A través del sexo. La saga completa 2. Flechazos #6
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2. Flechazos #6

—Solo una vez —le contesté al final, mientras sacaba de mi bolsillo trasero mi bolsita de maría y empezaba a liarme un porro—. Hay otros tíos por los que he sentido algo, pero enamorarme, así con mayúsculas, solo una vez.

—¿Y qué pasó? —preguntó, terminando su cigarro y aceptando mi invitación para empezar el mío.

—Pues que él… —Chasqueé la lengua—. Lo nuestro es un amor imposible —dije con dramatismo—. Aún estoy aprendiendo a vivir con ello.

—Por eso siempre pareces tan triste en clase… —musitó, no molestándose ni en convertirlo en una pregunta.

—Supongo que sí. Yo no suelo ser así, pero…

—A veces es inevitable —afirmó con rotundidad.

—¿Y tú? —inquirí elevando las cejas—. ¿Te has enamorado alguna vez?

—Solo una, como tú.

—¿Y qué pasó?

—Nada —dijo con fingido desdén—, y nunca va a pasar. Él es hetero y nosotros somos… Mi situación es extremadamente complicada. Yo también tengo un amor imposible —afirmó devolviéndome el porro—. Pero creo que nunca aprenderé a vivir con ello.

Le di una calada al canuto y me recosté perezosamente sobre el capó de su coche.

Las estrellas resplandecían en el frío y oscuro cielo de invierno, eclipsadas tan solo por el fulgor azulado de la luna llena.

Allí, fuera de la ciudad, la contaminación lumínica era menor y permitía observar un cielo maravilloso.

—¿Y qué otros grupos te gustan?

Gabriel se recostó junto a mí.

—¿Conoces a Snow Patrol?

Al día siguiente llamé a Pablo para quedar a media tarde.

Quería contarle lo que había pasado la noche anterior.

Y lo que no había pasado. Supongo que una parte de mí había esperado que Gabriel me llevara en su coche para echar un polvo en algún lugar perdido; sin embargo, en vez de eso, habíamos hablado durante horas.

Cuando hizo demasiado frío para seguir apoyados en el capó, nos metimos en el coche y él encendió la calefacción.

Luego empezó a ponerme CD’s de grupos que yo no conocía, y hablamos de música, de cine, de política, y a interrogarnos mutuamente para empezar a conocernos mejor.

Teníamos gustos convergentes, pero opiniones divergentes sobre muchos aspectos de la vida.

Por otro lado, a ambos nos apasionaban la química y la biología.

Estudiaba tercero de Medicina, pero había cogido la asignatura de virología para complementar sus estudios de microbiología.

Él también quería enfocar su carrera más hacia la investigación que hacia la actividad asistencial, y se planteaba muy seriamente hacerse forense.

Le conté todo eso a Pablo cuando quedamos en una cervecería irlandesa, hablándole con entusiasmo no disimulado de mi nuevo amigo. Él me escuchaba con atención, pero con un deje de impaciencia que no me pasó desapercibido, a pesar de sus esfuerzos para disimularlo.

—¿Te aburro o algo? —le pregunté la tercera vez que le vi mirar el reloj.

—No es eso, cariño —se apresuró a afirmar con candidez—, claro que no me aburres. Lo que pasa es que he quedado con otra persona dentro de un rato.

—¿En serio? ¿Tienes una cita?

—Algo así.

Sonreí, pensando que seguramente Pablo había quedado con algún tío al que se había tirado la noche anterior en el cuarto oscuro para echarse una segunda ronda en una cama. Él hacía eso muy a menudo.

—Si tenías prisa, podíamos haber quedado otro día —ofrecí solícito.

—No, no. Tenía que quedar contigo antes de ir a esa cita.

—¿Por qué?

—Porque cuando me llamaste antes, yo estaba a punto de llamarte a ti para contarte algo.

—Bueno, pues cuéntame —le dije, bebiendo de mi cerveza—. ¿A quién te tiraste anoche?

Pablo parecía casi avergonzado cuando empezó a hablar:

—Hubiera preferido que me contaras que Samuel era virgen.

—¿Por qué? ¿Y a ti qué más te da? Ni que fueras a… —De repente me di cuenta de lo que Pablo estaba intentando contarme—. ¿Te has acostado con Samuel?

— Shh —me dijo—, no grites.

Miré alrededor, pero nadie nos hacía caso. El animado folk irlandés que sonaba por los altavoces impidió que nadie más que mi amigo escuchara mi exabrupto. Volví a mirarle. Pablo respondía a mi mirada con actitud expectante, casi aprensiva, como si temiera mi reacción.

—¿Te has acostado con Samuel? —pregunté de nuevo, esta vez sin gritar.

—Sí.

—Pero… Pero… ¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Pues lo que tenía que pasar, supongo —contestó con candidez, encogiéndose de hombros—.

No es nada que tuviera planeado, te lo aseguro —dijo, mirándome a los ojos—, y él nunca me había gustado de esa manera, pero…

Cuando tú te fuiste, seguimos bailando un rato y en un momento dado nos miramos a los ojos y… Fue como si tuviéramos un flechazo.

—Un flechazo —mascullé. Otra vez esa palabra, y en boca de quien menos creía capaz de sentir algo así.

—Sí —dijo con algo de vergüenza—, no te rías de mí.

—No, claro que no —contesté muy serio. Si Pablo temía que yo me enfadaría por algo así, estaba muy equivocado—. ¿Y has quedado con él esta tarde?

—Sí. Vamos a ir al cine.

—La cosa es seria, entonces. —Que no hubieran quedado «solo para follar» decía mucho de los sentimientos de Pablo.

—Sí —dijo Pablo—. ¿Te lo puedes creer?

Lo pensé un momento, para luego dedicarle una resplandeciente sonrisa.

—Por supuesto que sí.