24. Entre las patas de un caballo #5
Aún era muy temprano, pero entendía que pronto se haría de noche y que no era conveniente que volviéramos cuando hubiera anochecido, además de que empezaba a hacer mucho frío.
Volvimos a subirnos al caballo y emprendimos el camino de regreso.
Cuando entramos en la finca, apenas eran las seis de la tarde, pero ya estaba bastante oscuro y solo gracias a que David y Arod conocían bien los caminos, llegamos sin ningún contratiempo.
Dejamos al caballo en su establo y David me dio la última lección del día: me enseñó a limpiar la silla, a retirar las bridas y a acicalar al caballo tras haberlo sacado de paseo.
Tapamos a Arod con una manta, nos cercioramos de que los demás caballos estuvieran bien dispuestos para pasar la noche y le hicimos una última visita a Ártax y a su madre.
Con esto dimos por concluida la jornada y volvimos a la casa.
Cuando entramos, vi que la chimenea estaba encendida y que nuestras maletas ya no estaban junto a ella.
Paco leía sentado en un sillón de orejas al calor de la lumbre mientras de fondo se oía la música que provenía de un pequeño reproductor que estaba en la estantería.
Era ópera. Los mastines que estaban acostados a sus pies se incorporaron en alerta al ver que alguien entraba, pero al reconocernos volvieron a relajarse.
—He puesto tu equipaje en tu cuarto y el suyo en el dormitorio del fondo —nos dijo—. ¿Te parece bien?
—Sí, pero no tenía que haberse molestado —contestó David quitándose el abrigo y los guantes.
—No era molestia.
—Ven —dijo David—. Te enseñaré tu cuarto.
Me guio hasta el pasillo, que daba a varias puertas de madera oscura.
La primera que había a nuestra izquierda era la cocina, y la pasamos de largo, así como otras dos puertas.
La última era un pequeño dormitorio que aparentemente me había sido asignado.
Cuando David encendió la luz, vi que mi mochila estaba sobre la cama.
La habitación era de reducido tamaño, pero quizás por eso tenía un aspecto de lo más acogedor.
La cama tenía una colcha floreada y la mitad inferior de la pared estaba revestida de madera.
Había un pequeño armario y una cómoda, y en la mesita de noche se veía una lámpara de tulipa de factura antigua.
En una esquina había una estufa de leña, que a juzgar por la temperatura del cuarto parecía llevar un rato encendida.
—El baño es aquella puerta de allí —dijo desde el umbral del dormitorio, señalando una de las puertas que habíamos dejado de lado—, por si te quieres duchar. La otra habitación es la de Paco.
—¿Y la tuya? —pregunté antes de darme cuenta de que esa pregunta era fácilmente malinterpretable.
Me miró con esa odiosa sonrisita bailándole en los labios, malinterpretándome.
—En el piso de arriba. ¿Crees que estarás cómodo aquí?
—Sí, claro.
—Está bien.
Salió cerrando la puerta tras de sí y, por primera vez desde que estaba allí, me encontré solo.
Mi primera reacción fue maldecirme por haber hecho esa estúpida pregunta.
¿Qué más me daba a mí dónde estaba la habitación de David?
Había preguntado por simple curiosidad y ahora quizás él pensaba que yo tenía deseos de meterme en su cama.
Con lo engreído que era, seguramente no pensaría que yo lo había preguntado de manera totalmente casual.
Enfadado conmigo mismo, empecé a sacar mi ropa de la maleta y a meterla en los cajones de la cómoda, con bastante mal humor.
¿Cómo podía pensar que yo quería acostarme con él? ¡Si acababa de romper con mi novio!
Un pequeño zumbido dentro de mi maleta me devolvió a la realidad y constaté que mi móvil estaba sonando. Era mi padre. Descolgué y lo primero que hizo fue reprenderme por no haberle llamado en todo el día.
—Lo siento, papá —contesté con bastante poca paciencia.
En aquel momento no me sentía de humor para regañinas bienintencionadas—.
Sé que te prometí llamarte en cuanto llegara, pero…
Sí, sí, yo estoy bien, el viaje en tren fue tranquilo.
¿Que cómo es el albergue? Está bien… —dije algo evasivo, dándome cuenta de que iba a tener que mentirle a mi padre—.
Oye, tengo que colgar. Sí, te llamo mañana, te lo prometo. Hasta luego.
Colgué y di un tremendo suspiro, la situación se estaba poniendo cada vez más complicada.
No me había parado a pensar en qué iba a decirle a mi padre, sino que me había ido con David como si tal cosa.
¿En qué demonios había estado pensando? Tuve deseos de sentarme en la cama y abandonarme a la autocompasión, pero no lo hice por temor a manchar la colcha con mi ropa.
Lo más sensato, me dije, sería hacer caso a David y darme una ducha.
Probablemente él estaría haciendo lo mismo.
