2. Flechazos #5
—Noah, ¿verdad? —me dijo.
Me sorprendí de que conociera mi nombre.
—Sí, pero yo no sé cómo te llamas. Ni sabía que fueras gay.
Esbozó una enigmática sonrisa.
—Yo sí lo sabía de ti.
Eso no era tan de extrañar. Al fin y al cabo, después de mi escandalosa salida del armario, yo era el «gay oficial» de la Facultad de Ciencias.
—Ya… —dije sin mucho entusiasmo.
—Gabriel —dijo, tendiéndome la mano. Se la estreché, pero me pareció que el momento era raro e incongruente para una presentación tan formal.
Justo a nuestro lado había dos tíos que se metían mano y se daban un beso de tornillo, y la situación se estaba volviendo ridícula.
Quizás sintiendo lo mismo que yo, me sonrió y empecé a reírme—. ¿Quieres que vayamos a otro sitio?
No sabía si eso era una insinuación sexual o no, y no tenía ganas de averiguarlo por el momento. De pronto, lo único que me interesaba era que alguien me acababa de ofrecer lo que inconscientemente llevaba deseando desde que llegara al Sodoma: que me sacasen de allí.
Asentí con la cabeza y le seguí hacia el exterior del cuarto oscuro. Una vez que nos vimos de nuevo en la sala principal del Sodoma, recordé que debía avisar a Pablo y Samuel. Me acerqué a su oído para decírselo y él asintió.
—Tengo el coche en la calle —me dijo—. Te espero fuera.
Se dirigió hacia la salida y yo hacia donde había visto a Pablo y Samuel por última vez.
Cuando llegué hasta ellos, vi que seguían bailando.
Samuel se había quitado aquel ridículo suéter y lo llevaba atado a la cintura, dejando ver la camiseta que yo le había prestado.
Ambos reían y pensé que sin mí y mi humor cambiante de esa noche se lo pasarían mejor.
Además, Pablo parecía ir por mejor camino en el propósito de espabilar a Samuel que yo, y eso que no sabía que tenía que hacerlo.
Me acerqué a Pablo y este, al verme, me cogió de la cintura y tiró de mí para bailar conmigo, pero negué con la cabeza y le paré, poniendo las manos sobre su pecho. Su sonrisa se desvaneció y me miró, de repente muy serio.
—Te vas a ir, ¿no?
—Sí. No debí haber venido, no estoy de humor.
—Pamplinas —me dijo—, quédate conmigo y te pongo de buen humor en cinco minutos.
Sonreí a mi pesar. Sabía que tenía razón, y que lo podría conseguir si se lo proponía, pero el caso era que yo no quería estar de buen humor. Me sentía bastante a gusto con mi lúgubre disposición.
—Me voy con un tío —le informé.
—¿Seguro que estás bien para irte con un desconocido por ahí? —me dijo con tono maternal.
—No es un desconocido, es un chico de la facultad… —Chasqueé la lengua—. Ya te lo contaré mañana. —Me puse de puntillas para darle un pico de despedida y él soltó por fin mi cintura.
Me despedí también de Samuel, que parecía haberse quedado inusualmente serio de repente, y me dirigí hacia la salida del local tras coger mi abrigo del guardarropa.
Allí, en la húmeda acera, Gabriel estaba esperándome.
El canuto aún le colgaba, ya acabado, de la comisura de los labios, y lo mordisqueaba distraído.
Cuando me vio venir, lo escupió al suelo y me guio por un par de callejuelas hasta su coche.
No es que esperara que tuviese una Volkswagen T1, pero, en todo caso, me sorprendí al ver que se metía en un deportivo de pijo recalcitrante que no me pegaba nada con la imagen hippienta que desprendía.
—Vamos —me dijo, invitándome a entrar en el coche con él.
Me subí en el asiento del copiloto y arrancó aun antes de que me diera tiempo de ponerme el cinturón de seguridad.
—¿A dónde vamos? —le pregunté mientras me lo abrochaba y él enfilaba hacia el final de la calle.
—¿Acaso eso importa? —dijo con desapasionamiento.
Encendió la radio del coche y dejó que la música nos guiara por la noche.
No conocía al grupo que sonaba, pero Gabriel parecía conocerlos muy bien porque seguía con el movimiento de sus labios la letra de las canciones.
La voz del cantante era extrañamente nasal, pero algo lastimera al mismo tiempo, y la música no hizo más que alentar mi particular estado de ánimo.
Gabriel conducía rápida y despreocupadamente y eso me resultaba liberador.
El coche avanzaba por calles solitarias e iluminadas por las frías e impersonales luces de la ciudad, mientras nos acercábamos cada vez más al extrarradio.
Abrí la ventanilla del copiloto y dejé que el gélido aire de principios de febrero me aclarara las ideas.
Salimos de la ciudad y el coche empezó a serpentear por las curvas de una carretera secundaria, hasta que, finalmente, cogió un desvío de tierra y aparcó en un pequeño descampado que tenía unas inesperadas pero preciosas vistas de la ciudad.
Gabriel subió a tope el volumen del reproductor de música del coche y salió al exterior, apoyándose con cierta indolencia en el capó.
Le imité y le observé en silencio mientras encendía un cigarrillo y lanzaba una bocanada de humo.
Sus facciones eran afiladas y finas, marcadas por una tibia barba de chivo en la barbilla.
Tenía una suave mata de pelo rubio y levemente ondulado que llevaba pulcramente peinado.
Ese era el principal detalle de su cuidada apariencia que traicionaba su despreocupada pinta de activista de izquierdas.
El coche en el que estábamos apoyados era otro de ellos, pero estaba decidido a abandonar mis prejuicios acerca de los «niños de papá» tras mi conversación con Samuel.
—¿Te gusta Placebo? —preguntó de repente.
—¿Qué?
—Ya veo que no —sonrió, sin que yo supiera todavía de qué hablaba. Le miré sin comprender—. Placebo —añadió, haciendo un leve gesto con su cabeza hacia el coche, para referirse a la música que provenía de él—. Me gusta mucho su música, en cierto sentido, porque me permite imbuirme de melancolía.
«Melancolía», pensé en silencio. Quizás esa era la palabra que llevaba buscando toda la noche para describir mi estado de ánimo.
—Eres amigo de Samuel, ¿no? —me preguntó.
—¿Conoces a Samuel?
—Desde el instituto.
—Él nunca me comentó que tuviera un amigo gay en el instituto…
—Es que en el instituto no éramos amigos. Y yo no era gay —bromeó, quizás aludiendo al hecho de que aún no había salido del armario por aquel entonces.
—¿Y desde cuándo lo «eres»? —pregunté, siguiéndole el juego.
—¿Oficialmente? Todavía no lo soy.
—O sea, que todavía tienes el armario a medio abrir.
—Apenas me estoy asomando por la puerta para oler el viento —dijo exhalando una bocanada de humo.
Sonreí sin alegría; conocía muy bien esa situación.
—Yo salí del armario oficialmente el verano pasado. Desde entonces no me hablo con parte de mi familia.
—En la mía las cosas también son complicadas. ¿Te has enamorado de un tío alguna vez? —preguntó a quemarropa.
Le miré un momento, quizás asombrado porque alguien a quien apenas conocía me hiciera de repente una pregunta tan personal. Pero supuse que él tenía curiosidad por mí y mi «vida gay», igual que yo la había tenido por David o por Pablo cuando apenas estaba empezando a vivirla.