A través del sexo. La saga completa 3. El roce hace el cariño #3
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3. El roce hace el cariño #3

—Eso parece —dije—, incluso me llamó por teléfono esta mañana y me preguntó si quería ir al cine con él. Al parecer no tiene con quién ir a ver Hannibal .

—No me parece que ver una película de psicópatas sea lo mejor para un reencuentro con tu hermano —intervino Samuel.

—Vamos, Samy, deja al chico tranquilo —dijo Pablo con la voz preñada de afecto—. Al fin y al cabo, es su hermano, no un tío al que se quiera tirar. ¿Qué más da lo que vean?

—Sí, claro —bromeé yo—, no voy a ir a ver una comedia romántica, como si fuera una primera cita.

Ambos me miraron algo avergonzados y yo aproveché para reírme de ellos.

Era ya una broma antigua el hecho de que habían ido a ver una peli romántica la primera vez que salieron juntos y que, por lo visto, había sido una pésima elección.

Aburridos, habían terminado enrollándose dentro de la sala hasta que un empleado del cine los había echado de allí por dar un «espectáculo indecente».

—La próxima vez te llevo a un cine X, cariño —dijo Pablo, picarón.

—A mí no me gusta mucho ver porno.

—Pues nada, si te aburres de la película te enrollas con él —dije yo—. De allí no te echan por eso.

Samuel se ruborizó como una colegiala virgen y yo me reí de él mientras Pablo mascullaba algo parecido a: «¿Cómo puedo salir con alguien a quien no le gusta el porno?».

—En todo caso —continué—, quizás el hecho de que me empiece a ver con Aarón significa que dentro de poco me reconciliaré con el resto de mi familia.

—No te hagas muchas ilusiones, por si acaso —me aconsejó Pablo, dándome una dosis de asquerosa realidad—, al fin y al cabo tu hermano te dijo que no te habían perdonado.

—Vamos, deja al chico tranquilo —dijo Samuel parafraseando a Pablo e imitando el tono de voz de su novio con bastante acierto. Le guiñé un ojo con complicidad y él me devolvió el gesto—. ¿Por qué no intentas tú un acercamiento? —me preguntó.

—Porque es demasiado orgulloso para eso —respondió Pablo por mí, rodeando la cintura de Samuel con un gesto posesivo y sensual—. Noah no es de los que se disculpan fácilmente.

—¡Pero es que no tengo nada de qué disculparme! —exploté.

—Ya, pero eso tu madre no lo sabe.

—Pues no me pienso bajar del burro. ¿Acaso quieres que le diga: «Perdóname, mamá, por ser gay, no lo volveré a hacer»?

—Por supuesto que no, lo que le tienes que decir es: «Perdóname, mamá, por ser un gay fabuloso y por tener la intención de seguir siéndolo toda mi vida».

Su comentario me sacó una involuntaria sonrisa.

—Yo no decía que te disculparas —intervino Samuel—, solo que intentaras hablar con ella.

—Paso —dije—, no serviría de nada.

Desvié la mirada, pero aun así pude oír como ambos daban sendos suspiros y me los imaginé intercambiando una silenciosa mirada de reprobación.

Yo sabía que mi orgullo era estúpido, pueril, inútil y engorroso, pero no podía evitar pensar que eran mi madre y Moisés quienes tenían que acercarse y disculparse, igual que había hecho Aarón.

Aunque ahora que lo pensaba, Aarón no se había disculpado. Ni falta que hacía.

—Bueno, de todas maneras, está bien que vayas a empezar a tratarte con tu hermano de nuevo, ¿no? Así que no te pongas ahora de mal humor.

— Vaaale —dije mientras Pablo se sentaba a mi lado en la cama y me pasaba el brazo sobre el hombro.

—Bueno, cuéntame, ¿y qué tal con ese nuevo amigo tuyo?

—¿Con Gabriel? —pregunté. Pablo ya lo sabía todo sobre mi amistad con él, así que me desconcertaba que me preguntara tan a menudo—. Bien, ¿por?

—No, por nada —rio por lo bajini. Samuel le imitó y se intercambiaron una miradita de complicidad.

—¿Qué? ¿Por qué os reís? —pregunté un tanto mosqueado.

—Por nada… —dijo Samuel, muy poco convincentemente.

—No, en serio, ¿de qué vais?

—No pasa nada, Noah —intervino Pablo—, es solo que Samy piensa que entre vosotros dos hay algo.

—¿Algo? —pregunté—. No hay ningún algo entre nosotros. Solo somos amigos.

—Ya.

—No, en serio —insistí. Desde que Pablo se había echado novio, parecía empeñado en que me buscara uno yo también—. No intentes hacerte el casamentero —le advertí a Samuel—, se te da fatal.

—Eso es verdad, nunca sé quién te gusta y quién no. Antes pensaba que te gustaba el hermano de Clara.

Le lancé a Pablo una peligrosa mirada, pero él negó con la cabeza, como queriendo decirme que con novio o sin él, no había traicionado mi confianza.

—Por cierto, hablando de Clara… —continuó Samuel—. ¿Sabes que está buscando piso?

—¿Y eso? —le pregunté—. ¿Se va de casa de su hermano? No me digas que se va a vivir con ese indeseable de Guillem…

—Pues en principio no, se va ella sola. Pero Noah, ¿estás seguro de que viste lo que viste?

—¿Qué? —pregunté sin saber a qué se refería.

—Es que Guillem y Clara están genial, y él la trata de maravilla. ¿No crees que quizás cuando lo viste con otra lo malinterpretaste?

—No —contesté tozudo—, sé lo que vi.

Samuel se encogió de hombros, como si se enfrentara a un misterio que tuviera difícil solución.

