2. Flechazos #4
—No me extraña —contesté con acritud—. Al fin y al cabo, es la hermana del jefe. Además —añadí para quitarle algo de amargura a mi comentario—, ella tiene un contrato de prácticas, no es lo mismo que hacer prácticas porque sí, como es mi caso.
—Supongo —musitó, quizás pensando que había herido mi orgullo, lo que en cierto sentido era verdad.
Nos miramos un momento, acordando tácitamente no seguir hablando de Clara.
Ambos sabíamos que eso nos podía llevar muy fácilmente a una discusión, y nuestra amistad ya era lo suficientemente precaria por sí sola como para ponerla a prueba tan pronto.
Además, hablar de Clara me hacía recordar que ella iba a pasar el fin de semana a solas con Guillem en la casa de David.
No solo era que se me inflaran los cojones de pensar que Clara seguía saliendo con aquel indeseable, sino que encima me recordaba que David no estaría en su casa porque había ido a Euskadi a retozar con aquella misteriosa chica.
Y yo había decidido no seguir torturándome por ello.
—¿Y tú? —exclamó Pablo, sacándome de mi ensimismamiento—, ¿vas a ir vestido así?
Tardé un momento en darme cuenta de que estaba hablando con Samuel. Este se ruborizó hasta las orejas y bajó la mirada para observar su ropa.
—¿Qué tiene de malo lo que llevo puesto? —preguntó.
—¿Cómo que qué tiene de malo? —preguntó Pablo a su vez.
Puse los ojos en blanco, sabiendo lo que venía a continuación.
—Ya empezamos…
El Sodoma estaba bastante concurrido aquella noche.
Era sábado, creo que no hace falta más explicación que esa.
Yo no estaba muy animado cuando entramos, pero por lo menos intentaba estarlo.
No me apetecía nada seguir languideciendo por David, y la experiencia me había demostrado que el sexo y la diversión solían ser un buen remedio para el mal de amores.
Pablo había conseguido meter a Samuel en una de mis camisetas más ceñidas, pero él se empeñó en ponerse su suéter por encima.
Quizás se sentía ridículo con aquella camisa, como a mí me había pasado al principio, pero lo que no entendía era cómo alguien que se vestía con vaqueros rosados y camisas de Lacoste podía avergonzarse de algo que llevara puesto.
En todo caso, había mejorado mucho con el cambio de ropa, y parecía casi apetecible.
Ya era hora de que Samuel empezara a ligar y supiera de qué se hablaba cuando se hablaba de sexo, y yo no dudaba que una noche solo de chicos terminaría de poner las cosas en su sitio.
Aunque no se me ocurriría decirle a Pablo que Samuel era virgen.
—¡Vamos a divertirnos! —exclamó Pablo nada más entrar, poniéndose entre Samuel y yo y cogiéndonos por los hombros.
Samuel se ruborizó visiblemente, quizás al pensar en el tipo de diversión al que Pablo se refería. Le dediqué una sonrisa para tranquilizarlo y él me la devolvió, tímidamente.
—Lo pasaremos bien —le dije mientras entrábamos en el local, tanto para convencerle a él como a mí mismo y aprovechando que Pablo no podía oírnos. Por alguna razón, parecía que lo que decía él le intimidaba.
—¿Tienes pensado buscar plan? —me preguntó con cierta candidez. A la hora de la verdad, ese tipo de cosas solían impresionarle.
—Sí —dije.
—¿Y Pablo también?
Sonreí sin alegría.
—Pablo siempre va buscando plan —le dije—, pero no te preocupes —añadí al ver que torcía el gesto—, si no quieres entrar en el cuarto oscuro, no te dejaremos solo, hombre. Y si quieres puedes entrar —le animé—, aunque sea para echar un vistazo.
—Casi preferiría que no, ese sitio me pone nervioso.
—Como quieras, pero deberías empezar a soltarte un poco —le aconsejé.
—¿Quién debería soltarse un poco? —preguntó Pablo de sopetón, metiéndose en medio de los dos y rodeándonos por la cintura con sus largos brazos.
—Nadie, so cotilla —le recriminé mientras Samuel se avergonzaba visiblemente de nuevo—. Solo decía que deberíamos tomarnos unas copas —añadí para disimular.
—Vale, pues ya que eres tú quien lo propone, pagas la primera ronda —dijo guiñando un ojo—, yo mientras voy buscando tres morenazos con los que pasarlo bien. ¿O tú los prefieres rubios, Samy? —dijo, girándose hacia Samuel, que negó violentamente con la cabeza—. Tres morenos, pues —dijo riendo.
—Voy a por unas cervezas —dije.
En mi camino hacia la barra, dos tíos me tocaron el culo, vi a por lo menos tres parejas dándose el lote y a un montón de tíos buenos bailando, pero ni siquiera todo eso junto pudo combatir mi apatía de esa noche.
Sentía una curiosa indiferencia por lo que me rodeaba, como si me diera igual que los dos chicos que estaban a mi lado apoyados en la barra se estuvieran diciendo guarradas que, como poco, me habrían sonrojado en otras circunstancias.
