A través del sexo. La saga completa 25. Quid pro quo #5
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25. Quid pro quo #5

—¿En serio crees eso?

—Sólo estoy conjeturando. Cuando mi abuelo murió, él se quedó destrozado y todo el mundo le concedió el derecho a llorar por un hombre que debía de ser como un hermano para él, pero yo creo que en realidad perdió al compañero de su vida.

—Eso es muy triste —dije. Ahora entendía un poco mejor por qué David cuidaba de ese anciano—. ¿Y crees que dependiendo de cómo reaccione ante lo nuestro sabrás la verdad?

—Sí, no creo que se escandalice mucho si él hacía lo mismo.

De nuevo tuve que pararme a reevaluar mi opinión acerca de David.

—Eres increíble —exclamé—. Estuvimos saliendo seis meses y nunca me hablaste de Paco, ni de este sitio, ni de tu pasión por los caballos… ¿Por qué tienes que ser tan jodidamente misterioso? —le pregunté algo enfadado, mientras terminaba el porro contra un pequeño cenicero de porcelana.

—¿Recuerdas lo que te dije esta mañana, que este sitio era mi secreto? Pues es verdad, Noah. Ricardo nunca supo de este lugar en cuatro años. Y tú nunca lo hubieras sabido de no estar hoy en la estación.

—¿Por qué me pediste que viniera contigo entonces?

—No lo sé, estoy pasando una de esas épocas, ¿sabes? —me dijo. Apoyó su espalda en uno de los almohadones en actitud melancólica y guardó silencio unos instantes—. ¿A ti no te pasa a veces que te sientes solo? —preguntó al fin.

Me sorprendí por la intimidad implícita en esa pequeña confesión y empecé a sospechar que dos caladas de maría quizá fueran suficientes para aflojarle la lengua. Asentí levemente.

—A veces sí.

—Pues yo ahora me siento así. Creo que tengo ganas de volver a enamorarme. No he salido en serio con nadie desde que corté contigo.

Esa simple frase hizo que mi corazón se acelerara a mil por hora, al hacer que contemplara la posibilidad de que eso significase algo para nosotros.

—¿Sabes qué? —dije tumbándome a su lado y mirándole muy fijamente—. Hace casi dos años que te conozco y hay muchas cosas que no sé de ti. Estoy harto de que seas un misterio. Creo que ya es hora de que me dejes conocerte mejor.

Se giró hasta estar tumbado de lado, mirando hacia mí.

—¿Y cómo pretendes hacer eso? —preguntó.

—¿Qué te parecería si te preguntara unas cuantas cosas? —inquirí yo a mi vez, dispuesto a confirmar mi teoría.

—Vale, pero con una condición: cada cosa que me preguntes, tendrás que contestarla tú también, será como un quid pro quo . ¿Sabes lo que significa?

—Claro que sí —contesté casi ofendido—, que yo también he visto El silencio de los corderos —le dije, sacándole una sonrisa.

—Pues venga, Clarice, pregunta lo que quieras.

Pensé un momento. Quería obligarle a él a desvelar cosas, pero no quería desvelarlas yo. Ya que era yo quien elegía las preguntas, pensé que si lo hacía bien lo conseguiría, así que decidí empezar por algo fácil para ganar tiempo.

—¿Cuál es tu comida favorita?

—¿Qué? ¿Eso es lo que quieres saber? —rio.

—Sí.

—La italiana, en todas sus variantes.

—La paella —respondí diligentemente—. ¿Rollings o Beatles?

—Rollings.

—Beatles. ¿Cuál es tu grupo o cantante favorito?

—U2.

—Madonna. ¿Cuál es tu canción favorita de U2?

— Mmmmh , esa es difícil —bromeó. Se tumbó boca arriba y apoyó la cabeza sobre sus antebrazos—. Creo que «With or without you » . Me cuesta elegir sólo una. ¿Y tu canción favorita de Madonna?

Me incliné hasta estar medio tumbado sobre su pecho.

—«Like a virgin » —contesté sin vacilar.

Levantó una ceja, con cierta incredulidad.

—¿Me estás diciendo eso en serio? —preguntó muy despacito.

—Sí, ¿por qué no? Es muy provocativa. —Y empecé a canturrear el estribillo con mi precario inglés—. Es sexi.

—Sí, sí que lo es, pero no me pega nada contigo —afirmó. Me encogí de hombros, como disculpándome por haber roto sus expectativas—. Vamos, sigue preguntando, esto se está poniendo interesante.

—Vale, mmhh . ¿Cuál es tu canción favorita? No de U2, sino en general.

Pensó durante un momento antes de contestar.

—¿Puede ser una pieza clásica?

—Sí, claro.

—Pues el «Tu che di gel sei cinta».

—¿Eso qué es?

—Un aria de la ópera Turandot . Bastante dramática, por cierto. ¿La conoces?

—No, qué va. A mí no me gusta la ópera.

—Eso es porque nadie te ha enseñado a apreciarla. ¿Quieres escucharla?

Dudé un momento.

—¿Ahora? —dije mostrando mis reticencias.

—Sí, ¿por qué no? —Sin esperar mi respuesta, se levantó y empezó a rebuscar entre los CD’s que tenía en una estantería.

Escogió uno y lo metió en un pequeño reproductor que había sobre la cómoda.

Buscó una determinada pista y volvió a la cama cuando la música empezaba a sonar, dejando en mis manos la carátula del CD.

En la portada se veía la fotografía de una mujer caracterizada como una princesa oriental, y junto a ella se leía:

Puccini · Turandot

Nilsson. Corelli. Ricoy. Giaiotti.

