24. Entre las patas de un caballo #4
—Ahora tienes que aprender a subirte. Es muy fácil, no pongas esa cara.
Te pones a la izquierda del caballo y coges sus riendas con la mano izquierda —dijo mientras hacía cada paso que me iba explicando—.
Para que el caballo esté quieto mientras te subes, tienes que coger un mechón de su crin junto con las riendas, así, ¿ves?
Pones el pie izquierdo en el estribo y te agarras al borrén trasero —dijo poniendo su mano derecha sobre la parte posterior de la silla—, teniendo cuidado de no tocar la grupa del caballo cuando te vayas a subir, lo puedes asustar, ¿vale?
—Asentí—. Y luego das un saltito y pasas la pierna derecha sobre el cuerpo del caballo.
—Se impulsó hasta quedar sentado sobre Arod , que dio un par de pasos, ansioso por ponerse en marcha, hasta que David lo contuvo—.
Una vez que estés aquí arriba, pones el pie derecho en el otro estribo y te sientas bien recto, las manos bajas y juntas, agarrando las riendas y manteniendo los talones bajos, ¿ves?
—Volví a asentir—. Para bajarte, sueltas los pies de los estribos, haces el cuerpo para delante y te dejas caer.
—Se bajó con soltura del caballo y me miró—.
Siempre por el lado izquierdo, igual que al subirte. ¿Lo quieres intentar?
—Sí, ¿pero y si el caballo se mueve?
—Para eso están las riendas, para que lo contengas, pero yo voy a estar aquí contigo, y agarraré a Arod por las bridas. No se va a mover.
—De acuerdo —dije poniéndome a la izquierda del caballo como había visto hacer a él.
Acaricié su cuello para que se familiarizara conmigo antes de imitar los gestos que había visto hacer a David.
Él corrigió mi forma de meter el pie en el estribo y me indicó de nuevo cómo agarrar las riendas, luego respiré hondo y me impulsé.
Cuando quise darme cuenta, ya estaba sobre el lomo de Arod , aunque era consciente de que no había conseguido subirme con tanta elegancia como David, pero suponía que eso vendría con la práctica.
El caballo se movió un poco al sentirme sobre él, pero David lo contuvo, como me prometió que haría.
Luego se concentró en estudiar mi postura.
—Baja los talones —me aleccionó—, pega los codos al cuerpo.
La espalda más recta, así. Ahora relájate.
Bueno, reglas básicas: para poner en marcha al caballo, le das unos toques con los talones.
Para frenarlo, tiras progresivamente de las riendas, con suavidad para no hacerle daño, al tiempo que retrocedes un poco la espalda.
Para hacerlo girar, tira suavemente de la rienda del lado al que quieres ir mientras presionas un poco con la pierna contraria.
—Vale.
—Bien, pues ponlo en marcha. —Con miedo de hacerle daño, di un toque con mis talones en los costados del animal y este empezó a caminar. David caminaba a nuestro lado, agarrando la brida de Arod —. Ahora relaja las caderas y sigue el movimiento del animal.
Intenté relajarme sobre el caballo y hacer lo que David me decía.
El lomo de Arod se movía con una cadencia suave y regular y me di cuenta de que, si me dejaba llevar, mis caderas se acoplaban a ese movimiento, lo que lo hacía todo un poco más fácil.
Sonreí, disfrutando por primera vez de estar allí arriba y sintiendo entre mis piernas los poderosos músculos del animal.
—Ahora gíralo un poco hacia la derecha. Más suave, así. Retrocede un poco la pierna izquierda y presiónala suavemente. Muy bien —me dijo, mientras yo observaba maravillado cómo el caballo había obedecido mis gestos.
Caminamos así durante un rato, alrededor del cercado.
Cuando me vio lo suficientemente seguro, soltó las bridas de Arod y me dejó llevarlo solo, aunque siempre se mantenía cautelosamente cerca.
Luego, me hizo describir círculos con el animal, para depurar mi técnica al girar.
Al final me enseñó el paso en equilibrio, en el que yo tenía que mantener elevadas mis caderas y presionadas mis rodillas mientras mantenía el caballo al paso.
—¡Bien! —exclamó cuando yo parecí aprenderlo por fin; eso había sido lo más difícil—. Pareces tener cierta facilidad para montar cuando superas el miedo. ¿Te gusta?
Agarró de nuevo a Arod por las bridas y se puso a nuestra izquierda.
—Sí, es divertido.
—¿Preparado para un paseo por el campo?
—No me vas a sacar del cercado en mi primera clase, ¿no? —Una cosa era ir al paso por un terreno tan controlado, y otra muy diferente salir a campo abierto.
—Sí, pero seré yo quien lo lleve —repuso mientras se ponía su casco—. Saca el pie del estribo.
—¿Qué?
—Que saques el pie del estribo —repitió. Le hice caso y, antes de que me diera cuenta, ya se había subido al caballo detrás de mí.
—¿Qué haces?
—¿Cómo quieres dar un paseo si no? Estás demasiado verde para llevar tu propio caballo, y no vas a ir a pie.
