mí.

—Hay que ver qué cara has puesto. No estoy hablando de ti y de mí, idiota, sino de mi sorpresa.

—¿Qué? —volví a preguntar. Se levantó de la cama y se dirigió al armario, y yo lo miré, sin entender qué estaba pasando.

Volvió a la cama trayendo consigo una carátula de DVD, que dejó en mis manos.

En ella se veía sobre un fondo azul a dos maromos en bañador que sonreían a la cámara—.

¿Qué es esto? —reí—. ¿Porno? —le di la vuelta a la carátula y vi que por detrás salían los mismos maromos, pero desnudos y mostrando orgullosos sus erecciones.

Sí, era porno—. ¿Estás de coña? —dije mientras leía la sinopsis de la película.

—¿Qué pasa? —preguntó con fingida inocencia—. ¿No te gusta el porno?

—¿Esta era tu dichosa sorpresa? —dije sonriendo.

—Sí. —Se mordió el labio inferior y dijo—: ¿No te apetece verla?

Me lo pensé un momento. Ver porno era una de las actividades favoritas de Pablo, y yo había visto algunas películas con él, aunque en el fondo me avergonzaba tener una erección delante de él y al final prefería verlo estando solo.

Con Gabriel tenía menos confianza todavía, así que la vergüenza era mayor.

Además, no estaba seguro de si quería sexualizar tanto nuestra amistad. Pero por otro lado…

—Qué demonios —mascullé—. Ponla, anda —le dije, devolviéndole el DVD.

Encendió la tele y metió el disco en el reproductor. Cuando las imágenes empezaron, él ya estaba sentado a mi izquierda en la cama.

La película iba sobre un equipo de natación masculina y sus «quehaceres» diarios.

Todos eran muy guapos, tenían cuerpazos de infarto y estaban especialmente interesados en follar los unos con los otros.

No era la mejor peli porno que había visto, pero era bastante excitante, y pronto la erección empezó a dolerme dentro de los vaqueros.

Miré disimuladamente a Gabriel y vi que él tenía el mismo problema, lo cual no era nada remarcable: aquella cinta pondría cachondo hasta a un muerto.

Pero la situación me estaba resultando algo embarazosa, sobre todo cuando Gabriel se abrió la bragueta y empezó a masturbarse.

Lo hacía con languidez y suavidad, presionando con la mano toda su extensión y con los ojos fijos en la pantalla.

Yo, por mi parte, los tenía fijos en él.

De repente, lo que sucedía a mi lado en la cama me resultaba más erótico que cualquier cosa que pudiera ver en un televisor.

Gabriel tenía apoyada la cabeza contra un enorme almohadón, exponiendo su cuello y la línea de su garganta.

Estaba algo acalorado, sudoroso, y gemía débilmente.

Un mechón de su pelo había escapado de su pulcro peinado y caía ondulado sobre su frente, tapando parcialmente su ojo derecho.

Yo sabía que no debía mirarle, pero no podía evitar hacerlo.

Intenté concentrar de nuevo mi mirada en la película, pero mis ojos, obstinados, volvieron de nuevo a él.

Mi erección se volvió más dolorosa que nunca y me toqué suavemente por encima de los pantalones para aliviar algo la presión, sin atreverme a hacer nada más explícito.

Él, sin embargo, no parecía tener los mismos reparos que yo, y seguía acariciando su miembro con placidez.

Vi cómo su pulgar subía hasta llegar al glande, lo rodeaba y volvía a bajar, haciendo temblar la salida de la uretra, en la que brillaba una gota de líquido preseminal.

Presa de un incontrolable impulso, me incliné sobre su regazo, aparté sus manos y apresé su glande entre mis labios, lamiéndolo con ansia.

Por un instante, pensé que me rechazaría, pero sus manos se posaron en mi nuca y me empujaron hacia abajo, profundizando el sexo en mi boca.

Chupé su miembro con voracidad, regodeándome en su sabor, concentrándome en lamer el glande y el húmedo orificio, empapándome del sonido de sus gemidos entremezclados con los jadeos del sexo provenientes de la televisión.

Con mi mano libre tanteé mi bragueta y la abrí, para rodear mi erección con mi mano y empezar a bombearla con fiereza, buscando descargarme.

Yo no sabía si Gabriel seguía mirando la tele o ahora me miraba a mí, quizás observando mi masturbación como yo había espiado la suya un momento atrás, pero en todo caso mi vergüenza parecía haberse esfumado de repente.

Su polla palpitaba dentro de mi boca y la presioné contra mi paladar, haciéndola deslizar hasta mi garganta para sacarla justo antes de que eyaculara, manchando su ropa al hacerlo.

Yo también me corrí sobre la cama, intentando fútilmente recoger todo mi esperma en la mano.

Nos quedamos callados un instante, normalizando nuestra respiración.

A medida que me enfriaba, todo mi pudor y mi mojigatería y mis reparos volvieron de repente y miré a Gabriel.

—Lo siento —balbuceé—. Yo no quería…

—No pasa nada —me aseguró.

—Ya, pero yo no… —Le miré a los ojos—. En realidad, yo no quiero tener nada contigo.

—Ni yo contigo.

—Entonces, ¿esto no ha significado nada?

Él se encogió de hombros mientras se cerraba la bragueta.

—Significa que me lo he pasado muy bien. Y que, por lo visto, te ha gustado mucho la película.

Tardé un momento en darme cuenta de que estaba de broma. Su sonrisita le delató al final.

—Serás cabronazo —le dije, dándole un leve codazo en el costado—. Entonces… ¿Seguimos siendo amigos?

Gabriel me rodeó con su brazo y me atrajo hacia sí. Apoyé la cabeza sobre su hombro y miré al televisor, en el que aún seguía la película.

—Claro —susurró—. ¿Por qué no?