A través del sexo. La saga completa 1. Una cuestión de lógica #4
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1. Una cuestión de lógica #4

—Que me pases el bolso —repetí, como si eso fuera lo más normal del mundo, pero sintiendo que me ardían las orejas.

Samuel me lo alcanzó, pero no pudo evitar preguntar:

—¿Para qué lo quieres?

—Para una cosita de nada, y no se lo puedes decir —le pedí mientras lo abría. Samuel me miró con desconfianza—. No le voy a robar, ¿sabes?

—Ya, pero el bolso de una mujer es sagrado.

Me encogí de hombros mientras rebuscaba.

Era increíble la de cosas que Clara tenía allí dentro: dos libros de texto y un cuaderno, tres discos de A 3 ½, el estuche que usaba para las clases, en el que yo sabía que guardaba bolígrafos de todos los colores posibles; un neceser transparente lleno de cachivaches de mujeres, su cartera, un encendedor, dos pilas, unos auriculares, una botella de agua a medio beber y otra vacía, un blíster de analgésicos, al menos cuatro barras de labios, un espejo y un cepillo para el pelo, varios papeles y recibos sueltos por doquier, así como monedas que bailaban por el bajo del bolso cada vez que lo movía.

Tardé más tiempo del que yo hubiera deseado en encontrar su pequeño teléfono móvil y para entonces ya estaba sudando, nervioso ante la posibilidad de que ella llegase y me pillara con las manos en la masa.

—¿Para qué quieres su móvil? —preguntó Samuel cuando me vio sacar el teléfono del bolso.

Desbloqueé el teclado.

—Para mirar una cosa.

—¿Le vas a chismear los SMS? —dijo poniendo voz de mariquita cotilla y sentándose a mi lado.

—No… —Por suerte para mí, Clara tenía un Nokia, como yo, y aunque el modelo era diferente, la navegación por el menú era tan similar que no me costó más de dos segundos abrir la agenda y ver, brillando en la pantalla, el nombre y el número que yo necesitaba.

Cogí mi móvil y copié el número de teléfono en mi propia agenda.

—¿Para qué necesitas el teléfono de David? —me preguntó mirando atentamente todo lo que yo hacía.

Chasqueé la lengua.

—No seas curioso, Samuel… Para una cosa… —alegué de nuevo, no sabiendo qué excusa ponerle.

—¿Le vas a preparar una sorpresa a Clara por su cumple? —aventuró. Supongo que era una suposición válida cuando copiabas a escondidas el teléfono del hermano de una amiga, aunque aún quedaran más de dos meses para eso.

—Algo así —mentí. Le guiñé un ojo mientras metía el móvil en el bolso, y Samuel, diligentemente, lo cerró y lo puso de nuevo en su sitio. De alguna manera, él parecía sentirse ahora como un cómplice. Vi venir a Clara hacia nosotros y susurré como recordatorio—: No se lo vayas a decir, ¿eh?

Samuel negó con la cabeza, sonriendo.

—¿Me dirás algún día lo que estás tramando?

—Sí —le contesté, sabiendo en ese momento que en algún momento de un futuro no muy lejano, lo haría.

Me di bastante prisa por llegar a casa aquella tarde.

Teníamos aún un examen para el que estudiar, pero ninguno parecía tener ganas de pasar una última jornada en la biblioteca.

Como si necesitara una excusa, Clara nos dijo que quería estar en casa antes de que llegara su hermano y pasar un rato con él, y yo, que no iba a ser menos, alegué un repentino cansancio por haber pasado una mala noche a causa de los nervios por el penúltimo examen, aunque eso no era verdad.

De camino a casa iba bastante contento, y durante el corto trayecto en metro saqué varias veces el móvil, solo para mirar la nueva entrada de mi agenda.

Tontamente, había guardado el teléfono de David bajo el nombre de «X», pues no quería bajo ningún concepto que Clara descubriera que tenía el teléfono de su hermano.

Además, pensaba que eso hacía mi pequeño secreto más misterioso y especial.

Me esforcé por memorizar el número, por si de camino a casa alguien me robaba el móvil o lo perdía, y sonreía como un tonto pensando en las cosas que le diría cuando le llamara, y al imaginarme las cosas que quizás él me diría a mí.

Hacía mucho que no hablaba con David por teléfono, pero recordaba muy bien lo cariñoso que solía ponerse, y solo de imaginarme su voz me estremecía de placer.

Cuando llegué a casa, constaté que estaba solo.

Pensé que mi padre aún no había salido de la redacción, o que estaría por ahí con Lola.

Aun así, me encerré en mi cuarto para llamar por teléfono, solo porque hay cosas que uno debe hacer desde su cuartel general.

Creo que me temblaban un poco las manos cuando busqué de nuevo a «X» en la agenda de mi teléfono y le daba al pequeño botón verde de llamar.

—¿Sí? —me respondió su voz tras dos toques de llamada—. ¿Quién es?

—Hola —dije—. Feliz cumpleaños —añadí antes de que el valor me abandonara.

—Hola, Noah —susurró, y me estremecí como supuse que haría.

—Hola —repetí, súbitamente atontado—. ¿Qué tal estás? ¿Estás pasando un buen cumpleaños?

— Pse … Será mejor cuando salga de la oficina. Quizás me vaya a cenar por ahí con Clara.