Dame las riendas. —Pasó las manos alrededor de mi cintura y me quitó las riendas de las manos.
Sin ellas y con los pies fuera de los estribos, había perdido por completo el control del caballo y me había convertido en un mero pasajero—. ¿Estás incómodo? —me preguntó.
—No —repuse. Y no lo estaba, al menos no desde un punto de vista físico, pero la estrechez de la silla de montar nos obligaba a mantener una cercanía que me resultaba tremendamente violenta: mi espalda estaba apoyada contra su pecho, sus manos rodeaban mi cintura y nuestras caderas estaban tan juntas que me recordaba a momentos de mayor intimidad, pero no estaba en disposición de hacérselo saber.
Ciertamente no había nada sensual en la manera en la que David se sentaba tras de mí y empezaba a espolear el caballo para que caminara, pero mi suposición de que todo empeoraría en cuanto nuestras caderas se acoplaran al movimiento del caballo se confirmó unos segundos más tarde.
—Pues vamos —dijo saliendo del cercado.
Primero dimos un paseo por la finca de David y me enseñó lo que sus propiedades contenían: un corral con gallinas y un cercado con unas cuantas cabras, con cuya leche Paco hacía al parecer un queso delicioso.
Un pequeño huerto tras la casa principal, un arbolado donde creían naranjos y limoneros, y una casita auxiliar cerca de una estructura acristalada que parecía un invernadero en desuso.
Cuando llegamos al camino que llevaba hasta la salida de la finca, puso el caballo al trote y no lo paró hasta que llegamos hasta la valla.
Una vez allí, sacó de nuevo el mando a distancia, la abrió y salimos a campo abierto.
Paseamos durante un rato por el valle en el que estaba la finca, dejando que Arod vagara por caminos que parecía conocer muy bien.
Subimos una loma y disfrutamos de las vistas que nos ofrecía la altura a la que estábamos.
A nuestros pies, se extendía el inmenso valle, salpicado aquí y allí por pequeñas arboledas.
En el extremo norte, donde el valle descendía, se podía ver el pueblo que habíamos dejado atrás cuando nos dirigíamos en coche hasta la finca.
Desde la distancia parecía una pintoresca reproducción en miniatura, con sus casitas de piedra y su blanco campanario.
Había varias casas y terrenos vallados y pensé que en la zona debían de abundar el tipo de fincas y casas como la que David poseía.
Desmontamos y me di cuenta entonces de lo entumecidas y cansadas que tenía las piernas.
Caminé un poco para estirarlas mientras David le recogía los estribos a Arod , para que pastara tranquilo.
Sobre la loma había un pequeño claro y cerca corría un arroyuelo.
Nos sentamos junto a una roca mientras contemplábamos el atardecer.
—¿Ves eso? —me dijo señalando el valle—. Todo eso eran las propiedades de mi abuelo cuando yo era pequeño.
—¿En serio? —pregunté con asombro mientras volvía a valorar la inmensidad de las tierras que estaba contemplando—. ¿Era muy rico?
David rio levemente.
—Bastante. Se dedicaba a la ganadería, sobre todo a la cría de toros para lidia —me dijo—. ¿Ves esa casa de allí? —Señaló una enorme propiedad que había en el centro del valle, rodeada por tierras de labranza y pastos—. Esa era la casa principal, allí fue donde se crió mi madre.
—¿Y a quién pertenece ahora?
—A mi tío, que heredó la ganadería y la mayor parte de las tierras.
Comparé la inmensidad de aquella propiedad con la propia finca de David, que se podía ver no muy lejos, y que parecía pequeña comparada con la otra.
—¿Tu abuelo no dividió sus tierras equitativamente?
—No —respondió.
—¿Y no te importa?
—No. Mi abuelo le dio a cada cual lo que quería y necesitaba.
Mi tío Manuel y sus hijos se quedaron con la mayor parte de las tierras, la ganadería y la casa principal, porque mi abuelo sabía que Clara y yo no necesitábamos económicamente de ellas, ya que somos grandes herederos por parte de nuestro padre.
Mi madre y Clara heredaron unos terrenos, que terminaron vendiendo a mi tío, y yo recibí la casa de los establos y las tierras donde se criaban los caballos.
Mi abuelo sabía que yo no me iba a dedicar a criar toros para la matanza, pero que adoraría tener una finca con caballos para escapar de la ciudad.
—Me giré para ver su expresión y me sonrió—. Me hizo un gran favor.
—Te conocía bien, ¿eh?
—Sí, sí que lo hacía.
—¿Y tú pasabas los veranos en esa casa? —pregunté señalando hacia la propiedad más grande.
—Sí, desde que tengo memoria y hasta que cumplí los once o doce años.
—¿Por qué dejasteis de venir? —me interesé.
—Diferencias irreconciliables entre mi abuelo y mi padre —confesó con resignación—. Vamos —dijo poniéndose de pie y dando la conversación por terminada—. Deberíamos volver, no quiero que nos pille el anochecer aquí fuera.