22. Vulnerabilidad #4
Dejándole con su decente imitación del histrionismo de Jerry Lee Lewis, salí de la sala de música y me dirigí de nuevo al salón.
Allí había poca gente, los que no habían querido escuchar a David tocar.
Una reciente pareja se besuqueaba en el sillón mientras algunos chicos bebían cerveza y charlaban sobre fútbol.
No queriendo ningún tipo de compañía, me fui a la terraza, ahora desierta, y me apoyé en la barandilla para contemplar las vistas de la ciudad.
Escuchar a David cantar esa canción me había dejado una sensación de vulnerabilidad que ahora me costaba sacudirme.
Él no podía tener ni idea de que yo relacionaba esa canción con él y lo que había significado para mí, pero, en todo caso, a mí esa canción siempre volvió a traerme recuerdos del dolor y la desesperanza que sentí tras nuestra ruptura, incluso muchos años después, cuando ese dolor debería parecer completamente superado.
Casi sentí como si la cantase para mí, y eso era más desesperanzador aún.
Al menos, me dije, él había intuido lo que debía de estar pasando por mi mente y dejó de cantarla.
—¿Quieres una cerveza?
La voz de David me sacó de mis pensamientos y verle allí junto a mí me dejó algo desconcertado. Aún escuchaba la música del piano, pero evidentemente no era él quien estaba tocando en ese momento. Como si hubiese leído mis pensamientos, dijo:
—Clara no suele atreverse a tocar en público, pero parece que una buena borrachera es capaz de curar eso.
—Ya veo… —Cogí la cerveza que me ofrecía con una mano, mientras en la otra llevaba una copa de vino tinto.
—Lo siento —me dijo, bebiendo un sorbo.
—¿Por qué?
—Porque no pensé que esa canción tuviese un significado especial para ti.
—Me trae malos recuerdos —dije, pasmado por el hecho de que le diera tanta importancia a algo así como para disculparse.
Asintió y yo no quise darle más detalles. Él entendía la letra mejor que yo, así que era probable que se diese cuenta por sí mismo de por qué me sentía identificado con ella; en parte eso era un alivio, pero por otro lado aumentaba mi vulnerabilidad ante él.
Guardamos silencio un rato, compartiendo la vista y la sensación de intimidad que nos rodeaba. No me incomodaba estar así con David, a solas y en silencio. De hecho, advertí con alarma, me resultaba bastante agradable.
—¿Y qué? —le dije en un intento de iniciar una conversación que me hiciera pensar en otras cosas—. ¿Qué te parece el novio de tu hermana?
—¿Guillem? —Miró hacia atrás por encima del hombro y se volvió de nuevo a mí con una sonrisita—. Me parece un gilipollas, la verdad. —Sonreí yo también, contento por compartir esa opinión con él—. No creo que la cosa entre ellos funcione…
—¿Ah, no?
—No, ese chico no comprende a mi Clara —dijo con la voz preñada de ternura—, lo último que ella necesita es alguien que la quiera controlar y ese tío se cree que es su sombra. —Negó con la cabeza—. Te apuesto lo que quieras a que se cansará de él enseguida.
—A mí no me tienes que convencer. Yo opino más o menos lo mismo. Por cierto… —Dudé antes de meterme en aguas muy pantanosas, pero no creía que se me ofreciera otra oportunidad mejor—. Tu hermana cree que estás saliendo con alguien —le dije a modo de advertencia.
Me miró, elevando las cejas en un gesto de incredulidad.
—¿Te lo ha dicho? —Asentí y él sonrió con ironía—. Lleva un tiempo queriendo que le presente a mi novia .
Su tono de voz no admitía malinterpretaciones. «O sea», pensé, «que no es una chica».
—¿Entonces es verdad? —pregunté mientras me decía a mí mismo que no estaba celoso—. ¿Estás con alguien?
—¿Por qué? ¿Te importa?
—No especialmente —dije encogiéndome de hombros para fingir indiferencia—. Era solo curiosidad.
—Ya —bufó—. Solo curiosidad. —Cambió de posición, apoyándose de costado contra la barandilla y dio un sorbo a su copa—. En realidad, tampoco era para tanto. Un lío, nada más.
—¿Era?
—Sí. Era un tío que se empeñaba en tratar de cortejarme y no hacía más que enviarme ramos de crisantemos blancos. Nos vimos un par de veces, aunque creo que sólo empecé a quedar con él para que me dejara tranquilo. Hemos dejado de vernos.
—¿Has cortado con él?
Hizo una mueca.
—Para cortar con él tendría que haber tenido algo concreto con él, lo cual no era el caso, pero sí, supongo que sí. —Volvió a beber y me miró desde el borde de su copa—. Por lo visto, tú sí que estás saliendo con alguien.
Su cambio de tema me descolocó un poco, pero no quise mostrarlo.
—Clara está hecha toda una cotilla.
Mi comentario le hizo reír.
—¿Es algo serio?
—No, qué va. Lo nuestro tampoco es nada concreto.
—Entonces, no tengo de qué preocuparme —dijo con su sonrisa ladeada—. Al parecer, sigo sin tener competencia.
—Lo que sigues sin tener es humildad —dije mitad irritado, mitad divertido por su comentario—. Nunca he conocido a nadie más arrogante que tú.
