A través del sexo. La saga completa 3. El roce hace el cariño #2
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3. El roce hace el cariño #2

Pronto descubrí que mi nuevo amigo era una persona de pensamientos profundos y mente reflexiva, pero también que su aspecto inconformista de izquierdas era más una tapadera bajo la que rebelarse contra su ambiente familiar que un reflejo de sus propias convicciones.

Se le llenaba la boca hablando de derechos humanos, de igualdad y de libertad de expresión, pero cuando pasábamos a temas más concretos, sus opiniones no eran tan liberales y progresistas.

Defendía la igualdad de la mujer, sí, pero no creía en el derecho al aborto, ni tenía buena opinión de los grupos feministas; abogaba por el fin de las discriminaciones raciales, pero opinaba que la inmigración creciente en España no traía más que delincuencia.

Por lo tanto, teníamos encendidas discusiones en las que enfrentábamos nuestros divergentes puntos de vista, y a mí me hacía gracia constatar que en el fondo, y sin él saberlo, no era más que uno de esos fachas a los que tanto detestaba.

La mayor sorpresa, sin embargo, me la llevé al descubrir que estaba en contra de una de las mayores reivindicaciones del colectivo homosexual.

—¿Cómo puede ser que estés en contra del matrimonio gay? —le pregunté asombrado después de que me echara una perorata acerca de lo que el matrimonio significaba para él, y que aparentemente no incluía que dos personas del mismo sexo lo formaran.

Estábamos en su coche, como era nuestra costumbre últimamente, pasando una noche más de sábado fumando y bebiendo cervezas mientras escuchábamos a Placebo y filosofábamos sobre la vida.

No contestó enseguida, estaba entretenido liándose un porro con parsimonia.

Él fumaba casi siempre una mezcla de tabaco con hachís que desprendía un olor más intenso que el típico canuto de marihuana.

Además, fumaba mucho más que yo, que apenas pasaba de los dos o tres porros a la semana.

Él se fumaba tres o cuatro en una noche normal.

—¿Por qué deberían casarse dos hombres? Y de hecho —añadió, enarbolando su porro y dejándome oler el pestilente humo que desprendía—, ¿para qué iban a querer hacerlo?

—¿Cómo que para qué? —pregunté—. Pues para demostrarse su amor y…

—Gabriel dio un sonoro resoplido, cortando de raíz mi discurso de romántico incurable, así que decidí cambiar de estrategia y pasar a un argumento más pragmático—.

Para tener derecho a una pensión de viudedad, por ejemplo.

O para poder adoptar hijos juntos —añadí, ganándome un nuevo resoplido—.

¿Qué? ¿Tampoco estás a favor de que los gays puedan tener hijos?

—Claro que no. Eso es antinatural.

—¡Antinatural! —bufé, cada vez más indignado. Siempre he odiado esa palabra, sobre todo cuando se usa en contra de los homosexuales—. ¿Cómo puedes ser gay y decir cosas así?

—No lo digo desde un punto de vista moral —me respondió con calma—. El hecho de que a mí me guste follar con tíos no quiere decir que quiera tener hijos con ellos. Al fin y al cabo, es una imposibilidad biológica.

—Sí, pero…

—Pero nada. Cuando uno hace la elección de ser gay, sabe que no podrá formar una familia. Y punto.

—Eso solo lleva a la hipocresía, a esos gays que se casan con mujeres para aparentar y poder tener hijos.

Si la sociedad les permitiera casarse con parejas de su mismo sexo y adoptar niños, a lo mejor no tendrían que andar con tantas falsedades…

Además —dije dándome cuenta de algo más—, ¿cuándo hiciste tú la elección de ser gay?

—¿Qué quieres decir?

—¿Que cuándo te paraste tú a decidir si querías ser hetero o gay?

—Bueno, uno elige cómo vivir su vida…

—Lo que quieres decir es que podemos elegir ser gays fuera del armario o dentro de él —le aclaré.

—Sí, eso mismo.

—Pero eso no quiere decir que se pueda elegir ser gay.

—Bueno, ¿y qué es ser gay, de todas maneras? ¿Cuántos hombres heteros habrá que sientan lo que tú y yo sentimos y lo ocultan?

—Entonces no son heteros, son gays.

—Pero nadie lo sabe más que ellos.

—Supongo.

—Para la sociedad son personas heterosexuales y actúan como tales.

—Sí, claro —dije confuso, no sabiendo a dónde me quería llevar. Colocado o no, Gabriel siempre tenía la locuacidad de un político.

—Y si no participan en ninguna actividad gay, ni interactúan con ellos…

—… Es como si no fueran gays —terminé por él con cierta impaciencia—. ¿Qué me quieres decir con todo esto?

—Que sí que se puede decidir si quieres ser gay o no. Lo que no se puede decidir es ser hetero. O lo eres, o finges que lo eres. Pero por mucho que lo desees, no puedes ser un completo heterosexual si no lo eres de verdad.

Me paré un momento a pensarlo.

—Nunca lo había visto así.

—Yo sí. Quizás porque he dedicado más tiempo de mi vida a pensar sobre ello.

—¿Y eso por qué?

—¿Tú nunca has deseado no ser gay?

Le miré con extrañeza.

—No.

—¿Nunca has sentido rechazo de lo que sientes?

—No, nunca.

Me miró con esos ojos melancólicos que tenía.

—Ahí tienes tu respuesta.

