1. Una cuestión de lógica #2
—Supongo que tienes razón —dije desapasionadamente, mientras le hacía un gesto al camarero para que trajera la cuenta—. Tampoco es como si me fuera a limitar a esperar sentado a que él se decida —añadí con descaro, para ocultar que eso era exactamente lo que pensaba hacer.
—Entonces, ¿salimos este fin de semana? —preguntó Pablo con cierto entusiasmo mientras se levantaba.
—No lo sé. —Me puse a mi vez de pie y me colgué la mochila al hombro—. Los exámenes empezarán la semana que viene. Este finde debería quedarme en casa y estudiar. Mejor lo dejamos para más adelante…
—¡Jo! —se quejó, con un mohín que parecía heredado de Clara—. Hace un montón que no salimos juntos. —Se abrazó a mí mientras salíamos a la calle y rodeé su cintura con mi brazo, contento por ese contacto—. Tengo que aprovechar mientras estés soltero.
—En cuanto termine los exámenes, te lo prometo. —Me puse de puntillas para darle un besito en los labios como despedida.
—Eso espero —dijo al separarse de mí—. Te llamaré.
Se alejó portando su enorme carpeta de dibujo, y yo caminé hacia el otro extremo de la calle para coger el metro y volver a la biblioteca de la facultad.
Cuando llegué allí, preparado para una sesión vespertina de estudio, me senté en el sitio que había ocupado aquella mañana, y en el que había dejado unos cuantos libros para que nadie me lo quitara.
Las cosas de Clara y Samuel, no obstante, habían desaparecido, desvelando que no estudiarían aquella tarde.
Al menos no en la misma mesa que yo. Sin permitirme un segundo más para pensar en eso, saqué mis apuntes, mis lápices para subrayar y me puse los auriculares del discman con la intención de escuchar algo de música que me ayudara a concentrarme, pero cuando estaba a punto de empezar, noté cómo alguien me daba dos tímidos toquecitos en el hombro.
Miré hacia atrás para ver a Samuel, que estaba de pie a mi lado y me decía algo.
O eso deduje por el movimiento de sus labios, porque no percibí ningún sonido. Me apresuré a quitarme los auriculares.
—¿Perdona? —le dije.
Se sentó a mi lado en la mesa y se acercó mucho a mí para susurrarme:
—¿Que qué te pasa?
—¿A mí? —contesté poniendo cara de inocente—. Nada, ¿por qué?
Samuel enarcó las cejas con incredulidad.
—No me jodas, Noah. A veces eres borde conmigo, o con otras personas, pero nunca te había visto así con Clara. ¿Estáis enfadados?
—No.
—Entonces, ¿qué pasa?
Me encogí de hombros.
—Tú verás —me dijo—. Entiendo que estés de mal humor por lo de tu exnovio, pero no lo pagues con ella.
—No es eso, es que… —dudé un momento. Explicarle a Samuel lo que en verdad ocurría era impensable, e intentar excusarme sin contarle la verdad se me antojaba imposible.
Que creyera que estaba deprimido por mi ruptura con Santiago era más conveniente y casi tan convincente como que supiera la verdad—.
Tienes razón —dije al final—. Debería hablar con ella.
—Pues sí, deberías —afirmó con retintín, poniéndose de pie y mirándome con cierta superioridad, recordándome al Samuel de los primeros tiempos, aquel que no me caía muy bien. Pero pensé que en ese momento yo tampoco debía de caerle muy bien a él.
Sintiéndome peor conmigo mismo a cada momento que pasaba, me levanté de mi sitio, cogí mis cosas y seguí a Samuel hasta la zona de la biblioteca adonde ellos se habían trasladado esa tarde para estudiar.
Cuando llegué allí, me encontré con Clara y con Guillem sentados a la misma mesa.
Que Clara estudiara con su novio era una novedad, pues siempre me decía que le daban asco las ilustraciones de sus libros de anatomía, pero ese día él estaba estudiando bioquímica y parecía necesitar toda la ayuda que pudiera obtener.
—Hola —dije con fingida naturalidad cuando llegué a donde estaban ellos.
Al oír mi voz, Guillem levantó la vista de su libro, con la aparente intención de acuchillarme con los ojos. Ignorándole, volví a mirar a Clara, que hacía como que no me había oído y seguía leyendo su libro. Obviando todo lo demás y centrándome solo en ella, me senté a su lado.
—Esta mañana no estaba del mejor humor del mundo —musité como disculpa.
—¿No me digas? —me dijo con fingida dignidad. La ironía de su tono era nueva para mí: Clara no solía recurrir a esos subterfugios, cuando quería decir algo, lo decía sin más.
—Callaos —nos dijo Guillem, fiel a su costumbre de chistar a la gente en la biblioteca—. No me dejáis concentrarme.
—Ya veo, ya. Ese ciclo de Krebs que tienes ahí es un desastre —dije nada más echar un vistazo a sus apuntes y consiguiendo avergonzarlo.
Ruborizado hasta las orejas, bajó la vista para detectar ese fallo que le criticaba, y yo aproveché para seguir hablando con Clara—.
¿Por qué no salimos fuera y hablamos a solas? —le pedí.
