A través del sexo. La saga completa 25. Quid pro quo #2
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25. Quid pro quo #2

El pasillo estaba oscuro y desierto. La puerta del dormitorio de Paco estaba cerrada, y de su interior provenían unos fuertes ronquidos.

Hacía frío y me estremecí dentro de mi pijama de franela.

Tuve el impulso de volver atrás a por una chaqueta, pero seguí adelante sabiendo que si volvía a entrar en mi dormitorio, quizás no tendría valor para volver a salir.

Llegué al salón y vi que una leve iluminación se derramaba por las escaleras, proveniente del piso superior.

Subí siguiendo la leve estela de luz y me encontré en un pequeño distribuidor de techo abuhardillado.

Frente a mí, había dos puertas. Una estaba abierta y mostraba un cuarto de baño en penumbras.

La otra estaba entrecerrada y por su abertura se colaba una rendija de luz dorada y cálida, que bailaba inconstante.

Me acerqué a la puerta, la toqué levemente con la yema de los dedos para que la rendija se expandiera un poco y espié por la abertura.

La luz de la habitación provenía de una pequeña chimenea recubierta de ladrillos.

El fuego bailaba en el hogar y su reflejo formaba sombras caprichosas en el inclinado techo de madera y sacaba destellos de una lámpara de cristal, que se repartían como estrellas por toda la habitación.

Los únicos sonidos que podía escuchar eran el crepitar de las llamas y el casi imperceptible roce que hacían las hojas de un libro contra la colcha cada vez que David pasaba una página.

Me permití entonces fijar mi mirada en él: estaba sentado en la cama de forja, con la espalda apoyada en unos mullidos almohadones y leyendo el mismo libro que aquella mañana en el tren.

Tenía el torso desnudo, quizás debido a que la lumbre emitía el suficiente calor para que él no necesitara abrigarse.

No llevaba puestas sus gafas, pero parecía ensimismado en la lectura y a veces movía casi imperceptiblemente los labios, fruncía el entrecejo, sonreía…

, como si les estuviera dando voz y rostro a los personajes que desfilaban ante sus ojos.

Sonreí con ternura al verle así, cada vez más convencido de que David se empeñaba en mostrarse adorable sólo cuando pensaba que nadie podía verlo.

Me decidí a desvelar mi presencia, y abrí la puerta despacio para no sobresaltarle, aunque los goznes chirriaron un poco, como si las bisagras estuvieran algo oxidadas.

David levantó la mirada entonces de su libro y la clavó en mí.

Pensé por un momento que vería sorpresa en su rostro, quizás consternación, pero lo único con lo que me encontré fue con su sonrisa ladeada.

—¿No deberías quitarte las lentillas para meterte en la cama? —le pregunté.

—Ya no llevo, me operé de la vista hace unos meses —me explicó—. ¿Qué haces aquí?

—No puedo dormir… —musité desde el umbral, no atreviéndome a hacer un acercamiento más decidido hasta tener alguna señal de que sería bien recibido.

—¿Extrañas tu cama? —me preguntó en un tono casi maternal.

—No. Te extraño a ti.

Me sentí infantil en ese momento, terriblemente vulnerable, soportando el escrutinio de los ojos de David, que posados en mi rostro me observaban con sosiego.

Sin dejar de mirarme fijamente, dejó el libro en la mesita de noche y apartó las mantas que cubrían su regazo.

Estaba desnudo. Noté cómo me ruborizaba al sentirme de repente acalorado y feliz, pero conseguí mantenerle la mirada y no bajarla para explorar su cuerpo, como habría deseado.

Me sonrió y yo me di cuenta de que no podía esperar una invitación mejor.

Entré en el dormitorio, cerré la puerta y me senté a horcajadas sobre su regazo, pero dejé que fuera él quien diera el siguiente paso.

Me rodeó la cintura muy despacio y acercó mi cuerpo al suyo tanto que pensé que me iba a besar, pero en vez de eso esbozó una petulante sonrisita y dijo:

—Sabía que vendrías.

—Cállate —le espeté.

Le besé con cierta furia, a causa de la frustración que me producía desearle tanto a pesar de todo.

Invadí su boca con mi lengua y un débil gemido se atragantó en su garganta.

Apoyé todo mi peso contra él, hundiéndolo entre los almohadones y doblegándolo bajo mi cuerpo.

A él parecían importarle bien poco mis motivaciones, o quizás era que ni siquiera se le había pasado por la cabeza que mi fogosidad no fuera sólo fruto del deseo, en todo caso, respondió a mis besos con la misma vehemencia que yo demostraba.

Me mordió los labios y metió las manos por dentro de la camisa de mi pijama, rodeando mi cintura y mi espalda y apretándome contra sí.

Parecía querer luchar conmigo por la supremacía de la situación y supe con un atisbo de clarividencia que tarde o temprano conseguiría que me rindiera ante él.

Ese pensamiento me enfureció más pero también espoleó mi excitación: mi cuerpo necesitaba urgentemente el contacto de alguien que supiera dominarlo y darle placer.

