A través del sexo. La saga completa 25. Quid pro quo
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25. Quid pro quo

QUID PRO QUO

E sa noche, tirado en mi cama, pensaba en Santiago.

O intentaba pensar en él. Con una sonrisa melancólica en el rostro, recordaba sus clases de historia en el instituto mientras permanecía acurrucado entre las mantas.

Siempre fue un profesor entusiasta y era notorio que le encantaba su trabajo.

No se limitaba a hablar de reinados y fechas, sino que intercalaba en las lecciones mitos, anécdotas y rumores sobre las vidas de toda suerte de personajes históricos, lo que hacía que el pasado fuera más tangible y entretenido que nunca.

Fue por aquel entonces cuando había empezado a fantasear con él.

A los catorce años ya tenía una idea bastante acertada de lo que dos hombres podían hacer en la intimidad, pero aun así mis sueños estaban llenos de una ingenuidad tal que ahora casi me avergonzaba recordarlos.

Me giré en la cama mientras me daba cuenta de lo paradójico que resultaba el hecho de que Santiago hubiera resultado ser mejor persona en mi imaginación que en la realidad.

En mis sueños, mi antiguo profesor era tan entregado en el amor como en sus clases, quizás porque daba por sentado que si una persona era apasionada y sincera en una faceta de su vida, lo sería en todas las demás, pero mi lío con él me había demostrado precisamente lo contrario.

Ahora empezaba a darme cuenta de que si había seguido viéndole a pesar de todo, fue porque hasta el final había seguido buscando en él un reflejo de aquellas infantiles fantasías, y me sentía imbécil por haber estado liado con él tanto tiempo a causa de unas expectativas estúpidas y pueriles, cuando la verdad era que se había portado como un capullo conmigo.

Me pareció casi gracioso descubrir aquella noche que había vuelto a intentar contactar conmigo.

Después de cenar con David y Paco, volví a mi habitación para intentar dormir y había visto en mi móvil varias llamadas perdidas y unos mensajes de disculpa.

No sólo le ignoré olímpicamente, sino que además me permití esbozar una sonrisa condescendiente mientras borraba los mensajes y apagaba el teléfono.

¿De verdad creía Santiago que seguía teniendo una posibilidad conmigo después de lo desleal que había sido?

¿Pensaba realmente que unas palabras de disculpa iban a ser suficientes para volver a llevarme al catre?

Ese tío debía de pensar que yo no tenía ningún orgullo.

«Orgullo», bufé en silencio, dándome de nuevo la vuelta hasta quedar tumbado sobre el costado derecho.

Por mucho que me costara admitirlo, mi ruptura con Santiago había tenido muy poco que ver con el orgullo, y mucho con el hecho de que en realidad no sentía nada serio por él, pues si le quisiera, me sería difícil no perdonarle.

Poco me había importado tragarme el orgullo en el pasado cuando había estado enamorado de verdad.

A David le había perdonado algo muy parecido, me dije en silencio, acurrucándome aún más entre las mantas.

Me enfadé en un principio, era cierto, pero luego estuve dispuesto a olvidarme de Ricardo y de todo lo que le concernía con tal de poder estar con él.

Sin embargo, sabía que a Santiago no le iba a añorar tanto como para rebajarme por él, apenas ocupaba ya una mínima parte de mis pensamientos.

Por el contrario, me sentía más que dispuesto a tragarme mi orgullo de nuevo y olvidarme de la bravata que le había echado a David aquella misma mañana, con tal de poder meterme en su cama esa noche.

Lo único que me retenía era el temor de que fuese él quien me rechazara.

—¡ Arrrggh ! —gruñí volviendo a girar hasta quedar boca abajo, presionando mi naciente y dolorosa excitación contra el colchón. ¿Cómo era posible que estuviera de nuevo pensando en David? ¿Es que no había tenido suficiente ya de él? ¿No había aprendido nada en esos dos años?

Intenté enfocar de nuevo mis pensamientos hacia Santiago sin ningún éxito, pues mi mente se concentraba en evocar, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, el cuerpo desnudo y mojado de David, y no pude evitar regodearme en la contemplación mental de las líneas de su cuerpo: la curva de sus hombros, la leve ondulación de su columna vertebral, la rotunda redondez de sus pequeñas nalgas.

Pensé en sus gestos precisos y elegantes, que destilaban seguridad y cierto descaro; en sus manos, largas y fuertes, sacudiendo las gotas de agua de su pelo.

Esas mismas manos eran capaces de demostrar una inusitada delicadeza, como cuando tocaban el piano o acariciaban a los caballos. O cuando me habían acariciado a mí.

