A través del sexo. La saga completa 23. Camino de Santiago #4
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23. Camino de Santiago #4

—Pues para que no se salga. Cuando lo metes hasta el final, se queda ahí, como si fuera un tapón para el culo.

Es muy excitante. Y el mango es así de ancho para impedir que el juguete se meta del todo en el culo y se pierda en el colon.

¿Te imaginas tener que ir al hospital por algo así? ¡Qué vergüenza!

Ambos rieron.

—Vergüenza la que estoy pasando ahora mismo.

—Venga, Noah, no seas así —exclamó Clara, mientras reían aún por el último comentario de Pablo—. Querer pasarlo bien es algo natural, y para eso están los juguetes sexuales. Es solo que yo nunca había visto uno de estos. Estoy pensando en comprarme uno igual…

—¿Comprarte uno igual? —dijo Pablo, quitándole el dildo de las manos—. Esto es para gays.

—Las chicas también tenemos culo, ¿sabes? —dijo enseñándole la lengua.

—Venga, no os pongáis ahora a discutir de culos.

Mi padre está ahí fuera —siseé, nervioso porque pudiera escuchar nuestra charla—.

Ya bastante tiene el pobre con haberse enterado de que salgo con un tío de treinta y siete años, para que encima sepa que vamos a jugar con eso —concluí, señalando el dildo.

—¿Entonces lo vas a usar?

—No lo sé. Depende de cómo estemos. Ya sabes que Santiago en la cama es… raro.

—Pues razón de más para llevártelo —dijo Pablo, metiendo el juguete de vuelta a su paquete y poniéndolo dentro de mi equipaje—.

Ese hombre lo que necesita es algo picante en su vida, ¿y qué puede haber más picante en el mundo que tú con ese dildo atravesándote el culo?

Verás cómo se pone de cachondo y le coge gustillo al rimming .

—Le eché una mirada asesina y me prometí a mí mismo, en vano, no volver a hacerle confidencias sexuales.

Estaba seguro de que había montado ese espectáculo sólo porque le comenté que Santiago nunca me había comido el culo—.

¡Ah! Otra cosa —añadió, abriendo su macuto—.

Clara, vigila la puerta, que no vaya a entrar nadie.

—¿Ahora es cuando te preocupas por eso?

—Sí, porque ahora es cuando voy a hacerte un regalo que es ilegal —susurró, sacando una pequeña caja de madera y tendiéndomela—. Creo que ya es el momento de que tengas tu propia cajita mágica —me dijo, entregándomela.

La abrí y, como esperaba, dentro encontré todo lo necesario para liarme un porro.

—No tenías por qué. Además, yo sólo fumo cuando estoy contigo…

—Bueno —se encogió de hombros—, es por si acaso. Y la primera vez es de regalo, pero si quieres más mierda, me la pagas, que mi dinerito me cuesta, ¿vale? A lo mejor le lías uno a Santiago y se anima un poco. Los profesores de Historia y los de Filosofía suelen ser bastante bohemios.

—¿Y cómo sabes tú eso?

—Porque quien me enseñó a mí a fumar porros era profesor de Filosofía.

—¿En serio? —le pregunté—. No sabía que estuviste enrollado con un profesor…

—¿Ah? —se extrañó—, ¿nunca te dije de qué trabajaba Alejandro?

Puse cara de disgusto, pero aun así guardé la caja. A lo mejor Pablo tenía razón y colocar a Santiago era una buena idea. Clara dejó de vigilar la puerta y volvió a donde estábamos nosotros, pero parecía ensimismada por algo.

—Chicos… ¿Qué es el rimming ? —preguntó con cierta inocencia.

—Pensaba que, ya que tú también tenías culo, lo sabrías —contestó Pablo, devolviéndole la pulla.

—¿No me lo vais a decir?

Negué con la cabeza, ya había superado mi cuota diaria de conversaciones vergonzosas. Pablo, por su parte, tampoco parecía muy por la labor, pero por razones bien distintas.

—Adivínalo —dijo él con cierta maldad.

— Mmmmh , ¿es algo que podría hacerle yo a Guillem?

Ambos nos miramos y sonreímos.

—No veo por qué no —le contestó Pablo—. A lo mejor le abres un nuevo mundo de posibilidades. Siempre se me olvida que los hombres heteros también tienen culo.

—Es verdad —dijo Clara, como si se diera de repente cuenta de algo. Cogió de nuevo el dildo de mi maleta y lo miró como si lo viera por primera vez—. ¿Creéis que Guillem me dejaría follarle con uno de estos?

Suspiré.

—Ay, Pablo, ya la has liado.

Al día siguiente tuve que madrugar bastante.

Habíamos quedado en la estación de trenes a las siete de la mañana para coger el tren de las ocho.

Si todo iba bien, estaríamos en la estación de esquí antes de las doce del mediodía.

Iba a ser una escapada muy rápida: solo podíamos pasar allí la noche del sábado y volver el domingo a última hora, ya que ambos tendríamos clase el lunes, pero no me importaba.