A finales del mes de abril, mi vida parecía encaminada de nuevo, había hecho nuevos amigos y empezaba a ver la luz al final del túnel que era el largo proceso de llorar por un amor perdido, aunque supongo que eso era porque evitaba hábilmente pensar en David y su noviazgo con aquella chica.

Al fin y al cabo, ya era un experto en evitar pensar en las áreas problemáticas de mi vida tras estar más de siete meses sin hablar con mi madre y mis hermanos.

Creo que por aquella época, ignorar mis problemas me parecía la manera más efectiva de enfrentarme a ellos, quizás porque aún no sabía que no importa el esfuerzo que pongas en esquivarlos, terminan por estallarte en la cara cuando menos te lo esperas.

Precisamente eso fue lo que me ocurrió aquella semana de mediados de primavera, y a base de obviar mis problemas, yo no estaba preparado para afrontar nada de lo que me esperaba.

Por eso no supe cómo reaccionar cuando una tarde, al llegar a casa, me encontré cara a cara con mi hermano Aarón.

Él debía de sentirse más o menos como yo, porque se quedó estático, rígido y sin moverse. Pasaron unos incómodos segundos en los que nos miramos fijamente sin dirigirnos la palabra hasta que mi padre entró en el salón, proveniente del pasillo.

—Ah, ya has llegado —dijo como si nada—. Entra y cierra la puerta, hijo, en vez de quedarte ahí plantado como un pasmarote.

—¿Qué hace él aquí? —grazné mirando a mi padre como si dejar entrar a mi hermano en su casa fuera una traición terrible.

—Tu hermano ha venido a verte —dijo acercándose a Aarón por detrás y poniendo una mano sobre su hombro, como si el que necesitara ánimos fuera él—. Así que será mejor que entres en casa y escuches lo que tiene que decirte.

Cerré la puerta despacito y dejé caer mi mochila en uno de los sillones.

—¿Qué quieres? —le pregunté a mi hermano a bocajarro.

—Hablar contigo, y eso…

—Os dejaré a solas —intervino mi padre—. Y tú —añadió señalándome con su dedo—, más te vale que te comportes.

—Pero si yo no… —Empecé a quejarme, pero la mirada que me dedicó hizo que me callara.

—Estaré aquí fuera —dijo, cerrando la puerta tras de sí.

Nos quedamos de nuevo a solas, y sin decir ni una palabra. A pesar de que mi hermano había venido para hablar, ahora parecía incapaz de decir nada. Parecía incómodo e indeciso y al final fui yo quien rompió el silencio:

—¿Cómo está mamá?

—Bien —dijo—. Bueno, más o menos.

—¿Cómo que más o menos?

—Bueno, ya sabes —replicó sentándose en un sofá y apoyando los codos sobre sus muslos—, está algo triste desde que te fuiste.

—Desde que me echó, querrás decir.

—Esto es difícil para todos, Noah, no solo para ti —me dijo, casi como un reproche.

—Yo no tengo la culpa de…

—No he venido a discutir contigo —me dijo, cortando mi arrebato—. Solo quiero hablar.

Asentí y me senté frente a él. Aarón siempre había sido el más calmado, el más pacífico, el que tenía la cabeza más fría de los tres. Si en algo nos parecíamos Moisés y yo, era en que éramos cabezotas, orgullosos y temperamentales. Quizás era eso lo único que yo había heredado de mi madre.

—¿Te ha pedido mamá que vinieras?

—No, ella no sabe que estoy aquí.

—Pero dijiste que…

—Dije que está triste, no que te haya perdonado.

—Yo tampoco la he perdonado a ella —dije con altanería.

—Es que sois los dos iguales —me dijo con una pequeña sonrisa—. Moisés también está afectado, pero preferiría morirse antes que admitirlo —continuó hablando—, y sigue estando muy enfadado contigo.

—¿Y tú?

—Yo no estoy enfadado. Y no me importa admitir que te echo de menos. —Le miré algo conmovido y él carraspeó incómodo—. Así que he venido para preguntarte si te molestaría que viniera a verte de vez en cuando.

—No, claro que no me molestaría —dije.

—Vale, bien. —Se puso de pie y yo le imité con bastante torpeza—. Pues… Eeh … Eso era todo. Ya te llamaré otro día para quedar.

—De acuerdo —le dije.

Aarón se dirigió hacia la puerta, la abrió y se fue sin más.

Me quedé allí plantado como un idiota mientras mi padre entraba como un huracán en el salón.

—¿Dónde está tu hermano? —preguntó acusador—. No me digas que le has echado, porque si es así…

Le miré, atónito.

—Me parece que nos hemos reconciliado —dije.

Mi padre vino hasta mí y me abrazó, más emocionado de lo que yo mismo estaba.

—Bueno —susurró—, ya iba siendo hora.

Quedé con mis amigos al día siguiente de la inesperada visita de mi hermano para contarles lo que había pasado.

Estábamos los tres en el cuarto de Pablo, y la parejita feliz escuchaba mi relato con atención.

Desde que salía con Samuel, Pablo se esforzaba por mantener su cuarto algo más ordenado, así que su cama no era la leonera que solía ser.

Yo entendía a Samuel perfectamente: no me enrollaría con nadie en medio de sus calcetines usados de la semana anterior.

—Así que ahora te llevas de nuevo con tu hermano… —musitó Pablo con suavidad cuando terminé de hablar.

Asentí bastante contento. Estaba a cinco minutos de recibir el otro bombazo de la semana, claro que aún no lo sabía.