—Lo tomaré como un cumplido. —Levantó la copa en una parodia de brindis y bebió, enarbolando aún aquella sonrisa peligrosa y sensual.
—Pues no lo era —respondí algo turbado.
Bebí de mi propia copa, odiando tener que reconocer que llevaba razón. Aunque creyera haberle superado, tenía que admitir que no había vuelto a colarme por nadie tanto como lo había estado por él. Pero lo que más me molestaba, admití en silencio, era precisamente que él lo supiera.
A un par de días para mi cumpleaños, esperaba ansioso una llamada de mi madre. O algo.
Mi cumpleaños siempre había marcado el inicio de las Navidades en mi casa.
Solía coincidir con el fin de las clases del primer trimestre y era el día en el que tradicionalmente poníamos la decoración navideña.
Aunque en los últimos años mis hermanos y yo nos considerábamos ya demasiado mayores para ese tipo de cosas, siempre me hacía una secreta ilusión ver a mi madre montar el árbol y el Belén ese día, como si ella supiera lo que seguía significando para mí, a pesar de no expresarlo.
En mi fuero interno, confiaba plenamente en que mi madre no iba a seguir indefinidamente enfadada conmigo, y que mi cumpleaños y las Navidades serían la excusa perfecta para una reunificación familiar.
No era que yo quisiera volver a vivir en casa de mi madre: ni era tan optimista ni me sentía tan capaz de normalizar hasta ese punto las relaciones con los que me habían despreciado de aquella manera, aparte del hecho de que en casa de mi padre me sentía más liberado que nunca antes en mi vida, por esa nueva experiencia de no tener que andar con mentiras, pero sí que esperaba una especie de reconciliación.
El día de mi cumpleaños caía un jueves ese año, y era el penúltimo día de clase antes de las vacaciones. No sé qué era lo que esperaba exactamente que ocurriera ese día, en todo caso, no lo que pasó.
Mi padre y Lola me despertaron para darme mi regalo, que ni siquiera recuerdo qué fue. Luego desayuné lo mismo de siempre, intentando no pensar en los gofres cumpleañeros de mis dieciocho años anteriores, y me fui a clase.
Allí, Clara y Samuel me abrazaron, y algunos otros también me felicitaron.
Acordaron entre risas que como regalo ese día no comeríamos en la cafetería de la facultad, sino en un restaurante cercano, y que me iban a invitar.
Todo el mundo parecía muy contento y emocionado, pero no creía que fuera solo por mi cumpleaños, sino quizás por la excusa que yo les proporcionaba para empezar a celebrar algo, ahora que las Fiestas estaban tan cercanas.
Lo pasé bien, las clases fueron entretenidas gracias a ese aire prevacacional que se respiraba y el test de turno de Bioquímica funcional me salió bastante bien, a pesar de que Clara aún no me había devuelto los apuntes.
Pero la verdad fue que me pasé el día pendiente del móvil, nervioso por si alguien de mi familia llamaba, aunque aparte de Pablo, nadie más lo hizo.
Llegué a casa temprano, nada más terminar la última clase de la tarde. Ese día me merecía no quedarme a estudiar, y de todas maneras, con las vacaciones tan cercanas, tendría tiempo de estudiar cuando quisiera.
Mi padre y Lola me recibieron con una sonrisa, mientras montaban el árbol de Navidad, pero al verlos hacer eso, algo se me congeló por dentro y fui incapaz de responder con una sonrisa sincera.
—¿Ha llamado alguien? —pregunté con cierta aprensión.
Lola me miró casi con compasión mientras mi padre negaba con la cabeza; ambos sabían la llamada de quién estaba yo esperando, pero ninguno quería decirlo en voz alta.
Asentí, tragándome la decepción, pero sin renunciar del todo a la esperanza. Podía ser que mi madre pensara que aún seguía en clase, y que quisiera llamar más tarde, para asegurarse de que yo ya habría llegado. Quizás llamaría bien entrada la tarde, pensé.
Pero no lo hizo. Me quedé el resto de la tarde en mi habitación, escuchando un CD de Leonard Cohen en el discman que había sido mi regalo el año anterior.
Decidí ignorar un SMS que Pablo me había enviado para saber si nos veríamos esa noche, para felicitarme en persona.
Sería mejor fingir no haberlo visto y llamarle al día siguiente para disculparme por mi «despiste».
No quería salir por si mi madre llamaba, y no quería que Pablo estuviera en casa, por si ella decidía presentarse en persona para felicitarme.
El hecho de que fuera altamente improbable no quería decir que fuese imposible.
El teléfono fijo sonó a lo lejos, más allá de la gravísima voz que se desgranaba contra mis oídos.
Me quité los auriculares y salí de mi habitación.
Me acerqué al despachito de mi padre, donde estaba el teléfono, sólo para ver con una pizca de decepción que Lola hablaba por él, quizás con alguna amiga.
Había anochecido ya, y yo empezaba a sentir hambre, agudizada por el hecho de que venía un delicioso olor de la cocina. Me asomé para ver a mi padre, que vigilaba el horno y la empanada gallega que se cocinaba dentro.
—Tu cena de cumpleaños —anunció mi padre al verme en el marco de la puerta—. Queríamos darte una sorpresa.