Cogí una muda de ropa limpia y me dirigí al baño que estaba en mitad del pasillo.
Era un aseo pequeño, con tan solo un váter y un plato de ducha.
Parecía reformado y nuevo, pero mantenía el mismo aspecto rústico que el resto de la casa.
Cuando estaba a punto de desnudarme, me di cuenta de que iba a necesitar una toalla, pero por mucho que busqué en el cuarto de baño, no encontré ninguna.
Salí de nuevo al salón, esperando ver a David, pero sólo me encontré con Paco y los mastines, que seguían en la misma posición en la que los había visto por última vez. La ópera seguía sonando y el viejo no levantaba la vista de su libro.
—¿Y David? —pregunté.
—Está en la piscina —respondió sin levantar la mirada.
—¿En la piscina?
—Sí.
—No sabía que había una piscina…
Esta vez Paco sí levantó la mirada para clavarla en mí.
—Está en el viejo invernadero, ¿sabes dónde está? —Asentí—. Puedes ir si quieres.
—Gracias… —Cogí mi abrigo del perchero que había junto a la puerta y, sin pensar en lo que estaba haciendo, salí al exterior.
Estaba muy oscuro ahora, pero la iluminación que provenía del interior del invernadero me guio.
Al acercarme, vi que no estaba en tan mal estado como yo había supuesto en un principio, sino solo cubierto de hojas y frutos de los árboles cercanos.
Al abrir la puerta, una bocanada de aire tibio y con olor a cloro, y el sonido del chapoteo del agua me dieron la bienvenida.
La piscina no era muy grande, pero sí era larga.
Era obvio que estaba menos pensada para disfrutar de ella lúdicamente que para nadar, y eso era precisamente lo que David hacía.
Iba de un lado a otro de la piscina sin descanso.
Llegaba a una pared, daba una voltereta debajo del agua y nadaba en dirección contraria.
Respiraba sistemáticamente cada cinco brazadas: derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha y sacaba la cabeza; izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda y volvía a respirar.
Estuve un buen rato observándole desde la puerta, hipnotizado por el movimiento rítmico de su cuerpo, por la precisión con la que sus brazos cortaban el agua, por el chapoteo de sus pies, que dejaban una estela revuelta.
Puede ser que el estilo de David no fuera el más rápido o eficaz de todos, pero resultaba elegante.
Todo el invernadero parecía haber sido reconvertido con el propósito de practicar la natación: el suelo estaba enlosado y los sistemas de calefacción, que antaño debían de haber servido para mantener constante la temperatura del ambiente, se dedicaban ahora a calentar el agua.
En el otro extremo había una pequeña zona habilitada como vestuario.
Estaba rodeada por un muro, aunque, como no tenía puerta, podía ver el interior desde donde yo me encontraba.
Dentro había un banco de madera, sobre el que descansaba la ropa de David cuidadosamente doblada, y una ducha de azulejos azules.
Casi sin darme cuenta, caminé hasta quedar frente a la piscina, al final de la calle por la que él nadaba. Le vi acercarse y aminorar la rapidez de sus brazadas. Al llegar, dejó de nadar y emergió la cabeza del agua, apoyando los codos en el borde de la piscina para mirarme.
—No me dijiste que había una piscina —le reproché acuclillándome para estar a su altura.
—¿No lo hice? Vaya cabeza la mía… —masculló mientras se quitaba las gafas y se pasaba la mano por la cara, para eliminar las gotas de agua que corrían por sus ojos—. Tampoco te invité a venir, lo siento. ¿Quieres nadar? El agua está calentita.
Metí la mano en el agua para constatar que la temperatura era maravillosamente cálida.
—No estaría mal, pero no he traído bañador.
Otra vez esa sonrisita detestable.
—Pues nada desnudo. ¡Vamos, Noah, no seas crío! —exclamó ante mi expresión, bastante elocuente, me temo—. No hay nada nuevo bajo el sol. Me sé tu cuerpo de memoria.
—Aun así… —mascullé mientras me ruborizaba violentamente y me ponía de pie.
—Como quieras, tú te lo pierdes. De todas maneras, yo voy a salir ya.
—Se impulsó con sus brazos para salir de la piscina y emergió con el cuerpo chorreante de agua clorada.
No pude evitar observarle mientras caminaba para coger su toalla.
Las gotas de agua que correteaban por su espalda desvirtuaban fugazmente su tatuaje, se metían por debajo de su bañador negro y las imaginé recorriendo la hendidura que había entre sus nalgas antes de volver a emerger, creando caminos al bajar por sus piernas.
Me perdí en su contemplación mientras mi respiración se aceleraba perceptiblemente.
Puede que yo también me supiera su cuerpo de memoria y pudiera evocarlo en mi mente cuando quisiera, pero verlo en carne y hueso era muy diferente.