25. Quid pro quo #6
—Sí. Después de que Hugo me dejara —musitó con una sonrisita avergonzada—, me sentía frustrado y enfadado, y sólo quería vengarme de él y ponerle celoso.
—Asentí, al verme reflejado en los sentimientos que tuve tras nuestra ruptura—.
Yo sabía que el profesor de Literatura me miraba con ojos traviesos, ya sabes, aunque llevaba todo el año ignorándole y haciendo como que no me daba cuenta, pero un día me metí en su despacho, me arrodillé entre sus piernas y le hice la mejor mamada que le habían hecho en toda su vida.
—Me atraganté con una risita—. ¿Te parece divertido?
—En parte sí. Nunca pensé que tú pudieras ser tan visceral. —Nos quedamos callados un momento, hasta que comprendí que David estaba esperando la siguiente pregunta—. ¿Tienes alguna pesadilla recurrente?
—Sí, que se me caen los dientes. No me mires así, es un sueño horrible — se justificó—, siento que tengo las encías blandas y llevo las manos a mi boca. Cuando me las miro, veo que las palmas están cubiertas de dientes… Sé que suena estúpido, pero cuando tengo ese sueño me despierto muy alterado.
—Pues yo suelo soñar, cuando estoy muy nervioso, que voy llevando un coche que circula cuesta abajo por callejuelas estrechas y con mucha pendiente. Como no sé conducir y no puedo frenarlo, lo único que puedo hacer es girar el volante para esquivar obstáculos.
—¿Te dan miedo los coches? —preguntó.
—No, no es eso. Supongo que es una buena analogía de una situación que no controlo. Espero dejar de tener ese sueño cuando aprenda a conducir.
—Seguramente será así —sonrió.
—¿Por qué te hiciste ese tatuaje? —pregunté. La sonrisa se le borró de golpe.
—Esa pregunta no vale —se quejó—. Tú llevas un tatuaje, pero yo ya sé por qué te lo hiciste, así que no puedes responder a la misma pregunta.
Por el tono en que lo dijo, me pareció que no se estaba negando a contestar por una mera cuestión de reglas, sino porque finalmente había dado con algo que él no quería contarme, así que apreté un poco más.
—Bueno, pues a cambio, te dejaré que me hagas cualquier otra pregunta que tú quieras —le ofrecí, a sabiendas de que eso me quitaría el control de la situación. Era un juego osado, pero tenía la suficiente curiosidad como para arriesgarme.
Entrecerró los ojos, valorando la propuesta que acababa de hacerme.
—¿Contestarás a cualquier cosa que yo te pregunte?
—Sí.
—Está bien. —Me miró, indeciso—. Esto no se lo he contado a nadie. —Jugueteó con las sábanas escogiendo sus palabras—. ¿Recuerdas que te dije que había tenido un accidente?
—¿Te refieres a cuando te hiciste esas cicatrices? —pregunté señalando las marcas del lado izquierdo de su tórax. Asintió con un gesto rígido y decidí ponérselo un poco más fácil—. Tu amigo Jamie me contó algo acerca de ello.
Su rostro se tensó perceptiblemente y yo empecé a sentirme culpable por obligarle a contar algo así.
—¿Qué te dijo?
—Que te dispararon —contesté suavemente, obligándome a mirarle a los ojos—. Que fue un ladrón, y que un amigo tuyo murió.
Asintió con gravedad y bajó la mirada.
—Resulta que… —Carraspeó, visiblemente molesto—.
Cuando me hice el tatuaje, se cumplían diez años de eso y creo que lo hice porque…
No lo sé. — Elevó la mirada y vi en sus ojos una emoción cruda que me asustó—.
Creo que necesitaba celebrarlo de alguna manera, ¿sabes?
—Asentí en silencio, conmovido por la emoción contenida que se leía en cada uno de los músculos de su cara—.
Cuando me dispararon —susurró—, la bala no llegó a salir, era una pistola de pequeño calibre y quizás eso me salvó la vida, pero la bala me perforó el pulmón y me rompió dos costillas antes de quedarse alojada en la escápula, por eso me hice el tatuaje —dijo, mirándome a los ojos por primera vez, y yo recordé que la garra que se veía del dragón se cerraba sobre su omoplato izquierdo.
Sentí un escalofrío al comprender que esa posición no era casual.
David había bajado los ojos otra vez y me pareció ver que sus pestañas se habían humedecido—. Lo siento, no me gusta hablar de esto.
—No, soy yo quien lo siente. No tenía que haberte preguntado.
—Está bien —me aseguró, mirándome de nuevo a los ojos—. Supongo que tenía ganas de contártelo.
—¿Y no sueñas nunca con eso? —le pregunté con suavidad.
—No, en eso pienso cuando estoy despierto, nada más.
—¿Muy a menudo?
—Casi todos los días —respondió con la voz rota.
Me abracé a él, acaricié la pequeña cicatriz en forma de moneda que tenía bajo el pezón y él me rodeó con sus brazos. De alguna extraña manera, parecía que quien necesitaba consuelo era yo y no él.
—¿No ibas a hacerme una pregunta? —le dije.
—No importa, déjalo. Me vas a odiar si te pregunto lo que tenía pensado.
—No me importa, haz tu pregunta —le dije. No me parecía justo no darle algo a cambio de lo que él me acababa de contar, además de que quería distraerle para ayudarle a relajarse de nuevo—. Hicimos un trato, ¿recuerdas?
