1. Una cuestión de lógica #3
Pensé en lo que me estaba ofreciendo: un fin de semana en un hotel rural para celebrar el cumpleaños de David.
Quizás esa sería la oportunidad perfecta para que él y yo nos reencontrásemos; quizás lo que había surgido entre nosotros aquel fin de semana podía volver a surgir, más violentamente esta vez; quizás incluso sería un buen momento para que David, Clara y yo nos sentásemos a hablar con sinceridad y nos dejáramos de tantas mentiras.
Ni siquiera el dinero era un problema esta vez, aún tenía guardado el que mi padre me había dado para pagar mi estancia en el albergue, tendría que ser suficiente.
Pero tal vez David me rechazara al verme allí, y yo no tendría un lugar en el que refugiarme tras esa humillación.
—¿Dónde está este sitio? —pregunté para ganar tiempo, señalando el membrete del hotel, que yo no había oído nombrar nunca.
—A las afueras de Bilbao —dijo. Empecé a sospechar que Hugo, que era vasco, era el amigo del que Clara estaba hablando, y eso me hizo vacilar aún más—. Vas a ir, ¿no?
—No lo sé.
—Vamos, Noah, anímate —me pidió Samuel, pasando un brazo sobre mi hombro y zarandeándome levemente—. Será divertido.
—Es que no sé si me apetece… —Confesé.
—Está bien —dijo Clara en tono conciliador, aunque noté que no parecía muy conforme con el hecho de que yo no dijera que sí a la primera de cambio.
Pensé en todas las molestias que ella debía haberse tomado y entendí que se enfadara un poco conmigo, pero también pensé que si ella supiera lo que pasaba por mi cabeza, entendería mejor mi renuencia.
Desgraciadamente, no había manera humana de hacérselo entender sin desvelar mi secreto—.
Tienes que darme una contestación como muy tarde a inicios de la semana que viene —me pidió—, para que me dé tiempo de cancelar la reserva si no vas.
—Claro —murmuré pensativo, dándome cuenta de que yo no dependía solo de mí mismo para darle una contestación. Habría que ver qué pensaba David de todo eso.
El resto de la semana pasó sin mucha novedad.
Concentrado en los exámenes como estaba, hacía lo posible por no oír cómo Samuel y Clara parloteaban, entre examen y examen, acerca de las estrategias que ella y Hugo estaban llevando a cabo para llevarse a David a Euskadi sin que él sospechara que le preparaban una fiesta sorpresa, o de qué llevarse y qué no al hotel.
Yo sentía que durante esas conversaciones Clara me presionaba, no muy sutilmente, para que le diera una respuesta para la que aún no me sentía preparado.
¿Cómo saber si a David le gustaría o no verme en su fiesta de cumpleaños?
No podía dejar de fantasear con nuestro reencuentro en un hotel perdido a las afueras de Bilbao, que a veces me imaginaba mágico y tremendamente romántico, y otras como un fracaso en el que David me haría ver lo mal que había hecho al presentarme allí.
¿Y si se alegraba de verme y no ir era un error?
¿Y si le parecía inconveniente que nos vieran juntos en un lugar público y el error sería decirle a Clara que sí?
Cada vez más confuso, decidí pedirle consejo a Pablo y al final accedí a quedar con él ese fin de semana con tal propósito, aunque solo quedamos para tomarnos un café a media tarde.
En cuanto le conté todo lo relativo a la fiesta, no pareció mostrarse muy contento con la perspectiva, y no solo porque pasaría en el hotel el mismo fin de semana en que le había prometido salir de marcha con él.
—No deberías ir —afirmó categóricamente una vez le hube contado todo.
—¿Pero por qué? —me quejé. Aunque yo mismo no estaba muy seguro de cómo proceder, había esperado secretamente que Pablo me animara a ir a la fiesta.
—Porque lo único que David te ha pedido es tiempo. Y deberías dárselo.
—Ya hace dos semanas desde que estuvimos juntos por última vez, ni siquiera me ha llamado —refunfuñé—. Para su fiesta de cumpleaños hará casi un mes. Eso es tiempo más que suficiente.
—Dos semanas no es tiempo, Noah. No el suficiente para tomar una decisión así, o para averiguar si realmente añoras a alguien.
—Para mí sí lo es —dije, ya que yo no tenía la más mínima duda de que quería estar con él y le echaba de menos desde el segundo en que nos separamos.
—No, no lo es —volvió a afirmar—. Ya estará bastante abrumado al descubrir que le van a secuestrar un fin de semana para celebrar su cumpleaños, como para que encima te presentes tú ahí. No deberías agobiarle.
Miré con renovado interés a mi mejor amigo.
—¿Por qué parece que te estás poniendo de su parte?
—No es que esté de su parte, es que… —Suspiró—. Voy a decirte algo, y que no sirva de precedente —me advirtió, señalándome con su índice por encima de la mesa y las tazas de café—. Pero pienso que a lo mejor, a lo mejor —remarcó—, me he equivocado con respecto a tu David.
