24. Entre las patas de un caballo #6
Se dirigió hacia la ducha que había junto a la piscina y, haciendo caso omiso de mi presencia, se quitó el bañador para ducharse.
Se puso bajo el grifo, abrió la llave y una cascada de agua caliente cayó sobre él, humeando al contacto con su piel.
Mis ojos se quedaron clavados en su culo un instante y el fuerte impulso de arrodillarme tras él y morderle las nalgas vino de alguna parte de mi mente para quedarse.
Entonces él giró la cabeza y me miró, quizás sabiendo que yo estaba deseando devorar su cuerpo.
—¿Todavía estás ahí? —preguntó con cierta sorpresa.
—Ya me iba… —balbuceé al verme descubierto en mi libidinoso escrutinio.
Me dirigí hasta la salida a toda prisa y no volví a mirar atrás.
Me encaminé hacia la casa y entré en el salón como una exhalación.
Paco me dedicó una curiosa mirada cuando pasé de largo y me dirigí a mi habitación.
Cerré la puerta tras de mí, me apoyé en ella y solamente entonces me permití el lujo de cerrar los ojos un segundo y evocar de nuevo la imagen que acababa de presenciar.
—Maldito cabrón —gemí—. Lo ha hecho para provocarme.
En realidad, no sabía si lo había intentado o había sido casual, pero el caso era que lo había conseguido.
Mi cuerpo reaccionaba ante el de David como siempre lo había hecho, y sentía la sangre hervir en mis venas.
Una oleada de anhelo, deseo y ganas me golpeó y tuve el ridículo impulso de volver a salir, ir al invernadero, tirarlo al suelo y follármelo bajo aquel grifo de agua caliente.
«Tranquilízate, Noah», me dije en silencio mientras me esforzaba por exorcizar de mi mente miles de situaciones en las que David se entregaba a mí bajo aquella ducha.
El impulso seguía allí y se negaba a irse.
Mi corazón iba a mil por hora y mi polla estaba a punto de explotar con energía contenida.
Entonces recordé con cierta amargura un dicho que mi madre solía decir con bastante asiduidad, para referirse a esos riesgos innecesarios que a veces tomamos en la vida: «No te metas entre las patas de un caballo», rezaba.
Yo lo acababa de hacer, y de cabeza. Si se suponía que nada sexual podía volver a pasar entre nosotros, como Pablo me había advertido, ¿por qué había accedido a pasar un fin de semana con él, a sabiendas de los sentimientos que siempre me despertaba?
Recordé con pesar mi altanera afirmación de esa mañana: «No me pienso acostar contigo», le había dicho. ¿Tan poco orgullo me quedaba que ya estaba replanteándomelo?
Enfadado conmigo mismo, me quité la ropa, cogí unos pantalones de chándal, unas deportivas y un suéter y me vestí con ellos. Salí de nuevo de la casa, me dirigí al camino asfaltado y empecé a correr.
Hacía frío, así que apreté el paso para entrar en calor.
No lo conseguí, así que corrí aún más rápido.
No había ninguna luz artificial, salvo la que provenía del porche, y la luna, que estaba en cuarto menguante, apenas daba ninguna iluminación, así que a medida que me alejaba de la casa, me fui quedando a ciegas, pero confié en no encontrarme ningún obstáculo en el camino y seguí corriendo.
Llegué hasta la verja, la toqué y, sin pararme a descansar, corrí de vuelta a la casa.
Al llegar allí, toqué una de las columnatas del porche y volví a dar la vuelta.
Mi corazón iba a mil por hora, pero yo sabía que no era solo a causa del ejercicio.
Ni siquiera mis piernas cansadas y mis manos y orejas congeladas podían conseguir que la imagen del cuerpo desnudo de David desapareciera de mi mente.
No llevaba reloj y no sabía cuánto tiempo llevaba corriendo, ni me importaba.
Lo único que quería era agotarme y gastar toda esa energía sexual que estaba creciendo dentro de mí, pero no estaba seguro de conseguirlo.
Entonces, para colmo, empezó a llover. Era una lluvia punzante, que hacía daño y congelaba.
Sólo al mirar con detenimiento me di cuenta de que en realidad era granizo, un granizo pequeño y fino que se quedaba adherido a mi ropa y mi piel como minúsculas perlas blancas.
Me paré a coger aliento y me apoyé con las dos manos en una de las columnas del porche, mientras dejaba que los diminutos granos de hielo me golpearan la nuca y me enfriaran.
Entonces la puerta de la casa se abrió, iluminándome con una luz dorada y cálida, y David salió para encontrarse conmigo.
—¿Qué haces corriendo a estas horas? Te vas a congelar.
—Se quitó la chaqueta que llevaba puesta y me la pasó por encima de los hombros.
Negué con la cabeza intentando desembarazarme de él, pero insistió, rodeándome los hombros con firmeza y ternura, envolviéndome y haciéndome entrar en calor—. ¿Estás bien?
Le miré y sólo encontré preocupación en su rostro. Nada de lascivia, nada de ironía, solo preocupación y empatía.
—Necesitaba desahogarme —jadeé entre sus brazos.
—¿Es por ese tío? ¿Por eso estás así? —Le miré de nuevo, pero no le contesté.
Aún me sentía algo enfadado con él, y bastante frustrado, pero que yo le siguiera deseando no era necesariamente culpa suya.
Era mejor que pensara que todo eso era por Santiago, así que al final asentí casi imperceptiblemente—.
Entra en casa y date una ducha caliente —me aconsejó—. Vamos a poner la cena.
—De acuerdo. Ya entro.
Hice un leve gesto para apartarme de él y esta vez no insistió. Se metió de nuevo en la casa, dejando la puerta abierta como una clara invitación para que le siguiera. Me permití unos segundos para dejar que mi respiración se normalizara y mi gesto se recompusiera, antes de entrar.