25. Quid pro quo #4
La sensación de plenitud era constante, intensa, frustrante. Mi cuerpo clamaba a causa de la necesidad de continuar el candente ritmo del sexo, pero David no parecía tener ninguna intención de continuar.
—No pares… —le rogué, al ver que dejaba caer mis piernas y gateaba sobre mi cuerpo. Llegó hasta mis labios y los mordisqueó—. David, no me dejes así, sigue follándome.
—Espera —contestó incorporándose y sentándose a horcajadas sobre mí—. Hay una cosa que quiero que hagas.
Miré sus ojos y encontré una mirada de turbia lascivia.
Empezó a restregar sus genitales contra los míos, y luego contra mi abdomen y mi pecho, avanzando con sus rodillas a cada lado de mi cuerpo hasta que su polla estuvo al alcance de mi boca y ocupaba casi toda mi visión.
Sentía que sus testículos reposaban, pesados y calientes, sobre mi pecho, a la vez que él dejaba caer todo el peso de sus caderas sobre mi caja torácica.
Saqué la lengua en un acto instintivo para lamer su glande, húmedo de líquido preseminal.
Paseé con estudiado detenimiento mi lengua por la salida de su uretra, dejando que el acre sabor de su semen estallara en mi boca.
Entreabrí los labios, ansioso por explorar su esencia, y con una leve sacudida de sus caderas, David hizo que su miembro se adentrara en mi boca.
Lo abarqué con ansia, elevando el cuello todo lo que mis manos atadas me permitían.
Me agarró de los cabellos para forzarme a tragar hasta el final, mientras que con la otra mano se aferraba a los barrotes de la cabecera buscando un punto de apoyo.
Succioné y chupé al ritmo que él me marcaba con su mano, que guiaba el movimiento de mi cabeza al tirar de mi pelo.
Abrí los ojos al máximo mientras me entregaba a ese juego que me resultaba humillante y tremendamente erótico a la vez, y vi una vertical del cuerpo de David, que se erguía sobre mí: su abdomen, contraído por el placer; su pecho, que subía y bajaba al ritmo de su acelerada respiración; su cara inclinada, para mirarme y disfrutar de mi sometimiento.
Terriblemente excitado, agité mis caderas en un vano intento de aliviar el tormento al que el dildo, aún enterrado en mi cuerpo, me sometía, pero no conseguí sino aumentar mi deseo.
Mi polla, desatendida desde hacía un tiempo, palpitaba impaciente, y me sentía incapaz de seguir esperando para obtener un alivio de la tensión que atenazaba mi cuerpo con la energía liberadora del orgasmo.
Sentí que dentro de mi boca el sexo de David palpitaba también, y se retiró de mí, alejando sus caderas de mi cuerpo y arrodillándose mansamente entre mis piernas.
Las abrí todo lo que pude, invitándole, pero él se limitó a cerrar los ojos y acariciar mis muslos con suavidad, dándome a entender que en ese momento necesitaba un contacto de perfil más bajo.
—Espera, Noah —jadeó—, estoy a punto de correrme.
—Y yo también —le aseguré, ondulando mis caderas para incitarle—. Quítame eso del culo y fóllame de una vez.
—Diciendo eso no me ayudas a relajarme, precisamente. —Abrió los ojos y me sonrió con picardía. Cogió la caja de preservativos, que había quedado olvidada, y cogió uno para ponérselo.
—Date prisa —gemí.
—Chico impaciente —me amonestó, a la vez que asía la empuñadura del dildo y lo extraía lentamente de mi cuerpo.
Sentí una intensa sensación de vacío y rodeé la cintura de David con mis piernas para atraerle hacia mí.
Su polla entró blandamente y sin ningún esfuerzo, llenándome de una manera más cálida y completa de lo que lo había hecho el juguete.
Se recostó sobre mí y rodeó mi espalda con sus brazos mientras empezaba a embestirme con una cadencia lenta y profunda.
Busqué sus labios, los lamí y los mordí, antes de que él me respondiera con un ardiente beso en el que se perdían nuestros enloquecidos gemidos de placer.
Su corazón martilleaba contra mi pecho, sus palabras y jadeos regaban mis oídos y sus caderas chocaban contra los huesos de mi pelvis en un ritmo dictado por el frenesí.
—Más rápido —le rogué, cuando sentía la inminencia del orgasmo.
Aferrándose a mi cuerpo, intensificó la fuerza de sus embestidas, golpeando con enloquecedora precisión ese punto incierto de mis tripas que me precipitaba hacia el placer.
Nuestros labios seguían unidos, enredados en una danza que parecía no tener fin.
Incluso mientras nos corríamos, seguimos besándonos, tragando cada uno los últimos estertores de goce del otro.
—Suéltame —le pedí con apremio al terminar, ansioso por poder abrazarlo y devolverle las caricias.
Se deslizó fuera de mí y me desató las manos. Me apresuré a rodearle con mis brazos, a enredar mis dedos en su pelo, y él me abrazó y me arrulló, como si yo fuera un niño pequeño.
—Ya está, Noah —me susurró cuando hundí mi rostro en su pecho—, lo has hecho muy bien.
Dejé que me envolviera en sus brazos y ronroneé de placer ante sus mimos. Puede que ya no fuera tan inocente ni estuviera tan asustado como la primera vez que me había atado a una cama, pero seguía sintiéndose igual de bien que me consolara de esa manera al terminar.
