A través del sexo. La saga completa 1. Una cuestión de lógica
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1. Una cuestión de lógica

UNA CUESTIÓN DE LÓGICA

E l recinto universitario estaba tan concurrido como de costumbre aquel lunes de mediados de enero, a pesar de que las clases del primer cuatrimestre habían terminado oficialmente la semana anterior.

Supongo que la cercanía de los exámenes era excusa suficiente para ir allí y entregarse a maratonianas jornadas de estudio.

Al menos, esa era mi intención al llegar aquella mañana, aunque no estaba seguro de poder conseguirlo.

Apenas había podido dormir en toda la noche.

No dejaba de pensar en el fin de semana que acababa de dejar atrás.

Ahora, ante la perspectiva de volver a mi rutina diaria, los recuerdos de aquellas pocas horas pasadas en la sierra junto a David se iban diluyendo poco a poco, como si en realidad nunca hubieran ocurrido, a pesar de ser dolorosamente consciente de su existencia.

El recuerdo de David me quemaba en la piel y la amargura que sentía por la manera en la que me había rechazado la tarde anterior, cuando nos despedimos en la estación de trenes, era agravada por mi incapacidad para sacarlo de mi cabeza.

Una y otra vez revivía aquella conversación mantenida en los baños, intentando dar con la respuesta correcta, con la manera de persuadirle para quedarse a mi lado, pero sin conseguir dar con ella.

No estaba del mejor humor posible cuando entré en la biblioteca y este tampoco mejoró precisamente cuando atisbé en una de las mesas de estudio a Samuel y Clara.

Me senté junto a ellos de todas formas, musitando un parco saludo.

Al verme, dejaron de lado lo que estaban haciendo para centrar toda su atención en mí.

—Hola, Noah —canturreó Samuel en voz lo más baja posible—, ¿qué tal ese finde?

— Uyyy , seguro que lo pasaste genial —intervino ella.

Sin decir una palabra, empecé a sacar mis libros y apuntes de mi mochila.

—No seas así, hombre —me reprochó Samuel ante mi mutismo—. Anda, cuenta…

—Santiago y yo hemos roto —dije, lo cual no era mentira.

—¿En serio? —preguntó Clara con genuino interés. Acarició mi antebrazo y me miró con preocupación maternal en sus enormes ojos grises—. ¿Necesitas hablar?

—No, joder —contesté bruscamente, apartando mi brazo de su contacto—, no quiero hablar… —«Contigo», había estado a punto de añadir, pero me callé justo a tiempo. Desvié mi mirada, súbitamente molesto por el parecido que guardaba Clara con su hermano.

—Como quieras… —musitó, escaldada por mi comportamiento.

A pesar de haber enterrado ya la cabeza en un libro, pude atisbar cómo ella y Samuel intercambiaban una rápida mirada.

Apenas hablamos el resto de la mañana. Mis amigos parecían haber entendido que yo no me sentía muy comunicativo acerca de mi fin de semana y no me dirigieron la palabra más que para cuestiones académicas, a las que yo respondía de mala gana y con monosílabos.

A mediodía dejaron de lado sus apuntes, se levantaron de la mesa y me invitaron sin muchas esperanzas a comer con ellos.

—He quedado con Pablo —les informé, poniéndome yo también en pie para acudir a mi cita.

Y era verdad. Aquella misma mañana Pablo me había mensajeado para interesarse por mis progresos con David y yo le había invitado a almorzar como respuesta. Prefería hablar cara a cara con él.

—Está bien —dijo Clara algo dubitativa—, a Samuel y a mí no nos importaría ir a…

—No —dije, cortando de raíz su débil intento de autoinvitarse a venir conmigo—, prefiero hablar a solas con Pablo.

Y sin dar más explicaciones, salí de la sala de estudio.

—Pues no deja de tener cierta lógica —dijo Pablo para mi estupor, antes de darle un mordisco a una porción de la jugosa pizza de marisco que compartíamos.

Me quedé mirando hacia él, sintiéndome desolado. Cuando quedamos, no contemplé la posibilidad de que pudiera ponerse de parte de David. Casi empezaba a arrepentirme de haberle invitado a almorzar.

—¿Lógica? —repliqué con acritud. Al contarle lo ocurrido, había esperado una oleada de empatía procedente de Pablo y una retahíla de insultos hacia David. Ahora que veía que las cosas no iban a ser así, me sentía bastante desconcertado—. El amor no debería ser solo cuestión de lógica.

—Tu problema, cariño, es que eres demasiado romántico —me espetó—. David está demostrando tener bastante buen juicio al querer pensárselo bien.

—¿Ah, sí? —me ofendí por el velado insulto, al darme cuenta de que Pablo insinuaba que yo no tenía buen juicio—. ¿Y eso por qué?

—Pues… porque tú mismo me has dicho que crees que David se podría enfrentar a un problema familiar si su hermana se entera de que es gay, y recuerda que además la suya es una familia rica e importante.

Quizás su padre le arme un escándalo —especuló—.

Quizás le desherede, o le eche de la empresa…

Podría perderlo todo por enrollarse contigo, ¿has pensado en eso?

—¿Insinúas que David renuncia a mí por dinero, y que además crees que hace bien?