Volví a darme la vuelta y me abracé a la almohada, mientras la calidez de ese recuerdo se me aposentaba en las tripas.

David no sólo había despertado en mí un deseo húmedo y urgente, sino también otros sentimientos que yo creía superados por completo, y eso era lo que más me asustaba.

¿Y si me estaba enamorando otra vez de él sólo por haber estado unas horas a su lado?

Había tomado un riesgo muy alto al decidir acompañarle, y quizás Pablo estaba equivocado en que me volvería a enamorar de David si me acostaba con él.

A lo mejor sólo hacía falta tenerle cerca.

A lo mejor nunca había dejado de quererle.

Esa idea era desoladora, pero la parte menos racional de mi mente parecía querer rebelarse.

«¿Y qué si estoy enamorado? ¿Es eso tan malo?

», me dijo, con un inconfundible aroma a insubordinación.

Me agobiaba albergar esos sentimientos porque daba por sentado que lo mío con David seguía siendo imposible, y que, por lo tanto, sentir algo por él era exponerme a resultar herido de nuevo.

Pero, ¿y si había dejado de serlo? Al fin y al cabo, había pasado mucho tiempo desde que David me dejara, y yo ya ni era tan crío ni tan ingenuo ni tan inexperto como antes.

Quizás David y yo nos encontrábamos en un punto en el que podíamos tener una segunda oportunidad.

Quizás por eso me había invitado a venir con él.

Una cálida sensación se extendió por mi cuerpo al pensar en eso, pero algo aún me hacía dudar.

Pensé en lo que Pablo me diría en ese momento si estuviera allí conmigo, en la rotunda oposición que pondría a que saliera de la cama, en lo enfadado que estaría conmigo si le decía que estaba pensando en acostarme con David, pero ni siquiera la ficticia perorata que me lanzó la recreación mental de mi mejor amigo pudo disuadir mi creciente deseo.

La vocecita rebelde seguía ahí, haciendo un perfecto contrapunto a cada argumento que el Pablo imaginario me lanzaba, como si ambos intentaran convencerme de que tomara caminos completamente opuestos.

Finalmente, la voz de la razón pareció quedarse sin habla, mientras que la otra, la más rebelde, respondiendo a mis más íntimos anhelos, me instaba una y otra vez a seguir mis deseos.

Recordé entonces a Bastián, perdido en La historia interminable , y el lema de la Emperatriz Infantil: «Haz lo que quieras».

Sólo cumpliendo su Verdadera Voluntad podía Bastián encontrar el camino de vuelta a casa, y él tuvo que vivir una odisea hasta descubrir lo que quería realmente.

«¿Y si a mí me pasaba lo mismo?», me pregunté.

¿Y si todo lo que me había pasado desde que rompí con David no era más que un largo camino para demostrarme que mi verdadero deseo era estar con él?

El verdadero deseo de Bastián era amar, y a mí mis insulsos y esporádicos encuentros en el cuarto oscuro, y mis insatisfactorias relaciones con Darío y Santiago me habían demostrado que eso mismo era lo que yo quería.

¿Es que acaso esa era la máxima aspiración de todo el mundo?

Me incorporé hasta quedar sentado en la cama y cerré los ojos, para aislarme de la aterciopelada oscuridad de mi dormitorio, y miré en mi interior.

«Haz lo que quieras». Pero, ¿qué era lo que yo quería?

No es tan fácil saber lo que uno realmente desea, y yo no estaba convencido de que mis sentimientos fuesen reales.

Sabía que en el fondo yo siempre había buscado el amor, ¿pero eran mis sentimientos por David otro espejismo, como lo que había sentido por Santiago o por Darío?

¿Cómo podía saber que esta vez era de verdad?

«¿Estoy enamorado de David o sólo intento convencerme de ello para justificar el meterme en la cama con él?

». Sonreí con ironía nada más formularme esa pregunta: si no le quisiera, no me molestaría en buscar otra justificación más que el simple deseo, no me lo pensaría tanto antes de ir a pedirle un poco de sexo, no estaría tan asustado de resultar herido otra vez.

Si no le quisiera, no tendría que intentar convencerme a mí mismo de lo contrario.

De una manera o de otra, yo siempre había sabido cuál era mi Verdadera Voluntad.

Quizás ya era hora de que dejara de comportarme como un niño asustado y empezara a pensar en cómo conquistar de nuevo a David.

—Pablo se va a enfadar mucho conmigo —suspiré mientras me levantaba y salía de mi cuarto.