2. Flechazos #3
Pensé que en realidad había una gran diferencia entre no sentir nada y tener que amar en secreto, que no era lo mismo que David me quisiera, pero tuviera que ocultarlo, a que no lo hiciera y todo fuera una mentira.
Pero la conclusión final era que no quería que estuviéramos juntos y que ya valía de torturarme por ello.
Que manejara él su vida como quisiera, ya era hora de que yo retomara el control de la mía.
—Tienes razón —dije—, viene a ser lo mismo.
Al día siguiente empecé las prácticas en los laboratorios BioKerck. Mi tutor de prácticas se llamaba Víctor y estaba haciendo un doctorado. Me lo presentaron nada más llegar y él parecía estar esperándome.
—Espero que tengas ganas de aprender —me dijo al verme.
Era alto y moreno, y sus formas se escondían bajo la bata blanca que llevaba puesta, y que parecía ser un par de tallas grande para él.
Las costuras de los hombros caían cómicamente sobre sus brazos y tenía que arremangarse las mangas para que no le taparan las manos—.
Te espera un trabajo muy tedioso. —Estreché con cordialidad la mano que me tendía, pero supongo que no conseguí que mi rostro no mostrara un poco de decepción al oír eso.
Él rio al ver mi cara—. No te lo tomes tan a pecho.
La repetición de algunos procesos hará que los automatices, como cualquier otra cosa.
—En realidad, no me han dicho qué es lo que voy a hacer exactamente en estas prácticas.
—¿Ah, no? —se sorprendió—. Ven, te enseñaré los laboratorios y te hablaré del trabajo que hacemos aquí. Luego hablaremos de cuál será tu tarea. —Me tendió una bata blanca igual que la que él llevaba puesta y me la puse—. Bienvenido —concluyó.
Antes que nada, me llevó hasta las oficinas de recursos humanos para que me hiciera un carné de identificación, que Víctor me advirtió que debía llevar siempre encima.
Tuve, además, que firmar un par de documentos sobre confidencialidad y prevención de riesgos.
Luego, pasamos por el pasillo de despachos y me explicó el organigrama de los laboratorios.
—Ese es el despacho del jefe —dijo en tono algo cómico—.
El director científico de todo este tinglado —añadió señalando la plaquita que había sobre la puerta, en la que rezaba un nombre—.
Él da el visto bueno a los nuevos proyectos de investigación, coordina el trabajo de los diferentes departamentos y procura que no se pisen el terreno unos a otros.
Esos despachos de ahí son los de los jefes de departamento.
—¿Cuántos departamentos hay?
— Mmhh , déjame pensar… El de Biología Celular, el de Biotecnología Microbiana, el de Oncología e Inmunología, el de Farmacología y Farmacocinética, el de Química Biomolecular, el de Genética Molecular, el de Bioingeniería y Bioinformática…
Son ocho, creo que me he olvidado de uno, siempre pierdo la cuenta.
—Sonrió—. Luego tenemos al gerente —añadió señalando más despachos—, que es el que se encarga de la gestión económica, la parte administrativa y de recursos humanos.
Los proyectos que lo necesitan pasan antes por el Comité de Bioética, y también tenemos un departamento jurídico que se ocupa de las patentes y de toda la documentación legal.
—¿Y los jefes de departamento?
—Ellos responden directamente ante el director científico. Los nombran desde arriba, aunque aquí suelen dejarnos bastante margen para organizarnos.
—¿Desde arriba?
—Sí, desde el grupo VK. La gente de la central viene de vez en cuando para revisar cómo marchan los proyectos importantes, gestionar las patentes y coordinar el trabajo con el resto de centros de investigación del grupo. Aparte de eso, nos dan bastante independencia.
—¿Cada departamento tiene laboratorios independientes?
—Sí, ¿los quieres ver? —preguntó. Asentí enérgicamente—. Pues vamos. Nos dimos una vuelta por una serie de salas en las que, a pesar de la temprana hora, ya había gente trabajando.
—Mira, en este laboratorio trabajan en proyectos relacionados con inmunoterapia —me decía a medida que pasábamos por delante de una sala a otra—, en este, uno sobre la estructura de los priones.
En este otro, intentan desarrollar una base de datos computacional de las macromoléculas y un programa que intente explicar su plasticidad estructural.
—¿Y tú, en qué trabajas?
Me sonrió abiertamente.
—Hago un doctorado en desarrollo de agrocombustibles y participo en un proyecto de obtención de bioetanol a partir de levaduras y desechos agrícolas.
—¿Ah, sí?
—Sí. El año pasado la Universidad de Purdue publicó un trabajo en el que modificaron una cepa de Saccharomyces para que fermentara también xilosa —me explicó—, produciendo un treinta por ciento más de etanol que la Saccharomyces no modificada… Pero no te quiero aburrir con detalles muy específicos.
En realidad, no me aburría en absoluto, pero asentí.
—¿Tengo que asistirte en tu proyecto?
Víctor rio.
