24. Entre las patas de un caballo #3
Se quitó el abrigo y se arremangó las mangas de la camisa.
—Voy a cepillar a los caballos, ¿me ayudas?
—Si quieres… Pero no tengo ni idea de cómo hacerlo.
—No te preocupes, no es difícil —respondió.
Había un pequeño arcón delante de cada box, donde David guardaba lo necesario para el aseo y cuidado de sus caballos.
Me explicó que era mejor que cada uno tuviese su propio juego de cepillos y peines en vez de compartirlos, antes de empezar con Bill .
Me invitó a entrar con él en el box y durante algo más de quince minutos me estuvo instruyendo en cómo cepillar y limpiar el pelo de un caballo, cómo desenredar sus crines y colas.
Me enseñó la importancia de limpiar y revisar sus cascos y me explicó el uso y las diferencias de cada uno de los cepillos e instrumentos que estaba usando.
Hablaba en un tono lento y pausado y muchas veces se dirigía al poni, para que este estuviera tranquilo.
La verdad era que Bill parecía estar disfrutando de nuestros cuidados.
Cuando terminamos con él, David le puso una brida mientras me explicaba cómo debía hacerse y para qué servía cada una de las correas y partes que la componían.
Repetimos la operación con Grani primero y luego con Arod , aunque estos nos llevaron algo más de tiempo, a pesar de que esta vez David me dejó participar.
Estuve mucho rato peinando las crines de Grani , que eran completamente blancas, a diferencia del pelo que recubría su cuerpo, cuyo blanco estaba moteado de gris.
Era preciosa y muy tranquila, y mientras la cepillaba no hacía más que mirar hacia atrás con curiosidad, girando su cabeza constantemente hacia mí para clavarme esos enormes ojos negros que tenía.
Arod , por el contrario, era más disciplinado, y apenas se movió durante el tiempo que duró su acicalamiento.
Se mantenía muy quieto, con la cabeza en altitud altiva mientras lo cepillábamos.
Ni siquiera piafó cuando David se agachó para mirarle los cascos, sino que se dejó hacer con total tranquilidad.
—¿Por qué dijo Paco que Ártax era negro como su padre, si es gris? —le pregunté. No había podido evitar fijarme en que el negro lustroso de ese ejemplar poco tenía que ver con el gris sucio del pelaje de su hijo.
—Eso es porque los caballos negros no suelen nacer negros.
No lo podemos saber a ciencia cierta, pero seguramente Ártax se irá oscureciendo con el tiempo hasta tener el manto igual que el de su padre, salvo en la cara, ha heredado la mancha de Scrub.
Quizás incluso herede sus ojos azules. Habrá que esperar.
—¿Los potros nunca nacen con su color definitivo?
—A veces sí. Los alazanes suelen nacer con el pelaje parecido al de sus padres, a veces un poco más claro. Los blancos también lo son de nacimiento. Pero, por ejemplo, Grani —dijo señalando a la yegua— nació casi completamente negra.
—¿En serio? —pregunté con cierta incredulidad mirando de nuevo hacia la yegua, que limpia y con las crines cepilladas lucía aún más clara que antes.
—Eso es lo que diferencia a un caballo tordo de un caballo blanco. Los caballos verdaderamente blancos nacen blancos, y todo su pelo es blanco. En cambio, un caballo tordo como Grani generalmente nace muy oscuro y, al crecer, se va aclarando.
—Pero si Grani es blanca…
—No, no lo es —negó poniéndose en pie—. Su manto y sus crines son blancas, pero su piel es oscura —matizó—, y sus belfos y párpados son negros. Un caballo blanco lo es completamente, y su piel es rosada. Esa es la diferencia.
—Sabes mucho de caballos, ¿no?
—Lo suficiente.
—¿Quién te enseñó?
—Paco —repuso poniéndole las bridas a Arod—.
Y mi abuelo. Hubo una época en mi infancia en que pasábamos los veranos aquí.
—Lo cogió por las riendas y salimos del establo.
Lo llevamos hasta un amplio cercado que había a unos cien metros y lo dejamos ahí.
Luego hizo lo mismo con los otros dos caballos y los dejó para que pastaran e hicieran algo de ejercicio.
Me apoyé un momento en el cercado para ver cómo los animales caminaban y se relacionaban entre ellos, cuando sentí que David ponía una mano sobre mi hombro.
—¿Estás muy cansado? —preguntó.
—No, estoy bien.
—Entonces volvamos. Aún nos queda mucho por hacer.
Volvimos a los establos y con toda la paciencia del mundo me enseñó qué debía hacer. Juntos cambiamos el agua de los abrevaderos, desinfectamos los graneros y quitamos la paja del suelo. Limpiamos pisos y paredes de cada box y pusimos paja limpia.
Para cuando terminamos, estábamos hambrientos y sudorosos.
Yo ya estaba empezando a perder la esperanza de comer algo ese día cuando Paco apareció en el establo, llevando con él una cesta que tenía toda la pinta de contener algo comestible.
El viejo se paró en la puerta y apreció con la mirada el trabajo que habíamos hecho allí, asintiendo levemente.