—Pues no sé, Clara parece muy contenta, pero yo creo que si mi novio me pusiera los cuernos, lo sabría —dijo en evidente alusión a Pablo.

—La duda ofende —dijo él, haciendo como si se le hubiera clavado una flecha en el corazón.

—Más te vale —contestó Samuel tirándose sobre él en la cama.

Me puse de pie y les concedí veinte segundos de besuqueos antes de preguntar:

—¿Qué me decías de Clara?

—Ah, sí —dijo Samuel intentando desembarazarse de las manazas de pulpo de Pablo—. Pues eso… Quita, Pablo. Que está buscando un… Quiiita . Un ático que… ¡Para ya! —le gritó a su novio, mitad divertido, mitad enfadado.

—¿Un ático que…? —le ayudé.

—Un ático que le guste —continuó ignorando los intentos de Pablo por volver a enredarle—, preferentemente en el centro, no muy lejos de su hermano. Y con terraza.

—Pues le va a salir un ojo de la cara —dije, pero luego me di cuenta de que para ella eso no sería un impedimento—. ¿Y por qué se va?

—Ah, pues como comprenderás, no va a estar de carabina en casa de su hermano, ahora que su novia viene a vivir aquí.

—¿Cómo?

—¿No te lo había dicho? —preguntó Samuel a su vez—. Es que resulta que…

—Cariño —le interrumpió Pablo, lanzándome una mirada llena de compasión—. No aburras a Noah ahora con tus cotilleos, que tiene otras cosas en que pensar.

—No pasa nada Pablo, no me aburre —respondí lanzándole una miradita. De repente me di cuenta de que todo el besuqueo no había sido más que un burdo intento de callar a su novio—. ¿Qué me decías, Samuel?

—¿No me digas que no te he contado la última novedad de David y Lorea?

—No, no me has contado nada.

—Pues… —Puso su cara de cotilla entusiasta y me soltó—: Es que ella se viene a vivir a su casa.

—¿Qué? Pero si apenas llevan saliendo unos meses.

—Bueno, ya sabes… El roce hace el cariño, y supongo que quieren acostumbrarse a vivir juntos antes de casarse.

—¿Cómo dices? —exclamé, abriendo mucho los ojos—. ¿Se van a casar?

—Por supuesto, estando ella embarazada…

—Ay, mi madre —gemí.

Ahí estaba: el otro bombazo de la semana en plena cara. Me dejé caer sobre la cama de Pablo al notar que las rodillas me fallaban.

Pablo se arrodilló frente a mí y me preguntó solícito:

—Noah, ¿estás bien?

—¿Tú lo sabías? —inquirí.

—Sí, me enteré ayer —me dijo con infinita pena.

—¿Qué pasa? —preguntó Samuel, acercándose—. ¿No te encuentras bien?

Pablo me miró, como pidiéndome permiso, y yo asentí levemente. Era inútil seguir teniendo a Samuel a oscuras. Siendo novio de Pablo y amigo mío, tarde o temprano se iba a enterar.

—Cariño —dijo Pablo dirigiéndose a él—. Noah y yo tenemos que contarte una cosita.

—¿Qué, qué pasa? —preguntó suspicaz.

Pablo volvió a mirarme y yo le musité: «Díselo tú».

—¿Recuerdas a aquel tipo del que Noah estaba enamorado?

—¿Santiago?

—No, antes. El primero —aclaró.

— Aaah , el tal David —dijo Samuel—. ¿Qué pasa con él?

—Que es ese David.

No se podía decir que Pablo no fuera directo al grano. Lo dijo tan de golpe que Samuel tardó unos segundos en entenderlo.

—¿Qué? —se volvió hacia mí—. ¿Te enrollaste con el hermano de Clara?

—Sí. No… Es que antes no era el hermano de Clara —me defendí—, eso fue antes de conocerla, antes de que ella viniera a España…

—¿Y ella lo sabe?

—No. No por mí al menos, y estoy seguro de que David tampoco se lo ha dicho.

—¿Por qué?

—Porque fue él quien me obligó a guardar el secreto.

—Entonces yo tenía razón —exclamó con regocijo contenido—. Es gay.

—Acertaste a medias. Es bisexual. O algo así…

—¿Y ese era tu gran secreto? —me preguntó.

Asentí en silencio.

—Ni una palabra de esto a nadie, cariñito, sobre todo a Clara —le advirtió Pablo—. David y Noah han tenido una historia larga y complicada y… El pobre ya tiene bastante —concluyó señalándome.

—¿Y sigues enamorado de él después de todo este tiempo?

Asentí. Ya que se lo contaba, se lo contaba todo.

—Es que nos hemos seguido viendo desde que rompimos.

De hecho… ¿Recuerdas cuando me enfadé con Clara, que tú pensabas que yo estaba deprimido por culpa de Santiago?

—Él asintió—. Pues en realidad estaba deprimido por culpa de David.

Habíamos pasado el fin de semana juntos y estuvimos a esto —dije uniendo mis dedos pulgar e índice— de volver juntos.

Samuel estaba cada vez más atónito.

—¿Y qué pasó?

—Que él se rajó —intervino Pablo con bastante mala baba—, porque la situación con su familia es complicada, y porque al parecer, si su hermana se entera de que es gay, se puede desatar la Tercera Guerra Mundial o algo así…

—¿Te dejó por culpa de Clara?

Asentí pesaroso y Samuel se sentó en la cama a mi lado.

—¿Lo entiendes ahora, cariño? —le preguntó Pablo.

Samuel me lanzó una mirada llena de lástima y arrepentimiento.

—Ahora lo entiendo.