A través del sexo. La saga completa 23. Camino de Santiago #2
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23. Camino de Santiago #2

—¿Qué marido? —dijo ella—. No, más bien yo solía ser la amante, ¿sabes?

Así que tengo mucha experiencia al respecto.

Una vez descubrí a uno de mis ligues poniéndose autobronceador en el dedo para disimular la marca del anillo.

Tardé tres meses en saber que estaba casado.

Otro llevaba siempre un sello de plata del Barça, porque sentía mucho los colores —dijo imitando el tono de voz de un hombre—, luego supe que se lo ponía encima de su alianza para taparla.

Otros ni siquiera llevan su alianza de bodas.

Les dicen a sus mujeres que las han perdido, o que les ha quedado estrecha con el paso del tiempo.

Los peores son los que intentan ligar contigo con la alianza a plena vista.

O quizás esos sean los mejores —se replanteó—, porque al menos sabes a qué atenerte con ellos.

—¿Con cuántos hombres casados te has liado? —Pablo lo preguntó casi con admiración.

—Y yo qué sé… Con unos cuantos, y la mayoría de las veces fue porque no sabía que lo estaban, me decían más trolas a mí que a sus mujeres.

Luego, cuando te enteras, todos, absolutamente todos —remarcó—, están atrapados en un matrimonio desgraciado, y si no se divorcian es por los niños, o porque su mujer está gravemente enferma…

Esas mentiras solo sirven para que la imbécil de la amante se compadezca, pero yo aprendí con el tiempo a dejar de hacerlo y también me ayudó a decidir que no quería casarme.

—¿Porque no querías aguantar cuernos? —aventuré.

—Por eso, sí, pero también porque hubo un tiempo en que prefería ser la amante, lo confieso.

Es excitante y divertido, y cuando te cansas te vas.

Pero no pierdas eso nunca de vista —me dijo muy seria—.

No se te ocurra enamorarte de un hombre así.

Que le haga daño a su mujer si él quiere, pero no dejes bajo ningún concepto que te lo haga a ti.

Tragué saliva con dificultad, recordando los nuevos sentimientos que estaba albergando por él, antes de recordar que no tenía nada de qué preocuparme.

—Que no está casado —protesté—, en serio.

—Tú vigila su baño por si acaso —me dijo Pablo—, no sea que tenga un bote de autobronceador.

Aún tenía todo eso en mente cuando volví a hablar con Santiago. Era martes, día en que generalmente no nos veíamos, y él no me llamaría para quedar hasta el fin de semana, así que le llamé yo, aun a sabiendas de que probablemente le metería en un aprieto.

—¿Qué? —le había dicho en cuanto descolgó—. ¿Nos vemos esta tarde?

—¿Esta tarde? —contestó algo confuso. Seguro que le descolocaba que hubiese sido yo quien llamara para variar—. No me viene bien… Pensaba llamarte otro día.

—Es que este finde no puedo —mentí, dispuesto a presionarle todo lo posible—. Si quieres verme, tiene que ser hoy.

—Claro que quiero verte, pero no sé si podré…

—¿Hasta la semana que viene, entonces?

—No, espera, veré si puedo arreglarlo para…

—¿A las ocho en tu casa? —le interrumpí.

Hubo una pausa en la que casi pude escuchar los engranajes de su mente al pensar.

—De acuerdo —dijo al fin.

Así que allí me planté aquella tarde. Al llegar, toqué el timbre, pero nadie me contestó, haciéndome entender que él aún no había llegado. Como otras veces en que me veía en esa situación, le hice una llamada perdida para que supiera que ya estaba allí y me senté en los escalones a esperar.

Por mucho que me costara admitirlo, aquella conversación mantenida con Lola y Pablo había sembrado en mi mente dudas de difícil resolución.

Circunstancias que antes me parecían de lo más inocuas se me antojaban de repente bastante sospechosas: el hecho de que Santiago pareciera no vivir en el piso en el que nos veíamos, y que todos nuestros encuentros se produjeran allí; que nunca me hablara de su vida privada o de su familia, si acaso tenía una; que siempre fuera él quien llamara para quedar y nos viéramos a conveniencia suya.

Empezaba a pensar que quizás no fuera reservado, o que no quisiera quedar en la calle para no desvelar una homosexualidad que llevaba en secreto, sino que en realidad me ocultaba algo.

De hecho, me dije en silencio, casi me había convencido a mí mismo de que así era, y mi extraño comportamiento de aquella tarde parecía responder tan solo al objetivo de pillarle in fraganti .

Cuando me di cuenta, llevaba un buen rato divagando y Santiago no había llegado. Miré el reloj y constaté con cierto enfado que eran más de las ocho y media.

—Joder —resoplé, exasperado por el hecho de que me hiciera esperar tanto tiempo estando yo deseoso de hablar con él, y siendo consciente de que mientras más tiempo pasara, más y más nervioso me iría poniendo.

Me recordé a mí mismo que a Santiago no le venía bien quedar ese día, pero también me dije que había muchas otras veces en que él quería verme cuando a mí no me convenía, y que yo tenía que hacer un esfuerzo para estar juntos. ¿No podía hacerlo él por una vez?

Para cuando dejé de despotricar interiormente, ya se habían hecho las menos cuarto y sentía el culo plano de estar sentado en el escalón durante tanto tiempo.

Me levanté y di unos pasos en la acera para ver si venía.