Berlin Philharmonic Orchestra, Berlin State Opera Chorus

Georg Leinsdorf

La pista no duraba más de tres o cuatro minutos, y escuché todo lo atentamente que podía.

Al principio, la música era un tanto confusa y se oía una amalgama de voces incomprensibles, pero pronto se elevó la voz de una solista femenina, que empezaba a entonar un canto muy triste.

Estaba en italiano, y no entendía lo que decía, pero la música me transmitía una enorme sensación de dolor, y la voz de la soprano era desgarradora y dulce al mismo tiempo.

—En esta escena —susurró David en voz muy queda, como si no quisiera interrumpir la música—, la esclava Liù se niega a desvelar a Turandot el nombre de su amo, el príncipe Calaf, del que está enamorada.

Turandot decide someterla a tortura y Liù se suicida con un puñal, por temor a desvelar el nombre bajo el tormento, no sin antes recriminarle a Turandot su frialdad y vaticinarle que, a pesar de todo, ella también caerá rendida de amor por Calaf.

—En ese momento, el aria terminó en un estremecedor grito de muerte, y las voces del coro volvieron a sonar.

David se incorporó para detener la reproducción y volvió a meterse entre las sábanas—.

Turandot es una ópera dramática y algo compleja.

En realidad, el aria más famosa es el «Nessun dorma » , pero a mí me gusta más esta, por razones sentimentales.

—¿Razones sentimentales? —le pregunté, extrañado.

—¿No has visto el reparto? —me preguntó a su vez, dándole la vuelta a la carátula y señalándome el nombre de la soprano que interpretaba a Liù: Sonia Ricoy. Le miré, aún sin entender—. ¿Es que no sabes quién es Sonia Ricoy?

—No.

—Es mi madre —dijo.

—¿En serio? ¿Esa que cantaba era tu madre? —me asombré.

—Sí. Liù era uno de sus personajes favoritos, cuando yo era pequeño, me cantaba esa aria antes de dormir —confesó con una sonrisa avergonzada—.

Además, ¿te has fijado en la fecha de la grabación?

—Me señaló una fecha que había bajo los créditos.

Había sido a mediados de 1970. No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que, en el momento de la grabación, la madre de David había estado embarazada de él—.

Esa fue la última vez que cantó sobre un escenario.

Después de tenerme, nunca volvió a cantar.

—¿Por qué?

—No lo sé, supongo que quería dedicarse a su familia y no ser una madre itinerante, pero creo que debió de ser doloroso abandonar su carrera.

—Ya veo…

—¿Y tu canción favorita? —inquirió.

—«Blame it on my youth » —confesé. Después de que David fuera tan sincero conmigo, no pude sino corresponderle, o puede que a pesar de todo el porro también me aflojara la lengua a mí —. En realidad, no sé si es mi favorita, pero es importante para mí.

—¿Por eso pusiste esa cara cuando la canté en la fiesta? —me preguntó.

—Es que esa canción me recuerda a ti… —Me obligué a mirarle a los ojos—.

Cuando rompí contigo, mi padre me la puso y la tradujo para mí, y desde entonces esa canción me recuerda los momentos más tristes y más felices que he pasado en mi vida.

—Me miró con gravedad, pero antes de que pudiera hacer ningún otro comentario y compadecerse de mí, pregunté de nuevo—: ¿Cuál es tu libro favorito?

—La saga de Dune , Muerte de la luz de Martin y cualquier cosa de Asimov. Lo siento —añadió al ver mi expresión—. No puedo elegir sólo uno. ¿Y el tuyo?

— La historia interminable —contesté como si eso fuera algo obvio.

—Ahora entiendo mejor algunas cosas… —susurró—. Venga, sigue preguntando.

— Mmhh —pensé durante unos segundos—. ¿Cómo y cuándo descubriste que eras gay?

—Esa es buena —respondió—. Pues tendría unos catorce o quince años y estaba esperando a que saliera el siguiente disco de U2.

No, espera —rectificó—. Entonces yo tenía dieciséis, porque eso fue en 1987.

Estaba a punto de publicarse The Joshua Tree y me compré una revista de música en la que venía un reportaje sobre la banda y una entrevista con Bono.

Me la llevé a mi habitación y empecé a leer la entrevista.

El caso es que había una fotografía de Bono con una camiseta blanca de manga hueca, y con los brazos levantados y cruzados detrás de la cabeza.

La camiseta le marcaba el cuerpo y su expresión era fiera y muy masculina.

Recuerdo que esa imagen me resultó tremendamente erótica y terminé masturbándome delante de la revista.

—Se encogió de hombros cómicamente—. Ahí empezó mi historia de amor con Bono, lo confieso.

—¿Te gusta Bono?

—¿A ti no?

—Qué va —contesté—, ese tío es muy mayor.

—Será mayor para ti, pero para mí está estupendo. ¿Y cuál es tu historia?

—Pues me enamoré del David de Miguel Ángel cuando tenía unos doce años. Ahí empezó mi historia de amor con el arte renacentista —sonreí, parafraseándole—, lo confieso.

—Vale, ¿pero quién fue el primer tío de verdad que te gustó?

—Pues mi ex, Santiago —respondí. Ante la mirada de incomprensión de David, me expliqué—: Es que ya le conocía de antes. Santiago fue profesor mío cuando estaba en el instituto, y yo estaba loco por él. Hace unos meses nos reencontramos y… —Dejé el resto a su imaginación.

—¿Sabes que yo también me lié con un profesor de mi instituto?

—¿En serio?