—¿Estás bien? —me preguntó con un deje de preocupación en su voz—. ¿He sido demasiado brusco?
—Por supuesto que estoy bien —le espeté con una sonrisa—. De hecho, estoy mejor que bien —suspiré satisfecho.
—Y yo —convino—, has estado fantástico.
Ahora fue mi turno de sonreír con cierta petulancia, contento ante el cumplido. Me aparté un poco de su lado y me dejé caer de espaldas en el colchón. David, que seguía tumbado sobre el costado derecho, apoyó su cabeza en su mano para incorporarse y me miró con cierta curiosidad.
—¿De verdad nunca habías usado un dildo? —me preguntó con dulzura.
—De verdad de la buena.
—¿Ni siquiera estando a solas? —inquirió.
Me ruboricé con violencia. Una cosa era follar con él, y otra bien distinta informarle acerca de mis hábitos masturbatorios.
—No, ni siquiera a solas —confesé.
—¿Y por qué tu amigo te regaló algo así?
—Para intentar compensar la sorprendente falta de imaginación de mi ex —confesé.
—¿No era buen amante?
—Es una manera de decirlo.
—¿Y no tienes ningún otro juguetito que quieras estrenar esta noche?
Sonreí ante su broma.
—Tal vez sí… —contesté, haciéndome el misterioso.
Me giré en la cama para coger mi maleta y esbocé una enigmática sonrisa mientras cogía mi nueva cajita mágica y la abría, valorando su contenido.
Me senté apoyándome contra el cabecero de la cama mientras empezaba a liarme un porro con cuidado, intentando que no se me cayera ninguna hojita.
David me miraba con atención y en silencio.
Sólo cuando saqué el encendedor y prendí el porro me preguntó:
—¿Desde cuándo fumas marihuana?
Me encogí de hombros al tiempo que daba una calada, dándole a entender que eso no era asunto suyo. Cerré los ojos mientras dejaba que el humo entrara en mí y me cegara, perdiéndome en la repentina y momentánea sensación de paz que me proporcionaba.
—¿Quieres? —dije tendiéndoselo.
Pareció dudar un momento, para luego arrancármelo de las manos y darle una calada lenta, ansiosa, profunda. Cerró los ojos y se apoyó en la almohada, dejando que el humo saliera por su nariz y su boca.
—¿A qué ha venido eso? —No intenté ocultar lo sorprendido que me sentía por su extraña reacción.
—Es que he dejado de fumar —me explicó, dedicándome una avergonzada mirada—, y estoy desesperado. Pero no quiero volver a cogerlo.
—¿Y eso? —Volví a tomar el canuto y di una nueva calada mientras me daba cuenta de que era verdad que no había visto a David fumar en todo el día—. ¿Por qué lo has dejado?
—Porque es un vicio repugnante y maloliente. —Se encogió de hombros—. Además, me estoy haciendo mayor, tengo que empezar a cuidarme.
Sonreí con el porro entre los labios al recordar que el cumpleaños de David se acercaba.
—Te has operado de la vista, has dejado de fumar… ¿Es esto la crisis de los treinta?
—¿Tanto se me nota?
—Me temo que sí.
—Es curioso, ¿sabes? —me dijo—. Siempre me he reído de esos que ocultan su edad o se obsesionan por cumplir años.
Lo último que quiero es convertirme en uno de esos mariquitas presumidos de los que me he burlado toda mi vida.
—Cogió el porro de entre mis labios y se lo llevó de nuevo a los suyos—.
Pero no puedo evitar sentir cierta envidia de ti por ser tan joven.
Estás empezando tu vida ahora, sin embargo yo siento que he dejado atrás mis mejores años y los he desperdiciado.
Exhaló el humo con un pesado suspiro.
—No digas tonterías. Cualquiera pensaría que eres un viejo al oírte hablar así. Oye, por cierto, hablando de viejos… —Le quité el canuto—. ¿Crees que Paco nos habrá oído?
—Creo que Paco te habrá oído a ti. Estabas necesitado, ¿eh? —se burló.
Me ruboricé al recordar mis propios gemidos. En cierto sentido, era humillante que David supiera que mi ex no había sido el mejor de los amantes, pero por otro lado, había sentido tanto placer que ni siquiera me molesté en intentar ocultarlo.
—¿Él sabe que te gustan los hombres?
—No, no creo. Nunca hablamos de estas cosas.
—Lo siento, no quiero ocasionarte un problema con él —dije.
Di por sentado que un hombre tan mayor no se tomaría muy bien ese tipo de noticias referentes a alguien a quien consideraba como un hijo, y que por lo tanto David debía de estar preocupado ante un posible rechazo, pero me sorprendió encogiéndose de hombros y sonriendo con cierta malicia.
—No te preocupes. Digamos que he llevado a cabo una especie de… experimento.
—¿Experimento?
—Sí. ¿Recuerdas que te dije que Paco nunca se había casado? —dijo ladino, acercándose mucho a mí—. ¿Por qué crees que es?
Le miré mientras valoraba las insinuaciones implícitas en sus palabras.
—¿Crees que es gay? —susurré.
—Es solo una intuición. Pero si quieres que te diga la verdad, siempre he sospechado que Paco y mi abuelo fueron amantes durante toda su vida, pero no tengo más prueba al respecto que esa intuición.