Sentí que mi camisa me era arrancada y un jadeo se escapó de entre mis labios.

Dejé caer mi cabeza hacia atrás, exponiendo mi garganta, y sentí la presión de sus dientes en mi cuello, mis hombros, mis pezones.

Mi espalda se tensó y arqueó; mis caderas se elevaron, permitiendo que David hurgara entre mis muslos.

Sus dedos recorrieron mis nalgas por encima de la franela, las estrujaron, las exploraron.

Apoyé las manos en sus brazos, cuyos músculos se tensaban bajo su piel al rodear mi cuerpo.

Sus manos me agarraron, me levantaron y me soltaron de nuevo.

Mi espalda cayó blandamente contra el colchón y David era ahora quien estaba encima.

Sus labios tomaron posesión de mi cuerpo y yo me retorcí, gemí, le rogué con quejidos lastimosos que no parara.

Y, sin embargo, paró. Anhelante, abrí los ojos para verle sentado a horcajadas sobre mi abdomen, con el tronco elevado para mirarme desde la altura.

Ambos estábamos excitados, jadeantes; nuestras aceleradas respiraciones eran el eco la una de la otra.

Dejé que mis ojos se pasearan por su cuerpo, que, bañado por la luz de las llamas, despedía un sobrenatural reflejo dorado que multiplicaba su belleza: su piel perlada de sudor, sus pezones tostados, su erección, enrojecida y palpitante, que se erguía sobre su abdomen.

Sus ojos, que parecían casi negros bajo la incierta luz del fuego, me miraban enfebrecidos de deseo.

Acaricié sus caderas y subí mis manos por sus costados, sus axilas, sus brazos, consiguiendo que el vello se le erizara a mi paso, y cogí sus manos.

Con los dedos de ambas manos entrelazados con los suyos, me incorporé para atrapar de nuevo sus labios y él se inclinó sobre mí, descargando el peso de su pecho sobre el mío.

Nuestras erecciones se rozaron, se electrizaron, y moví las caderas presa del instintivo y urgente deseo de hallar más placer.

Nuestros labios se encontraron, se estrellaron, y gocé su boca, la violenté con mis dientes, la saboreé con mi lengua.

Sin dejar de besarme, David elevó mis manos sobre mi cabeza y las inmovilizó contra el colchón, sus caderas se apartaron de las mías y gemí con pesar y frustración.

Separó mis piernas con las suyas y de nuevo sentí su contacto, más intenso y candente esta vez.

Entre gemidos, agité mis caderas para propiciar que nuestras pollas se friccionaran, y quise agarrarle el culo, para presionarle más contra mí, pero David seguía agarrándome las manos y no me permitía moverme.

—Suéltame —rogué, deseoso de recorrer su cuerpo con mis manos, de abrazarlo, de rodearlo, de poseerlo, pero él no me lo permitió.

Le miré sólo para constatar que su rostro mostraba una expresión que no le había visto desde hacía mucho tiempo y me estremecí al comprender que su mente estaba planeando algún tipo de juego.

Negó con la cabeza, dándome a entender que no me iba a dejar libre, y movió una de sus manos hasta agarrar la cinta de la bata que estaba colgada del cabecero de la cama.

La enrolló lentamente en su puño y yo supe lo que iba a hacer con ella antes de que lo hiciera.

Volví a sentir un ramalazo de furia, y me dije a mí mismo con una vana presunción que no me entregaría de esa manera, pero a pesar de todo, sentí un acceso de excitación al ver cómo ataba mis manos a los barrotes de la cama sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.

—Suéltame —repetí, pero esa leve resistencia solo pareció incitarle más—, no quiero hacer esto —dije a pesar de que mi rostro, encendido de deseo, y mi polla, rezumante de líquido, parecían querer contradecirme.

—No, ahora eres mío —me dijo, apartando sus manos de las mías para demostrarme que la cinta era atadura suficiente para impedir cualquier movimiento.

La tela de algodón rodeaba mis muñecas con gentileza, pero con la suficiente fuerza como para que me fuera imposible soltarme—.

Hacía tiempo que quería volver a hacerte esto —añadió dedicándome una mirada turbia y oscura—, no tienes ni idea de en dónde te has metido.

Sonreí ante su fútil amenaza, y me rendí ante el hecho de que no podía —y en realidad no quería— hacer nada para evitar que hiciera lo que fuera a hacer.

—Eres un pervertido —afirmé con toda la inocencia de la que fui capaz.

De repente, me sentí otra vez como cuando tenía diecisiete años y pensaba que el mundo pivotaba alrededor de él.

Lo único que quería era que me follara, que me doblegara, que enloqueciera mi mente con el placer que sólo él parecía capaz de darme.

—Dime qué quieres que te haga —dijo con la voz ronca de deseo, mientras contemplaba mi cuerpo desde la cómoda posición que le otorgaba estar arrodillado entre mis piernas.

—Quiero que me folles… —supliqué, oscilando mi cuerpo para incitarle, buscando que su ingle se rozara con la mía.