—No, qué va, todavía no. Vamos a mi laboratorio y te explicaré lo que tienes que hacer.
Me guio hasta una sala al fondo del pasillo y entramos en ella. Dentro había dos chicas que hacían su trabajo silenciosamente.
—Dependemos del Departamento de Biotecnología Microbiana. Nuestra jefa se llama Desirée, y supervisa nuestro trabajo. Ellas son Esther y Graciela —me dijo, señalando a las chicas que trabajaban, las cuales me hicieron un leve saludo con la cabeza—. Hacen el doctorado conmigo.
—¿Y qué tendré que hacer yo?
—Pues lo primero, aprender a manejarte dentro del laboratorio.
Reglas de acceso, bioseguridad e higiene —recitó enseñándome un dedo por cada cosa que decía—.
Normas de manipulación de muestras. Protocolos de seguridad y de actuación frente a accidentes biológicos.
Conocer el aparataje, para qué sirve, cómo funciona y cómo tratarlo adecuadamente.
Estás en segundo de carrera, ¿no? —Asentí—.
Pues creo que eso es suficiente para ti de momento, el año que viene empezarás a hacer más cosas.
Por ahora, tu misión será aprenderte los protocolos de memoria, observar el trabajo de los demás y ayudar a los investigadores con cosas sencillas, como preparar material, recoger pedidos, etiquetar muestras o llevar documentación entre laboratorios…
cosas así. Pregunta todo lo que no sepas, sobre lo que tengas curiosidad o acerca de lo que dudes.
No hagas nada si no estás seguro, de hecho, no hagas nada sin una supervisión directa.
Irás pasando de un laboratorio a otro para que veas los diferentes proyectos y te familiarices con todo el aparataje.
Te he preparado una rotación de dos semanas por cada laboratorio, de manera que en cuatro meses pasarás por los ocho departamentos, para que les eches un vistazo a todos.
Así ves cómo trabaja cada departamento antes de decidir dónde harás las prácticas avanzadas el próximo curso.
—¿No estaré contigo?
—No, solo las dos primeras semanas, luego te pasaré al siguiente departamento. Pero seguiré supervisando tus prácticas.
—De acuerdo —dije ocultando mi desilusión. Había imaginado que desde el primer día estaría haciendo experimentos. En lugar de eso iba a pasar semanas observando y aprendiendo normas de seguridad. Iba a aprender, sí, pero a efectos prácticos no me dejarían hacer nada interesante.
—Bien. ¿Viste la cafetería que había en la calle, junto a la esquina?
—Sí —contesté extrañado.
—Pues corre y tráeme un café —dijo dándome un golpecito en el hombro y un puñetazo en el orgullo—. Bien cargadito.
Esa noche quedamos en casa de Pablo antes de salir.
Desde que yo vivía en casa de mi padre, ya no necesitaba vestirme allí, pues no tenía que ocultar a dónde iba y con quién, pero prefería seguir haciéndolo, para evitar las miradas de soslayo que mi padre y Lola me dedicaban cada vez que me ponía algo que me marcara los pezones.
Al final, Samuel había decidido venir. Me había llamado aquella misma mañana para saber si íbamos a salir, y a mí me pareció algo ansioso por hacerlo.
No era del todo inusual que Samuel saliera con nosotros, pero sí que lo hiciera cuando Clara no estaba.
En todo caso, suponía que él también necesitaba pillar cacho de vez en cuando, aunque a efectos prácticos, al final él iba al Sodoma solo a mirar.
Ahora se erguía rígido en medio del caos que era el dormitorio de Pablo, mirando escrupulosamente alrededor mientras nosotros decidíamos qué camisetas ponernos.
Pablo estaba dudando entre una negra con dos monigotes dándose por culo y otra azul que decía «Sonríele al pajarito» cuando me di cuenta de que Samuel no hacía más que mirar el torso desnudo de Pablo.
Parecía que la actividad voyerista de Samuel no se limitaba a las discotecas, pero por otro lado no me extrañaba que lo hiciera: Pablo tenía unos pezones magníficos.
—Samuel, ¿estás bien? —le pregunté con algo de malicia.
—¿Eh? Sí, sí —contestó, parpadeando como si saliera de un trance—.
Me gusta más la azul —dijo al final, aunque yo dudaba que él se hubiera fijado de verdad en las camisas.
Pablo las miró una vez más y, encogiéndose de hombros, se la puso.
Una vez que estuvo totalmente vestido, Samuel parecía poder concentrarse en otra cosa—. ¿Qué tal las prácticas? —me preguntó.
—Bien —contesté sin mucho entusiasmo mientras yo también me ponía una camiseta. Me había decidido por una negra con una carita triste. Era como una declaración de intenciones—. Mi tutor de prácticas cree que soy un chico de los recados. Además, no me van a dejar hacer nada, solo mirar.
—Pues a Clara la van a dejar participar en un proyecto como ayudante. —Le miré con asombro y me aclaró—: Empezó ayer por la tarde, y al parecer es algo muy sencillo, pero ya la están entrenando para…