Bajó la vista hacia mí, que seguía abrazado a su pecho, y se mordió el labio inferior antes de preguntar:
—¿Quién fue el primero después de mí?
—¿Qué? —me sorprendí—. ¿Por qué quieres saber eso?
—Porque soy un morboso y me da una increíble curiosidad.
Estuve a punto de negarme a contestar, e incluso me sentí tentado de mentirle, pero me di cuenta de que estaría siendo tremendamente egoísta si lo hacía.
—Pablo —le contesté al final—, aunque él dice que como no nos corrimos no cuenta.
—David me interrogó con la mirada y continué—: Fue aquella noche que nos vimos en el Carpe Diem .
Me fui con él, pero la cosa no salió bien.
—Torcí el gesto—. Yo todavía no me sentía preparado para acostarme con otra persona y no terminamos lo que empezamos.
—¿Así que dejaste al pobre chico a medias? —preguntó con cierto asombro—. ¿Y después de eso se hizo amigo tuyo?
—Sí. Supongo que él entendía por lo que yo estaba pasando —musité—. Pablo tiene un pasado…
Me acurruqué aún más entre sus brazos a la vez que una pesada morriña se abatía sobre mí. Parecía que el porro estaba haciendo su trabajo.
—Todos tenemos un pasado —susurró David, pasando sus manos por mi pelo.
—Sí —bostecé—, lo sé. Gracias por enseñarme un poquito del tuyo.
Sentí una leve caricia en mis dedos y abrí los ojos.
Uno de los mastines paseaba su pesada lengua por mi mano, que colgaba por fuera de la cama.
Cuando la retiré, me miró con sus tristes y legañosos ojos antes de darse la vuelta y salir por la puerta, que estaba entreabierta.
Miré el reloj de la mesita de noche y comprobé que eran algo más de las once de la mañana.
Me levanté sobresaltado, preocupado de repente porque Paco me pillara durmiendo desnudo en la cama de David, y me puse mi pijama.
Salí del dormitorio sin hacer ruido y bajé las escaleras con sumo cuidado, pero al llegar al piso inferior me di cuenta de que mis esfuerzos habían sido en vano. Estaba solo en casa.
Me di una ducha y me puse ropa limpia. Encontré en la cocina una nota de David que me invitaba a desayunar lo que quisiera y a reunirme luego con ellos en el establo. Comí algo, cogí mi móvil y mi abrigo, y salí al exterior.
Hacía mucho más frío que el día anterior y el cielo nublado auguraba lluvia.
El suelo estaba mojado y parcheado de escarcha aquí y allá, y caminé con cuidado para no resbalar.
El perro que me había despertado dejó el sitio del porche en el que descansaba y trotó hasta llegar a mi altura, para caminar pacíficamente a mi lado.
Conforme me acercaba al establo, vi que estaba abierto y pensé que seguramente David y Paco estarían trabajando en su interior y ocupándose de los caballos, mientras que el otro perro parecía hacer guardia en la puerta.
El mastín que iba conmigo se adelantó y corrió para entrar al establo, pero antes de imitarlo me quedé quieto junto a la puerta al oír una voz procedente de su interior.
—¿… a decir nada? —decía David en tono calmado. Un obstinado silencio fue su única respuesta y unos segundos más tarde volvió a hablar—: Cualquiera pensaría que estás enfadado conmigo.
—No —fue la réplica.
—¿No, qué? —respondió David con cierta irritación—.
¿No vas a decirme nada o no estás enfadado?
—De nuevo Paco dio la callada por respuesta y yo me alegré de haberme quedado en la puerta y no haber interrumpido esa conversación—.
¿O vas a seguir fingiendo que no sabes lo que pasó anoche?
—aventuró, con bastante temeridad por su parte.
Pensé que David estaba poniendo en marcha la última fase de su «experimento», pero a mí se me encogió el corazón mientras esperaba la respuesta del anciano.
—No estoy enfadado hijo, pero…
—¿Pero qué? —le apremió David.
—Pero creo que harías mejor en buscarte una buena chica, casarte y tener hijos.
—Oí que David daba un sonoro resoplido, y no sé si fue una risa contenida o una expresión de disgusto—.
No, no me mires así, sé de lo que hablo.
Si no, vas a terminar viejo y solo, como yo.
El campo que estás escogiendo es difícil de arar y da muy poco fruto —concluyó.
Me quedé donde estaba mientras ellos dos permanecían en silencio.
Del interior del establo solo salía el áspero sonido que hacían los cepillos contra la piel de los caballos.
Me estaba preguntando si debía entrar ahora o volver a la casa y dejarlos más tiempo a solas cuando mi móvil empezó a sonar escandalosamente.
—¡Mierda! —siseé mientras lo cogía—. ¿Sí? —pregunté alejándome a grandes zancadas del establo.
—Hola, cariño —me contestó la melosa voz de Pablo—. ¿Qué tal ese fin de semana?
—Bien, bien —contesté apresuradamente, dirigiéndome a una zona donde David y Paco no pudieran escucharme.
—¿Sólo bien?
Llegué hasta el pequeño invernadero y me apoyé contra su superficie de cristal.
—Genial… —confesé.
—¿Y qué tal con los regalitos que te di? ¿Los has estrenado ya?