24. Entre las patas de un caballo #2
Hacía menos frío ahora. Era algo más de mediodía y el sol caía sobre nosotros con cierta calidez, pero el aire seguía siendo fresco y húmedo.
Caminamos unos minutos, alejándonos de la casa y acercándonos a una alta estructura de madera que resultó ser un establo.
Este tenía dos entradas que, como vi después, correspondían a dos espacios diferenciados.
Nos dirigimos a una de ellas, pero justo antes de entrar, David me advirtió:
—Es mejor que entres despacio, e imites lo que hagamos nosotros. Scrub es muy mansa, pero nunca se sabe cómo va a reaccionar una yegua en presencia de su potro, ¿vale?
—Vale —le dije.
—Está tranquila, chaval —intervino Paco—. Me ha dejado a mí acercarme, y al veterinario esta mañana. No te preocupes.
—Pero a Noah no lo conoce…
—No te preocupes —repitió el anciano—. Acércate despacio y de frente —me aconsejó—, que te vea y que te oiga, y no estés asustado, eso la agitará.
—De acuerdo.
Entramos y me encontré en una cuadra espaciosa, con el suelo cubierto de paja.
En el centro había una yegua alazana que amamantaba a un potro del color de la ceniza que sólo parecía haber heredado de su madre una mancha blanca que se extendía por su testuz.
La cría apenas nos hizo ningún caso y siguió comiendo como si no estuviéramos allí, manteniendo toda su atención en permanecer de pie sobre sus inestables patas, pero la yegua nos miró recelosa y se movió de manera que su cuerpo cubrió al de su hijo.
—Ey, Scrub —dijo David, acercándose a ella muy despacio—, preciosa…
La yegua resopló con suavidad cuando él estuvo cerca y, al poner la mano sobre su testuz, ella pareció tranquilizarse.
Su actitud se relajó perceptiblemente al percibir que quien estaba junto a ella era su dueño, y David apoyó su frente en la de su yegua, hablándole en un tono pausado y cariñoso, acariciando su mandíbula con una mano, mientras que la otra se perdía entre las crines.
—¿Ves cómo está tranquila? —le dijo Paco poniéndose a su lado.
—Tenía usted razón —contestó David, acariciándola aún.
—Deberías ponerte con el potro, que te conozca cuanto antes.
—Sí, pero antes debería ella conocer a Noah. Ven aquí —me dijo, girándose hacia mí y ofreciéndome su mano.
La cogí y dejé que me guiara hasta que quedé frente a la yegua.
En otras circunstancias quizás habría estado nervioso al estar frente a un animal así, pero el contacto de la mano de David contra la mía me transmitía toda su calma y su amor por ese animal.
La yegua me miraba con sus increíbles ojos azules con la misma curiosidad que yo a ella y, al cabo de unos instantes, me atreví a acariciarle el morro con cierta timidez.
Al ver que mis avances con Scrub eran satisfactorios, David soltó mi mano y se acercó al potro, que ya había dejado de mamar.
Bajo la atenta mirada de su madre, cogió al potrillo entre sus brazos, como si quisiera abrazarlo, y se dejó olisquear por él durante un buen rato.
La yegua no parecía intranquila por el hecho de que David estuviera tocando a su cría y él pareció por fin relajarse por completo, hasta el punto de que empezó a reírse y a juguetear con la cría.
Al final se levantó y volvió a acercarse a su yegua, poniéndose de pie junto a mí.
—¿Has decidido cómo vas a llamarle? —preguntó Paco, refiriéndose al recién nacido.
—Aún no.
—Pues deberías pensar en un nombre normal, por una vez.
David rio ante ese comentario.
—¿Por qué dice eso? —le pregunté.
—Porque este crío —me respondió el anciano señalando a David con un dedo acusador— se empeña en ponerle a sus caballos nombres de lo más raros.
—Es una extraña costumbre que tengo —confesó David—, les pongo nombres de caballos de ficción literaria.
—¿En serio?
—Sí, de literatura fantástica, de hecho.
—¿Y por qué?
—Pues por el primer caballo que tuve —me dijo, volviendo su atención de nuevo a su yegua. Le miré inquisitivamente, invitándole a contarme la historia, y suspiró antes de continuar—: Mi padre me lo regaló cuando entré en el equipo de polo del colegio y…
—¿Jugabas al polo en el colegio? —me sorprendí.
—Sí —dijo—, ya te dije que era un colegio muy pijo. El caso es que era una bestia maravillosa —explicó—, toda castaña, con la cola y las crines negras, y se llamaba Gringolet , como el caballo de Sir Gawain. De ahí tomé la costumbre.
—¿Y qué pasó con ese caballo? —me interesé—. ¿Ya no lo tienes?
—No.
—¿Murió?
—No —contestó—. Mi padre lo vendió en cuanto terminé el instituto.
A pesar del tiempo que había pasado, su voz se tiñó de amargura. Debió de haber sido un caballo muy querido.
—¿Y cómo se llaman tus otros caballos? —pregunté para hacerle cambiar de tema.
Su rostro se relajó perceptiblemente mientras empezó a hablar:
—Pues mi otra yegua se llama Grani , que era el caballo de Sigurd, el héroe de la saga Volsunga. El padre del potro se llama Arod , como la montura de Legolas, y Scrub —dijo acariciando de nuevo al animal— era la yegua de Seregil de Rhíminee. Luego, tengo un poni que se llama Bill …
—Como el de Samsagaz —le interrumpí.
