25. Quid pro quo #8
Le seguí de nuevo por la estación hasta que llegamos a un baño de hombres.
Entramos y David echó un vistazo alrededor, para constatar que estábamos solos.
Uno de los excusados estaba cerrado, y su ocupante silbaba jovialmente, pero no había nadie a la vista.
David cogió mi mano, me guio hasta el cubículo del fondo y entramos en él.
—Noah… —me dijo en cuanto cerró la puerta detrás de nosotros—. No podemos seguir viéndonos.
—¿Por qué no? —le pregunté sin sentirme muy sorprendido—. ¿Por Clara?
Ambos hablábamos en voz queda, para no perturbar al silbador, que seguía entonando una cancioncilla popular y muy alegre.
—Sí —contestó con la voz calmada.
—¿Aunque sigamos sintiendo algo el uno por el otro? —aventuré. Levantó su mirada hacia la mía y vi algo parecido a la vergüenza en sus ojos—. ¿Sientes algo por mí? —pregunté con candidez.
—Nunca has dejado de gustarme. —Sus manos rodearon mi cintura posesivamente—. No se me da muy bien ocultarlo, ¿eh?
—Ni a mí tampoco —confesé.
Se inclinó sobre mí, apretándome entre la pared y su cuerpo, y me besó con pasión. Gemí con abandono mientras mis manos dejaban la mochila en el suelo y se apresuraban a rodearle, pero el beso no duró tanto como yo hubiera querido.
—Pensaba que sólo querías sexo —susurró al separarse de mis labios.
—Y yo pensaba que quien quería sólo sexo eras tú.
Sonrió con pesar.
—Vaya par de idiotas estamos hechos.
Le devolví la sonrisa, aunque no me sentía muy feliz en ese momento. Oímos el sonido de una cisterna, y el otro ocupante del baño salió de su cubículo. Nos mantuvimos en silencio mientras se lavaba las manos y no volví a hablar hasta que oí que la tonada que silbaba se perdía fuera del baño.
—¿Entonces? —pregunté.
Apoyó su frente contra la mía y cerró los ojos, exhalando un suspiro.
—Mi respuesta sigue siendo la misma.
—Pero estoy seguro de que a Clara… —empecé a protestar, pero él me interrumpió.
—¿De verdad tienes ganas de meterte en un berenjenal como ese?
—Sí —respondí con toda la pasión de que era capaz.
—Hay muchas cosas en juego. Esto es complicado.
—Lo sé, pero no me importa. —Busqué su mirada y le aseguré—: Quiero estar contigo…
—Mi pequeño…
—No me llames así si no significa nada para ti —le reproché al tiempo que sentía que mis ojos se humedecían.
—Claro que significa algo para mí. Significas mucho para mí.
—Bajé la mirada mientras una lágrima rodaba por mi mejilla.
David la enjugó con su pulgar y susurró—: Déjame que me lo piense —pidió—, de hecho, deberíamos pensarlo los dos.
—Abrí la boca para protestar, pero la acalló poniendo el pulgar encima de mis labios, dejándome sentir el sabor de mis lágrimas—.
Quizás nos estamos apresurando, quizás nuestros sentimientos no son tan intensos como pensamos ahora mismo.
Deja que ponga un poco de distancia entre nosotros.
Si esto sigue así, acabaremos juntos tarde o temprano, lo queramos o no.
Sólo quiero asegurarme de que no estamos corriendo detrás de un espejismo.
—¿Quieres separarte de mí para ver si realmente sientes algo?
—Sí. Y tú deberías hacer lo mismo. La distancia nos dará algo de perspectiva, y yo necesito estar seguro de que de verdad vale la pena hacer lo que queremos hacer.
Pensé un momento en lo que decía. Me sentía frustrado, sintiendo que David se me escurría de nuevo entre los dedos, como si fuera el agua de un manantial que intentara coger con la palma de mis manos.
Pero, por otro lado, quizás él necesitaba la oportunidad de echarme de menos. Si se la daba, quizás volvería a mí.
—¿Cuánto tiempo?
—El que sea necesario. Sal, diviértete. Puede que cuando te alejes un poco te olvides de mí, ¿quién sabe?
Dudaba que eso fuera posible, pero volví a asentir. David se separó de mí y me agaché para coger mi mochila, que había dejado caer al suelo.
—¿Y tú? ¿También saldrás y te divertirás? —pregunté con la voz irritada por los celos.
—No lo creo. No es lo que necesito ahora mismo.
Recordé lo que me había dicho acerca de su necesidad de enamorarse de nuevo, y las secretas esperanzas que yo había albergado al oírle decir algo así.
—Entonces, ¿por qué no me dejas quedarme contigo? —me enfurecí.
—Porque no estoy contemplando sólo mis necesidades.
—Como quieras —repuse enfadado, saliendo del baño.
Me dirigí hacia la salida hecho una furia, pero él no me detuvo.
Probablemente había dicho ya todo lo que tenía que decir.
Caminé a paso vivo hasta llegar al subterráneo y cogí el metro para ir a mi casa.
Por el camino mi enfado se fue enfriando, condensándose en una sólida piedra de abatimiento que me pesaba en el estómago.
Para cuando llegué a mi casa, me sentía totalmente deprimido y humillado, y ni siquiera tuve ganas de sonreír y disimular cuando mi padre vino a la entrada a darme la bienvenida.
—¿Qué te ha pasado? —dijo nada más ver mi lúgubre expresión.
—Nada importante —repuse encogiéndome de hombros con falsa indiferencia.
—¿Y tu novio?
—Hemos roto —dije.
Me fui hacia mi dormitorio sin que mi padre hiciera nada por impedirlo, dándome cuenta de que al menos David me había dado una manera digna de volver a mi casa.