A través del sexo. La saga completa 25. Quid pro quo #7
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25. Quid pro quo #7

—Sí. —Cerré los ojos y casi gemí al recordar los sucesos de la noche anterior—. Fue maravilloso.

—Así que por fin Santiago ha aprendido a hacerte el amor, ¿eh?

Eso me hizo abrir los ojos como platos, sacándome de mi ensimismamiento.

—En realidad… Pablo, tengo que contarte algo. —No dijo nada y continué—: Ha habido un pequeño cambio de planes.

—¿Qué pequeño cambio de planes? ¿De qué hablas?

—Que no estoy con Santiago —le expliqué.

—¿No? ¿Entonces con quién estás?

Suspiré.

—Con David.

—¿¡Cómo!? ¿¡Pero te has vuelto loco!? —Me alejé el auricular de la oreja, ahorrándole a mis tímpanos medio minuto de chillidos incomprensibles.

Cuando me atreví a volver a acercarme el móvil a la oreja, Pablo decía—: ¿Cómo has podido engañarme y decirme que te ibas con Santiago? Serás hijo de puta, mentiroso…

—No, no, no, Pablo, yo no te mentí. Puedo explicártelo.

—¿Ah, sí? —preguntó tremendamente ofendido.

—Sí, de verdad que me iba a ir con Santiago, pero…

—Le conté lo que había pasado en la estación de trenes, cómo había roto con Santiago y por qué, y cómo luego me había encontrado a David y en un arranque de furia había accedido a pasar el fin de semana con él—.

Ya te dije que fue un cambio de planes —concluí.

—Pero aun así, ¿cómo se te ocurre irte precisamente con David? Preferiría que hubieras terminado en medio de una orgía en una cárcel turca a que pasaras el fin de semana con David. ¿En qué demonios estabas pensando?

—¡Y yo qué sé! No estaba pensando.

—No, seguro que no. Tu polla decidió por ti.

—No es eso, no me vine con él por sexo…

—Pero así y todo te lo follaste anoche y dejaste que usara mis juguetitos contigo. No te los regalé para eso.

—Si me regalas algo es para que yo lo use como me parezca conveniente —repuse con tono agrio—. Joder, podrías apoyarme un poco, en vez de machacarme, que pareces la Inquisición.

—¿Cómo pretendes que te apoye en algo así, Noah? Estás cometiendo una locura.

—Ya lo sé —dije—. Pero es que me he dado cuenta de que sigo enamorado de él. —Esperaba escuchar otra retahíla de recriminaciones, pero no oí nada. Llegué a pensar que se había cortado la comunicación—. ¿Pablo? —pregunté.

—Estoy aquí —susurró—. ¿Estás bien?

—Sí. —Sentí una oleada de agradecimiento ante su cambio de actitud—. Lo estoy.

—¿Y él?

—Creo que él también siente algo —aventuré.

—¿Te ha dicho algo o…?

—No, pero está muy cariñoso conmigo. Se comporta como cuando salíamos, como si no fuera muy raro que estuviéramos aquí juntos, y anoche…

—Suspiré de nuevo—. No sabes lo maravilloso que fue, Pablo, y no lo digo sólo por el sexo.

No me sentía tan bien desde… —Dejé la frase a mitad al darme cuenta de que en realidad no sabía cómo terminarla.

—¿Y tú, qué quieres?

—Quiero estar con él. Sé que suena tonto, pero…

—No te preocupes —contestó—, el amor nos vuelve a todos tontos. ¿Qué va a pasar ahora entre vosotros dos?

—No lo sé. No hemos hablado de nada de eso. No sé si él querrá que nos sigamos viendo. Con Clara de por medio… ¿Crees que debería preguntarle?

—Supongo que sí.

—¿Crees que hago bien intentándolo de nuevo con él?

—No —me contestó—. Pero creo que haces bien intentándolo a pesar de no conseguir mi aprobación. No deberías dejar que nadie te influyera, ni siquiera yo.

