5. Nuestra naturaleza #4
—Es como la fábula del escorpión y la rana —intervino súbitamente Gabriel—.
¿La conoces? —Clara negó con la cabeza—.
Un escorpión le pide a una rana que le ayude a cruzar un río —comenzó él a relatar—.
La rana al principio se niega, temerosa de que le haga daño, pero luego se da cuenta de que si el escorpión intenta envenenarla mientras cruzan el río, él también morirá, pues no sabe nadar, así que accede a llevarle sobre su espalda.
Sin embargo, a mitad del recorrido, siente que el escorpión le clava el aguijón, y que el veneno empieza a extenderse por su cuerpo.
Mientras nota que sus fuerzas le abandonan y que ambos van a ahogarse, le pregunta: «¿Por qué lo has hecho, si tú también vas a morir? ».
—¿Y qué le respondió? —preguntó ella.
—«No he podido evitarlo» —concluyó Gabriel en tono sombrío—, «es mi naturaleza».
Yo negué levemente con la cabeza mientras Clara palidecía.
—¿Eso qué quiere decir? —preguntó—. ¿Que me tengo que aguantar los cuernos porque esa es vuestra naturaleza?
Gabriel se encogió de hombros y dio otra calada a su cigarrillo, como si creyera que, una vez contado su relato, no tenía nada más que añadir.
—Bueno, quizás lo que él quiere decir no es que todos los hombres seamos así, sino que algunos lo son, irremediablemente.
—¿Eso crees tú?
—No lo sé, pero es mejor que pensar que no hay hombres decentes en el mundo.
Clara recostó su cabecita contra el respaldo del sofá y entrecerró los ojos en actitud contemplativa; luego susurró:
—¿Sabéis lo que mi padre me decía cuando era pequeña?
Que las mujeres somos como fortalezas, y los hombres son soldados que se empeñan en conquistarlas, y que si las fortalezas se rinden muy fácilmente, el soldado pierde el interés y va a por su próxima conquista.
Antes creía que eso no era verdad, y me he acostado con bastantes tíos, pero lo único que he conseguido ha sido cosechar fama de facilona y tener un novio infiel.
Quizás sea verdad que las chicas fáciles solo servimos para divertirse, pero no para que nadie se enamore de nosotras.
—Eso no es verdad… O bueno, no lo es siempre. Yo nunca me he reservado con ningún tío, y con algunos de ellos he tenido relaciones más o menos largas.
—Y qué relaciones —exclamó Clara con ironía—, te han tratado genial, ¿no?
—Eso no viene al caso —dije.
—Quizás sí. El tío con el que perdí la virginidad me hizo pensar durante meses que estaba enamorado de mí para llevarme al catre, y al día siguiente me dejó —confesó—. ¿No demuestra eso que lo que decía mi padre era verdad?
—Eso solo demuestra que ese tío era un capullo.
—El tío con el que tú perdiste la virginidad —dijo señalándome con un dedo acusador—, aguantó un poco más, pero te dejó en cuanto la cosa empezó a ponerse seria, ¿verdad? Justo después de que te hicieras ese tatuaje por él.
—Así que eso es lo que significa… —masculló Gabriel.
—Sí —le dije, y me volví a Clara con la intención de rebatirle—, pero…
—Tu segundo novio —continuó ella, interrumpiéndome— distribuyó un vídeo porno tuyo para vengarse de ti.
—¿Que hizo qué? —exclamó Gabriel.
—Y tu tercer novio…
—Vale ya, Clara, ya lo pillo —le interrumpí bastante cabreado ante la perspectiva de que aireara mis pifias sentimentales delante de Gabriel.
—Ahora vuelve a decirme a la cara que no todos los hombres son iguales —dijo ella, con un destello húmedo en los ojos—, que nosotros nos hemos topado con los más indeseables por pura casualidad, y que algunos sirven para algo más que un buen polvo de vez en cuando.
Miré hacia Gabriel mientras pensaba en lo que Clara había dicho.
Nuestra relación estaba exclusivamente basada en la camaradería y el sexo.
Nada de amor, de compromisos, de responsabilidades, sino solo un buen polvo de vez en cuando, y la verdad era que nuestra relación era más sencilla que otras en las que el amor había estado involucrado.
Sin embargo, pensar en David y en todo lo que habíamos compartido hacía imposible que coincidiera con Clara en que los hombres somos incapaces de amar.
—Por supuesto que valemos para otras cosas —dije con voz rasposa mientras mi mente se llenaba de recuerdos de besos, de caricias, de susurros y de ternura—, al menos cuando estamos con la persona adecuada.
—Así que el tío del que estás enamorado es el hermano de Clara… —susurró Gabriel más tarde aquella noche.
Después de que Clara se fuera a acostar, ambos nos habíamos retirado a mi cuarto a fumar algo más fuerte. Estando ya en medio de nuestro segundo canuto, no tenía demasiadas ganas de negarlo, pero aun así no pude evitar preguntar:
—¿Cómo lo has sabido?