Le llamé, pero me rechazó la llamada. Iba a volver a intentarlo cuando le vi doblar una esquina y acercarse al edificio.

—Siento la tardanza —dijo al llegar a mi altura.

—Ya te vale… —contesté bastante enfadado.

—Te dije que me venía mal quedar hoy —contestó abriendo la puerta. Entramos juntos en el zaguán y nos subimos al ascensor. Estuvimos todo el camino manteniendo un incómodo silencio y no volvimos a hablar hasta que entramos en su piso.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó con cierta formalidad.

—Un café —respondí—. ¿Por qué no lo tomamos por ahí? —dije casualmente, como si acabara de ocurrírseme.

—Prefiero quedarme en casa —respondió yendo hacia la cocina.

Dudé un momento antes de decidirme a seguir hostigándole:

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué? —me preguntó, con la cafetera en la mano.

—¿Por qué no quieres salir por ahí conmigo?

—¿Qué tiene de malo estar aquí?

—Nada, pero… —dije, pensando en cómo rebatirle.

Se volvió hacia mí para mirarme a los ojos.

—No quiero que te vean conmigo porque fuiste mi alumno —explicó—. No me gustaría que nadie pensara que soy un degenerado, o algo así.

Le miré incrédulo, pensando que parecía más una excusa barata que otra cosa.

—Eso es una tontería —le rebatí—, ya sería mucha casualidad que alguien que nos conozca a los dos y que sepa que tú fuiste mi profesor nos viera juntos.

—Aun así… —respondió con imprecisión.

Volvió a ponerse de espaldas a mí y empezó a preparar el café.

—¿Lo llevas en secreto? —Me apoyé contra el marco de la puerta, esperando su respuesta.

—¿El qué?

—Tu homosexualidad. ¿Es por eso que nunca salimos?

—No, no es por eso. No lo voy pregonando, pero tampoco lo llevo en secreto —respondió.

—¿Y por qué siempre nos vemos en este lugar? Ni siquiera vives aquí — aventuré.

—Este piso es el de mi madre —me dijo—. Está vacío porque está tan enferma que la tuve que llevar a vivir conmigo. Por eso lo uso para encontrarme contigo, para que mi madre no te vea.

—Pero si me acabas de decir que no ocultas que eres gay…

—No, pero mi madre no lo sabe, y no porque yo lo oculte, sino porque ella prefiere no verlo. Además, ahora tiene demencia senil y no está muy bien, precisamente. —Meneó la cabeza—. No, es mejor que no te vea.

—Esa no es razón para que no me tomes en serio —le recriminé.

—¿Quién ha dicho que no lo hago?

Le miré a los ojos y no vi sinceridad en ellos.

—¿Sabes qué? —le dije—. Creo que ya no me apetece ese café.

Me di la vuelta y me dirigí a la salida, a pesar de que oí cómo me llamaba por mi nombre y me pedía que me quedara. Salí dando un portazo.

—O sea, que estás hecho un lío otra vez —me dijo Pablo cuando le conté lo ocurrido.

—Pues sí —admití.

Esa fue una de las primeras veces que Pablo vino a verme a la facultad, aprovechando que ya habían acabado las clases del primer cuatrimestre y sólo iba allí para estudiar y prepararme para los exámenes, cada vez más cercanos.

Ignorando las miradas de los demás, que no dejaban de observar su vestimenta bohemia y su carpeta de dibujos con enormes manchas de pintura, nos sentamos en el arbolado que había tras el edificio principal, a la sombra de uno de los flamboyanos.

—Además —añadí tras unos minutos de silencio—, si estoy hecho un lío es por tu culpa. Ayer solo discutimos porque tú me metiste todas esas ideas en la cabeza.

—¿Y? —preguntó con picardía.

—¿Y, qué? —me extrañé.

—¿Descubriste algo?

Puse los ojos en blanco.

—Por supuesto que no, no hay nada que descubrir. Me he comportado como un idiota.

—¿Seguro?

—Sí… No… No lo sé. —Chasqueé la lengua—. Me dijo que no quería salir conmigo por ahí porque fui alumno suyo y me enfadé porque creí que lo decía como una excusa.

—Pues la verdad es que suena a excusa. Y de las malas, además.

—Puede ser. Y también puede ser que sólo esté paranoico por culpa tuya. Ahora él debe de pensar que soy gilipollas o algo.

—Solo eres un gilipollas si le crees —sentenció.

Para entonces, nuestra conversación me estaba generando más dudas de las que resolvía, así que no contesté de inmediato, sino que asumí el insulto con cierta ecuanimidad. Me apoyé contra el tronco del flamboyán.

—¿De verdad crees que me está mintiendo? —le pregunté al fin.

—Sí. Y me parece que tú también lo crees —contestó mientras se acercaba a mí para quitarme algo que había en el cuello de mi camisa.

Era una hormiga. La dejó pasear por el dorso de su enorme mano unos instantes—.

No te diría todo esto si Santiago fuese sólo un ligue, pero el Dios de los gays sabrá por qué, ese tío te gusta.

Y te conozco. —Depositó la hormiga en la hierba y miró cómo se alejaba—.

Mira lo que te pasó con David —me dijo, devolviendo a mi mente recuerdos de los furiosos celos que sentí al saber que le compartía con otra persona—.

Estoy seguro de que no lo encajarías bien.