A través del sexo. La saga completa 3. El roce hace el cariño #4
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3. El roce hace el cariño #4

Ese viernes fui al cine con mi hermano. Antes de salir me puse tan nervioso como si tuviera una cita.

O más. Nunca me había sobreexcitado de esa manera ante la perspectiva de un buen polvo.

Me cambié de ropa tres o cuatro veces antes de salir, lo cual era una estupidez, porque sabía que Aarón no se iba a fijar en lo que yo llevara puesto.

Cuando al final me decidí, mi cama estaba cubierta por la ropa desechada y casi parecía como si Pablo hubiera pasado por allí.

El encuentro en el cine fue algo incómodo, no sabíamos qué decirnos.

Casi fue un alivio cuando nos sentamos y empezó Hannibal , porque así podíamos centrarnos en algo que no fuéramos nosotros mismos.

Cuando terminó la proyección, fuimos a cenar a una hamburguesería, y al vernos sentados frente a frente, no tuvimos más opción que empezar a hablar.

—¿Qué? —me preguntó él casualmente antes de morder su hamburguesa—. ¿Te gustó la película?

—Estaba bastante bien, pero me gustó más la primera.

—Sí —convino—. Además, es una pena que Jodie Foster no aceptara hacer esta peli.

—Pues a mí me gustó mucho esta actriz —dije—. Pegaba mucho en el papel, aunque fuera pelirroja.

—Hombre, está mucho más buena —dijo mi hermano, pero luego se quedó cortado como si pensara que había dicho algo inapropiado.

—Es verdad, esta chica es mucho más atractiva —afirmé para su asombro—. No me mires así —le interpelé—. Soy gay, no ciego.

—¿Sabes una cosa? —me dijo tras unos segundos de silencio—. Estoy saliendo con alguien.

—¿Ah, sí?

—Sí, se llama Vanesa y la conozco de la facultad. También estudia teleco.

—¿Y qué tal te van las clases?

—Bien, bien, pero este curso se está poniendo jodido…

—¿Y Moi? —pregunté—. Papá me dijo que consiguió trabajo en el aeropuerto.

—Pues le va bien. Espera a que yo termine la licenciatura —bromeó—, voy a terminar siendo su jefe.

—Sonreí. Los gemelos empezaron a estudiar Telecomunicaciones juntos, pero mientras que Moisés se había contentado con terminar la diplomatura el año anterior para empezar a trabajar, Aarón seguía estudiando para conseguir la licenciatura—.

¿Y a ti qué tal te van las clases? —me preguntó—.

Papá me dijo que sigues siendo un empollón.

—No me quejo —repuse—, saco buenas notas.

—Bueno, para mantener la beca no te queda más remedio, ¿no? Seguro que sacas todo sobresalientes.

—No te creas —repuse torciendo el gesto—, saco algún que otro notable…

Aarón me revolvió el pelo en un gesto espontáneo y fraternal que súbitamente nos incomodó a ambos.

—¿Y tú? —me preguntó con extrema cautela—. ¿Sales con alguien?

—Ahora mismo no —contesté como si tal cosa mientras mordía la hamburguesa.

—Papá me ha contado algunas cosas sobre ti —dijo con cierta reserva.

—¿Como qué?

—Como que nos mentiste, que aquella chica por la que llorabas no era una chica.

—No, no lo era —contesté con cierta humildad—. Pero eso no significa que os mintiera. No en lo importante, al menos —añadí al ver su expresión—. Si os hubiera contado la verdad, no me habríais consolado.

—¿Intentas hacerme creer que nos mentías porque nosotros te obligábamos a ello? —preguntó con cierta perplejidad.

—Sí. ¿Lo estoy consiguiendo?

Mi hermano suspiró y me apretó el hombro en un gesto cariñoso.

—Sí.

Al día siguiente seguí con la misma rutina de siempre: por la mañana, fui a las prácticas en el laboratorio; por la noche, quedé con Gabriel. Puede que suene un poco frívolo el hecho de que yo siguiera con mi vida como si nada después de enterarme de lo de David, pero ¿qué otra cosa iba a hacer?

Las prácticas se habían convertido con el correr de las semanas en una fuente de pequeñas y cotidianas frustraciones.

Víctor tendía a tratarme como si yo fuera tonto y yo tendía a intentar impresionarle con mis conocimientos.

No es que fuera creído, es que sabía que yo era un estudiante por encima de la media, ¿por qué él se empeñaba en no verlo?

Encima, yo sabía que Clara estaba recibiendo un trato de favor en los laboratorios y que la dejaban participar en proyectos para los que, si ella estaba cualificada, yo lo estaba el doble.

Eso hizo que empezara a sentir una ligera animadversión por ella, que poco a poco fue sustituyendo a los remordimientos que me carcomían en su presencia.

Sin embargo, las salidas con Gabriel me hacían olvidarme de todo esto.

Con él, me sentía sencillamente bien. Para variar, esa noche me había invitado a cenar a su casa.

No en plan romántico, se apresuró a explicar, solo quería cocinar para mí.

Se empeñó en ello desde que le confesé que nunca había probado la comida mexicana.

Teníamos la casa para nosotros solos, porque sus padres habían salido a cenar y su hermano estaba en el cine con su novia.

Eso último me lo dijo con tal retintín que me convencí de que su cuñada en potencia debía de caerle muy mal.