—Sí —me sonrió. Luego se encogió de hombros, como disculpándose por su extravagancia—. Ya ves.
—Pues sí que son nombres raros —dije, ganándome una mirada de complicidad de Paco—. ¿Y aún no sabes cómo vas a llamar a este? —pregunté señalando al recién nacido.
—No se me ocurre ningún nombre que me guste —confesó—. ¿Tienes alguna idea?
Por un momento pensé que estaba hablando con el anciano, pero entonces me sorprendió descubrir que estaba mirando hacia mí.
—¿Quieres que elija yo el nombre? —pregunté un tanto abochornado.
—Siempre y cuando respetes mi norma y sea el nombre de un caballo de ficción.
Paco bufó, quizás descontento porque el potro fuera a obtener un nombre que él no consideraría convencional.
Mientras, David se arrodilló junto al animalillo y me invitó a hacer lo mismo.
El potro se acercó a nosotros, quizás buscando nuestro calor, y yo le acaricié maravillado.
Era un animal precioso y sus enormes ojos estaban llenos de asombro, curiosidad y nobleza.
— Ártax —dije al fin, mientras dejaba que el caballito mordisqueara las mangas de mi abrigo.
—¿ Ártax ? —preguntó David como si el nombre le resultara familiar.
—Sí —repuse con una sonrisa tímida, sabiendo por la actitud de Paco que él desaprobaba intensamente el nombre elegido—. El caballo de Atreyu, de La historia interminable .
La sonrisa de David se ensanchó considerablemente y yo dejé de sentirme inseguro en cuanto a mi elección.
—Me gusta… —susurró—. ¿Qué te parece, bonito? —le dijo al potro cogiendo su cabeza entre las manos con considerable afecto—. ¿Te llamamos Ártax ?
El potro dio un leve relincho y lo tomamos como un sí.
Nos levantamos y David se sacudió la paja que se había adherido a su ropa mientras jugaba con Ártax .
—Vamos —dijo—, quiero ver al resto de los caballos. ¿Queda mucho por hacer? —preguntó dirigiéndose a Paco cuando salíamos.
—Pues falta casi todo, he estado liado con el nuevo potro. El veterinario estuvo toda la mañana aquí sólo para decirme que estaba bien, como si eso no lo supiera ya —se quejó mientras abría la puerta del segundo establo—. Así que no he podido ocuparme del resto.
—Noah y yo lo haremos, no se preocupe, vaya a descansar.
Seguro que Scrub le ha tenido toda la noche en vela.
—Puso una mano en el hombro de Paco y gentilmente le invitó a salir del establo, dándole a entender que estaba exento de realizar cualquier tarea que hubiera que hacer allí.
Yo no sabía qué era lo que teníamos que hacer, pero estaba bastante seguro de que sería suficiente para ganarme la comida.
Cuando Paco se hubo ido, nos adentramos en el establo.
Había ocho boxes en él, aunque solo tres de ellos estaban ocupados, e identifiqué a los caballos que había allí sin necesidad de que David me dijera quiénes eran.
En primer lugar estaba Bill , un poni castaño que piafaba ansioso ante nuestra llegada; luego estaba Grani , la otra yegua de David, un animal esbelto con las crines blancas y los ojos muy negros.
Al fondo del todo, en un box un poco más espacioso que los demás, había un soberbio animal que sólo podía ser Arod : era completamente negro y, ante nuestra llegada, mantenía una actitud orgullosa y condescendiente que me recordó vivamente a la de su dueño.
Si Ártax iba a convertirse en un ejemplar como ese, entendía que David estuviera tan contento.
Mientras yo me quedaba pasmado en la puerta contemplando a aquellos animales y sin atreverme a entrar, David se había acercado a cada uno de ellos y les hablaba y acariciaba como había hecho con Scrub .
Incluso el orgulloso Arod se mostró dócil y contento por los mimos que recibía de su dueño.
Al final, me adentré en el establo, provocando un coro de bufidos a mi paso, y me acerqué a David para apreciar de cerca al caballo negro.
—¿Quién era ese hombre? —le pregunté aprovechando que por fin estábamos a solas, mientras acercaba la mano a la cabeza de Arod , que se dejó acariciar con cierta solemnidad.
—¿Quién? ¿Paco? —dijo algo despistado, haciéndole más caso a su bestia que a mí. Asentí—. Antes era el capataz de mi abuelo —musitó con la voz calmada, como si aún hablara con Arod—, su mano derecha, por así decirlo. Ahora está jubilado y vive aquí.
—¿Pero esta casa no es tuya? —me sorprendí.
David me miró muy seriamente.
—Sí que lo es, pero Paco ha vivido y trabajado toda su vida aquí. Nunca se ha casado y no tiene hijos ni ninguna familia. En realidad, creo que no tiene ningún otro sitio al que ir, sería una crueldad echarle.
—¿Entonces le dejas vivir aquí por pena?
—¿Por pena? —se sorprendió—. No, claro que no, le tengo mucho afecto —dijo—.
Además, me viene genial que viva aquí: se encarga de mantener la finca en buenas condiciones, de cuidar de mis animales y se niega a que le pague un sueldo por hacer todo esto.
Lo menos que puedo hacer es proveerle alojamiento, ¿no crees?
—Supongo que sí.