—Pablito, eres el mejor.

—Lo sé.

Sonreí.

—Te llamaré en cuanto llegue a casa y ya te contaré.

—Suerte, cariño —me dijo, antes de cortar.

Volví hacia el establo y me encontré con que David estaba aún allí dentro, acompañado tan solo de Scrub y Ártax .

Estaba arrodillado al lado del potro y dejaba que este le mordisqueara el bajo del abrigo, mientras lo acariciaba distraídamente.

Cuando entré, giró la cabeza para mirarme brevemente, antes de volver su atención al animal.

—Eso que oí antes… ¿Era tu móvil?

—Sí. —Me arrodillé a su lado y acaricié la testuz de Ártax , que al sentir mi presencia pasó a querer morder mi ropa, en vez de la de David—. Estaba llegando al establo cuando Pablo me llamó y…

—¿Escuchaste lo que estábamos hablando?

—Sí —confesé—. ¿Está molesto contigo?

—No.

—¿Y conmigo?

—Esto no tiene nada que ver contigo. Por cierto —dijo acercándose a mí y besándome levemente la nariz—. Buenos días.

A causa del mal tiempo, ese día no pudimos salir a pasear con los caballos, sino que tuvimos que quedarnos en la casa.

David parecía un animal enjaulado, y no podía permanecer demasiado tiempo sentado en el mismo sitio.

Paco no hablaba mucho, y yo me sentía intimidado por su presencia y por el hecho de que supiera que David y yo habíamos estado juntos.

Ninguno de los dos se sintió tranquilo hasta que decidimos echarnos un polvo en su cama después de comer, mientras Paco dormía la siesta.

Luego de dormitar un rato, recogimos nuestras cosas y metimos el equipaje en el coche.

David quería coger el tren de las cinco de la tarde y debíamos salir pronto en dirección a la estación.

Paco y los mastines salieron a despedirnos y vi con cierto alivio que David y él se abrazaban y que la tensión entre ellos parecía disolverse un tanto.

Luego me hizo un pequeño ademán con la cabeza a modo de saludo y entró en la casa.

Una vez en el tren, David volvió a sacar su libro y se puso a leer, pero su mano derecha se quedó sobre mi muslo, acariciando mi piel en círculos y disimulando el contacto de miradas ajenas bajo el abrigo que descansaba sobre mis rodillas.

Yo me entretuve en contemplar el paisaje y en pensar cómo iba a decirle que quería volver a ser suyo de nuevo, y para siempre.

La estación estaba llena con la gente que los trenes escupían de vuelta a la ciudad.

En plena época de esquí, muchas personas habían aprovechado el fin de semana para pasarlo en idílicos puertos de montaña.

Por un momento tuve el temor de encontrarme con Santiago, pero luego pensé que si fuera así tampoco me importaría.

Que me viera con David añadiría un punto de crueldad a mi pequeña venganza.

Él caminaba delante de mí, cargando su mochila al hombro y caminando con fluidez en medio de la marea humana que había en el andén, como si estuviera acostumbrado a hacerse un hueco entre multitudes.

Salimos al cuerpo central de la estación y nos dirigimos hacia un banco en el que David se sentó brevemente para abrocharse uno de los cordones de sus botas.

—¿Y ahora? —le pregunté cuando se levantaba.

—Cogeré un taxi para llegar a casa —respondió distraídamente, colgándose de nuevo la mochila al hombro—. ¿Quieres que te acompañe?

—No te preocupes, cogeré el metro y… —Me di cuenta de que nos estábamos despidiendo y de que aún no habíamos hablado de lo que iba a ocurrir a continuación.

Era ahora o nunca—. ¿Cuándo voy a volver a verte?

—pregunté a bocajarro. Siempre he pensado que esa es la mejor manera para obtener respuestas sinceras, pero David se limitó a mirarme con pesar en sus ojos.

—Ven conmigo —dijo.