A través del sexo. La saga completa 23. Camino de Santiago #3
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23. Camino de Santiago #3

—No. —Bajé la mirada—. No me sentaría nada bien saber que Santiago tiene pareja.

—Pues descúbrelo ya, antes de permitirte el lujo de preguntarte qué quieres tener con él.

—¿Y qué sugieres que haga? ¿Que le pregunte: «Oye, Santiago, estás casado o algo así»?

—No, claro que no. —Rio—. ¿Es que no sabes lo que es la sutileza?

—¿Cómo puedo preguntar algo así siendo sutil?

—Muy fácil: no preguntándolo. Preguntar no es la única manera de averiguar algo. —Me dio dos golpecitos en la frente—. Utiliza tu cabecita, con lo listo que eres para algunas cosas… —masculló.

—… y lo tonto que soy para otras, ya lo sé. Pero no me parece bien intentar sonsacarle algo, o ponerle a prueba.

—Pues eso es precisamente lo que yo haría.

—Pero es que yo no quiero ser así… —Me quejé, renuente a hacerle caso—. No quiero ser uno de esos novios paranoicos. Ni siquiera sé si él quiere algo serio conmigo.

Pablo me miró como si se diera cuenta de algo muy importante y sonrió.

—Pues empieza por averiguarlo.

Santiago no me llamó hasta aquella tarde. Titubeé antes de cogerle el teléfono, dudando sobre cómo proceder, pero al final descolgué, decidido a no comportarme como un crío.

—¿Sí?

—Soy yo —respondió Santiago, como si no lo supiera ya.

—¿Qué quieres? —pregunté con más dureza de lo que había pretendido.

—Hablar contigo —contestó—. Y averiguar qué te pasaba ayer.

Me sentí algo avergonzado.

—Está bien —dije—. ¿Quieres que nos veamos ahora?

—Sí.

—¿Voy a tu casa?

—No. Mejor nos tomamos un café por ahí. ¿No era eso lo que querías?

—Sí —respondí, sintiendo que la cara me ardía de vergüenza.

—¿En la cafetería de al lado de mi casa, en media hora?

—De acuerdo.

Cuando llegué a la cafetería, él ya estaba allí, esperando en una mesa frente a un café solo. Al verme llegar, se puso de pie y me miró muy serio.

—¿Estás bien? —preguntó.

Asentí y nos sentamos. El camarero vino a preguntarme qué quería tomar, y pedimos otros dos cafés. Luego suspiré profundamente y cerré los ojos. Cuando los volví a abrir, clavé mi mirada en la suya.

—Lo siento —dije—. No debí decirte esas cosas ayer.

—¿Por qué te pusiste así?

Suspiré, decidido a sincerarme. El camarero trajo los cafés y yo aproveché el tiempo para aclarar mi mente.

—Mis amigos creen que estás casado o algo así, que por eso no quieres que nos veamos fuera de tu piso, y que por eso tampoco quieres ir en serio conmigo.

Exhaló aire por la nariz con sonoridad mientras se reclinaba contra su asiento.

—Pues la verdad es que tus amigos tienen parte de razón.

Sentí que se me aceleraba el pulso tras oír eso, pero Santiago dio un largo sorbo a su café antes de continuar:

—No he sido del todo sincero contigo.

—¿Estás con alguien?

—No exactamente —sonrió con levedad—, pero acabo de terminar una relación muy larga y no estoy en mi mejor momento.

—¿Con un hombre? —pregunté.

Asintió.

—Miguel Ángel y yo empezamos a vivir juntos hace más de quince años, pero ahora todo se ha roto, y… Supongo que no pensé que volvería a sentirme así tan pronto.

—¿Así cómo?

—Ilusionado —me respondió.

Pensé durante unos instantes.

—¿Eso qué quiere decir?

—Que no es que no te tome en serio, Noah, sino que no creía que tú me tomaras en serio a mí.

No pensé que tú pudieras sentirte de esta manera.

—Bajé la mirada y él cogió una de mis manos entre las suyas—.

Soy mayor, descreído y cínico, y me cuesta reconocer algo bueno cuando lo veo, sobre todo si me pasa a mí.

—Elevé la mirada para enfrentar la suya—.

Así que, ¿qué es lo que tú quieres? —me preguntó.

—No lo sé. Lo único que sé es que no quiero seguir teniendo una relación tan superficial contigo.

—En el fondo eres un romántico, ¿no?

Sonreí bajando la mirada.

—No tan en el fondo.

Sentí que se acercaba aún más y me susurraba:

—Vas a conseguir que me vuelva loco por ti.

—Esa es la idea —musité mientras me ruborizaba un poco.

Santiago se alejó y me miró desde el otro lado de la mesa.

—Vale, vamos a hacer una cosa: estaba planeando echarme una escapada para esquiar. Lo hago cada año por esta época, y de hecho ya tengo la habitación del albergue reservada para este fin de semana. ¿Te gusta esquiar?

—No lo sé, nunca lo he hecho.

—¿Quieres que te enseñe?

—¿Me estás invitando a ir contigo?

Asintió.

—¿Qué te parecería pasar un fin de semana juntos? No tendrías que pagar nada, yo me encargo de todo. Te podemos alquilar el equipo allí.

Pensé durante un momento. Pablo había tenido razón al pensar que Santiago me ocultaba algo, pero su confesión de aquella tarde parecía lo suficientemente sincera y convincente como para que no encontrara ninguna razón por la que seguir enfadado con él y no acceder a lo que me pedía, sobre todo ahora que parecía dispuesto a darme lo que yo le estaba pidiendo.

—Está bien, iré contigo —le dije, sintiéndome estúpidamente satisfecho.