— Mmhh , déjame ver… Tienes una «D» tatuada en la espalda, y el hermano de Clara se llama David. Tanto él como tu misterioso amorcito se casaron el mismo día, con una chica que estaba embarazada. Demasiada casualidad, ¿no?
—Sí, demasiada casualidad —dije con disgusto—. Supongo que era mucho pretender que no te dieras cuenta.
—Y Clara no lo sabe —afirmó.
—No —reí sin alegría—, por supuesto que no.
—Vaya situación más divertida.
—A mí no me parece divertido, siento muchos remordimientos por…
—Bah —me interrumpió él—, los remordimientos no sirven de nada, y uno no puede elegir a quién amar, aunque ese amor sea moralmente reprobable.
Le miré con gravedad, intuyendo bajo su aparentemente indolente declaración la confesión de que él también consideraba reprobable su amor por otra persona.
—No, lo digo en serio —insistí—. A veces me siento sucio al pensar en el hermano de mi amiga de esa manera…
—¿De qué manera? —inquirió—. ¿Cuando te masturbas, por ejemplo?
Volví a mirarle, algo avergonzado por su pregunta.
—Sí, por ejemplo —concedí.
—Tú no estás sucio, Noah. Comparado conmigo y mis sentimientos, estás limpio y reluciente.
Si te parece mal masturbarte pensando en el hermano de una amiga, no sé qué pensarías de mí y de las cosas que pienso cuando me la machaco, o cuando estoy con otros tíos.
—Le miré con cierta sorpresa ante su confesión, y sonrió sin alegría—.
¿Tú no piensas en él cuando estás con otros tíos?
—me preguntó con calma y sin el menor atisbo de morbosa curiosidad.
—A veces.
—¿Piensas en él cuando estás conmigo?
Miré sus ojos llenos de melancolía y aceptación.
—A veces —confesé, ruborizándome levemente.
Acercó su cuerpo al mío y me lamió el cuello con lascivia.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Intentar ponerte cachondo.
—No estoy de humor para eso ahora —dije alejándome un poco de él.
—¿Y si jugamos a un juego? —me preguntó.
—¿Qué juego? —pregunté a mi vez con desconfianza. Los ojos de Gabriel se habían vuelto turbios y contenían una oscuridad velada que súbitamente me inquietó.
Volvió a acercarse a mí y besó la delicada piel que hay tras mi oreja. Esta vez no me aparté y él me susurró:
—¿Y si jugamos a que yo soy él?
—¿Quién?
—Él —explicó—, tu David.
—No —respondí—. ¿Qué clase de juego…?
—Podrías cerrar los ojos, o tapártelos —me interrumpió—, y yo fingiría que soy él.
Sería como una fantasía masturbatoria en tres dimensiones.
—Mientras hablaba, volvió a besarme, esta vez en la comisura de la boca, y un escalofrío me recorrió—.
Así podrías pensar en él estando conmigo, sin tener que fingir que piensas en mí —razonó—. ¿Cómo es David en la cama?
—¿Por qué quieres saber eso?
—Para saber cómo comportarme. ¿Cómo es él en la cama?
A la vez que hablaba, sus manos comenzaron a acariciar mi cuerpo y a explorarme, y yo empezaba a estar cada vez más excitado.
—Es muy dominante —le dije, sintiéndome demasiado desinhibido por culpa del porro como para que me importara contarle esas cosas—, pero no es rudo ni violento. Es delicado, pero dominante.
—¿Y a ti te gusta sentirte sumiso con él? —preguntó mientras se acostaba sobre mí e inmovilizaba mi cuerpo con el suyo.
—Sí.
Atrapó mis labios entre los suyos y los lamió con lentitud.
—¿Y cómo os llamáis en la cama? ¿Tenéis algún mote cariñoso?
—Yo a él siempre le llamo por su nombre.
—¿Y él a ti?
Resoplé.
—No te lo quiero decir.
—¿Por qué no?
—Porque me da vergüenza.
Sus manos subieron por mis costados, llevándose parte de la ropa a su paso. Me quitó la camiseta y la dejó sobre mi rostro, tapando mi visión. Intenté quitármela, pero él no me dejó.
—Entonces no podré interpretar bien mi papel.
—Me ató la camiseta por detrás de la cabeza, de manera que quedara como una venda sobre mis ojos—.
¿Cómo te llama él cuando estáis en la cama?
—Su voz se había vuelto susurrante y ronca, lo que la hacía indistinguible de la de cualquier otro hombre y ayudaba a la ilusión de que ya no estaba con Gabriel.
—Me llama «pequeño» —le dije.
—Di mi nombre —ordenó.
—Gabr…
—No —me interrumpió—, ese nombre no, sino el que tienes aquí encerrado —repuso poniendo una mano sobre mi corazón.
—David —gemí muerto de vergüenza y de excitación—. David… —Volví a gemir en cuanto sentí sus labios sobre mi piel.
—Cuando te masturbas pensando en mí —me preguntó con voz ronca—, ¿qué te imaginas?