—¿Qué quieres decir?
—Que posiblemente no sea tan capullo como yo pensaba —dijo—.
Mira, siempre he pensado que ese tío no te quiere, que nunca te ha querido y que lo único que desea de ti es follarte de vez en cuando, pero…
si realmente se está planteando volver contigo porque siente algo lo suficientemente fuerte como para contemplar esa posibilidad, digo que quizás yo me haya equivocado con él al pensar que ha estado aprovechándose de ti, y tú hayas tenido razón todo este tiempo.
Por eso te digo que si necesita tiempo para decidir lo que quiere, deberías dárselo, porque tal vez esa sea la única posibilidad que tienes de averiguar lo que siente.
Déjalo tranquilo —me aconsejó—, si de verdad te quiere, volverá a ti en cuanto se dé cuenta de que te echa de menos.
Pero para eso tienes que dejar que te eche de menos, ¿lo entiendes?
Asentí, comprendiendo el punto de vista de Pablo, pero aún no muy decidido a seguir su consejo. Al fin y al cabo, ¿qué podía saber él?
Pasé el resto del fin de semana enclaustrado en mi cuarto, preparándome para los dos últimos exámenes, el del lunes veintinueve de enero y el martes treinta, aunque mi mente parecía divagar por cuestiones ajenas a mis estudios.
Esos serían precisamente los días en que David cumpliría treinta años y en que harían dos desde que nos conocíamos, y pensaba concienzudamente si debía hacer algo al respecto.
Quizás debía hacer caso a Pablo y no intentar entablar contacto, pero si David esperaba alguna señal por mi parte de que no lo había olvidado, ¿no estaría enviando el mensaje equivocado si ni siquiera le llamaba para felicitarle?
Además, me sentía incapaz de presentarme en su fiesta sorpresa sin una señal de que sería bien recibido, y todo eso sin desvelarle lo que se estaba preparando en su honor.
Claro que también existía el problema de que yo no conocía el número de teléfono de David desde que cambiara de línea tras nuestra ruptura.
Aunque ese no parecía un problema de difícil solución si al final me decidía a llamarlo.
El lunes hice el examen de Fundamentos en Bioingeniería con una facilidad nacida de las horas de estudio y de mis ganas de olvidarme un ratito de David.
Al terminar, esperé más de media hora en el exterior del aula a que salieran Clara y Samuel.
Cuando mis amigos salieron por fin del examen, fuimos juntos a almorzar a la cafetería.
Solo nos quedaba un examen más, y luego tendríamos por delante casi dos semanas de libertad antes de que empezaran las clases del segundo cuatrimestre, así que parecían estar de bastante buen humor.
Clara parloteaba con Samuel acerca de lo mucho que a David le había gustado el regalo de cumpleaños que le había hecho aquella mañana, una edición especial en DVD de la saga de Star Wars remasterizada.
Me lo imaginé abriendo su regalo, agradeciendo a su hermana el detalle.
Pensé en cómo se sentiría al cumplir treinta años después de saber que estaba pasando una pequeña crisis por su edad, y sonreí al recordar lo vanidoso que era y lo mal que llevaría el proceso de envejecimiento.
En medio de toda esa retahíla de pensamientos, decidí, no sé muy bien cómo, que le llamaría.
Lo cual implicaba que tenía que conseguir su número fuera como fuese.
Escogimos una pequeña mesa cerca de la barra y Samuel y yo fuimos a pedir unos bocadillos mientras Clara nos guardaba el sitio.
Luego nos sentamos a comer y durante un rato no hablamos de nada, mientras engullíamos la comida.
A lo largo de aquellas últimas semanas, un ambiente enrarecido se había establecido entre Clara y yo, que empezaba a ser notorio también para Samuel.
Yo me sentía incapaz de confraternizar a ciertos niveles y ella parecía estar molesta conmigo por mi repentina frialdad.
Lo peor era que a mí no se me ocurría ninguna manera de acabar con esa situación sin dejar de ser distante, en una especie de círculo vicioso que se estrechaba cada vez más.
Supongo que tampoco ayudaba el hecho de que Guillem y yo estuviéramos especialmente picados el uno con el otro desde lo ocurrido dos semanas atrás, y que yo aún no le hubiera dicho a Clara si iba a ir a la dichosa fiesta.
—Voy al baño —dijo ella al terminar de comer.
Cuando la vi alejarse, me di cuenta con un sobresalto de que no tendría una oportunidad mejor para conseguir el número de David.
El problema era que siempre he sido un mentiroso pésimo, y mi honradez natural suele jugarme malas pasadas cada vez que hago algo que sé que no está bien, mostrando la culpabilidad en mi rostro de manera palpable.
Pero por amor uno debe cometer locuras de vez en cuando y, como se suele decir, el que no arriesga, no gana.
No me quedaba otra que ganarme la confianza de Samuel y confiar en su discreción.
—Pásame el bolso de Clara, anda —le pedí con total naturalidad, señalando el enorme bolso que descansaba en la silla que estaba junto a Samuel.
—¿Qué?