—Déjame ver de nuevo tu lista. —Clara cogió la libreta en la que yo había ido apuntando lo que podría necesitar para nuestra pequeña escapada.

Llevaba días pensando en qué debía llevarme y qué no, y estaba tan nervioso por pasar el fin de semana con Santiago que al final Clara y Pablo acordaron venir el viernes por la tarde a mi casa para ayudarme con el equipaje—. Cuatro mudas de ropa interior.

—Sí —dije, sabiendo que estaban ya en mi maleta. —Ropa. Abrigos. El suéter térmico.

—También.

—Calcetines térmicos. Guantes.

—Sip.

—Condones y lubricante.

En ese momento entró mi padre en la habitación, precediendo a Pablo, y miró con cierto desagrado todo el tinglado que tenía montado en mi habitación.

No había querido decirlo en ningún momento, pero sabía que no le hacía gracia que pasara el fin de semana con un hombre que me doblaba la edad.

Decírselo fue un mal trago, tanto para mí como para él, pero mi padre juraba y perjuraba que iba a apoyarme en todas mis decisiones y a mí me parecía correcto decirle la verdad.

—Tu amigo está aquí —anunció mientras Pablo entraba en mi dormitorio haciendo aspavientos.

—No veas las cosas que te he comprado antes de venir —dijo, como si yo le hubiese pedido que hiciera tal cosa—. Tienes que ir bien pertrechado para pasar un fin de semana de sexo loco en la nieve.

Mi padre puso los ojos en blanco e hizo un discreto mutis.

—¿Has cogido o no has cogido los condones y el lubricante? —intervino Clara, enarbolando la libreta—. Mira que eso es lo más importante.

—No hace falta que los cojas —dijo Pablo, sacando de su macuto una bolsa con el logotipo de un sex-shop . Empecé a arrepentirme de haberles pedido a mis amigos que me ayudaran con la maleta—. Aquí tengo de todo.

—A ver, a ver… —dijo Clara, soltando la libreta e intentando meter las manos en la bolsa de Pablo. Él le pegó un suave manotazo de advertencia y ella retiró las manos, escaldada.

—Fuera. Aquí no hay nada para ti, cosas de gays… —canturreó, haciendo oscilar la bolsa ante mis ojos.

—¡Jo! —se quejó ella, cogiendo la libreta otra vez y sentándose en la cama.

—Por favor, Pablo, no me digas que…

—¡ Shh , a callar! —me dijo—. Esto lo hago por tu bien.

Aunque ahora te dé vergüenza, cuando estés en la cama pasándolo en grande con los regalitos que Pablo te va a dar, me lo agradecerás.

Ya eres mayor para tener este tipo de juguetes.

—Clara rio por lo bajini—. Mira, te he traído condones de sabores — me dijo, sacando un paquete de colorines de la bolsa—.

También sirven para el sexo anal —me advirtió—, pero lo divertido es que puedes chupar una polla con sabor a frutos del bosque.

—¡Oh, por favor! —exclamé, mientras sentía que mi cara se encendía.

—¿Los hay de chocolate? —preguntó Clara.

—Sí, por supuesto.

—Noah —me dijo ella girándose hacia mí—, ¿me los regalas, que a ti no te gustan?

—Coge los que quieras —dije, tendiéndole el paquete.

—Bueno, por aquí tenemos… ¡Ah, sí! —Pablo sacó un bote de color rosado intenso—. Lubricante anal comestible con sabor a frambuesa.

—¿Lubricante anal comestible con sabor a…? ¿Y para qué coño quiero yo esto? —le dije enfadado.

—Para que a Santiago le sepa mejor cuando te coma el culito. —Me tapé la cara con las dos manos, avergonzado por completo, pero Pablo siguió a la carga—. Como sé que te gusta que te chupen el ojete, he pensado que…

—Vale, vale —le corté sintiendo los ojos de viciosa de Clara en mi nuca—. Ya lo pillo.

—Bueno, y por último…

—¿Por último? ¿Pero es que hay más?

—Por supuesto. —Pablo levantó el dedo índice—. Queda lo más importante. Sacó de la bolsa un pequeño paquete envuelto para regalo y me lo dio. Dudé antes de cogerlo.

—¿Esto es un regalo en serio o es otra tontería tuya?

—Va en serio —dijo ofendido—. Pero qué desconfiado eres…

Lo cogí y me senté al lado de Clara para abrirlo. Ella aún estaba ocupada separando los condones con sabor a chocolate del resto, pero paró un momento para prestarme atención. Rompí el papel para ver lo que había dentro y me quedé lívido.

—¡Pablo! —me quejé—. Me dijiste que era algo serio.

—¿Y qué puede haber más serio que un juguete anal?

—Pero esto es… —Lo miré de nuevo para valorar su tamaño y forma.

Era de color negro y tenía una forma cónica.

Al principio era redondeado y estrecho, pero en su parte más gruesa era del tamaño de una polla muy generosa.

Al final se estrechaba de nuevo y terminaba en una especie de base que servía de agarradero—. Esto es tan obsceno…

—¡Qué va a ser obsceno! Mira. —Se sentó a mi lado y me quitó el paquete de las manos, abriéndolo y toqueteando el juguete—. Es de lo más útil. Lo puedes usar solo o en pareja…

—Venga ya, hombre…

—Como es más estrecho por arriba, te sirve de dilatador, te lo vas metiendo poco a poco, hasta que estés abierto del todo, y…

—Tampoco necesito tanto detalle —protesté.

—¿Por qué al final es más estrecho de nuevo? —preguntó Clara quitándoselo de las manos.