—¿Nos trae algo de comer? —le preguntó David pasando junto a él y saliendo del establo. Le seguí y empezamos a lavarnos en una pila de agua—. Le aseguro que nos hemos ganado la comida.
—Ya lo veo —contestó, mirando mi rostro sofocado y mis manos sucias.
Cuando estuvimos aseados, nos sentamos los tres en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared exterior del establo, donde el sol calentaba un tanto, y comimos unos bocadillos que Paco había preparado mientras compartíamos una botella de vino.
Luego ellos dos empezaron a charlar y a ponerse al día de cuestiones de la finca y del pueblo cercano, y yo me acomodé, me tapé con mi abrigo y cerré los ojos.
Definitivamente, aquel estaba siendo un día de lo más extraño.
Me había despertado unas horas antes con la idea de ir a esquiar con mi novio, y ahora me encontraba soltero, en el campo y compartiendo con mi antiguo amante las tareas de limpieza de un establo.
Además, David me había sorprendido: nunca había pensado en él como un hombre que disfrutara de ese tipo de tareas sencillas y manuales, sino que me había limitado a verle como una persona frívola y urbanita.
Sin embargo, en esa casa en medio de ninguna parte parecía estar más cómodo y relajado que inmerso en la vorágine de la ciudad.
También su actitud hacia mí había sido una sorpresa.
Cuando me invitó a ir con él como amigos, había aceptado aunque pensara que era imposible que él y yo nos tratáramos de esa manera, y había esperado una retahíla de comentarios sarcásticos e insinuaciones sexuales que no se habían producido.
En cambio, me trataba con tal familiaridad y camaradería que empezaba a pensar que su ofrecimiento había sido realmente altruista, en tanto en cuanto su suposición de que el aire del campo me vendría bien tras mi ruptura con Santiago había resultado ser cierta.
Estando tan ocupado, ni siquiera me había parado a pensar en él.
Evoqué de nuevo la imagen de David junto a su yegua favorita, apoyando la frente en la mancha blanca de su testuz y acariciándola con afecto no disimulado.
En ese momento no me había parado a pensar que esa era una escena sumamente hermosa, pero al recordar cómo amo y animal se habían mirado con fijeza, y la profunda lealtad y confianza que se leía en la mirada cruzada que esas dos criaturas tan dispares se habían dedicado, entendí con mayor profundidad aspectos del carácter de David que hasta entonces sólo había atisbado.
—Ey, ¿te estás quedando dormido?
Abrí los ojos y vi a David de pie ante mí. Me había dado un suave golpe en el muslo con la puntera de su bota y me miraba con curiosidad.
—No… —respondí, pero solo al abrir los ojos me di cuenta de que había tonteado peligrosamente con la modorra.
—Espabílate, anda. Vamos a dar un paseo. —Me tendió la mano para ayudarme a ponerme en pie y nos dirigimos hacia el cercado.
Los caballos seguían allí, pastando tranquilamente de los hierbajos que sobresalían del suelo. Entramos en el cercado seguidos por Paco, que cogió a Bill por las riendas y se lo llevó de vuelta al establo. Luego David me preguntó:
—¿Cuál prefieres montar?
Le miré un tanto indeciso.
—No lo sé… Ni siquiera estoy seguro de querer hacerlo.
—¿No me digas que tienes miedo?
—No, no tengo miedo, es que me da reparos…
David se rio.
—Si no quieres, no te voy a obligar, pero espero que no te importe que entonces me vaya de paseo sin ti.
Le miré. Era obvio que él había hecho todo ese camino expresamente para poder estar con sus caballos y, ya que me había invitado, no debía ponerle cortapisas. En ese momento no quise ni contemplar el hecho de que no me hacía ninguna gracia que se fuera a ninguna parte sin mí.
—Espero que seas buen profesor.
—El mejor. ¿Cuál prefieres?
Le miré con cierta timidez.
—A Arod .
—Me lo suponía —sonrió.
Paco volvía en ese momento para llevarse de vuelta a otro de los caballos.
David le indicó que se encargara de Grani mientras nosotros llevábamos a Arod a su cuadra.
Una vez allí, me enseñó a ponerle la silla de montar, a ajustar las cinchas al cuerpo y a medir los estribos para dejarlos a una altura correcta para mí.
Luego me puso un casco, cogió otro para sí y volvimos a sacar a Arod al cercado.
—¿Ahora es cuando empieza la clase de equitación? —le pregunté algo nervioso.
—No, la clase de equitación empezó hace horas —me respondió con una enigmática sonrisa, mientras pasaba las riendas por encima del cuello del caballo.
Le miré sin comprender—. Ya sabes acercarte a un caballo, limpiarlo y cepillarlo.
Conoces los diferentes tipos de mantos que puedes encontrar —dijo refiriéndose a nuestra conversación sobre los colores de un caballo—, sabes distinguir a un tordo de un blanco y a un castaño de un alazán.
Sabes cómo limpiar su cuadra, ponerle una brida y una silla de montar. Llevo horas enseñándote.
Me di cuenta de que todo eso era verdad, pero lo había hecho de manera tan natural que no pensé en ningún momento que el objetivo hubiera sido enseñarme nada.
—¿Y ahora?