—Aah…

No dije nada más porque no sabía qué decir que sonara apropiado. La apasionada declaración de amor que pugnaba por escaparse de mis labios no me parecía lo más conveniente. Al menos no hasta que él diera el primer paso, pero David no dijo nada hasta unos segundos después:

—Por cierto, Noah… ¿Podemos vernos? —Mi corazón empezó a latir rápida y desbocadamente en mi garganta al pensar en encontrarnos, pero sus siguientes palabras rompieron la magia del momento—. Me gustaría hablar contigo.

Algo en su dubitativo tono de voz hizo que mi corazón se parara de inmediato y rompiera mis más locas expectativas.

—Eso depende —dije intuyendo de repente lo que iba a pasar a continuación.

—¿De qué?

—Si no me vas a dar buenas noticias, no quiero verte —aseguré con la voz rota.

Hubo unos instantes de silencio, durante los cuales contuve el aliento.

—Entonces quizás sea mejor que no nos veamos —convino al fin, confirmando mis sospechas.

—Eso imaginaba —dije amargamente—. ¿Dos semanas han sido suficientes para decidir que no quieres volver conmigo?

—No, escucha. —Le oí suspirar al otro lado de la línea—. No es eso, Noah. No es que no sienta nada por ti, pero…

—Ya —dije, haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas. ¿Cómo me podía estar pasando lo mismo otra vez?

—Noah…

—No, está bien —le interrumpí—, lo entiendo. Tu edad, la mía, tu posición en la empresa, tu hermana… Demasiadas complicaciones para tan poca compensación.

—Yo no he dicho eso.

—No, pero lo piensas.

—Estás siendo injusto conmigo —susurró.

—¿Sabes qué? —le contesté—. No tengo ganas de seguir hablando contigo. Solo quería felicitarte, nada más.

Colgué, sintiéndome profundamente miserable. Me acosté en mi cama y me acurruqué luchando por contener las lágrimas, y tuve el inexcusable y urgente deseo de que alguien me abrazara. Cogí de nuevo mi móvil y llamé a Pablo.

—¿Sí, cariño? —contestó con esa voz ensimismada que indicaba que se había puesto a pintar.

—¿Puedes venir a mi casa ahora mismo? —le pregunté.

—¿Por qué? —preguntó, aún distraído.

Inspiré muy hondo, sabiendo que si me ponía a contarlo en ese momento me iba a deshacer en llanto, así que esperé que bastara con unas pocas palabras para que me entendiera.

—Porque acabo de descubrir que no valgo la pena —dije.

—Voy para allá —replicó rápidamente antes de colgar.

Era de agradecer que Pablo hubiera pillado al vuelo lo que quería contarle.

—¿Me estás diciendo que le abriste el bolso a Clara, le sacaste el móvil y miraste el número de David para llamarlo? —me preguntó con un deje de desaprobación en la voz cuando le conté lo que había pasado.

Pablo había tardado algo menos de media hora en venir al rescate y ahora estábamos solos en mi casa, acostados y abrazados en mi cama. Era sorprendente cómo el contacto de su cuerpo contra mi espalda me ayudaba a mantener la cordura.

—Solo le eché un vistazo a la agenda de su móvil —me justifiqué, girando la cara para mirarle—. ¿Qué tiene de malo?

—¿Aparte del hecho de que has violado la intimidad de una amiga? — preguntó él, que paradójicamente estaba aprovechando la cercanía en la que nos encontrábamos para meterme mano.

—Tampoco es para tanto…

—No, si lo que me preocupa no es eso, sino que hayas llamado a David.

—Pero es que es su cumpleaños —me justifiqué—, ¿cómo no iba a llamarlo?

—Te dije que no debías agobiarlo.

—O sea —gimoteé—, que encima es culpa mía. —Pablo no me contestó y me giré en la cama hasta quedar frente a él—. ¿De verdad crees que si hubiera esperado un poco más, su respuesta habría sido diferente?

—Nunca lo sabremos.

—Sácame las manos de la camisa, anda —repliqué incómodo.

Generalmente no tenía problemas con que Pablo metiera sus enormes manos bajo mi ropa para calentarse los dedos, pero eso era cuando me regalaba a los oídos cosas que yo quería oír, no cuando me decía cuatro o cinco verdades.

Me desembaracé de sus brazos y me incorporé, quedando sentado en la cama—. Eso no me sirve de consuelo —me quejé.

—Lo siento. Si quieres mi opinión, creo que no —me dijo, sentándose a mi lado—, que probablemente su respuesta no hubiera variado. Pero a lo mejor le has obligado a tener que decidirse demasiado pronto, no lo sé.

—¿Y ahora qué hago?

—¿Qué haces con respecto a qué?

—Con respecto a David —aclaré—. ¿Qué hago?

—Nada. No puedes hacer nada más, cariño.

—¿Quieres decir que tengo que rendirme? ¿Que no puedo hacer nada para recuperarlo?

—No, al menos de momento. Deja que las cosas se enfríen un poco.

—Mi vida es una mierda —exclamé hundiendo mi cara entre las manos—. Era malo pensar que no podía estar con él porque no me quería, pero saber que me quiere y que eso no sirva para nada es peor… Parezco la protagonista de una novela romántica barata, joder —sollocé.