Se levantó de su asiento sin una palabra y se dirigió hacia la salida sin ni siquiera mirarme. Guillem hizo el gesto de levantarse también y venir con nosotros, pero yo le miré con animadversión y le dije:
—A solas.
—Capullo… —susurró.
Le hice un gesto soez con mi mano izquierda y salí en pos de Clara.
Ella me esperaba junto a la puerta, jugueteando con el dobladillo de su minifalda.
Cuando me acerqué, empezó a caminar de nuevo, me guió hasta el pequeño espacio arbolado que había tras el edificio principal, y nos sentamos a la sombra de uno de los flamboyanos.
Había unas pocas personas allí que disfrutaban de la relativa tibieza del sol de mediodía, pues una vez que empezara a atardecer, el frío haría imposible estar allí sentado.
Clara no me miraba y yo no sabía muy bien qué decirle.
—¿Te he hecho algo para que estés así de enfadado conmigo? —preguntó al final, aún con la mirada baja.
Un nuevo ramalazo de remordimientos me golpeó.
—No estoy enfadado contigo —le aseguré.
—Pero sí estás deprimido —dijo.
—Es complicado —contesté evasivo. ¿Qué otra cosa podía decirle?—. Pero no debí pagarlo contigo, lo siento.
—Entonces, ¿por qué te portas así conmigo? ¿Y con Samuel? —Como yo no dije nada, ella aventuró—: ¿Tan mal te fue con Santiago?
Asentí, y dispuesto a enmendarme con Clara, le conté lo que había descubierto sobre él: que estaba esperando a ver si las cosas le iban bien conmigo antes de decidir si volver o no con su ex.
Le expliqué que eso me hacía sentirme frustrado y engañado, y exageré un poco mis sentimientos por Santiago para justificar mi mal humor de ese día.
Lo que no le dije fue que todo eso lo había descubierto antes de irme con él y que en realidad no habíamos pasado el fin de semana juntos.
—¿Piensas volver con él? —me preguntó cuando terminé de hablar.
—No. Ha intentado contactar conmigo, pero paso. —De hecho, esa misma mañana Santiago había vuelto a llamarme, y yo le había rechazado otra vez. El pobre no tenía ni idea de lo superadísimo que lo tenía.
—Pareces tenerlo muy claro —dijo ella, extrañada quizás por mi decisiva negativa.
Me encogí de hombros, incapaz de darle una respuesta.
Parecía mentira que solo hiciera tres días desde nuestra ruptura, una ruptura en la que apenas había pensado y que ahora me parecía muy lejana.
Sin embargo, no sabía cómo explicarle eso a Clara sin confesarle que era otro hombre quien ocupaba mis pensamientos.
Pasé la siguiente semana con un humor bastante lúgubre, centrándome en mis estudios con una obsesión casi enfermiza para no pensar en nada ni en nadie más.
Mis amigos parecían preocupados por mí, pero no sabían cómo proceder.
Solo Pablo conocía lo que realmente me pasaba, pero ni siquiera él era capaz de darme ningún consuelo.
La necesidad casi física de ver a David o de tener noticias suyas tras más de una semana esperando empezaba a afectarme más de lo que pensé que haría.
Casi agradecí cuando el lunes siguiente tuvimos nuestro primer examen.
Al terminar, esperé a Clara y Samuel para tomarnos un café y comentar las preguntas del test y las respuestas que habíamos dado a ellas.
Sin embargo, al llegar a la cafetería, en vez de la acostumbrada retahíla de dudas y consultas que solíamos intercambiar tras los exámenes, Clara nos sorprendió tendiendo un sobre blanco hacia nosotros.
—Cógelo —dijo, agitándolo levemente en el aire como invitación.
Tomé el sobre en mis manos y le di la vuelta.
En el reverso se veía el membrete y el logo de un hotel llamado Castillo de Urdaibai.
Más intrigado que nunca, lo abrí bajo la atenta mirada de Samuel para ver que dentro había una reserva para una habitación doble, que estaba a nombre de ambos.
La estancia, según rezaba allí, era para el segundo fin de semana de febrero, justo antes del inicio del segundo cuatrimestre.
Samuel y yo intercambiamos una mirada de estupefacción y luego la miramos sin comprender.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Es que el lunes que viene mi hermano cumplirá treinta años, y un amigo suyo y yo hemos decidido hacerle una fiesta sorpresa.
—¿Vas a hacerle a tu hermano una fiesta en un hotel? —preguntó Samuel.
—Sí —corroboró ella—, lo hemos reservado para ese fin de semana y…
—¿Has reservado un hotel entero? —me sorprendí.
Ella tuvo la decencia de ruborizarse.
—Es un pequeño hotel rural —nos explicó—, perdido en medio del campo, como a David le gustan. Además, pertenece a la familia de su mejor amigo, así que no hemos tenido problemas en reservar las habitaciones que necesitáramos.
—¿Y quieres que nosotros vayamos? —pregunté.
—Claro que sí. Quiero que estemos todos. Aunque… —Se giró hacia mí—. Entendería que tú no quisieras, si estás muy deprimido —musitó.