Me había prometido que, si me gustaba esquiar, volveríamos a la estación en cuanto hubiera un puente que nos permitiera tomarnos un fin de semana algo más largo.

Mi padre se había ofrecido a llevarme, pero preferí coger el metro hasta la estación y no pedirle favores que sabía que me iba a hacer a disgusto. Llegué allí con mi bolsa de viaje a cuestas y empecé a buscar a Santiago con la mirada justo en el lugar en el que habíamos quedado.

—¡Noah! —oí detrás de mí. Me giré y vi a Santiago llamándome desde el otro lado.

—Hola —le dije. Se acercó y me dio un tímido beso en los labios—. ¿Dónde estabas?

—Como llegué un rato antes que tú, fui a comprar los billetes para el tren. ¿Te apetece desayunar mientras esperamos?

—Sí, claro.

Fuimos juntos hasta una de las cafeterías de la estación y nos sentamos tras pedir algo para comer y unos cafés.

—Te va a encantar la estación de esquí, ya lo verás —me dijo, y no por primera vez; no había dejado de hablarme de ella desde que decidiéramos ir juntos—.

Además, he mirado la previsión del tiempo y vamos a tener buen clima.

Nevó hasta hace dos días, pero ahora no hay tormentas y el cielo está despejado, hará frío, pero casi nada de viento.

Será ideal para que te adentres en el mundo del esquí.

—¿Es muy difícil? —le pregunté con cierta aprensión.

—Cuesta cogerle el truco, y tendremos que ir por pistas verdes, que son las más fáciles —me explicó—, pero ya verás que en unas horas cogerás los conceptos básicos. El resto te lo dará la experiencia, si sigues yendo a esquiar.

—Eso espero —le respondí.

—Y yo.

—¿Te han salido muy caros los billetes? —le pregunté.

—No, no mucho.

—¿De verdad no quieres que pague mi parte? —le ofrecí. Mi padre me había dado dinero suficiente para ello, dando por sentado que yo tendría que pagar mi propia estancia.

—No, te dije que te invitaría yo —dijo acariciando levemente mi barbilla. Sonreí y sentí deseos de besarle, pero en ese momento sonó su teléfono móvil. Miró la pantalla para ver quién le llamaba y se le descompuso el gesto—. ¿Te importa si lo cojo? Es de mi casa…

—No, no pasa nada. Voy al baño —le dije, intuyendo que quería intimidad para hablar.

Me levanté y fui al servicio a orinar, pensando en que en realidad él debía estar al tanto de su madre constantemente.

Eso me hizo pensar con quién estaría ella.

¿Tendría Santiago algún familiar dispuesto a cuidar de su madre o habría contratado a alguien para ello?

Tomé nota mental de interesarme por eso desde que llegara de nuevo a la cafetería, ya era hora de que Santiago y yo habláramos de cosas importantes.

Cuando volví, oí que Santiago aún hablaba por teléfono.

La distribución de la cafetería era tal que, al volver de los servicios, podía oír su voz y ver su silueta a través de un panel de cristal opaco, pero él aún no podía verme a mí.

Me dispuse a acercarme más a él y revelar mi presencia, pero algo que oí me hizo parar en seco.

—Miguel, sería mejor que habláramos de eso cuando vuelva a casa —decía—. Mañana por la noche estaré ahí y hablaremos. Sí, ya lo sé —añadió—, lo sé. Acuérdate de darle a mamá la pastilla para dormir. Lo sé y te lo agradezco. Un beso, adiós.

Puede ser que la conversación que acababa de escuchar pareciera del todo inocua, pero si ese Miguel era el mismo hombre con el que acababa de cortar, ¿qué hacía él en casa de Santiago cuidando de su madre?

Volví a la mesa y vi que Santiago componía una expresión circunspecta. Yo no quería parecer el típico novio celoso, pero no me quedó más remedio que preguntar:

—¿Hablabas con Miguel Ángel? —Su rostro lo dijo todo, pero no me contestó—. ¿Está cuidando de tu madre?

—Sí —contestó.

—¿Por qué?

En ese momento pensé que me diría que seguían siendo amigos o que no tenía a otra persona a quien pedírselo, pero no imaginé que fuera tan sincero.

—Miguel y yo seguimos viviendo juntos.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Porque el piso en que vivimos es de los dos, no puedo echarle.

—Pero ya no estáis juntos…

Suspiró y supe que no me iba a gustar que lo dijese.

—No, por el momento.

—¿Qué quiere decir eso? ¿Estáis o no estáis juntos?

—Nos estamos dando un tiempo…

—Cuando me dijiste que… Pensaba que habías roto con él definitivamente.

—Nada es definitivo —me dijo—, y no te puedes tomar tan a la ligera una relación tan larga. Él y yo estamos decidiendo si queremos seguir juntos o no.

—Pero él no sabe que estás aquí conmigo, ¿o sí?

—Él piensa que estoy solo.

—O sea, que le estás engañando —concluí.