—No —me aclaró—. Insinúo que hace bien en pensarse muy detenidamente si de verdad le conviene iniciar una relación que podría trastocar tanto su vida. A lo mejor quiere averiguar si el amor que siente por ti vale realmente la pena.

—Querrás decir, si yo valgo la pena…

—Sí, eso también. Yo sé que vales la pena —añadió rápidamente al ver mi expresión—. Pero ambos sabemos que David es un poco más corto de entendederas.

Sonreí ante su inesperada broma e intenté ver las cosas como él, desde un punto de vista más lógico.

Si lo miraba fríamente, tenía que aceptar que quizás Pablo tuviera razón: el amor no es nunca el único factor a tener en cuenta, y yo no sabía en realidad a qué tendría que renunciar David para estar conmigo: ¿a su dinero? , ¿a su posición?, ¿a su familia?

Recordé por enésima vez algo que David me había dicho mucho tiempo atrás, acerca de que Clara había podido venir a España porque él había hecho algunas concesiones.

David y su padre mantenían el acuerdo de ocultar sus inclinaciones sexuales al resto de la familia, y se suponía que Clara no debía saberlo.

Si David salía del armario delante de su hermana y su padre se enteraba, ¿qué pasaría entonces?

¿La obligaría a dejar a David y volver a Alemania?

«No estoy contemplando solo mis necesidades», me había dicho la tarde anterior.

¿Se refería a que estaba velando por el bienestar de Clara?

Con cierto disgusto, sentí un nuevo acceso de resentimiento al pensar en ella.

Hasta ese momento no me había dado cuenta de por qué, nada más verla, parloteando alegremente a mi lado y mirándome con sus preciosos ojos grises, mi precario talante se había agriado de golpe.

Yo sabía que Clara no tenía ninguna culpa, que de hecho ni siquiera era consciente de la situación en la que me encontraba, pero saber que ella era la razón de que David dudara si volver conmigo o no, hacía que me fuera imposible tratarla con naturalidad.

Ahora, sentado frente a Pablo en la pizzería que estaba cerca de la Facultad de Bellas Artes, intentaba reprimir los remordimientos que sentía por haber sido tan antipático con Clara, diciéndome a mí mismo que la había rechazado solo para poder hablar con Pablo con una sinceridad que sería imposible en su presencia, y no porque me sintiera resentido con ella por su involuntario papel en mi drama personal.

Por otro lado, si contemplaba la situación desde un punto de vista lógico, entendía que David primara las necesidades de su hermana sobre las mías.

Pero yo seguía creyendo que el amor no debería ser algo lógico.

—De todas maneras —seguía hablando Pablo, ajeno a mi batiburrillo mental—, tú también deberías aprovechar la situación para pensar con frialdad en lo que te conviene.

Su comentario me trajo de nuevo a la mente mi problema más acuciante.

—Ya lo he pensado —dije—, de hecho es algo que no tengo que pensar. Me la trae floja si me conviene o no estar con él. Le quiero —añadí, desnudando mi alma como solo se puede hacer frente a un amigo íntimo—, el resto me da igual.

—¿Incluso que Clara descubra que has estado mintiéndole todo este tiempo? —preguntó incisivo.

—Incluso eso. Si David y yo volvemos a estar juntos, ella deberá aceptarlo. —Me encogí de hombros—. Al fin y al cabo, ya nos conocíamos antes de que ella llegara, tendrá que entender que nos vimos obligados a engañarla. Si se enfada, es su problema —afirmé con altanería.

—¿No te daría pena perder su amistad?

—Sí, claro que sí, pero… Si David decide no volver conmigo a causa de Clara, creo que me costaría muchísimo seguir siendo su amigo, así que de todas formas me parece que voy a terminar perdiéndola.

—Bajé la mirada—. Sé que no tiene la culpa, pero incluso hoy me ha costado horrores hablar con ella, solo de pensar que nuestra amistad podría costarme el amor de David.

—Qué melodramático te pones —exclamó Pablo con una sonrisa burlona.

—No me ridiculices —le pedí, ruborizándome al darme cuenta de que acababa de soltar una cursilería tremenda—. Si te pones así, no hablo contigo de estas cosas.

Me arrebujé en mi asiento, sintiéndome bastante incómodo, hasta que vi que Pablo me miraba conciliador.

—Perdona —dijo—, es solo que me parece que estás exagerando con el tema de Clara, tampoco es para que te pongas así con ella, pobre chica. Y además, me preocupa verte tan ilusionado con David. Deberías prepararte para una negativa, por si acaso.

—Lo sé —contesté—, pero mira lo que me dijo —añadí, renuente a no aferrarme a un atisbo de esperanza—: que terminaríamos juntos tarde o temprano.

—Yo no haría caso a una promesa tan vana. —Alargó el brazo sobre la mesa para coger mi mano y apretarla amistosamente.

Lo miré a los ojos, sopesando si decirle que en realidad yo creía de corazón que David y yo estábamos destinados a estar juntos, pero Pablo me miraba como si yo fuera un niño que acabara de descubrir que Papá Noel no existe, y me encogí de nuevo de hombros, decidiendo fingir una indiferencia que no sentía porque no quería darle más motivos para tenerme lástima.