Al llegar, me enseñó su casa y su dormitorio, con una cama nido, una televisión con reproductor de DVD y presidido por un enorme póster de Brian Molko, mostrando toda su esplendorosa androginia.

Luego fuimos a la cocina, y Gabriel empezó a demostrarme lo mañoso que era entre los fogones.

Una vez que tuvo la vitrocerámica encendida y la sartén al fuego, puso una cerveza en mi mano, me invitó cortésmente a que me sentara y no estorbara, y empezó a cortar y cocinar unas verduras junto con abundante carne picada.

A pesar de su evidente desaprobación, yo me levanté y empecé a revolotear a su alrededor, observando con curiosidad todo lo que él hacía.

—¡Eh! No le vayas a poner mucho tabasco a eso —protesté cuando le vi agitar alegremente la pequeña botellita sobre el refrito.

—¿No te gustan las cosas picantes? —me preguntó Gabriel con cierta picardía.

—En la comida no —respondía mientras él se carcajeaba.

—¿Pero en el sexo sí? —preguntó revolviendo las verduras con la espumadera para que no se quemaran.

Me di cuenta de que me sentía algo incómodo hablando de sexo con Gabriel.

Siempre había hablado de esos temas con tíos con los que me había acostado, o bien con personas con las que nunca lo iba a hacer.

Gabriel no pertenecía a ninguno de esos dos grupos.

Si bien no había nada sexual en nuestra relación, él me hacía entonar mentalmente el refrán «No digas de esta agua no beberé».

Era muy guapo a su manera, y esa elegancia decadente y melancólica de la que hacía gala le hacía sumamente atractivo a mis ojos.

—Sí, claro —respondí ruborizándome levemente—, ¿a ti no?

—No lo sé —contestó—. A veces tiendo a ser un tanto conservador en el sexo.

«Como en todo lo demás», pensé en silencio, pero me guardé de decirlo en voz alta. A pesar de todas sus reticencias, Gabriel pensaba que era un progresista. No iba a ser yo quien le sacara de su error.

—De todas maneras —continuó—, me alegra que tú pienses eso. Luego quiero enseñarte una cosa.

—¿El qué?

—Es una sorpresa.

—Dime qué es —le exigí.

—Una sorpresa —contestó guiñándome un ojo antes de volver la atención a la comida.

Debió de considerar que ya estaba en su punto, pues apartó la sartén del fuego y me dijo que volviera a sentarme a la mesa.

Unos minutos más tarde, teníamos ante nosotros un bol con el relleno de verduras y carne picada, unas tortas de maíz y un cuenco lleno de guacamole.

Cada uno cogió un plato y procedimos a enrollar nuestras fajitas y comer.

—Te estás pringando —me reprochó con cierto regocijo al ver que el relleno de las fajitas se me escurría de entre los dedos y me manchaba de salsa.

Yo no tenía ni idea de cómo cerrar los paquetitos correctamente y me había limitado a imitar los movimientos de Gabriel.

Bastante mal, a juzgar por los resultados.

—No te rías de mí, cabronazo —le espeté mientras intentaba sorber el relleno que se escurría por la parte de debajo de la fajita.

Menos mal que estábamos solos en su casa y no en un restaurante mexicano, estaba dando un espectáculo deplorable—.

Además, te pasaste con el tabasco —me quejé, cogiendo con mis manos pringosas la botella de cerveza que tenía frente a mí y bebiendo de ella. Tanto picante me daba mucha sed.

—¿No está bueno? —preguntó algo decepcionado.

—Sí, claro —me apresuré a aclarar—. Está muy rica. ¿Puedo coger otra?

—Claro, pero esta te la envuelvo yo —contestó, cogiendo mi plato para servirme otra fajita y enrollármela como era debido—. ¿Qué tal te va todo? —preguntó como si nada.

—Aparte de que me he pringado comiéndome una puta fajita, todo bien —comenté con ironía.

—Pues no sé… Se te ve bastante triste —opinó, mientras me tendía el plato.

—Joder… —dije mientras me chupaba los dedos. Literalmente—. Triste no… Pensativo, más bien —confesé.

—¿Y eso?

—He tenido una semana complicada, me han pasado un par de cosas y…

—¿Buenas o malas? —preguntó antes de beber de su cerveza.

—Una de cada —le di un mordisco a la nueva fajita, alegrándome al comprobar que esta no parecía a punto de destrozarse.

—Empieza por la buena.

—Vale —dije suspirando—. ¿Recuerdas que te dije que no me hablaba con parte de mi familia desde que salí del armario? — Él asintió, prestándome toda su atención—. Pues el otro día mi hermano Aarón vino a verme y ahora nos llevamos otra vez.

—¿Y el resto de tu familia?

—Mi otro hermano y mi madre siguen sin querer saber nada de mí, por lo visto.

—Bueno, algo es algo, ¿no?

—Sí, supongo.

—¿Y la mala?

—Esa ya es más larga de contar… —dije. Ni siquiera sabía por dónde empezar.

Justo entonces oímos la puerta de la entrada y oímos pasos y voces provenientes del recibidor.

Unos segundos más tarde, un chico que solo podía ser el hermano de Gabriel se asomó a la cocina.

Si supuse que era su hermano fue porque entró en la casa con naturalidad, pero no porque hubiera parecido físico entre ambos, porque no lo había.

—Hola, Gabriel. ¿Un amigo? —preguntó mirándome.