Estuviera triste o no, el Sodoma siempre estimulaba mis sentidos, pero, por alguna razón, esa noche parecía embotado y no tenía expectativas acerca de cómo me gustaría terminar la noche.
Tanto me daba acabar aburrido en un rincón que meterme con algún tío en el cuarto oscuro, porque ninguna de las dos alternativas me gustaba especialmente.
Si lo único que quieres en el mundo es echarte un polvo sin responsabilidades, ese era el mejor sitio donde buscarlo; pero si no sabías lo que querías, el Sodoma era el peor sitio para cometer una estupidez.
Desde donde estaba, apoyado en la barra y esperando a que el camarero me sirviera las cervezas, podía ver la entrada del cuarto oscuro.
Los sentimientos encontrados y yuxtapuestos que ese sitio siempre me había inspirado se habían ido aclarando con el paso del tiempo: al principio me parecía que aquello era como un parque de atracciones y me hice relativamente adicto a él, hasta que su sordidez me fue alejando cada vez más y me provocó cierto rechazo.
Ahora lo veía como un mal necesario, un lugar al que acudir únicamente cuando era imprescindible, un sitio donde desahogarse.
Pablo no lo entendía cuando se lo explicaba, para él el cuarto oscuro era excitante y divertido; para mí era un lugar que sacaba lo peor de mí mismo y servía solo para satisfacer mis más bajas pasiones de la peor manera posible.
Pero, sin embargo, seguía teniendo la necesidad de tanto en tanto de entrar allí, sobre todo ahora que tenía el corazón destrozado.
El camarero me dio las cervezas y le pagué, saliendo de mi ensimismamiento.
No tenía sentido filosofar acerca de ello, a veces uno necesita follar. Sencillamente.
Cuando volví con ellos, me encontré con una curiosa estampa: Samuel y Pablo estaban bailando, y parecían pasárselo muy bien.
Era la primera vez que veía a Samuel bailar, pero Pablo sabía sacar el lado más divertido de cada uno, y el lado divertido de Samuel estaba resultando ser un tanto sexi.
Les di sus cervezas y me uní a ellos, pero pronto me di cuenta de que mis sospechas eran ciertas: mi entusiasmo era solo fingido, y la verdad era que no me apetecía menearme en la pista de baile.
Como no quería aguarles la fiesta, les dije que iba a dar una vuelta y los dejé solos para que se divirtieran.
«¿Quién sabe?», me dije. Quizás Pablo sería capaz de arrastrar a Samuel al cuarto oscuro y buscarle un ligue.
Al fin y al cabo, lo había conseguido conmigo.
Mientras, yo decidí adelantarme a ellos y adentrarme allí.
Todavía no sabía si lo que necesitaba era un polvo, pero no perdía nada por ir a echar un vistazo.
En cuanto entré allí, me golpeó el intenso olor del cuarto oscuro: una mezcla acre, dulzona y plástica.
Allí siempre olía a sudor, a semen, a condones.
A sexo, en definitiva. Y no solo se olía; como siempre, el sexo era una fuerza omnipresente en cada tío que estaba allí, en cada erección que se intuía bajo unos pantalones, en cada beso con lengua, en cada estrangulado susurro.
Me di una vuelta por los alrededores intentando ver a alguien interesante y obviando al «mobiliario urbano», como Pablo llamaba a aquellos que por estar siempre allí parecían parte del atrezo del cuarto oscuro: un hombre de mediana edad que indefectiblemente estaba apoyado contra una de las paredes y toqueteándose por debajo de los pantalones mientras observaba a su alrededor; un tío moreno y de pelo largo que solía ocupar una esquina específica y se mantenía de pie e impávido, con un cubata en la mano, unas gafas de sol y un abrigo de cuero que le llegaba hasta las rodillas; un jovencito colocado que solía bailotear por ahí y que se metía en un cubículo a chuparle la polla al primero que se lo pedía…
; y unos cuantos más. Otras caras me eran levemente conocidas, quizás de la misma manera en la que yo les era conocido a algunos de los que estaban allí, pero curiosamente vi un rostro familiar que nunca hubiera relacionado con un sitio como ese.
De pie contra una columna estaba el chico rubio y bohemio que acudía a mi clase de virología.
Llevaba una copa en la mano y, como yo, parecía estar buscando algo interesante.
Le observé con impunidad, aprovechando que él todavía no me había visto.
Aun en aquel momento parecía a punto de protagonizar una manifestación pro derechos humanos: llevaba unos pantalones caquis, y una palestina blanca y negra le rodeaba el cuello y cubría parte de la camiseta oscura y de mangas largas que se le ceñía al cuerpo.
Se estaba fumando un canuto con tranquilidad, y hubiera podido jurar que lo que había liado ahí dentro no era tabaco.
Se suponía que las drogas ilegales no estaban permitidas en el Sodoma, pero, como en muchos otros aspectos, yo había aprendido que se solía hacer la vista gorda ante clientes dispuestos a pagar unas cuantas copas.
Dirigió la mirada en mi dirección y me vio. Vi en la expresión de su cara que me había reconocido y yo le hice un leve saludo con la cabeza. Se acercó a mí y, aun en la semipenumbra que reinaba allí, vi que tenía los ojos turbios y enrojecidos.