25. Quid pro quo #3
Los hombros de David se agitaron levemente mientras un jovial gorjeo escapó de sus labios.
—Eso lo voy a hacer de todas maneras. Dime qué quieres que te haga antes de follarte.
Sus manos ascendieron por mis muslos hasta mis caderas, acariciando los salientes de cada hueso, deleitándose en cada línea, impulsando un nuevo y sinuoso movimiento de mi cuerpo, que parecía haber escapado a mi control y obedecerle sólo a él.
—Bésame —le pedí.
—¿Dónde?
—Por todas partes —jadeé, arqueando mi espalda para ofrecerle la tierna piel de mi torso.
Sus labios no tardaron en aceptar la propuesta y se apoderaron de mi carne.
Ardientes y trémulos besos cayeron sobre mi piel, que a medida que era humedecida por su lengua se erizaba y estremecía.
Roncos lamentos de anhelo y placer salieron de mis labios a medida que su boca descendía, encontrando en su camino zonas más y más perceptivas a sus atenciones.
Para cuando se posaron en mis ingles, el deseo y la necesidad eran tan acuciantes que empecé a balbucear un incomprensible y desesperado ruego para que alcanzaran mi erección y la aliviaran, para que su lengua describiera caminos de goce en mi sexo, para que su boca me acogiera en un beso de enloquecedora fruición.
Cuando sentí por fin el roce de sus labios entreabiertos contra mi sexo, un jadeo estrangulado salió de mi garganta.
Su boca se paseó por toda mi extensión, a la vez que su lengua aleteaba contra la candente y tumefacta piel.
Acogió mi glande y lo rodeó con sus labios, colmándome con una sensación ardiente y húmeda, descendió hasta abarcarme por completo y volvió a ascender hasta hacerme salir.
Repitió el movimiento una y otra vez, bombeándome en una cadencia regular y creciente.
Mis gemidos reverberaban en mi pecho y retumbaban en mis oídos, y mi cuerpo se arqueaba y tensaba, mientras se acercaba más y más al abismo del orgasmo.
—Para —le rogué, justo cuando sabía que no podría soportar ni un segundo más.
Sus labios se alejaron de mi temblorosa erección y describieron un camino descendente por mis húmedas ingles hacia el interior de mis muslos, besando y lamiendo el inicio de mis nalgas y adentrándose más y más hacia la hendidura que había entre ellas.
Un nuevo y urgente deseo se apoderó de mí y elevé las caderas para hacer accesible mi ano.
Entendiendo mi mudo ruego, David hundió aún más su cabeza entre mis piernas abiertas y paseó su lengua por mi abertura, consiguiendo de mí un nuevo y prolongado gemido de placer.
—¿Es esto lo que quieres? —preguntó, elevando su cara para mirarme.
—Sí —le insté.
Se incorporó y cogió mis piernas, volteándome hasta dejarme boca abajo.
Los barrotes de la cama protestaron ante el tirón que hicieron mis manos atadas por el cambio de postura, y yo solté un reniego a causa de la incomodidad, pero él lo ignoró y se abalanzó sobre mi culo.
Su boca rodeó mi ano, lo chupó, lo lamió y lo succionó.
Su ávida lengua se adentró en él y sus manos estrujaron y separaron mis nalgas.
Una perentoria necesidad se fue apoderando de mí y sentí la tentación de pedirle que acabara con los besos y me follara de una buena vez, a pesar de saber que él no lo haría hasta que no lo considerara estrictamente necesario, por su manía de alargar los juegos todo lo posible, pero justo cuando iba a rogarle que lo hiciera de todas maneras, sus labios abandonaron mi culo y ascendieron por mi espalda, hasta aletear junto a mi oreja.
—Tu culito está hambriento, voy a tener que darle de comer… —me susurró. Sonreí, preguntándome si estaba de broma al hacer una observación tan zafia.
—¿Se supone que ese comentario debería ponerme cachondo?
—A ti no sé, pero a mí no hay nada que me excite más que la idea de follarte.
Un escalofrío me recorrió.
—Pues hazlo ya… —gemí, acariciando su entrepierna con mis nalgas.
Tiró de mi pelo hasta exponer mi garganta y me la mordió, mientras frotaba su enhiesta polla contra mi ano, pero de repente paró e inclinó la cabeza hasta que su rostro quedó frente al mío.
—Noah, por favor —dijo en tono suplicante—, dime que tienes condones.
—¿Es que tú no tienes?
—No.
—Pero si siempre tienes en tu mesita de noche —dije recordando sus costumbres.
—En casa, pero no aquí. Ya te dije que nunca había traído a nadie. ¿Tienes o no?
—Sí, claro, pero no los traje conmigo. Los dejé en mi dormitorio. Vas a tener que desatarme para…
—Ni hablar —contestó incorporándose de la cama—. Dime dónde están, yo los iré a buscar.
—No quiero que estés rebuscando entre mis cosas —protesté, poniéndome de nuevo boca arriba, con cierta dificultad a causa de las ataduras.
—Pues entonces nos quedaremos los dos con las ganas.
—¿Pero qué más te da soltarme un momento?
—Me da. Y mucho. Eres mío y no te voy a soltar hasta que me corra dentro de ti.
Suspiré fingiendo exasperación, para disimular lo mucho que su comentario me había excitado.
—En mi mochila…
No me dejó terminar; se puso la bata de algodón y, cerrándola sobre su cuerpo con una mano, ya que el cinturón era lo que me ataba las manos, salió de la habitación precipitadamente para volver pocos segundos después. Traía mi mochila medio vacía en las manos y la dejó caer en la cama.
—¿Dónde? —preguntó con apremio.
—En el bolsillo exterior, el de delante —dije señalando como pude con la barbilla.
David abrió la cremallera del compartimento que le señalé y hurgó dentro hasta dar con algo.
Sacó el bote de lubricante, lo dejó sobre el colchón y volvió a meter la mano.
Oí el crujido del plástico mientras sacaba lo que había asido y al ver emerger el paquete me di cuenta con un atisbo de horror que David había cogido lo que no era.
Al mismo tiempo, él miró el paquete y una sonrisa de sorpresa se dibujó en su cara.
—¿Pero qué tenemos aquí? —dijo riendo al ver que lo que tenía en las manos no era una caja de condones, sino el envoltorio de plástico de un dildo de látex.
—Deja eso donde estaba —contesté ruborizándome hasta la raíz del pelo—. No tienes ningún derecho a…
—No sabía que fueras un niño tan malo —me amonestó con una actitud lujuriosa—. Parece que tu ex y tú os lo pasabais bien, ¿eh? —comentó, agitando el paquete en el aire.
—No es lo que tú crees, ni siquiera lo he estrenado.
—¿Ah, no? —Su expresión se tornó aún más peligrosa y supe que había hecho mal al confesarle eso.
—No —afirmé intentando no dejarme intimidar—. Y no tengo ninguna intención de usarlo. Solo es un estúpido regalo de Pablo —me justifiqué—. Déjalo donde lo encontraste, y coge de una puta vez los condones, antes de que me den ganas de mandarte a la mierda.
Volvió a reír, como si lo que yo acababa de decir fuese una tontería.
—Como si fueras capaz —se regodeó—. Te recuerdo que estás atado a mi cama. —Para mi desesperación, abrió el paquete y sacó el dildo, sopesándolo entre sus manos—. Creo que me lo voy a pasar mejor de lo que tenía pensado.
—David…
—Vamos, pequeño —dijo usando ese mote conmigo de improviso, y poniendo en su voz un tono de inusitada ternura al hacerlo—, no puedes esperar que vea esta cosa y que no me den ganas de abrirte el culo con ella. Sólo quiero hacerte disfrutar.
—Pero…
—No te resistas —pidió mientras se ponía de nuevo entre mis piernas. Cogió el lubricante y me untó el ano abundantemente con él, extendiendo un poco en mi interior con ayuda de un dedo. Luego cogió el dildo y se dispuso a usarlo conmigo.
—David —protesté—, ni siquiera deberías usarlo por primera vez sin haberlo lavado primero.
—¿Ah, no? —me dijo con la voz grave y sugerente.
Miró el juguete de nuevo y se lo acercó a los labios.
Lo lamió como un niño goloso, dándole lengüetazos a un helado, y luego lo metió en su boca y lo succionó entre sus labios, sin dejar de mirarme desvergonzadamente en ningún momento mientras lo hacía—. Ya está limpio —anunció al terminar.
Jadeé excitado por lo que acababa de ver y olvidé cualquier otra objeción que tuviera en mente.
David cogió mis piernas, tirando de mí y acercándome más a su cuerpo.
Con una mano empezó a acariciar mi polla y a masturbarme, y asiendo el dildo con la otra, tanteó en mi entrada con su extremo y lo introdujo poco a poco en mí.
Volví a jadear ante el electrizante placer que estalló en mi vientre al sentirme penetrado y abrí aún más las piernas en una clara invitación para que profundizara la intrusión.
David cogió una de mis piernas y la puso sobre su hombro, obligando a mis caderas a elevarse y abrirse para él.
Con cada pequeña acometida, el dildo entraba más en mí, ensanchándome y aumentando el placer, a medida que me hacía sentir más y más lleno.
Gemía sin moderación cada vez que una embestida pulsaba puntos de placer en mi interior y abría el camino de la ansiosa y ardiente carne de mis entrañas, y sin embargo, sentía un extraño pudor al sentirme bajo el lascivo escrutinio de David, que alternaba su mirada entre mi rostro, arrasado por el placer, y la vista que el dildo, entrando en mi cuerpo una y otra vez, debía proporcionarle.
Sus ojos, turbios y oscuros de deseo, me contemplaban con una pasión fría y calmada y con un atisbo de ternura.
Su boca adoptaba un rictus de tensión y los músculos de su brazo derecho se tensaban rítmicamente a la vez que me penetraba con aquel juguete de silicona.
Empujó un poco más, introduciendo el dildo hasta la parte más gruesa, y un latigazo de dolor me golpeó los riñones.
—Ten cuidado —me quejé a la vez que hacía una involuntaria resistencia.
—Aguanta un poco más, pequeño —me pidió, retirando apenas el dildo—, ya casi está todo dentro. —Volvió a empujar hasta que la empuñadura chocó contra los músculos circulares de mi ano.
Abrí la boca en un mudo gesto de dolor e incomodidad al notar que el juguete ocupaba todo mi recto y se quedaba allí alojado.